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El Templo del Buen Pastor. Una propuesta de lectio divinasantuario: Jn 10, 22-42.

1. Lectio: Lee entendiendo.

Este texto está enmarcado por sendas referencias temporales y topográficas. Al principio se sitúa la escena durante la fiesta de la Dedicación y el invierno en el templo, concretamente en el pórtico de Salomón. Al final nos encontramos a la otra orilla del Jordán evocando los tiempos de Juan el bautista.

La fiesta de la Dedicación (hanukká) se celebraba anualmente desde el año 164 a. C., cuando Judas Macabeo consagró de nuevo el altar profanado por Antíoco IV Epífanes (1Mac 4, 36-39). La celebración tenía lugar cada 25 de diciembre, aniversario de la profanación del 167 a. C. y de la consagración tres años después. Los elementos fundamentales de la fiesta eran las palmas y las lámparas, de ahí que Flavio Josefo la llamara ‘La fiesta de las luces’. El pueblo la vivía con grandes muestras de alegría. Juan nos está presentando al que se había autoproclamado: Yo soy la luz del mundo, 8, 12. El 25 de diciembre es el día central del invierno y su noche -su tiniebla- es la más larga del año. Leamos entera la cita anterior: Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, antes tendrá la luz de la vida.

Este que es la luz se paseaba por el templo, lugar de la presencia de Dios, donde se le rinde culto y desde el cual él bendice al pueblo y lo salva. El cuarto evangelio nos presenta a Jesús obsesionado con el templo desde el comienzo de su ministerio (Jn 2, 13-25). Quiere que el templo no sea un mercado sino el lugar donde el pueblo se encuentra con Dios. Y afirmará: Derribad este templo y en tres días lo reconstruiré. Cuando Jesús resucitó, los discípulos entendieron que con aquellas palabras se estaba refiriendo a sí mismo. Jesús paseaba por el pórtico de Salomón, el sabio por antonomasia. Juan nos presenta al que es la sabiduría que estaba junto a Dios antes de la Creación del mundo: La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros, Jn 1, 14.

bardenas 3Los judíos no creen las palabras de este Jesús que es la luz de la vida y la Sabiduría de Dios. Rechazado, huye. Y aquí tenemos la siguiente referencia geográfica y temporal: Pasó de nuevo a la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba en otro tiempo, y se quedó allí. Aquí no estamos en un edificio magnífico como el templo. Aquí estamos en el puro desierto, donde Dios e Israel celebraron sus desposorios (Os 2, 17b), donde Juan preparaba a la novia para el novio, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que se uniría a su pueblo con el lazo del Espíritu Santo (Jn 1, 29.32-34; 3, 27-30). El evangelista nos habla del tiempo de Juan como un tiempo que ya pasó. Ahora el novio ha llegado al desierto, Juan ha menguado hasta desaparecer: Y muchos creyeron allí en él. Allende el Jordán, muchos le reconocieron como la Luz, la Sabiduría, el que es uno con el Padre.

En el desierto solo está Jesús con su pueblo, con sus ovejas. Estas son las que han creído en las palabras de la Palabra y han visto las obras de la Luz, en las que han reconocido el poder del Padre, su testimonio en favor del Hijo. Ellas han recibido del Buen Pastor la vida eterna y se mantienen unidas a él. ¿Quién necesita un templo cuando vive en comunión con el que es uno con el Padre? Los que creen en Jesús no necesitan otra mediación más que el hombre en el que se contiene toda la plenitud de la divinidad. El Resucitado llena el universo. Él es el templo que nos ha regalado el Padre, el lugar donde el Padre quiere que nos encontremos con él y a través del cual nos bendice y nos salva.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

Has leído el texto de las Escrituras y lo entiendes. ¿Cómo te sientes? ¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio? Puedes preguntarte en qué medida crees las palabras de Jesús, el Evangelio del Reino, y si descubres en tu vida la presencia activa y benefactora del Padre por medio del Hijo. ¿Te basta vivir en comunión con el Resucitado o necesitas templos, rituales, objetos sagrados… para tener conciencia de estar en contacto con la divinidad?

3.- Oratio: Responde al que te ha hablado.beso

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Bailas? ¿Cantas? ¿Susurras? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te comprometes con él?

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

Como niños. Una propuesta de lectio divina: Mc 10, 13-16.

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y le dijo: ‘Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el reino de Dios como niño, no entrará en él. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

1.- Lectio: Lee entendiendo.

Los discípulos se tomaban muy en serio a Jesús. Su maestro hablaba de cosas muy importantes, no aptas para los oídos de comadres curiosas ni para los de sus niños, incapaces a su edad de entender a los adultos. Las enseñanzas del maestro eran cosa de hombres. ¿Qué hacían aquellas mujeres rompiendo el círculo de varones y adelantando a sus rapazuelos hasta su venerado maestro para que él los tocase? Los discípulos les reñían. No cabía hacer otra cosa que impedir aquella falta de respeto. Pero Jesús no estaba en absoluto de acuerdo con ellos: se enfadó; y aprovechó para darles una de esas lecciones desconcertantes tan propias dejesus-niños1 él: Os lo aseguro, el que no recibe el reino de Dios como un niño no entrará en él. Jesús acompañó sus palabras con una enseñanza gestual: Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos. O sea, el auténtico discípulo de Jesús, el que desea entrar en el reino debe acoger el don de Dios con actitudes de niño.

Jesús, el maestro de las parábolas del reino, nos ofrece unas palabras y un gesto de carácter parabólico. En ellos sintetiza de modo muy expresivo su concepción del discipulado, a la que solo accedemos si nos permitimos interpelar sin prejuicios y dejamos que el Espíritu nos la revele. Dejemos que la Palabra hable.

¿Con qué compararemos a los ciudadanos del reino, a los verdaderos discípulos? Con un niño que se sabe dependiente de sus padres. Ellos le quieren, le protegen, le proveen de todo lo necesario, le educan. Ellos son su referencia permanente y el cimiento de su seguridad. Al verdadero discípulo no se le cae la palabra Padre de la boca. Busca y disfruta momentos de intimidad con su Padre, para alabarle y agradecerle, para escuchar su Palabra en la lectio divina, para desahogar en él su corazón y pedirle lo necesario para él y para sus hermanos, para abandonarse a su ternura y dormir tranquilo. El discípulo, como los niños, no se cansa de proclamar a los cuatro vientos que su Padre es maravilloso, el mejor del mundo; y se alegra cuando alguien lo reconoce e incluso descubre que no tiene otro, que el Padre es el único padre de todos.

¿Con qué compararemos a los ciudadanos del reino, a los verdaderos discípulos? Con un niño que vive confiado. La confianza es la actitud fundamental del niño que se sabe querido, protegido, cuidado por sus padres. El niño no tiene pasado ni prevé un futuro. Disfruta de la vida aquí y ahora, sin nostalgias ni preocupaciones. Él sabe que si se hace una herida, sus padres le curan; que si quiere saber algo, sus padres responden a sus preguntas; que si necesita alguna cosa, no tiene más que pedirla. El verdadero discípulo sabe que su Padre está pendiente de todas las criaturas, ¡cuánto más de él, hijo de sus entrañas, imagen y semejanza de su divinidad! El discípulo, como el niño, hace lo que ve hacer a su Padre. No se agobia discurriendo qué ha de hacer para que le vaya bien. No, le basta con mirar a su Padre e imitarle. El discípulo se muestra acogedor y generoso con todos, porque ve que así se comporta su Padre.

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¿Con qué compararemos a los ciudadanos del reino, a los verdaderos discípulos? Con un niño espontáneo y risueño. Un niño que crece en un ambiente de confianza se relaciona con su entorno con naturalidad. No tiene prejuicios. No alimenta sospechas en su corazón. Llama a las cosas por su nombre. Dice lo que piensa y siente sin preocuparse por convenciones sociales ni por la valoración que se haga de sus palabras ni por agradar ni por evitar enfados. Cuando se le pregunta, contesta con un simple ‘sí’ o con un ‘no’. El verdadero discípulo, como los niños, no se cree más que nadie ni mira a nadie por encima del hombro. Reconoce al otro como hijo de su propio Padre. Interactúa con todos por igual, sin importarle las razas, las clases sociales, las popularidades, las ideologías o las religiones. Sabe que cualquier persona es su hermano. El discípulo sonríe siempre, porque se siente amado, carece de miedos y ama. El verdadero discípulo es feliz, irradia entusiasmo y hace lo posible para que todos sean tan dichosos como él.

El prototipo del niño según los evangelios es el mismo Jesús. Él se sabe dependiente de su Padre, vive confiado, es espontáneo y risueño. Ser su discípulo es hacerse niño como él y dirigirse al Padre común con la oración que él nos enseñó y con sus mismos sentimientos y disposiciones.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio?

La siguiente pregunta es una ayuda. Si ya has oído al Dios que te habla por su Palabra, olvídala. Tus actitudes, ¿son las del niño que abrazó y bendijo Jesús o las del adulto resabiado, ese que no recibirá el reino de Dios?

 3.- Oratio: Responde al que te ha hablado.

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras.

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Déjate fortalecer.

Rafa Chavarría

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, Jn 1, 14.

biblia2Las Sagradas Escrituras son Palabra de Dios, Palabra que nos alecciona. Que las Sagradas Escrituras no pasen desapercibidas a nuestros ojos… Que las Sagradas Escrituras no ocupen el último puesto en nuestra casa… Que las Sagradas Escrituras no sean para nosotros un libro más…

La Palabra de Dios es viva y eficaz. La Palabra de Dios es bálsamo para los corazones que se dejan instruir. Es palabra que nos da la sabiduría que el mundo no nos puede dar. Es palabra que nos da luz, la luz verdadera de Cristo. Es palabra que nos hará fuertes para que resistamos los engaños de Satanás. Es palabra que nos nutrirá espiritualmente.

Llevemos el Libro Santo en nuestros labios, en nuestra mente y en nuestro corazón, para que seamos como Jesús. Que nunca nos dejemos engañar por aquellos que tergiversan el sentido de las Sagradas Escrituras. Que nuestra vida vaya de acuerdo con la Palabra de Dios, para que seamos santos, para que seamos hijos amados de la Santísima Trinidad y de María. Tengamos la Palabra de Dios en un lugar predilecto de nuestro corazón. Que, bajo la luz del Espíritu Santo, edifiquemos nuestro proyecto de vida y con su luz no caminemos en el mundo de las tinieblas. Que leamos, meditemos y oremos con la Sagrada Biblia.

Que seamos mensajeros del Señor y, por eso, ‘predica la Palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina’, 2Tim 4, 2. Que llevemos las enseñanzas del Señor al mundo y no nos dejemos contagiar por pensamientos erróneos ‘porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una cartera de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a fábulas, 2Tim 4, 3-4. Por eso, ‘vosotros estad firmes en la doctrina que desde el principio habéis oído. Si os mantenéis en lo que oísteis al principio, también os mantendréis en el Hijo y el Padre’, 1Jn 2, 24.

Que nuestra vida esté impregnada de la Palabra de Dios. Amén.

Maribel (Carranque)

Grupo bíblico ‘Sta. Mª Magdalena

Notas sobre Mateo 5-7: El Sermón de la Montaña.

Mateo sitúa el Sermón de la montaña entre dos alusiones a las multitudes que seguían a Jesús (4, 25; 8, 1). Se trata de aquellos que han creído su anuncio del reino y han reconocido el poder de Dios en sus milagros. Estas multitudes que siguen a Jesús son el nuevo pueblo de Dios. Mateo coloca a Jesús en una montaña rodeado de sus seguidores (5, 1-2). Así nos lo presenta como un nuevo Moisés, legislador y guía del nuevo pueblo hacia la plenitud del reino, la nueva tierra prometida (Ex 19-20). Al contrario que el antiguo Israel, el nuevo sube a la montaña y oye directamente del Dios-con-nosotros la proclamación de la ley de la Alianza nueva.

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Las bienaventuranzas (5, 3-16) nos hablan del destino feliz que Dios promete a los pobres de espíritu -en hebreo anaw-, de la superación de su situación de sufrimiento. Pobre de espíritu es aquel que sufre en soledad, pero se mantiene fiel al Dios de la Alianza. Está desamparado y no puede esperar ayuda más que de Dios y en él pone toda su confianza (Sal 22, 40, 64, 73, 86…). Mateo recoge en 6, 19-34 lo que Jesús entiende por pobre de espíritu. Es aquel que no tiene más Señor que el Padre, al cual entrega totalmente su corazón porque se sabe su hijo amado y sumamente valioso para él. Mateo subraya la importancia de esta enseñanza sobre la pobreza intercalando unas palabras de Jesús que Lucas sitúa en un contexto distinto (Mt 6, 22-23; Lc 11, 34-35). Debemos acoger esta enseñanza sin prejuicios para que nos transforme enteramente y reconocernos hijos del Padre.

Las ocho primeras bienaventuranzas tienen carácter programático. Jesús inicia la inversión de la situación de los pobres de espíritu. Hay otra bienaventuranza que Jesús dirige a ‘vosotros’, a sus seguidores. Para estos, la prenda de la felicidad prometida es la persecución por razón de su seguimiento. Esta persecución se equipara a la de los profetas que fueron perseguidos por denunciar la idolatría y las injusticias sociales (Jer 19-20, 2). Los seguidores de Jesús, incluso perseguidos, deberán mantenerse fieles a su Maestro y vivir el espíritu de las bienaventuranzas para que la humanidad no se corrompa del todo (sal) ni se sumerja en las tinieblas (luz). Es decir, para que no se aparte definitivamente de Dios y de su reino. El seguidor tiene la misión de vivir conforme a lo que cree, para que todos glorifiquen al Padre y se entreguen a él, de modo que su reinado -y la felicidad- alcance a todos los hombres. La gloria del Padre es, pues, la salvación de sus hijos.

La expresión ‘la ley y los profetas’ se refiere a la Historia de la Salvación, tal y como se recoge en los libros del Antiguo Testamento. Incluye la autorrevelación de Dios, su proyecto creador, sus promesas de salvación, su relación con Israel a lo largo de los siglos y las normas legales y los consejos sapienciales cuyo cumplimiento conducen a la felicidad personal y de todo el pueblo. Jesús se presenta como el que ha llegado para dar plenitud a todo ello, lo que hará con toda su vida y culminará con su muerte y resurrección. Por esta razón, Mateo insistirá una y otra vez en que los acontecimientos de la vida de Jesús cumplen las Escrituras. Con el Sermón de la montaña, Jesús lleva a plenitud los mandamientos de la ley antigua.

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En el Código de Santidad (Lev 17-26), Dios da la razón por la que Israel debe cumplir sus mandamientos: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lev 19, 2. Jesús relee esta fórmula a la luz de la revelación que recibió en el bautismo: Dios es un Padre que ama a sus hijos. Por eso la razón de cumplir la ley para el nuevo pueblo es su condición de comunidad de hijos del Padre común: Sed pues perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto, 5, 48. También las prácticas de piedad se deberán realizar como culto al Padre, y no para recibir la aprobación (culto) de los demás (Mt 6, 1-18).

Los mandamientos de la ley del Sinaí tienen una formulación negativa, menos los que se refieren al sábado y a los padres (Ex 20, 1-17). Establecen las exigencias mínimas para preservar la justicia, el orden querido por Dios. Jesús nos revela sus más hondas exigencias, les da plenitud, pues desea que la justicia que Dios quiere se realice de manera perfecta. En definitiva, Jesús quiere que sus seguidores hagan todo el bien posible, amen. Más adelante explicará que amar significa tratar a los otros como queremos que ellos nos traten (7, 12).

Mateo agrupa en el capítulo siete una serie de avisos. Se debe evitar cualquier enjuiciamiento de los demás, ser prudente y orar frecuentemente y con confianza. El seguimiento de Jesús exige afrontar dificultades y eludir a los profetas de doctrinas seductoras y facilonas. Los ciudadanos del reino, los auténticos hijos viven atentos a la voluntad de su Padre, revelada por Jesús. No basta reconocer la bondad de la doctrina del Maestro, hay que vivirla.

El Sermón de la montaña asombra a los oyentes, pues Jesús enseña con una autoridad mayor que la de los maestros reconocidos. Estos se limitaban a repetir servilmente las doctrinas antiguas, mientras que Jesús les dará plenitud sin apelar a otra autoridad que la suya propia: Pues yo os digo (5, 22.28.34.39.44). Esta es la autoridad que le dio el Padre cuando le declaró su hijo amado y le ungió con el Espíritu (3, 16-17). Las palabras de Jesús construyen un pueblo de hijos y hermanos liberados de la esclavitud del diablo y del pecado, tal y como realizarán los diez milagros que Mateo relatará a continuación. Así comienza Jesús la instauración del reino: revelando la paternidad de Dios, liberando de todo pretendido señor, constituyendo una comunidad de hijos amados del único Padre y, por tanto, de hermanos. El hombre debe confiar en Jesús, creer la verdad que proclama, dejarse salvar por él y abandonarse a la acción del Espíritu, cuya unción recibió en el momento en el que el Padre lo reconoció como hijo amado.

Rafa Chavarría

La dinámica de la caridad

El español conserva la palabra original griega con mínimos cambios fonéticos: Járitas (griego) = Cháritas (latín) = Caridad. La traducción sería amor. Pero hay otras palabras griegas que traducimos igual: ágape, eros, filia. El término español ‘amor’ es demasiado genérico. Las palabras griegas destacan ciertos aspectos del amor que muchas veces no tenemos en cuenta. Por esta razón, la Iglesia mantiene el término caridad, para que no olvidemos los rasgos del amor que destaca esta palabra.

La caridad es amor en cuanto virtud sobrenatural y don gratuito, benevolente y benefactor. Es virtud, energía que comunica y anima el Espíritu. Dios nos la regala gratuitamente. Nos ama porque está en su naturaleza: Dios es amor (ágape), 1Jn 4, 8.16. Dios quiere nuestro bien (benevolente) y trabaja siempre en favor nuestro (benefactor), aunque sus caminos nos desconcierten o nos resulten dolorosos. En última instancia, el Dios Trinidad nos conduce a participar de su naturaleza, que es perfecta comunión (ágape) (Jn 14, 18-21; 1Jn 3, 2; 4, 8.16).

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La caridad acentúa el objeto del amor, es decir, el tú, los otros. El Espíritu que nos llega del Padre por el Hijo tiende a retornar a su origen, a fin de realizar la plenitud del amor, establecer la comunión (ágape) entre la Trinidad y toda la humanidad. Pero este retorno no lo realiza directamente, pues nosotros no podemos amar al Dios al que no vemos sino amando al hermano al que vemos (1Jn 4, 19-21). Recordemos que Jesús mismo se identificaba con los pequeños, de modo que en el mismo acto de amor amamos al uno y al otro (Mt 25, 31-46). Así pues, el Espíritu del amor nos llena y rebosa en nosotros hacia los demás y en estos retorna al Hijo y al Padre.

La caridad nos recuerda que el amor es energía divina que nos proyecta hacia los demás y centra toda nuestra atención en ellos. El que ama se olvida de sí y vive atento a los otros. Jesús nos mandó amarnos como él nos había amado -y nos sigue amando- (Jn 13, 34-35). Su primer gesto de amor fue despojarse de sí mismo y acampar entre nosotros como un hombre cualquiera (Flp 2, 6-8; Jn 1, 4). Nosotros debemos tener esta misma actitud (Flp 2, 5), y olvidarnos de lo nuestro para atender al otro y solidarizarnos con él. Vamos por pasos.

Es necesario dejar en blanco la mente, tan llena de nuestras ideas y juicios, de nuestras necesidades y quejas egoístas, de nuestros proyectos y ambiciones. Hemos de pedir al Espíritu que nos libere de todo ello y nos revele la verdad de los otros tal como el Padre la ve. Los pensamientos despiertan ciertas emociones. Así, en nuestros corazones hierve un sinfín de sentimientos contradictorios desde el miedo, los deseos desenfrenados y la cólera, hasta la amabilidad, el cariño y la ternura. También hemos de pedir que el Espíritu purifique nuestros corazones y siembre en ellos los sentimientos del corazón de Dios.

Nuestras actitudes y comportamientos derivan directamente de lo que pensamos acerca del otro y de los sentimientos que tenemos hacia él. Como no conocemos su verdad y nuestro corazón no se conmueve como el de Dios, nuestras actitudes y acciones no suelen ser las adecuadas, las de Jesús. Necesitamos una actitud de conversión continua, pedir al Espíritu que nos purifique, que transforme nuestras mentes y corazones según la mente y el corazón de Jesús, así seremos benevolentes y haremos a todos bien, procediendo como el mismo Maestro (1Jn 2, 3-11).

En definitiva, el discurso sobre la caridad es una invitación a dejarnos querer por el Dios Trinidad, reconocer en Jesús crucificado y resucitado la manifestación del amor del Padre y acoger incondicionalmente el Espíritu del amor del Padre y del Hijo. Dejémonos amar por la Santa Trinidad y permitamos que ese amor siga su camino de retorno a través de los demás, para lo que deberemos pedir a Dios nuestra purificación hasta que veamos, sintamos y actuemos como lo hace él.

Rafa Chavarría

En el mes de mayo, María.

No tenemos una biografía de María. El tema central del Nuevo Testamento es Jesús. María aparece en cuanto su vida está relacionada con el misterio de Jesús. No busquemos más de lo que los textos nos ofrecen, so pena de caer en fantasías. Estos son los versículos en los que de una manera u otra aparece María en el Nuevo Testamento: En la infancia de Jesús: Mt 1 y 2; Lc 1 y 2. Durante la vida pública: Mc 3, 31-35 y paralelos; 6, 1-3 y paralelos; Jn 2, 1-12; 19, 25-30. Tras la resurrección: Hch 1, 12-14. Otros: Gál 4, 4; Ap 12, 1-17.

Podemos formular muchas preguntas a los textos. Nosotros nos quedamos con esta: ¿Qué nos enseña María? Releamos los textos con una actitud de oración, abiertos a la acción del Espíritu. Después de algunos ratos dedicados a escuchar al Señor que nos habla por su Palabra, anotemos algunas respuestas.

María-EspírituMaría nos enseña a escuchar sin ideas preconcebidas ni expectativas concretas.

Nos enseña a ver las cosas, a las personas y los sucesos como son, y a aceptarlos, aunque no entendamos y sin juzgar.

Nos enseña a acoger sin condiciones la revelación de Dios, la acción del Espíritu y al Hijo.

María nos enseña a reconocer la presencia de Dios en su experiencia espiritual, en la palabra profética -como la de Simeón y los pastores-, en los acontecimientos en los que se ve envuelta. María nos enseña a discernir la voluntad de Dios en todo, ella meditaba todo esto en su corazón, y, una vez descubierto lo que Dios quería de ella, a vivirlo: Hágase en mí según tu palabra.

María nos enseña a servir a Jesús, al que envuelve en pañales y lo recuesta en un pesebre dándole afecto y seguridad, con el que cumple las prescripciones de la ley, el que le preocupa y al que busca cuando lo pierde en una peregrinación a Jerusalén, al que alimenta, cuida y educa en Nazaret.

María nos enseña a presentar a Jesús al mundo. Lo presentó a los pastores y a los magos. Lo señaló en las bodas de Caná.

María nos enseña a estar atentos a las necesidades de los demás y a hacer lo que podamos para ayudar (Lc 1, 36.39-40.56; Jn 19, 25-30).

María nos enseña a perseverar en la fe a pesar de apariencias, dudas y voces en contra (Mc 3, 31-35 y paralelos; 6, 1-3 y paralelos). Nos enseña a ser fieles a Jesús y a mantener la esperanza, incluso cuando compartimos su crucifixión (Jn 19, 25-30).

María nos enseña a vivir en comunión de fe, oración y vida con la comunidad de discípulos, la Iglesia (Hch 1, 12-14).

María nos enseña a alabar al Poderoso desde nuestra pobreza y experiencia de salvación (1, 46-35).

En definitiva, María nos enseña a ser verdaderos discípulos de Jesús, a seguirle en el tiempo que nos toca vivir hasta la gloria (Ap 12, 1).

Rafa Chavarría

La danza del Espíritu

Estamos intentando conocer un poco mejor al Espíritu Santo. Hemos profundizado en el significado de su nombre. El Espíritu Santo es la vida divina en permanente actividad. Solo necesitamos abrir los ojos para ver sus obras, aunque no lleguemos a reconocer en ellas a su autor. El Espíritu Santo interviene junto con la Palabra en el acto creador. Así lo canta el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca sus ejércitos, 33, 6. El Espíritu Santo conduce con la suavidad y la firmeza propias del amor toda la Creación hacia su plenitud final. La obra del Salvador en la plenitud de los tiempos no se entiende sin la intervención del Espíritu. Este interviene en la encarnación del Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 35). El mismo Jesús reconoce haber recibido la unción, la potencia dinámica del Espíritu,  para proclamar el año de gracia del Señor, Lc 4, 18-21. El mismo Espíritu sostiene la fidelidad de Jesús al Padre hasta la muerte y es el poder de Dios que lo resucitó, 2Co 13, 4. Es el Espíritu el que personaliza y consumará en cada creyente la salvación de Jesús crucificado y resucitado: El mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros, Rm 8, 11.

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Las Escrituras son obra del Espíritu Santo. Pedro cita en su discurso a los judíos y vecinos todos de Jerusalén, Hch 2, 14-36, los salmos de David, al que reconocía como instrumento profético del Espíritu Santo (cf. Hch 11, 16). El Espíritu es, pues, el inspirador de las Escrituras, el garante de su verdad, el que guía su correcta interpretación y el que mueve al lector a vivir según la Palabra.

El Espíritu Santo anima nuestra vida teologal. Pablo afirmará: Nadie puede decir ¡Señor Jesús! si no es movido por el Espíritu Santo, 1Co 12, 3b. Nuestra fe es obra del Espíritu. Percibimos a Jesús vivo, lo confesamos como Señor y Salvador y confiamos en él gracias al Espíritu. La fe es un acto que se renueva y progresa en el tiempo hasta que el último día veamos a Dios tal cual es (cf. 1Jn 3, 2). La fe se prolonga en la esperanza, y, como aquella, ésta es también obra del Espíritu. Nuestra vida de fe y esperanza se concreta en gestos de amor afectivo y efectivo, que solo podemos realizar porque al infundirnos el Espíritu Santo, Dios nos ha inundado con su amor el corazón, Rm 5, 5.

Jesús animó a sus discípulos a confiar en Dios con abandono filial, a dirigirse a él llamándole Padre y a vivir como auténticos hijos suyos (cf. Mt 5-7). Sin embargo, no pudieron atender estos consejos hasta después de Pascua, cuando el Espíritu Santo tomó entera posesión de ellos: En efecto, todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios… y prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones; y el Espíritu clama: ‘¡Abba!’, es decir, ‘¡Padre!’, Gál 3, 26; 4, 6.

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Somos más que imitadores de Jesús. Incluso, más que sus seguidores o discípulos. Somos hijos en el Hijo y con él. De la misma manera que la savia de la cepa circula y nutre los sarmientos (cf. Jn 15, 1-17), así el Espíritu nos vivifica con la vida del Hijo y nos hace capaces de dar frutos de amor.  Sin el Espíritu, permaneceríamos atrapados en nuestra flaqueza, en nuestros deseos contradictorios, en esa confusión mental que no acierta con la verdad ni con el valor de las cosas, ni siquiera de nosotros mismos, y, por tanto, seríamos incapaces de elevar al Padre una plegaria acorde con nuestras auténticas necesidades (cf. Rm 8, 26-27). El Espíritu es el auténtico protagonista de nuestra vida filial y de nuestra oración.

La Iglesia es obra del Espíritu. Cada creyente, cuya fe, salvación y vida filial es obra del Espíritu del Hijo, es hecho, por este mismo Espíritu, hermano de todos los demás hijos del único Padre. La congregación de todos estos hermanos constituye la familia de Dios, la Iglesia. El Espíritu Santo es aquella fuerza de lo alto, Lc 24,49, que prometiera Jesús a los suyos y que los constituyó en testigos de su misterio pascual y predicadores de la conversión a todos, comenzando por Jerusalén, Lc 24, 46-48. La evangelización es, pues, obra del Espíritu que anima a la Iglesia, lo que es evidente para cualquiera que lea el libro de los Hechos de los Apóstoles. El Espíritu opera la salvación mediante los sacramentos de la Iglesia y eleva al Padre por el Hijo la oración litúrgica. El Espíritu anima todo el trabajo que la Iglesia realiza en favor del desarrollo de la libertad, la justicia y la paz.

Glosando a San Juan (cf. 21, 25), diría que es imposible escribir una por una todas las obras del Espíritu. Basten las apuntadas para enseñarnos a reconocer todo lo que el Espíritu realiza a diario ante nuestros ojos y en nuestros corazones, para animarnos a agradecérselas como regalos gratuitos que son y para abandonarnos con confianza y generosidad a su libre y amoroso poder. El Espíritu no se detiene. Su danza no acaba nunca. Pero fieles a nuestro propósito de hace unos días, intentemos descubrir al danzarín. Nos será imposible fotografiarlo, pero sí podremos atisbar algunos de sus rasgos, contemplando algunos de los símbolos con los que se refieren a él las Escrituras y la Iglesia.

Rafa Chavarría

Rastreando al Espíritu

Hemos celebrado la solemnidad de la Ascensión del Señor. Con él subimos al monte y vimos cómo entraba definitivamente en el seno del Padre. Nuestros corazones están alegres y nuestros labios pronuncian continuamente versos de alabanza. Ahora es tiempo de esperar que se cumpla la promesa del Padre, que seamos bautizados con Espíritu Santo. Confiamos en las palabras del resucitado y ascendido. Nos armamos de paciencia y esperamos. Pero me parece legítimo, o al menos muy humano, preguntarse qué o quién es ese Espíritu Santo.

creación

Para la cultura bíblica el nombre es en sí mismo revelador. Empecemos por ahí. Espíritu significa aire. Así de sencillo. Es el aire que nos envuelve y llena nuestros pulmones. Vivimos gracias a él y, sin él, solo seríamos materia inerte. Recordemos que el Creador sopló en las narices de un muñeco de barro, que así se convirtió en un ser vivo, Adán. Marcos describe la muerte de Jesús: Lanzando un fuerte grito, expiró, 15, 37. Lo que José de Arimatea bajó de la cruz era un cadáver, un cuerpo sin aire en los pulmones. El espíritu es la vida misma. Espíritu es también lo más íntimo del ser humano, el ámbito donde moran nuestros pensamientos más ocultos, nuestros deseos más hondos, nuestras aspiraciones más radicales.

La promesa del Padre no es solo Espíritu, sino Espíritu Santo. Santo significa lo distinto, lo esencialmente diferente a cuanto vemos y tocamos, pensamos e imaginamos, deseamos y proyectamos. Lo santo nos trasciende, nos supera. Lo santo existe por sí mismo y no sufre la amenaza de la muerte. Lo santo es la perfecta bondad y la más sublime belleza. Santo solo es Dios. Así, podemos afirmar que el Espíritu Santo es la vida que llena cada rincón de la divinidad. Conoce todos sus pensamientos, deseos y proyectos.

Pablo no entiende el Espíritu como un ser solitario. En el capítulo 8 de la carta a los romanos lo relaciona directamente con Dios y con Cristo. Es el Espíritu de Dios, cf. Rm 8, 9.14. Dios, o sea el Padre, está en el origen del Espíritu. Es el Espíritu de Cristo, cf. Rm 8, 9-11. El Espíritu es la misma vida divina que animaba a Jesús y que la muerte no pudo vencer. La resurrección es eclosión de esta vida divina, de Espíritu Santo que se desparrama llenando el universo, habitando en cada creyente y obrando maravillas a plena luz del día. El Espíritu es el don que Jesús recibe del Padre, su misma vida, y es el don pascual que el resucitado regala a sus discípulos: Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’, Jn 20, 22.

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Se ha dicho que el Espíritu Santo ha sido para la Iglesia un desconocido. Se le proclamaba como Señor y dador de vida. Se confesaba su procedencia del Padre y del Hijo. Como a ellos, se le tributaba adoración y se le glorificaba. El creyente sabía que el Espíritu es la fuente de toda gracia, aunque apenas era consciente de ello. Se rezaba al Padre y se tenían tiernos coloquios con su Hijo, pero no había una especial relación con el Espíritu. Las Escrituras responsabilizan al Espíritu de múltiples actividades. El Espíritu del Señor vino sobre Jefté, que salvó a Israel de los amonitas, cf. Jue 11, 29-33. Cincuenta días después de Pascua, se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes lenguas, Hch 2, 4. Se podrían citar muchas otras acciones del Espíritu. Si vemos tantas maravillas, ¿por qué no reconocemos a su protagonista? Quizá contemplemos las obras del Espíritu como vemos una danza. Aplaudimos movimientos delicados, giros vertiginosos y saltos acrobáticos, pero no reparamos en el danzarín. Somos así. Creo que lo mejor será describir primero las acciones del Espíritu, como las Escrituras o la vida teologal, para después detenernos a contemplar al bailarín divino en algunos de los símbolos con los que la Palabra y la Iglesia se refieren a él; pero esto lo haremos otro día.

Rafa Chavarría

Una propuesta de lectio divina, Mc 15, 16-32.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –es decir, a la residencia del gobernador- y convocaron a toda la compañía; lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espino, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: ‘¡Salud, rey de los judíos!’ Le golpeaban la cabeza con una caña y le escupían, y, arrodillándose, le rendían homenaje. Terminada la burla, le quitaron la púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo. Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, y lo forzaron a llevar la cruz. Condujeron a Jesús al Gólgota (que significa ‘La Calavera’) y le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó. Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echándola a suertes para ver lo que se llevaba cada uno.

Velazquez

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero estaba escrita la causa de su condena: EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban, y decían meneando la cabeza: ‘¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días: baja de la cruz y sálvate’. Así también los sumos sacerdotes, en compañía de los letrados, bromeaban entre ellos: ‘Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!’ También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

1.- Lectio: Lee entendiendo:

Estas semanas estamos escuchando y rumiando en el corazón la pasión según Marcos. El relato evangélico que primero se escribió y el que más vívidos recuerdos dejó en la memoria de los testigos. Un relato muy fiel a lo sucedido, aunque no deje de escribirse a la luz de la fe pascual. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero estaba escrita la causa de su condena: EL REY DE LOS JUDÍOS. Estos detalles son el núcleo de los versículos que se nos ha propuesto para escuchar hoy. Nos dan la causa de la condena y la consiguiente crucifixión de Jesús. ¿Qué significaba para aquellas gentes de Judea del siglo I la palabra rey? El rey era la cumbre de la pirámide social. Un hombre entre el cielo y la tierra, al que sostenía un dios que se había mostrado más fuerte que todos los demás dioses. O bien era descendiente de una casta de reyes o había subido al trono porque había demostrado más astucia, más poder económico o militar, más falta de escrúpulos que otros pretendientes. Su patrimonio se sostenía y se incrementaba gracias a unos impuestos muchas veces cobrados a punta de espada y por los que el contribuyente apenas si obtenía alguna prestación. Él dictaba la ley y era la más alta instancia judicial. Sus súbditos le respetaban hasta el temor y le obedecían sin cuestionar sus deseos. El pueblo entiende al rey como salvador, el garante de su independencia, de la paz, de su bienestar.

Jesús, el rey de los judíos, aparece en nuestro texto en el interior de un palacio, que era del gobernador. Viste la púrpura real y lleva una corona, no de oro sino de espino. Sus súbditos le rodean y le rinden homenaje, saludándole como a un rey, al tiempo que le golpean y le escupen. Marcos nos aclara que esta escena es una burla, e incorpora nuevos personajes al drama. Dos bandidos que crucifican con él. Los curiosos que pasan delante de él meneando la cabeza. Los sumos sacerdotes y los letrados. Unos lo insultan. Otros lo injurian. Otros bromean a su costa. Todos se suman a la burla de los soldados. ¿Por qué?

Jesús, según Marcos, nunca se había presentado como rey. El siempre habló del hijo del hombre para referirse a sí mismo. Es verdad que nunca negó que fuera el Mesías de Israel, el heredero de David, cuando así le llamaban otros (cf. Mc 8, 29; 11, 7-10). La cuestión es ¿qué querían decir esos otros cuando se referían a él con semejantes títulos? Lo hemos dicho antes: poder absoluto, sin consideración alguna hacia la dignidad, los derechos o las necesidades de los súbditos, que obedecían servilmente al rey e intentaban tenerlo a su favor con todo tipo de intrigas y adulaciones. Jesús se apoya en un Dios Padre universal, que reconoce y ama a cada ser humano como a un hijo y atiende sus necesidades. Jesús realiza muchos actos poderosos, pero jamás tienen como objeto su propio interés, sino la liberación radical de los demás. Jesús vive desde el Padre al servicio de todos los hombres y mujeres que se cruzan con él. Si Jesús es rey, lo es, precisamente, porque se muestra libre para reconocerse hijo –¡Abba! ¡Padre!: todo es posible para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú, Mc 14, 36- y sirve con libertad a todos, sin hacer distinciones, hasta dar la vida –Esta es mi sangre, la sangre de la alianza que se derrama por todos, Mc 14, 24-.

Jesús defrauda a sacerdotes, levitas y a todo buen israelita. Los soldados y los bandidos se burlan porque, si ese Jesús es rey, no lo parece en absoluto. Nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres, 1Co 1, 23-25.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

Has leído el texto de las Escrituras y lo entiendes. ¿Cómo te sientes? ¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio?

Las siguientes preguntas son una ayuda. Si ya has oído al Dios que te habla por su Palabra, olvídalas.

El texto de Marcos es muy plástico. Reléelo despacio, contemplando a los diversos personajes, siguiendo sus acciones, escuchando lo que dicen. Incorpórate al drama. ¿Qué sentimientos se despiertan en ti? Tú eres un discípulo, un seguidor de Jesús, ¿es el rey que esperabas? ¿Vives en obediencia al Padre y sirves a todos generosamente?

3.- Oratio: Responde al que te ha hablado.Elizabeth Wang T-01396-OL-V1_large

Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Susurras? ¿Gimes? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te abandonas a su amor y a su voluntad?

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

olivoUna propuesta de lectio divina, Mc 14, 32-42.

Llegaron a una finca que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: ‘Sentaos aquí mientras yo voy a orar’. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, y empezó a sentir horror y angustia, y les dijo: ‘Me muero de tristeza, quedaos aquí y estad en vela’. Adelantándose un poco, cayó a tierra, pidiendo que si era posible se alejase de él aquella hora; decía: ‘¡Abba! ¡Padre!: todo es posible para ti, aparta de mí este trago, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú’. Se acercó, los encontró adormilados y dijo a Pedro: ‘¿Estás durmiendo, Simón? ¿No has podido velar ni una hora? Estad en vela y pedid no ceder en la prueba: el espíritu es animoso, pero la carne es débil’. Se apartó de nuevo y oró repitiendo las mismas palabras. Al volver los encontró otra vez adormilados, porque se morían de sueño, y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez, y les dijo: ‘¿Así que durmiendo y descansando? ¡Basta ya, ha llegado la hora! Mirad, el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos!; ya está ahí el que me entrega’.

1.- Lectio: Lee entendiendo.

Jesús llegó a Jerusalén aclamado por sus seguidores. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, Mc 11, 10. Parecía que el hijo de David, el Mesías, iba a tomar posesión de su trono y a inaugurar su reinado. Pero Jesús entró en el templo como uno de los muchos rabinos que subían con sus discípulos a Jerusalén para la celebración de la Pascua, y se dedicó a enseñar. Primero, con un gesto profético: entró en el templo y se puso a echar a los que vendían y a los que compraban allí. ‘Mi casa será casa de oración para todos los pueblos. Pues vosotros la tenéis convertida en una cueva de ladrones’, Mc 11, 15.17. Jesús denunciaba así el uso que los sacerdotes y los escribas hacían del templo. Habían convertido el lugar del encuentro con Dios y con los hermanos israelitas en una casa de cambio de moneda y un mercado de animales, donde ellos obtenían pingües beneficios a costa de los sacrificios del pueblo y con el pretexto de rendir a Dios el culto debido. No es extraño que los sacerdotes y los escribas decidieran en ese momento acabar con él y estudiaran la mejor forma de lograrlo (cf. Mc 11, 18-19).

Jesús siguió enseñando en el templo durante los días siguientes. Cuestionó la legitimidad de los sacerdotes y los escribas, que no eran los pastores del pueblo que Dios deseaba. Discutió con ellos sobre la ley, poniendo en entredicho la interpretación que ellos hacían de ella en aras de su prestigio social, de su poder y de sus cuentas corrientes. Se atrevió a profetizar el fin del templo, signo visible de la presencia de Dios en medio del pueblo y garantía de la pervivencia de Israel como entidad política. Los sumos sacerdotes y los letrados no ocultaban lo mucho que les disgustaba aquel galileo advenedizo. Conclusión: andaban buscando una manera de darle muerte prendiéndolo a traición, Mc 14, 1-2. Jesús era consciente de la amenaza que suponían para él las autoridades del pueblo: Ella ha hecho lo que podía, ha embalsamado mi cuerpo para la sepultura, Mc 14, 8. Jesús celebró la Pascua clandestinamente, porque sabía que sus enemigos le acechaban. Más aún, sabía que habían hecho un trato con uno de sus íntimos: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, uno que está comiendo conmigo, Mc 14, 18. Así, Jesús hace de aquella cena pascual su cena de despedida, y deja claro que en su inminente muerte Dios se compromete de nuevo en favor de todos: Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos, Mc 14, 24.

misericordia, Señor

¿Qué opciones tenía Jesús en esta situación? Salir de Jerusalén a escondidas y regresar a Galilea, donde se le apreciaba. Dicho con una palabra: huir. Hubiera podido armar a sus partidarios y hacerse coronar rey a la fuerza. Incluso podía romperse por dentro, deprimirse hasta el suicidio. Pero Jesús, acabada la cena, marchó a una finca que se llama Getsemaní para orar. Allí Jesús se hizo plenamente consciente de los sentimientos que se agitaban en su interior. Marcos dirá que sentía horror y angustia, que se moría de tristeza, que se sentía solo: ¿Así que durmiendo y descansando? La oración de Jesús en Getsemaní consistió en gritar a aquel que se le había revelado en el bautismo: Tú eres mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto, Mc 1, 11, y que en una montaña alta y apartada, señalándole a él, había dicho a sus discípulos: Este es mi Hijo, a quien yo quiero, escuchadlo, Mc 9, 7. Jesús recurrió a aquel que se le había manifestado amorosamente como origen de su ser y de su misión: ¡Abba! ¡Padre! La oración de Jesús fue agónica, un auténtico combate. Él era perfectamente consciente de su debilidad, al contrario que Pedro: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré, Mc 14, 31. Jesús confiaba en el Padre: todo es posible para ti, y le manifestó con toda sinceridad lo que deseaba en aquel momento: aparta de mí este trago. Pero, a la vez, quería ser fiel a su Padre, corresponderle con un amor sin condiciones: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. Jesús acabó entregándose al que reconocía como único Señor de su vida, cuya voluntad se le estaba revelando en las circunstancias concretas que estaba viviendo.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

Has leído el texto de las Escrituras y lo entiendes. ¿Cómo te sientes? ¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio?

Las siguientes preguntas son una ayuda. Si ya has oído al Dios que te habla por su Palabra, olvídalas.

¿Cuál es tu primera reacción cuando estás en una situación angustiosa? ¿Orar? ¿Dar vueltas a la cabeza? ¿Culpabilizarte? ¿Culpar a otros, a las circunstancias, a Dios? Si no te encuentras en una situación semejante, contempla la agonía de Jesús en Getsemaní. Afirmas que le amas, hazte eco de su horror, angustia, tristeza y soledad. ¿Reconoces que su fidelidad al Padre hasta la muerte es al mismo tiempo amor por ti? Echa un vistazo al dolor de tantos. ¿Tienes alguna responsabilidad en él? Haz tuyos esos dolores, y dale al que sufre tu amor. Es decir, regálale tu fe en el Señor crucificado y resucitado, tu esperanza de que el dolor se acabará y compartirás la vida feliz de tu Señor, tu ayuda eficaz en las circunstancias concretas en que se haya.

adviento33.- Oratio: Responde al que te ha hablado.

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Bailas? ¿Cantas? ¿Susurras? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te abandonas a su amor y a su voluntad?

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

anunciación

Notas sobre la Encarnación.

Benedicto XVI nos ha situado con su magisterio frente a lo esencial. Más aún, convocando el Año de la Fe, nos ha animado a contemplar el Misterio, a acogerlo con todo el corazón, la mente y todas las fuerzas; a vivir desde él amando, sirviendo, testimoniándolo. En Cachito de Cielo hemos atendido esta iniciativa del Papa, y dos domingos al mes celebramos Vísperas y el P. Jesús nos comenta algún artículo del Credo. La última catequesis no pudo dirigirla él y yo le sustituí. Había que comentar el misterio de la Encarnación. Os dejo con las reflexiones que compartí esa tarde de domingo en Cachito de Cielo a la luz de los evangelios y del Catecismo.

Han salido en el mundo muchos impostores, los que no confiesan que Jesús es el Mesías venido en carne mortal, ¡ése es el impostor y el anticristo!, 2Jn 1, 7. Así se expresa Juan en su segunda carta. Pero, ¿cómo sabe él que el hombre Jesús es el enviado de Dios venido en carne mortal? ¿Qué significa exactamente que Jesús ha venido de Dios?

Jesús, crucificado y sepultado, se ha mostrado vivo a los discípulos. Este viviente muestra sus llagas -es el crucificado- y los discípulos lo reconocen como Señor y su corazón se alegra. Una semana más tarde, Tomás clamará: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28). Que Jesús es Dios y Señor significa que ese hombre concreto con su nombre y su rostro; ese hombre que recorrió los caminos de Palestina llamado a la conversión e inaugurando el reinado de Dios con sus enseñanzas y sus signos liberadores de la enfermedad, la muerte, la injusticia, el pecado y, en definitiva, signos liberadores de Satán; ese hombre al que llamaban Jesús era Dios mismo.

Jesús no es simplemente el profeta que restaura definitivamente la Alianza, ni el mesías rey que gobierna con justicia un pueblo libre, ni el sumo sacerdote que restaura para siempre el culto debido a Dios. No, este hombre Jesús es Dios, el Señor, cuyo verdadero nombre es impronunciable porque designa a alguien que está más allá de todo conocimiento y poder humanos. Jesús es aquel que creó el universo y lo pobló de vivientes, diciendo: ¡Hágase! (Gn 1, 1…). Es aquel que vio la opresión que sufría Israel en Egipto y por mano de Moisés liberó al pueblo, se comprometió para siempre con él y lo siguió por el desierto hasta una tierra con manantiales de leche y miel (cf. Ex 3, 7…).

Sin embargo esta identificación con el Dios de Israel no es totalmente exacta. El Nuevo Testamento identifica a Jesús con el Dios de la Creación y de la Alianza, pero a la vez establece una distinción en el seno de ese Dios: Y la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y contemplamos su  gloria: gloria de Hijo único del Padre, lleno de amor y lealtad, Jn 1, 14. Marcos también reconoce en Jesús al Hijo de Dios, concretamente descubre su filiación divina a los pies del crucificado: El centurión que estaba frente a él, al ver que había expirado dando aquel grito, dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios, Mc 15, 39. Mateo y Lucas, siguiendo a Marcos, descubren en el Maestro crucificado del reino al Hijo de Dios.

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Mateo y Lucas, conocedores de algunos detalles de la infancia de Jesús, nos descubren que el niño, que sería después un hombre hecho y derecho, ese niño dado a luz en Belén por una muchacha de Nazaret llamada María, desposada con José, tenía un origen misterioso. Por eso Mateo y Lucas afirman que su concepción es obra del Espíritu Santo. Lucas le llamará directamente Hijo del Altísimo (1, 32) y pondrá en boca de Isabel las palabras: Mi Señor, las misma que el apóstol Tomás pronunciará ante el Resucitado (Lc 1, 43; Jn 20, 28). Sí, para los evangelistas, Jesús, desde el momento de su concepción, como bebé en el regazo de María, como artesano con José en Nazaret, como reconocido maestro y taumaturgo, como crucificado y resucitado, es igualmente Dios y hombre, hombre y Dios. Más exactamente, es el Hijo de Dios, igual y distinto al Padre, igual y distinto a los hombres.

La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo que la conduce hacia la verdad plena, reflexionará sobre estas afirmaciones del Nuevo Testamento e intentará comprender el alcance de su fe en un hombre que es Dios, en un Dios que es hombre. Durante varios siglos se debatió sobre la realidad humano-divina de Jesús (cf. CEC 464-469).

Jesús podría ser un Dios que se hace pasar por hombre. Sus debilidades y sus dolores solo serían aparentes. La resurrección consistiría en despojarse de su apariencia humana. Jesús podría ser un hombre que en el bautismo recibiría la plenitud del Espíritu de Dios. Entonces se le revelarías los secretos de Dios y de su misión. La resurrección sería el premio que el Dios fiel otorgaría a su siervo fiel. El Dios con apariencia humana sería aceptable para los griegos. El hombre fiel a la Alianza y al que Dios premia elevándolo a su trono, sería aceptable para los judíos. Pero estos modos de entender a Jesús no son la fe de la Iglesia.

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Leemos en el Catecismo: Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre (CEC 464). Y, citando el Concilio de Constantinopla: El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la Santísima Trinidad (CEC 468). Y, con palabras del Concilio Vaticano II, el Catecismo afirma: El Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre (CEC 470). Así pues, la Iglesia proclama que Jesús es Dios y hombre, hombre y Dios. Pero, ¿cómo lo explica? Para explicarlo utiliza expresiones de la filosofía griega (cf. CEC 470-478).

El Hijo eterno comparte con el Padre su ser Dios, su substancia divina. Juan afirmó: La Palabra era Dios, Jn 1, 1. Pero la persona del Hijo es distinta de la del Padre. Padre e Hijo son dos sujetos distintos, aunque su ser sea el mismo y sus acciones hacia el exterior de la divinidad (Creación e Historia de Salvación) sean una misma acción Jesús es persona divina con naturaleza divina y con naturaleza humana, con inteligencia, voluntad, corazón y cuerpo humanos. Por esto María engendró en su seno al Hijo del Altísimo, a la persona misma de Dios distinta del Padre. Así podemos invocarla como verdadera Madre de Dios.

¿Cómo se relacionan en la única persona del Hijo la naturaleza divina y la humana? Toda la naturaleza divina queda como en suspenso en la encarnación hasta que eclosiona en la resurrección. Así lo canta Pablo en la carta a los filipenses: Cristo Jesús, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro e mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, Flp 2, 5-8. No nos queda más que doblar la rodilla ante el que, siendo hijo de mujer, la Iglesia proclama como Señor para gloria de Dios Padre.

Rafa Chavarría

amor1Una propuesta de lectio divina, Mc 12, 28-34.

Un letrado que oyó la discusión y apreció lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: “¿Cuál es el mandamiento más importante?”. Respondió Jesús: “El más importante es: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”. El letrado le respondió: “Muy bien, maestro; es verdad lo que dices: que es uno solo y no hay otro fuera de él. Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Viendo Jesús que había respondido cuerdamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”. Y nadie se atrevió a dirigirle más preguntas.

1.- Lectio: Lee entendiendo.

Un especialista en la interpretación de la Torá pregunta a Jesús por el mandamiento más importante. La Torá escrita recogía varios códigos legales: el de la Alianza en el Exodo, el de Santidad en el Levítico, el Deuteronómico en el quinto libro del Pentateuco. Además se reconocía que había una Torá oral que Dios habría revelado también a Moisés. Demasiados preceptos. El letrado pregunta por lo esencial para vivir la Alianza, expresar la pertenencia a Israel y ser testigo ante los pueblos del poder de Dios. Jesús responde con la misma Torá, con Dt 6, 5, un versículo que los judíos recitan diariamente: Amarás al Señor tu Dios… Y añade un segundo mandamiento, tomado de Lv 19, 18: Amarás al prójimo como a ti mismo.

La respuesta de Jesús suscita, al menos, dos preguntas. ¿Qué es el amor? ¿Por qué une Jesús el mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo? La Torá (Ex 3, 7-10)  revela a un Dios que se asoma al mundo, ve y oye el sufrimiento de Israel en Egipto y sufre una conmoción: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Dios toma la decisión de librar al pueblo de la esclavitud y conducirlo a una tierra fértil y espaciosa. Desciende al Sinaí y hace de Moisés su mano liberadora: Y ahora, anda, que te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo. Israel afirma que Dios le ama por haber vivido este acontecimiento. Recapitulemos: Dios sale de sí, percibe la realidad del pueblo tal y como es, se conmueve, toma una decisión y actúa. El amor de Dios se consuma cuando Israel experimenta la liberación, la reconoce  como obra del amor divino, se siente conmovido y rinde culto al que le ha amado. Recordemos las palabras que Moisés dirige al faraón una y otra vez: El Señor, Dios de los hebreos, me ha enviado a ti con este encargo: deja salir a mi pueblo para que me rinda culto en el desierto, Ex 7, 16. El amor es un diálogo entre Dios y su pueblo.

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Este amoroso diálogo se prolonga en la historia. El culto que rinde Israel a Dios en el Sinaí es respuesta agradecida al Dios que le ha mostrado su amor, pero también un compromiso de fidelidad perpetua, una alianza. Dios seguirá mostrando su amor salvando a los israelitas y estos le responderán reconociéndole como su Señor mediante el cumplimiento de los mandamientos relativos al culto y a las relaciones sociales. El israelita debe amar a los hijos de su pueblo porque Dios sacó a todos sin distinción e hizo de ellos un pueblo de hombres libres e iguales. Cumpliendo este deber, el israelita responde con amor al Dios que le amó primero.

El letrado comprende bien a Jesús: Muy bien, maestro; es verdad lo que dices. Y Jesús le dice: No estás lejos del reino de Dios. ¿Por qué no reconoce sencilla y llanamente que, si vive conforme a esos mandamientos, es ya un ciudadano del reino? Porque una cosa le falta, acoger el misterio de Jesús: En esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios: en que envió al mundo a su Hijo único para que nos diera vida, 1Jn 4, 9. Si Dios nos ha amado tanto, es deber nuestro amarnos unos a otros, 1Jn 4, 11. A primera vista, se trata del mismo diálogo revelado en la Torá con la salvedad de que el acontecimiento por el que Dios manifiesta su amor es el misterio pascual de Jesús. Pero la revelación en Jesús cumple la antigua economía superándola. Veamos algunas novedades que desbordan las expectativas del Antiguo Testamento. Dios es amor, 1Jn 4, 8. Existe en el seno del Dios del Sinaí una distinción. El Único es Padre e Hijo en mutua donación eterna de vida. El hombre Jesús, su ser y su biografía, son el amor de Dios actuando en favor nuestro. Los destinatarios del amor de Dios manifestado en Jesús son todos los seres humanos, no solo Israel. El Espíritu nos hace capaces de amar a Dios reconociéndole como Padre, confesando a Jesús como el Hijo venido en la carne y amando a todos los hombres. Amar a los otros, especialmente al más necesitado, es amar al mismo Jesús, que se identifica con cada ser humano: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo, Mt 25, 40.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

Recuerda aquellos momentos en que fuiste consciente del amor de Dios. ¿Reconoces en Jesús crucificado y resucitado la máxima expresión del amor de Dios a ti? ¿Tu vida es una continua respuesta de amor al que te ama? ¿Reconoces en todos la presencia viva de Jesús?

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3.- Oratio: Responde al que te ha hablado.

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Bailas? ¿Cantas? ¿Susurras? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te comprometes con él?

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

santuarioUna propuesta de lectio divina, Mc 12, 13-17.

Después le enviaron unos fariseos y herodianos para ponerle una trampa con las palabras. Se acercan y le dicen: “Maestro, nos consta que eres veraz y que no te importa de nadie porque no eres partidista, sino que enseñas sinceramente el camino de Dios. ¿Es lícito pagar tributo al César o no?, ¿lo pagamos o no?” Adivinando su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea”. Se lo llevaron y les pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Le contestan: “Del César”. Y Jesús replicó: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Y quedaron sorprendidos de su respuesta.

1.- Lectio: Lee entendiendo.

Estamos en el templo de Jerusalén, donde hay maestros rodeados de discípulos y curiosos. Cada maestro ofrece su personal interpretación de la ley y responde a las preguntas que le formulan. También Jesús está allí con sus discípulos. Algunos fariseos, herodianos y saduceos escuchan sus palabras. Jesús ha subido a Jerusalén para celebrar la Pascua. Un maestro galileo que atrae a la gente con sus palabras y sus gestos sanadores. Los maestros le preguntan para comprobar la ortodoxia de su enseñanza.

Marcos nos presenta de entrada la mala intención de fariseos y herodianos, cuya pregunta es en sí misma una trampa. Si Jesús respondiera que se debe pagar el tributo, se enemistaría con los fariseos nacionalistas. Si dijera que no, los herodianos colaboracionistas le denunciarían a la autoridad romana. Jesús descubre su propósito: ¿Por qué me tentáis? Una forma de poner en evidencia a qué rey servían en verdad, a Satanás, con el que Jesús había comenzado a pelear en el desierto (cf. Mc 1, 12-13) y acabaría venciendo definitivamente en Jerusalén por su obediencia al Padre (cf. Mc 14, 36).

El maestro de Galilea no responde a la pregunta política que le formulan, sino que se sirve de ella para hablar de Dios y de su Reino. La moneda con la imagen del César era signo del poder del César. La Ley prohibía toda imagen de Dios, porque él mismo había creado su propia imagen: Y creó Dios a la humanidad a su imagen; varón y mujer los creó, Gn 1, 26. La humanidad pertenecía a Dios, aunque hubiera renunciado a él entregándose a las insinuaciones de la serpiente (cf. Gn 3, 5), al reinado de Satanás. Jesús carga el acento en la segunda parte de su sentencia: Dad a Dios lo que es de Dios, como si dijera a sus interlocutores que lo importante era reconocer que Dios no reinaba en ellos, como si les recordara sus primeras palabras: Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmendaos y creed la buena noticia, Mc 1, 15. Dios en Jesús comenzaba a recuperar su reinado sobre la humanidad, a recrear su verdadera imagen. Jesús desenmascara a fariseos y herodianos, revelándoles su verdad más profunda, y les invita a abrirse al poder de Dios, que desea restaurar su imagen en ellos, reinar en ellos.

Marcos escribe conociendo el desenlace de ese viaje de Jesús a Jerusalén. Jesús acabará siendo crucificado para resucitar el primer día de la semana. Así, el maestro de Galilea culminará su obra. Jesús da a Dios lo que es de Dios durante toda su vida, lo que quedará patente en la crucifixión. De hecho, fue reconocido por el centurión que estaba al pie de la cruz como perfecta imagen de Dios: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios, Mc 15, 39. Jesús crucificado y resucitado es síntesis y cumbre de la humanidad, el lugar donde Dios reina plenamente. Es la diminuta semilla de mostaza (cf. Mc 4, 30-32) que crecerá incorporando a su plenitud de vida a todos los que se conviertan y crean, hasta que el reino de Dios sea una realidad perfecta.

2.- Meditatio: Confronta tu vida con la Palabra.

Has leído el texto de las Escrituras y lo entiendes. ¿Cómo te sientes? ¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio?

Las siguientes preguntas son una ayuda. Si ya has oído al Dios que te habla por su Palabra, olvídalas.

¿Quién reina en mi vida? ¿Mis valores son los del reino de Dios: Vida, verdad, servicio, confianza, esfuerzo, vigilancia, esperanza, respeto, justicia, generosidad, disponibilidad…? ¿En qué medida trabajo para que Dios reine en mi familia, entre mis amistades y vecinos, en mi entorno laboral, en la vida social, en la cultura, en la política, en la Iglesia…? ¿En qué medida creo en Jesús crucificado y resucitado? ¿En qué medida esa fe da sentido a mi vida, motiva mi esperanza, mi paz y mi alegría? Cuando dialogas con el Señor en la oración, ¿mantienes una actitud de escucha y docilidad? O, por el contrario, ¿le enredas con tus palabras como los fariseos y herodianos, intentando que te diga lo que quieres oír?

3.- Oratio: Responde al que te ha hablado.

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Bailas? ¿Cantas? ¿Susurras? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le agradeces? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te comprometes con él?

4.- Contemplatio: Disfruta de la divina presencia.

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

Navidad2Una propuesta de lectio divina, Lc 2, 1-7:     En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento se hizo cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y cuando ellos se encontraban allí, le llego la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.

1.- Lectio

Lucas nos ofrece las circunstancias históricas de lo que nos quiere contar. César Augusto era emperador en Roma y Quirino gobernador de Siria. Nos sitúa en lugares concretos: Nazaret y Galilea, Judá y Belén. Cita las circunstancias más inmediatas: Todos iban a inscribirse cada uno a su ciudad. José, por ser descendiente de David, viajó hasta Belén con su esposa que estaba en cinta. Lucas narra un suceso histórico y corriente, el nacimiento de un niño. El aposento era una sala o patio grande donde se amontonaban los viajeros, no era lugar para una mujer a punto de romper aguas. La pareja, buscando intimidad, se retiró a un establo. Llegó el bebé, y su madre lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, proporcionándole toda la seguridad y la comodidad que pudo.

Lucas ya había llamado a este niño Jesús, Hijo del Altísimo, hijo de David, rey, Santo, Hijo de Dios (cf. 1, 31-35). Poco después de contarnos su nacimiento le llamará salvador, mesías, Señor (cf. 2, 11). Este niño es la esperanza del pueblo, el cumplimiento de las promesas, quien devolverá a Israel la libertad y la gloria de los tiempos del rey David. Pero este niño es misterioso, fue engendrado por el Espíritu bajo la sombra del poder del Altísimo. Este niño es Santo como Dios es Santo (cf. Lv 19, 2) y lleva el título de Señor, igual que el Dios del Sinaí (cf. Ex 3, 15) y que el Resucitado (cf. Hch 2, 36; Flp 2, 9-11). Este niño es la Palabra que, siendo Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1, 1.14).

 2.- Meditatio

Has leído el texto de las Escrituras y lo entiendes. ¿Cómo te sientes? ¿Te ha llamado alguna palabra la atención? ¿Algún gesto te ha sorprendido? Vuelve sobre ello, rúmialo. No reflexiones, deja que emerja la verdad que te quiere comunicar Dios. ¿Qué descubres? ¿Te sientes como al principio?

Las siguientes preguntas son una ayuda. Si ya has oído al Dios que te habla por su Palabra, olvídalas.

¿Quién eres? ¿Cuáles son tus circunstancias personales? ¿Eres capaz de descubrir en lo que te sucede a Dios y su plan salvífico sobre ti?

¿Cómo reciben José y María al niño? ¿Cuáles son sus actitudes y sus sentimientos? Y tú, ¿en qué medida reconoces en toda vida una bendición de Dios?

Toma el pulso a tu fe. ¿Reconoces a ese niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre como el que satisface tus esperanzas más radicales, como el que te revela el rostro y el amor del Padre y tu particular vocación en el mundo y en la Iglesia? ¿Lo recibes con confianza, amor, adoración? ¿Qué te estorba para acogerlo como lo hicieron José y María? ¿Quieres seguirlo por donde quiera llevarte, confiando en que te conducirá hasta tu plenitud en la medida de su propia gloria?

3.- Oratio

La oración es toda respuesta al Dios que te ha hablado. Deja que el Espíritu ore en ti con tu cuerpo, tus sentimientos, tus palabras. ¿Te postras en adoración? ¿Te arrodillas? ¿Te sientas? ¿Alzas las manos? ¿Estás en pie? ¿Bailas? ¿Cantas? ¿Susurras? ¿Lloras? ¿Le alabas? ¿Le suplicas? ¿Le cuentas cómo te sientes? ¿Desahogas tus preocupaciones ante él? ¿Le confías tus inquietudes y proyectos? ¿Le hablas del sufrimiento de tantos? ¿Le preguntas? ¿Te comprometes con él?

4.- Contemplatio

Has respondido a la Palabra. ¿Sientes el amor de Dios? Déjate amar. No digas nada. Sumérgete en el amoroso silencio que te envuelve. Déjate convertir. Deja que el Espíritu abra tus ojos para que veas el mundo,  la historia y a los más cercanos a ti como los ve él. Deja que transforme tu corazón de piedra en un corazón de carne, que se conmueva con todo dolor, desgracia e injusticia, como se conmueve el corazón de Dios. Déjate fortalecer para que tu vida, animada por el Espíritu y obediente a él, sea  testimonio, servicio y evangelización.

Rafa Chavarría

El itinerario de la lectio divina

La lectio divina es el método con el que el Pueblo de Dios, sea Israel, sea la Iglesia, se encuentra con su biblia1Señor a través de su Palabra escrita. El ámbito propio de la lectio divina es la liturgia, en ella el Pueblo proclama la Palabra, la escucha y la confronta con su vida, se compromete con ella y la celebra. También el creyente la practica en privado, aunque siempre en comunión con el Pueblo creyente y orante, así prepara y prolonga la liturgia de la Palabra. Veamos cómo los que hemos creído en el Evangelio ascendemos por la lectura de las Escrituras hasta saborear el Misterio Trinitario y ser transformados por él. La lectio divina exige unas disposiciones y una preparación previa: ‘Preliminares’. Después describiremos los sucesivos pasos del ‘itinerario de la lectio divina’, para terminar apuntando las ‘consecuencias’ de esta experiencia espiritual.

1.- Preliminares

La lectio divina es un encuentro con Dios a través de su palabra escrita. Necesitamos una fe viva, una conciencia de haber sido sanados y recreados, de que ese amor que se nos dio se nos sigue dando ahora. La lectio divina es  un diálogo íntimo de enamorados, por lo que necesitamos un ambiente de soledad y silencio. Para conseguirlo nos reservaremos un lugar y un tiempo a salvo de interrupciones.

Conviene tener un plan de lectura. Es muy aconsejable seguir el ritmo de la liturgia de la Palabra de la misa dominical. También podemos leer de principio a fin la Biblia. En este caso conviene empezar por los libros que nos sean más asequibles o que desarrollen un tema que nos interese. Empecemos con Lucas-Hechos, así seguiremos la historia de Jesús desde su nacimiento y conoceremos los primeros pasos de la Iglesia.

Entramos a la presencia de Dios y susurramos o cantamos suavemente una invocación al Espíritu, que es el auténtico orante (cf. Rom 8, 27). Poco a poco nuestro cuerpo se relajará, nuestra mente se serenará  y nuestro corazón se sosegará. Es decir, adquirimos una actitud de escucha, una apertura total a la Palabra, de modo que no nos estorben ni achaques, ni pensamientos ni desazones.

plegaria                    contemplación

2.- La lectio divina

Hemos entrado a la presencia de Dios con fe y en comunión con la Iglesia. Hemos invocado al Espíritu. Somos todo escucha. Es el momento de abrir las Escrituras y recorrer el itinerario de la Lectio Divina desde la lectura (lectio), por la meditación (meditatio) y la oración (oratio), hasta la contemplación (contemplatio). Veamos cada etapa de  camino.

2.1.- Lectio

La lectura consiste en leer despacio el texto, intentando comprender su sentido. Se trata de responder a la pregunta ¿qué dice el texto? Para entenderlo bien hemos de tener en cuenta el momento histórico en que se escribió, el libro del que forma parte, el mensaje general de las Escrituras y la interpretación de la Tradición eclesial. No olvidemos leer cualquier texto de la Biblia a la luz de la plenitud de la Revelación: El Cristo pascual.

2.2.- Meditatio

Vuelvo a leer el texto yo, con mi personalidad, mi estado de ánimo, mis preocupaciones, mis proyectos, mis logros, mis circunstancias familiares y laborales, con mis amigos y aquellos que no lo son tanto, con mi lugar en el mundo y en la Iglesia, con mi trayectoria espiritual. Releo la Palabra, abierto a su impacto, la medito. Un versículo o una imagen me impactan. Rumio el versículo o contemplo la imagen.

2.3.- Oratio

La meditación prolongada me hará evidente lo que quiere decirme Dios por su Palabra. Quizá Dios me revele mi auténtica realidad, los dones que me ha regalado y mi pecado. Puede que me descubra su amor. Quizá me reclame una auténtica conversión, una fe más viva, una esperanza más firme, una caridad más generosa y activa. Dios espera de mí una respuesta. Oro, dejando que el Espíritu adore, alabe, agradezca, suplique en mí.

2.4.- Contemplatio

La oración terminará siempre con la actitud y las palabras de la Virgen de Nazaret: Hágase en mí según tu Palabra, Lc 1, 18. Y después, el silencio. Un silencio en el que el Poder del Altísimo nos cubre con su sombra y somos conscientes de estar en contacto con el Misterio. Saboreamos el amor de la Santa Trinidad y dejamos que el Espíritu nos transforme según el proyecto del Padre en imagen viva del Hijo.

3.- Consecuencias

La contemplación es la experiencia culminante de la lectio divina. Sin embargo su duración es limitada. El encuentro con Dios nos ha humanizado, porque nos ha divinizado, y nos ha capacitado para desarrollar nuestras tareas al estilo de Jesús, dejándonos llevar por el Espíritu. Nuestra vida deberá ser fidelidad al plan de Dios, que se nos ha revelado y hemos acogido en la oración.

Rafa Chavarría

Mensaje de Benedictus XVI para la Cuaresma 2012

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24).

Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada».

También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente.

Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades.

La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19).

En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre.

En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último.

En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein— es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana.

Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8).

Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así.

El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social.

En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo.

La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede.

Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

  BENEDICTUS PP XVI

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