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Lectio Divina

El sermón misional. Lectio divina: Mt 9, 35-11, 1. (Continuación)

Jesús envía a los doce con unas instrucciones muy concretas. En primer lugar, los destinatarios de la misión serán las ovejas descarriadas de Israel, Mt 10, 6. Más adelante se hablará del testimonio ante los paganos (Mt 10, 18), lo que se corresponde con la práctica de la comunidad primitiva después de la resurrección (Mt 28, 19; Hch 11, 19-24 y el resto del libro). La misión debe empezar por los más cercanos, y ya irá mostrando el Padre el camino a seguir. El mismo Jesús se sentía enviado a Israel (Mt 15, 24), aunque atendió a los paganos que se acercaron a él con fe (Mt 8, 5.28; 15, 22). Dejemos constancia del paralelismo entre Mt 10, 5-6 (paganos, Samaría, Israel) y Hch 1, 8 (Jerusalén, Judea, Samaría, los confines del mundo).

Cojo Puerta HermosaLa segunda instrucción se refiere a la naturaleza de la misión: Por el camino proclamad que ya llega el reinado de Dios, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, Mt 10, 7-8a. Prácticamente se calca el sumario de Mt 9, 35. La misión apostólica reproducirá la misión de Jesús. El misionero será un itinerante que proclame que Dios ha comenzado a reinar, lo que resultará patente cuando la gente se vea libre de las enfermedades, la muerte, la impureza legal, el diablo.

Jesús impone a los apóstoles una serie de condiciones que solo podrán cumplir si mantienen una actitud de radical confianza en el Padre. No evangelizarán por una compensación económica (Mt 10, 8b) ni por sentirse satisfechos de sí mismos ni siquiera por asegurarse un lugar en el reino de los cielos. Los apóstoles evangelizarán, en primer lugar, porque ellos mismos han sido evangelizados por Jesús y han experimentado su salvación (recordemos Mt 9, 9-13). Y, en segundo lugar, evangelizarán porque Jesús los ha llamado, ha compartido con ellos su poder y los ha enviado. Si los apóstoles confían en el Padre, no pasarán necesidad (Mt 6, 31-34). Ellos son contagiadores de paz (Mt 10, 12-13). Si anduviesen agobiados, transmitirían inquietud, no paz.

Jesús es realista: el misionero encontrará dificultades serias. El apóstol deberá ser generoso y confiado, pero no atolondrado. La misión exige prudencia, pues los poderes de este mundo, azuzados por el diablo, pondrán mil y una trabas al avance misionero (Mt 10, 16-18). Lo curioso es que la persecución será ocasión de dar testimonio ante los grandes y los paganos (Hch 8, 1; 25, 13-23; 26, 1-32). El misionero no se preocupará por lo que dirá en los tribunales. Su actitud básica será la confianza en el Padre, cuyo Espíritu inspirará las palabras oportunas (Mt 10, 19-20). Jesús llama a mantener la confianza durante la misión, a perseverar. Y, ¡atención!, el apóstol también encontrará oposición entre sus familiares (Mt 10, 21-22). Es verdad que cualquier discípulo debe tener presente estos versículos. La prudencia impondrá muchas veces la huida, como hará Jesús (Lc 4, 28-30; Jn 8, 59), la primera comunidad (Hch 8, 1) y también Pablo mientras le perseguían los judíos de Tesalónica (Hch 17, 10.14-15).

cristianos en la cárcelJesús comparte su misión. Sus discípulos encontrarán las mismas dificultades que él encontró: rechazo y persecución hasta la muerte (Mt 10, 24-25). El seguidor de Jesús anda la misma senda que su maestro y solo aspira a vivir como él vivió. Hemos de tener claro que aquel al que seguimos fue llamado Belcebú y su final fue la crucifixión. No podemos sorprendernos si no nos escuchan, nos desprecian, nos insultan, crean mal ambiente contra nosotros, etc.  En el espacio de seis versículos, Jesús repite: No tengáis miedo (Mt 10, 26-31). Una nueva llamada a la confianza en el Padre que vela por todas sus criaturas. La evangelización ha de hacerse con valentía. Ni las amenazas de muerte sirven de excusa para eludir la misión, porque Jesús resucitará y sus seguidores compartirán su destino final. Y de nuevo insiste Jesús en la actitud fundamental del misionero: la confianza en el Padre. Y al final, el juicio. El mismo Jesús abogará ante el Padre por los que perseveren en la misión sin desesperarse. A estos les espera el reino de los cielos. Mientras que los cobardes no entrarán en él, siendo el mismo Jesús el fiscal en su causa.

Jesús se presenta como juez (Mt 10, 34-42). El trae la espada que, incluso en el seno de las familias, separará a los ciudadanos del reino de los que no lo son, según acojan o rechacen su palabra y su salvación. Esta acogida se concreta en varios puntos. Jesús debe ser lo prioritario. Hay que seguirle aceptando las dificultades -cruz- propias de la vida y, en su caso, también de la misión. Hay que olvidarse de uno mismo, centrarse en Jesús y servir generosamente, aunque vaya la vida en ello. Se trata de amar. Es decir, de negarse a sí mismo para afirmar a Jesús y a los demás hasta dar la vida para que los otros vivan. El seguidor que proceda así hasta el final recobrará la vida más allá de la muerte, en el reino. Finalmente, hay que recibir a los misioneros como al mismo Jesús (Mt 10, 40-42). Cuando el apóstol acogió a Jesús, acogió al Padre. Ahora el apóstol es enviado como mediación de Jesús y, por tanto, del Padre. Así, el apóstol se convierte de alguna manera en juez. Acogerle es acoger a Jesús y al Padre, convertirse en ciudadano del reino. El que le rechaza se granjea su propia exclusión del reino de los cielos.

 Pronto publicaremos las conclusiones de este artículo.

El sermón misional. Lectio divina: Mt 9, 35-11, 1.

Hemos visto a Jesús proclamando el evangelio del reino y liberando a la gente de sus innumerables esclavitudes. Jesús se ha entregado a esta tarea porque el Padre le ha enviado como Hijo partícipe de su propia vida, ungido por el Espíritu Santo. Jesús evangeliza por obediencia al Padre, pero también por imperativo de su propio amor hacia los hombres. Jesús quiere llegar a todos. Para cumplir este deseo escoge apóstoles, les comunica su poder y los envía a la misión con una serie de instrucciones.

jesús1.- Jesús ama a la multitud

Mateo resume en un versículo toda la actividad de Jesús desde el capítulo cinco. Jesús sería un itinerante que enseñaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de dolencias (Mt 9, 33). Ahora, se detiene a mirar, a tomar conciencia de la realidad de la gente. Ve demasiada desorientación y excesivo sufrimiento: andaban maltrechos y prostrados, como ovejas sin pastor, Mt 9, 36. Vista y reconocida la situación de la multitud, Jesús se conmovió por ellos. Jesús vive abierto a la verdad y se deja afectar por ella. Estos son los dos primeros pasos del amor: la mente percibe la verdad y el corazón se emociona. Jesús, después de ver y emocionarse, actúa en consecuencia. Ya hemos visto en el sumario que se dedicó a enseñar y curar.

El evangelista nos revela una nueva constatación de Jesús: La mies es mucha, los braceros son pocos, Mt 9, 37. Él estaba entregado a la gente, pero se sentía incapaz de llegar a todos. Es de suponer que esta desproporción entre la ingente cantidad de gente que le necesitaba y sus capacidades reales, le conmovieran. La única acción posible ante esta realidad era compartir su misión, por eso no se guarda para sí esa nueva constatación, sino que se la confía a sus discípulos. Mateo nos contará cómo Jesús comprometerá a sus seguidores con su misión y las instrucciones que les dio para llevarla a cabo.

2.- La acción evangelizadora

magníficatEl primer acto misionero es orar. Jesús dijo a sus discípulos: La mies es abundante, los braceros son pocos. E inmediatamente les manda ponerse de rodillas: Rogad al amo de la mies que envíe braceros a su mies, Mt 9, 37. Es el Padre-amo quien tiene la iniciativa de la salvación y el poder para llevarla a cabo. Él sabe de quien se quiere servir para llevar adelante la misión. Nosotros, no. Nosotros no podemos hacer más que ser conscientes de la necesidad de la evangelización, asumirla y pedir al Padre la lleve adelante según su voluntad. Eso sí, deberemos estar abiertos a la posibilidad de que el amo nos envíe a nosotros mismos como braceros a su mies. Es tan importante el imperativo de la oración que Lucas nos pinta a Jesús en una montaña orando a Dios durante toda una noche antes de elegir a los doce apóstoles (Lc 6, 12).

El apóstol es en primer lugar un escogido. El discípulo no se instituye a sí mismo apóstol. Será Jesús quien escoja a doce entre sus discípulos y los llame por su nombre. Nunca debe olvidar que ha sido llamado. La misión no le pertenece. No le corresponde a él hacer proyectos misioneros ni evaluar sus frutos, sino al amo de la mies. Él es un simple bracero, un servidor del amo al que debe obedecer. Mateo nos ofrece la lista de los doce apóstoles. Es prácticamente igual a la de Marcos. Simón encabeza la lista, y se alude al nombre que le dará Jesús cuando le confiese como el Mesías, el Hijo de Dios vivo, Mt 16, 13-19. El evangelista aclara que Mateo es el recaudador, cuyo encuentro con Jesús ya nos ha contado en Mt 9, 9. Judas Iscariote cierra la lista. Mateo, igual que Marcos y Lucas, no escamotean su nombre; al contrario, dejan claro que fue el traidor, uno de los doce.

Jesús comunica a estos doce escogidos su propio poder. Jesús es el bracero por antonomasia del Padre. Los misioneros son cooperadores en la misión de Jesús. Por lo tanto es lógico que Jesús les haga partícipes de su propia autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y enfermedad, Mt 10, 1. El apóstol debe ser consciente de que es un instrumento en manos de Jesús para servir a la misión que le confió el Padre. Y debe creer que Jesús le ha comunicado su poder. Los exorcismos y las curaciones no son solo cosa de Jesús y de la Iglesia primitiva. Jesús vive hoy, escoge apóstoles con los que comparte su poder y los envía a la misión sin apartarse de ellos (Mt 28, 16-20).

 Pronto publicaremos el final de este artículo.

Seguir a Jesús. Lectio divina: Mt 8, 18-22; 9, 9-17. (Final)

3.- Fin del seguimiento

Estando Jesús en la casa, sentado a la mesa, Mt 9, 10. El evangelista nos introduce en un banquete en el que Jesús es el anfitrión; le rodean sus discípulos. Muchos recaudadores y pecadores se suman al banquete. Banquete significa amistad, comunión, compartir, abundancia, alegría, felicidad. Este banquete aparece como anticipo de la plenitud del reino que ya se ha inaugurado. Hacia él va el seguidor de Jesús. Más adelante, el evangelista nos presentará una parábola en la que el banquete de boda aparece como imagen del reino consumado (Mt 22, 1-14). Los fariseos no comprenden esta confraternización del Maestro con los recaudadores y los pecadores. Tampoco los discípulos de Juan entienden que los discípulos banqueteen y se olviden de ayunar. Jesús tendrá que explicarse.

fariseos

Los fariseos eran uno de los grupos religiosos judíos de los que habla Flavio Josefo: saduceos, esenios, zelotes, samaritanos -que eran herejes respecto a la fe de Jerusalén- y fariseos. Estos eran de talante ascético, y rigurosos en el cumplimiento de la Ley. Además aceptaban una serie de tradiciones no escritas, pero que se habrían transmitido oralmente desde Moisés. Cumplían fielmente con el descanso sabático y eran muy escrupulosos en lo referido a la pureza legal. Evitaban los alimentos impuros y el contacto con pecadores (hombres impuros). Eran aficionados a las abluciones, baños purificatorios y lavado de ciertos utensilios, todo lo cual se realizaba siguiendo un rígido ritual. Se trataba de un grupo admirado y respetado por el pueblo, sobre el que tenían una importante autoridad moral. Estos fariseos no podían entender que Jesús compartiera mesa con recaudadores y pecadores, porque eso significaba compartir ideas, proyectos y vida. Además, Jesús y sus discípulos se contaminarían con la impureza propia de esos impuros, apartándose de la comunión con Dios. Jesús invierte la doctrina farisea. Llama a los pecadores enfermos y él se presenta como médico. No es Jesús el que enferma, incurre en impureza, se hace pecador. Son los pecadores los que reciben de Jesús la salud, la pureza de corazón, la reconciliación con Dios. No es Jesús el que asume las ideas, proyectos y vida de los pecadores. Al contrario, son estos los que hacen suya la doctrina del Maestro, se incorporan a su proyecto y procuran vivir como vive él. Jesús se justifica con una cita de Oseas: Id a estudiar lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’, Os 6, 6. Los fariseos, aunque se las den de entendidos y cumplidores de la Escritura, no la comprenden, la han vuelto del revés. Jesús sabe que Dios, cuyo corazón es misericordioso, se complace en el que reconduce al pecador a la comunión con él, y a esta tarea se entrega generosamente.

Ya conocemos a Juan Bautista (Mt 3). Sus discípulos eran aquellos que permanecían con él asimilando su doctrina y compartiendo su vida. Más adelante los veremos acudir a Jesús, enviados por Juan (Mt 11, 2-6), y sepultando a su maestro (Mt 14, 12). Estos discípulos habrían reconocido sus pecados y Juan los habría bautizado como signo de su conversión al Dios de la Alianza. Serían sobrios y cumplidores de la Ley. Dedicados a la oración y asiduos al ayuno, signo de su expectación ante la inminente llegada del juez escatológico (Mt 3, 11-12). Les extraña que los discípulos de Jesús no ayunen, que no compartan con ellos su convicción de que el juez está a punto de llegar (Mt 9, 14). Jesús se explica: ¿Pueden estar de luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?, Mt 9, 15. La imagen esponsal que utiliza Jesús evoca los oráculos proféticos que presentan a Dios como un esposo que recupera a su esposa infiel a base de amor para desposarla definitivamente (Me casaré contigo para siempre, Os 2, 4-25; El que te hizo te tomará por esposa, Is 54, 1-10). El juez que anunciara Juan y sus discípulos aguardan ya ha llegado, aunque no lleva el bieldo en la mano, Mt 3, 12, sino un corazón rebosante de misericordia. Jesús contestará en esta línea a la pregunta que le hará Juan por boca de sus discípulos (Mt 11, 2-5). Esta presencia del novio invita a la alegría, no al luto. Los discípulos de Jesús no pueden mantener ni unas actitudes ni unos comportamientos que en su momento tuvieron sentido, pero que son de un tiempo ya superado: el vino nuevo se echa en odres nuevos, Mt 9, 17. Los seguidores de Jesús son pecadores que han acogido su misericordia y no aspiran más que ha permanecer con él, el novio anunciado por los profetas. Los seguidores de Jesús no aspiran a nada más que a entrar con el novio en el banquete de boda, signo del reino definitivo de Dios (Mt 25, 1-13)

bienaventurados4.- Conclusiones

Mateo sintetiza la actividad de Jesús en un versículo: Jesús recorría Galilea entera, enseñando en aquellas sinagogas, proclamando la buena noticia del reino y curando todo achaque y enfermedad del pueblo, Mt 4, 23. Unos, admirados de su enseñanza y sus curaciones, le pedirán los reciba en su seguimiento (escriba). A otros, los llamará él mismo por su nombre (Mateo). En todo caso, el seguidor debe saber que Jesús ha inaugurado el reino de Dios y urge que alcance su consumación. El seguimiento resulta prioritario, de modo que todo lo demás se subordina a él. En última instancia, el seguidor de Jesús es un pecador que ha acogido la misericordia divina manifestada en Jesús. El seguidor avanza hacia la plenitud del reino, que nada tiene que ver con fastos y logros humanos. Seguir a Jesús conduce a la perfecta comunión y alegría del reino consumado, cuyos signos y anticipos son el banquete y la presencia del novio.

Rafa Chavarría

Seguir a Jesús. Lectio divina: Mt 8, 18-22; 9, 9-17. 

Hemos contemplado al Jesús que sana de raíz a los hombres, que libera del poder del demonio e introduce en el reino de Dios. Dentro de esa parte del evangelio de Mateo que titulábamos ‘Diez milagros’ hay algunos versículos que nos hablan del seguimiento de Jesús. El hombre liberado de la esclavitud se pone en marcha tras los pasos de Jesús, se hace seguidor suyo hasta entrar con él en el reino definitivo.

seguir a jesus 21.- Exigencias del seguimiento

El estudio de la Ley había sido tradicionalmente patrimonio de los sacerdotes. Pero durante la época griega el sacerdocio entró en crisis, hasta pasar el sumo sacerdocio de la familia de Sadoc a la familia de los macabeos (1Mac 10, 15-21). Además los griegos construyeron muchos gimnasios, centros de cultura griega, a las que acudieron muchos israelitas que abandonaron la religión de sus padres (1Mac 1, 41-50; 2Mac 4, 7-15). Así, los judíos piadosos asumieron el estudio de la Ley y abrieron numerosas escuelas. Cada escuela tenía su maestro y sus discípulos, seguidores que intentaban asimilar las enseñanzas y la vida de su maestro.  Estos estudiosos, escribas, se convirtieron en los dirigentes ilustrados de las comunidades y grupos religiosos, adquiriendo gran ascendiente sobre el pueblo.

Uno de esos escribas se siente atraído por Jesús, al que reconoce como Maestro y en cuya escuela quiere matricularse. Jesús le hace pensar. Sus seguidores no logran establecerse ni adquieren prestigio social. Recordemos que en el Sermón de la Montaña, el Maestro había insistido en vivir sin agobios, esperándolo todo del Padre celestial (Mt 6, 8.11.25-34; 7, 7-11), en no buscar aplausos (Mt 6, 1) y ser servidores generosos de los demás (Mt 6, 22-23.12). En definitiva, Jesús recuerda al escriba que seguirle a él significa reconocer a Dios como único Señor (Mt 6, 24), priorizar la búsqueda del reino (Mt 6, 33) y hacer vida el designio del Padre (Mt 7, 21).

Después se acerca a Jesús un discípulo, alguien que, se supone, había comprendido y aceptado las exigencias del seguimiento. Sin embargo, este hombre no acaba de centrarse en la búsqueda del reino. No se da cuenta de que el reino ha sido inaugurado por las palabras y los gestos liberadores de Jesús. Quien cree en Jesús ha entrado en la comunidad del reino y no debe preocuparse de nada más que de vivir la nueva vida que el Padre le ha regalado por Jesús y seguir al Maestro hasta la consumación del reino. El verdadero discípulo no se distrae con las costumbres y obligaciones sociales que le ataban antes, pues le urge la causa del reino que absorbe toda su atención y sus energías.

2.- Comienzo del seguimientovocación-de-mateo

El término que se suele traducir por ‘publicano’ se refiere al recaudador de impuestos o de aduanas por cuenta de los romanos, empleado de un arrendatario o contratista. Era un oficio que se prestaba a la extorsión y adquirió mala reputación entre la opinión pública, aunque el gobierno controlaba los excesos más sobresalientes y llevó ante el juez a muchos de los que abusaron patentemente de su oficio. Ya antes de Cristo, Cicerón y Tito Livio se mostraron críticos con los publicanos. Los judíos observantes de la Ley, además de aprovechados, los consideraban pecadores públicos. A sus ojos eran impuros, no podían participar en el culto debido a Dios por su continuo contacto con los gentiles y porque trabajaban durante el descanso sabático. En realidad su dios era el dinero y no tenían miramientos con los que estaban obligados a pagar impuestos.

Estamos en Cafarnaúm, adonde había cruzado Jesús: Subió a una barca, cruzó a la otra orilla y llegó a su ciudad, Mt 9, 1. Cafarnaúm era una ciudad situada en un punto estratégico de la ruta comercial hacia Damasco y, por tanto, con aduana. Había allí diversos recaudadores que ejercían su oficio en favor de sí mismos, de Herodes Antipas y, en última instancia, de los romanos. Jesús iba de camino y pasa entre los mostradores de los aduaneros. Ve a uno de ellos sentado. Le dice: Sígueme. El hombre se levantó y lo siguió, Mt 9, 9. Este relato es semejante a Mt 4, 18-22, donde se nos cuenta la vocación de Simón y Andrés, Santiago y Juan. Ambos textos nos ofrecen las mismas enseñanzas. Jesús llama, suya es la iniciativa, lo que nos revela su señorío. Y llama a irse con él, a compartir su vida, su misión y su destino. El llamamiento de Jesús urge, el recaudador no se entretiene, abandona su negocio, sus extorsiones, sus ambiciones, y sigue a Jesús, le confía su vida y su destino. Reconoce lo absoluto en Jesús, que más que Maestro será para él Señor.

Pronto publicaremos el final de este artículo.

Domingo 11º Ordinario: Ez 17, 22-24; 2Cor 5, 6-10; Mc 4, 26-34.

sembrador2El reino de Dios es una realidad misteriosa. En realidad no es algo, sino la experiencia del que se abre a Dios, deja que él se enseñoree de su vida y vive en perfecta comunión con él. Las experiencias no las comprendemos bien si no las hacemos nosotros mismos. Nos pueden hablar del sabor de una manzana, pero la vía más directa y adecuada para comprender lo que nos cuentan es dar un buen mordisco a la manzana. Jesús, el Hijo predilecto del Padre y al que llena su Santo Espíritu, vivió en plenitud la experiencia del reino. El mismo era el reino. En él reinaba Dios de modo perfecto. Jesús no se guardó su experiencia, sino que invitó a la gente a experimentar lo mismo que él experimentaba: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia, Mc 1, 15. Y muchos creyeron que Jesús sabía de lo que hablaba, lo reconocieron como el testigo del reino, y se pararon a escucharle.

Y Jesús les habló del reino, invitándoles a vivir lo que él vivía. Las experiencias no pueden describirse con precisión, por eso Jesús habló del reino en parábolas, con comparaciones. De esta manera iba revelando los detalles del reino, que sus oyentes solo reconocerían cuando experimentaran a Dios como rey de sus vidas, de la humanidad, de la Historia. Había que fiarse de Jesús, confiar en el poder de su palabra y abrirse a Dios con la confianza que un niño pequeño tiene en sus padres. El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… Esta simiente lleva dentro de sí un poder que la hace desarrollarse por sí misma. Somos complejos y compleja es nuestra vida. Si nos fiamos de Jesús y creemos en su palabra, nos abriremos con confianza al Padre y desearemos que él reine en nosotros. Y poderoso es él para tomar posesión de nuestra tierra. Jesús nos invita a rechazar toda preocupación, sea cual sea nuestro carácter, nuestra biografía y las circunstancias que nos envuelven. Muchas veces nos duelen las injusticias de nuestra sociedad, sus indiferencias, sus marginaciones, sus atropellos, tan alejadas de la justicia, la paz y el progreso que Dios quiere. Quisiéramos que el Dios Amor reinase en nuestra sociedad y nos ponemos con generosidad a trabajar por la instauración de su reino, a evangelizar. Al cabo de un tiempo nos sentimos demasiado pequeños para semejante tarea y nos desesperamos y abandonamos. ¿Por qué? Porque no acabamos de creer en la enseñanza de Jesús. Porque no llegamos a confiar del todo en el poder que tiene la semilla del reino. Porque no nos conformamos con sembrar y dejar a Dios que haga crecer según su voluntad, ya que deseamos controlar todo el proceso, desde la siembra a la siega.

El-reino-de-Dios

Jesús compara también el reino a una pequeñísima semilla de mostaza que se hace más alta que las demás hortalizas. El reino comienza de modo muy sencillo. Basta una confidencia susurrada y un pequeño gesto de amor, al que se responde con un nada espectacular acto de fe y agradecimiento. Ya sé que a nosotros nos van más las grandes campañas de marketing y contabilizar un elevado número de adhesiones, no importa si auténticas o no. De esta manera nos sentimos triunfadores, satisfechos de nosotros mismos y dignos de una fuerte ovación. Pero no es este el estilo de Dios. El Padre quiere hijos. Jesús quiere amigos. El Espíritu quiere corazones abiertos y disponibles que lo acojan y se dejen llevar por donde él tenga a bien conducirles. Dios descendió de su trono celeste para buscar personas, no clientes ni cifras para una estadística. El grano de mostaza necesita su tiempo para alcanzar su madurez. Dios no tiene prisa. Sabe que, aunque nos abramos a él generosamente, le llevará años reinar plenamente en nosotros y en nuestra sociedad, pues muchas son las resistencias que encontrará en nuestros corazones. Dios es constante y paciente con nosotros. Nosotros debemos convertirnos, cambiar nuestros valores por los de Dios: La pequeñez, la sencillez, la constancia y la paciencia.

Rafa Chavarría

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: Os 11, 1-9; Ef 3, 8-19; Jn 19, 31-37.

AbbaLa primera lectura nos propone que contemplemos el corazón paternal – maternal de Dios: Cuando Israel era joven le amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Destaca en estos versículos la dimensión afectiva del amor. El Dios de Oseas no es el impasible Brahman hindú ni el lejano motor inmóvil de Aristóteles ni eso que en la New Age llaman Naturaleza o Energía. No. El Dios de Oseas es cariñoso y tierno. Su corazón se conmueve y actúa en consecuencia. Porque el amor de ese Dios Padre – Madre tampoco es comparable al amor romántico que cantan tantas canciones para adolescentes y jóvenes, amor que se va en suspiros y ayes, en atracciones y desengaños. Oseas nos recuerda que Dios sacó a Israel de Egipto por amor, que lo protegió como un padre y lo cuidó como una madre durante la travesía del desierto. Amor divino no correspondido: él no comprendía que yo le curaba. Israel se desentendió de Dios e hizo oídos sordos a sus palabras cariñosas, a sus sabios consejos, a sus gestos liberadores. Se construyó ídolos a su medida, manejables, que le dieran sensación de independencia y fortaleza. Instituyó costumbres y promulgó leyes que justificaran sus caprichos y ambiciones, de modo que los que habían nacido hermanos, hijos de un mismo Dios, se separaron en triunfadores y fracasados, señores y siervos, explotadores y explotados. Israel desterró del país la justicia de Dios sustituyéndola por una injusticia destructiva.

¿Qué sentimientos despertó este desamor de Israel en el sensible corazón de Dios? Oseas nos dice que el divino corazón ardió en cólera y, consecuentemente, pensó en entregar al pueblo en manos de sus enemigos. Dios dejaría de proteger y de bendecir a Israel. Comprendemos perfectamente esta reacción. Así reaccionamos nosotros ante un desengaño, ante una traición. Pero sigue escribiendo Oseas: Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta. Dios no es un ídolo tallado a imagen y semejanza nuestra. Dios está más allá de nuestra inteligencia. Sus sentimientos sobrepasan nuestros mezquinos orgullos y ambiciones. Sus acciones nos sorprenden siempre. Dios seguirá atrayendo a Efraím con cuerdas humanas, con correas de amor. Cuando llegó la plenitud de los tiempos esas cuerdas y correas tomaron cuerpo en Jesús de Nazaret. Basta una lectura tranquila de los evangelios para descubrir en ellos las palabras y los gestos cariñosos de Jesús que nos revelan la infinita anchura, largura, altura y profundidad de su corazón, de su amor. Evidentemente, el gesto más expresivo y revelador será su muerte en la cruz, porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, Jn 15, 13. Por esto la Iglesia nos propone hoy que nos dejemos atraer por el crucificado (Jn 12, 32), que seamos dóciles a la Escritura: Mirarán al que atravesaron.

JavierY aquí estamos contemplando a Jesús crucificado y muerto. Su corazón ha sido alanceado y de él manan torrentes de agua purificadora y sangre santificadora. No cabe hacer otra cosa que dejarse empapar, que dejarse amar. No nos resulta fácil esta actitud receptiva y abierta. Nos gusta llevar la iniciativa, sentirnos creativos y útiles. Por esto mismo Israel se desentendió de Dios y encendió la cólera de su corazón. El amor auténtico no es hechura humana: El amor viene de Dios, porque Dios es amor, 1Jn 4, 7-8. Por eso, antes de intentar siquiera amar, debemos conocer a Dios y nacer de Dios; necesitamos dejarnos querer por Dios Padre – Madre y por Dios Amigo – Esposo; necesitamos acoger el Santo Espíritu del Padre y del Hijo que hará de nosotros hijos, amigos, esposas. Entonces comprenderemos lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano; y alcanzaremos nuestra plenitud, según la Plenitud total de Dios; y viviremos con toda naturalidad el mandamiento nuevo: Igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros, Jn 13, 34.

Rafa Chavarría

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Ex 24, 3-8; Heb 9, 11-15; Mc 14, 12-16.22-26.

Esta fiesta que conocemos popularmente como el Corpus tiene un carácter eminentemente contemplativo. Entro en la iglesia parroquial, busco la lucecita roja y me arrodillo ante el Santísimo. Reconozco la presencia real de Jesús crucificado y resucitado ante mí. El llena el universo y en el Sacramento se me hace visible, tangible y comestible, alimento que me purifica y santifica, que me libra de las obras muertas y me capacita para rendir el culto que el Dios vivo quiere. Me siento, y contemplo el pan vivo bajado del cielo. Murmuro el nombre de Jesús, lo repito, lo rumio, lo saboreo. No quiero reflexionar, que no hay inteligencia capaz de formarse una idea cabal de semejante misterio, ni lengua que pueda reducirlo a un discurso. Mis ojos ven el pan y mis labios pronuncian: Jesús. Así pasan los minutos, contemplando y dejando que él me mire. Su Espíritu me conduce a la serenidad y me hace consciente de que soy amado. Me sobrecojo. Me siento desbordado al descubrir que el Hijo se hizo hombre por mí, se rebajó hasta la muerte por mí, se anonada sobre el altar por mí. Agradezco estas desconcertantes muestras de amor al Señor Resucitado, puerta de acceso al Padre y dador de su misma vida divina, el Espíritu Santo, que me hace hijo y me sostiene en el camino de la felicidad. Y esto es así, aunque yo no lo entienda. No se me pide entender, sino dejarme amar, abrir el corazón y abandonarme.

Antigua AlianzaOigo nítidamente las campanadas del reloj de la Audiencia. Me arrodillo, y rezo: Señor Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador. Vuelvo a sentarme, y leo las lecturas de la misa del Corpus. Alianza, antigua y nueva. Ambas son regalo de un Dios cuyo corazón se conmueve al constatar el sufrimiento de los humanos, sus esclavitudes, sus heridas, sus confusiones, su desorientación. Ambas nos liberan y abren ante nosotros un camino de progreso que viviremos en constante diálogo agradecido y confiado con el Dios que ha sido tan bueno y generoso con nosotros. Me siento movido a decir lo que antaño dijeron los israelitas: Haremos todo lo que dice el Señor. La obediencia a los mandamientos es a la vez muestra de agradecimiento y andadura hacia mi propia realización, mi plenitud definitiva, mi salvación. El Dios de la Alianza antigua tenía rostro y voz de tormenta en la cumbre del Sinaí: Hubo truenos y relámpagos y una nube espesa en el monte, Ex 19, 16. Ese mismo Dios se acerca tanto a nosotros en la nueva Alianza que tiene rasgos humanos; hace gestos humanos: Mientras comían, Jesús tomó un pan…; pronuncia palabras con el tono íntimo de una confidencia: Esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios. En el Sinaí Dios necesitó la mediación de Moisés, sin embargo él mismo cena con sus discípulos en aquella sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes.

La Tienda del Encuentro y el Templo de la antigua Alianza, dejan paso al cuerpo mismo de Jesús. Entrar en contacto con Jesús, charlar con él, verle, es acceder al Padre (Jn 14, 6-10).  Los sacrificios de toda suerte de reses, se convierten en el sacrificio del corazón de Jesús que obedece y permanece fiel hasta dar la vida en la cruz por sus amigos. La sangre de los machos cabríos y los toros devolvía la pureza externa, pero no liberaba ni renovaba interiormente. Por eso, el mismo Dios prometerá una nueva Alianza en la que infundirá un espíritu nuevo que transformará el pétreo e impotente corazón humano en uno modelado a imagen y semejanza de su propio corazón (Ez 11, 19-20). Y Dios cumplirá su promesa cuando Jesús se vacíe de toda su sangre, de toda su vida, de su Santo Espíritu, en el ara de la cruz. Solo la sangre del Crucificado purifica nuestra conciencia de las obras muertas. Solo su Espíritu hace posible que avancemos por la senda de la santificación y se cumpla en nosotros el viejo sueño de Dios: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lev 19, 2. La Alianza conlleva una promesa. Una tierra que mana leche y miel para los antiguos hebreos, donde podrían vivir en paz y justicia, engendrar numerosos hijos e hijas, y crear un auténtico estado del bienestar. Un mundo feliz que nadie podría seguir disfrutando más allá de la muerte. El Resucitado es garantía y prenda de una vida feliz y eterna, disfrute sin fin de un banquete de comunión con el Dios Trinidad y los hermanos.Jesús con los suyos

La Alianza antigua anticipa, promete y prepara la nueva. Esta es el fruto maduro de aquella vieja flor. En el nuevo eón seguimos a Cristo confiando en el Padre y abandonados al poder director del Espíritu; sacrificando los ídolos que modelamos con nuestra inteligencia, nuestros deseos, nuestras manos, y en los que confiamos vanamente y nos esclavizan; ofreciendo un culto de adoración, alabanza, agradecimiento, obediencia, fidelidad y amor lúcido, afectivo y efectivo. Releo las palabras de Jesús: Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos. Centro la mirada en el Santísimo. Resuenan dentro de mí los ecos de mi meditación sobre la Alianza, ecos que se van apagando poco a poco. Reconozco que Jesús está vivo delante de mí, y confieso: Con este Sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que su misma fe ilumine y su mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo. Así, pues, nos reunimos en torno a la mesa de este Sacramento admirable para que la abundancia de tu gracia nos lleve a poseer la vida celestial (Prefacio de la Santísima Eucaristía II). El reloj de la Audiencia da las nueve. Aunque los días son largos, se me hace tarde. Me arrodillo, y musito: Gracias. La lucecita roja que hay junto al Santísimo tiembla. Yo sonrío, y me encamino hacia la puerta de la iglesia parroquial.

Rafa Chavarría

Somos juzgados. Una propuesta de lectio divina: Jn 19, 1-16.

Releamos los versículos 13 y 14: Al oír Pilato estas palabras, hijo salir a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Juan destaca esta acción de Pilato situándola en el espacio y en el tiempo. El relato se remansa adquiriendo un tono solemne. El evangelista ha presentado la historia de Jesús como un juicio. El mismo Jesús se referirá a su vida como a un juicio, aunque no se presenta a sí mismo como juez, sino como el testigo del Padre y el salvador que comunica vida eterna (Jn 3, 11-21; 12, 44-50). Jesús ha dado testimonio de todo lo que ha visto en el seno del Padre y ha realizado sus obras, ahora le toca a cada uno tomar una decisión para la muerte y las tinieblas, rechazándole, o para la luz y la vida, creyendo en su nombre (Jn 1, 11-12), reconociéndole como el Mesías (Rey), el Hijo de Dios (Jn 20, 31).

imagesZZ0LDGYRPilato ha sentado a Jesús en el tribunal. Ahora llega a su cumbre ese juicio que se ha ido desarrollando durante toda la vida pública de Jesús. Este es el momento de la decisión final, de creer o no creer. El evangelista sitúa en torno a Jesús dos grupos: Pilato con los soldados y los sumos sacerdotes con sus guardias, los judíos. El primer grupo insistirá en afirmar la realeza de Jesús, mientras que los judíos rechazarán al Rey e Hijo de Dios. La afirmación de los romanos no es, ciertamente, una profesión de fe, que solo podrá hacerse una vez se haya consumado todo y se contemple al Crucificado a la luz del Resucitado (Jn 19, 35). Con todo, Juan sintetiza aquí las dos actitudes básicas que, a lo largo del evangelio, se han tenido ante Jesús. Hay quien se ha acercado a Jesús con apertura de corazón: los dos discípulos del Bautista (Jn 1, 35-39); Nicodemo (Jn 3, 1-2); la samaritana y sus paisanos (Jn 4, 5-42); unos griegos (Jn 12, 20-21); etc. Por otro lado están los que mantienen cerrados sus ojos y sus oídos: los judíos, aunque no todos (Jn 5, 15-18; 7, 14-15; 10, 19-21); los fariseos (Jn 7, 32.45-49; 8, 13; 9, 40-41); los sumos sacerdotes (Jn 11, 45-54; 18, 19-24.28); etc.

La figura de Pilato recopila a todos aquellos que están abiertos a las palabras y signos de Jesús. El procurador es un hombre que se hace preguntas. Procura conocer la verdad y decidir sobre Jesús con justicia. Primero pregunta sobre los cargos que tiene contra él la acusación (Jn 18, 29) y, respetando las competencias jurídicas que Roma reconocía a los judíos, replicó: ‘Tomadle vosotros y juzgarle según vuestra Ley’, Jn 18, 31. Después pregunta al mismo Jesús si él es el Rey de los judíos (Jn 18, 33) y se interesa por su versión de los hechos (Jn 18, 35). Pilato escucha lo que Jesús quiere decirle e insiste en la pregunta sobre su realeza (Jn 18, 36-37), para terminar preguntando: ¿Qué es la verdad?, Jn 18, 38a. El procurador declara la inocencia de Jesús (Jn 18, 38b), y, en adelante, las preguntas que hará a los judíos buscarán librar a Jesús de la muerte (Jn 18, 39; 19, 15). Entre tanto, Pilato, al oír que Jesús se había autoproclamado Hijo de Dios, sintió un temor comparable al que muchos habían sentido en la presencia de Dios (Jn 19, 8; Gn 28, 16-17; Ex 3, 6; etc), y pregunta al encausado sobre su origen, sobre su más profunda identidad: ¿De dónde eres tú?, Jn 19, 9.

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Pilato no termina de creer. Mira y escucha a Jesús, pero ni lo ve ni le oye. Intuye el misterio de Jesús, pero no se rinde a él. Sin embargo enseña a todo hombre ciertas disposiciones necesarias para acceder a la fe. En primer lugar, habrá que estar abierto a la verdad. Esta actitud excluye la que los judíos tienen ante Jesús. Estos se parapetan tras sus convicciones, las que derivan de su particular interpretación de la Ley (Jn 10, 31-39; 19, 7). Dios queda así reducido a los límites de la mente y la imaginación humanas, y se le niega toda capacidad de crear algo nuevo (Is 65, 17-18). En segundo lugar, habrá que dejarse interpelar por la realidad que nos sale al encuentro. Es decir, habrá que hacerse preguntas. Los judíos han visto las obras de Jesús y oído sus palabras, y las rechazan sin pararse a pensar un momento: Muchos de ellos decían: ‘Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escucháis?, Jn 10, 20. Hacerse preguntas conlleva asumir el riesgo de tener que renunciar a las seguridades que nos sostienen: la imagen que tenemos de nosotros mismos, de los otros, del mundo, de Dios; nuestros valores y hábitos; nuestros proyectos. Si no estamos abiertos a la verdad y no nos dejamos interpelar por la realidad que se nos pone delante, podemos llegar a caer en las más absurdas contradicciones. Los judíos  no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua, Jn 18, 28. De este modo muestran su intención de cumplir la Ley de Dios. Sin embargo, con tal de que el procurador sentencie a muerte a Jesús, no tienen reparo en declarar: No tenemos más rey que al César, Jn 19, 15. Con estas palabras rechazan al Dios de la Ley, al Rey que aclamarán durante la cena de Pascua con los himnos del hal.lel: El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra?, Sal 113, 4-6.

Así pues, abramos nuestros corazones a la verdad. Renunciemos a nuestros prejuicios, ambiciones y miedos, y no nos aferremos a nuestras convicciones. El que está sentado sobre el enlosado en lo alto del tribunal, azotado, coronado de espinas y vestido con un manto púrpura, atrae nuestras miradas. Preguntémosle: ¿Eres tú el rey de los judíos? y ¿De dónde eres tú? Perseveremos en la contemplación de Jesús y esperemos que se nos revelen las respuestas correctas, que no serán fruto de una cadena de silogismos. La verdad que buscamos surge como revelación del Padre: Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae, Jn 6, 44. (Ver Mt 16, 17) Y acogida esta revelación podremos confesar con Marta: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías (Rey), el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo, Jn 11, 27.

Rafa Chavarría

Amaos como yo os he amado, Jn 13, 21-38.

Lo primero que me llama la atención de este texto es su estructura. Tras unas palabras introductorias Jesús dice: Sí, os lo aseguro. Si vamos al último versículo, leemos: Pues sí, te aseguro. El original griego dice en ambos casos: Amén, amén légoo, más el pronombre correspondiente, que será el plural hymín cuando Jesús se dirige al grupo y el singular soi cuando habla con Pedro. El primer amén, amén introduce el anuncio de la traición de Judas y el subsiguiente diálogo con el discípulo predilecto, el gesto y las palabras dirigidas a Judas con la marcha de éste, todo lo cual concluye con una declaración solemne (31-33) con la que Jesús revela el significado profundo de todo ello: Ahora acaba de manifestarse la gloria de este Hombre, y por él la de Dios, y anuncia su próxima glorificación. El segundo amén, amén introduce el anuncio de las negaciones de Pedro con el que concluye el diálogo con este discípulo. Entre ambos relatos hay tres versículos (33-35) que comienzan con el término cariñoso teknía, hijitos, hijos míos. Jesús se despide y advierte a los suyos que no están capacitados para seguirle, así que les dicta su última voluntad, su testamento: Os doy un mandamiento nuevo… Esta estructura se conoce como inclusión, y es muy común en la Biblia. El texto que se quiere destacar se enmarca con dos textos semejantes, que en nuestro caso son antitéticos respecto al central.ascensión

Volvamos a leer los versículos 33-35. Lo fundamental, repetido tres veces según la costumbre del evangelista, es el mandamiento de amarse mutuamente, que ha de cumplirse según el ejemplo del mismo Jesús y que será la seña de identidad de los discípulos del Maestro. Amor, pues, es la palabra clave. Antes se había anunciado la traición de Judas y después leemos el anuncio de las negaciones de Pedro. En ambos casos tenemos ejemplos de no-amor. De esta manera el evangelista nos enseña cómo hemos de cumplir el mandamiento nuevo, según el paradigma del amor de Jesús, y nos pone sobre aviso frente a comportamientos contrarios al amor, cuyo denominador común es el egoísmo, una vida centrada en uno mismo. Jesús podrá seguir su camino hacia la gloria porque su razón de ser es el Padre y vive para los otros. Los discípulos aún viven centrados en sí mismos. No podrán seguir a Jesús hasta que el Resucitado absorba toda su atención, los enamore, y reciban el Espíritu Santo que los hará capaces de vivir, olvidados de sí mismos, al servicio de los demás.

Igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. Queremos amar como nos ha amado el Maestro. Y ¿cómo nos ha amado? Toda la vida de Jesús es amor. Así lo afirma el evangelista en el versículo con el que abre el llamado ‘Libro de la gloria’ (13, 1-20, 31): Había amado a los suyos que vivían en el mundo y los amó hasta el extremo. La encarnación de la Palabra fue el primer gesto de amor con que nos obsequió el que estaba lleno de amor y lealtad, 1, 1-18. Jesús amaba mientras charlaba tranquilamente allá donde vivía con Andrés y su compañero (1, 35-42) o discutía con Nicodemo de noche (3, 1-21). Jesús amó danzando en la boda de Caná y sacando de su apuro a los novios (2, 1-12). Cuando la emprendió contra los vendedores y cambistas, Jesús amaba a aquellos que habían tergiversado el auténtico sentido del templo (2, 13-25). Jesús amó a la samaritana (4, 1-42) y al paralítico de la piscina (5, 1-18) y a la multitud hambrienta (6, 1-15) y a la adúltera (7, 2-11) y al ciego de nacimiento (9, 1-39) y a Marta, María y Lázaro (11, 1-44). Jesús amaba siempre, ya fuera en situaciones ordinarias o extraordinarias por su alegría o dramatismo. La cruz no sería sino la más expresiva revelación del gran amor con el que vivía: No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos, 15, 13.

amor1El amor que nos regala Jesús es comunicación del amor que él ha recibido del Padre: Igual que mi Padre me amó os he amado yo, 15, 9. Si queremos amar como Jesús hemos de tener muy presente esta referencia al Padre. No amamos por nosotros mismos, somos comunicadores del amor recibido del Padre por el Hijo. Por esto es muy importante dedicar horas de oración a acoger el amor divino con agradecimiento. También es necesario dejarnos amar por aquellos que nos aman, pues por medio de ellos también nos ama el Padre. De otra forma podremos hacer el bien a los demás, pero no los amaremos. Si echamos un rápido vistazo al evangelio nos daremos cuenta de que el amor se expresa de maneras muy diversas. A veces amar se reduce a dialogar respetuosamente o simplemente a escuchar o comunicar lo que llevamos en el corazón. Un gesto afectuoso o una palabra oportuna es también amar. Se ama participando de la alegría de la fiesta o acompañando en un duelo. El amor se expresa en los pequeños servicios del que está atento a las necesidades del otro y vive disponible para él. Amar es siempre comunicación del conocimiento del Padre, respuesta a la pregunta sobre el sentido, sanación física, psicológica o espiritual y, finalmente, comunicación de vida divina. En ocasiones las circunstancias pueden ser muy duras y podemos sentirnos tentados a dejar de amar, aunque solo sea por supervivencia, como Pedro. Pero el amor está intrínsecamente unido a la fidelidad (1, 14), por eso Jesús afronta su pasión sin desdecirse, por fidelidad al Padre y a sus amigos los humanos. Y la resurrección será la máxima expresión del amor fiel del Padre hacia Jesús: Dios mismo va a manifestar la gloria de este Hombre, y eso será muy pronto, Jn 13, 32.

Rafa Chavarría

Solemnidad de Cristo Rey: Ez 34, 11-12.15-17; 1Cor 15, 20-26.28; Mt 25, 31-46.

El pasado uno de noviembre nos invitaba la Iglesia a mirar al cielo. Hoy recibimos la misma invitación. Entonces contemplamos una multitud de santos, sin embargo hoy no tenemos ojos más que para el Santo, el que es funte de toda santidad: Al punto se apoderó de mí el Espíritu. Vi un trono colocado en el cielo y en él sentado uno cuyo aspecto era de jaspe y cornalina; rodeando el trono brillaba un halo como de esmeralda, Ap 4, 2-3. Nuestra vista se va acomodando poco a poco a tanta luz, y entrevemos la figura de un cordero como sacrificado. Entonces oímos el clamor de todas las criaturas: Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza y el honor y la gloria y el poder por los siglos de los siglos, Ap 5, 13. El Cordero está a la vez sacrificado y erguido. Recordemos que el buenpastorResucitado les mostró a sus discípulos las llagas de las manos y el costado (Jn 20, 20a). Este Cordero es aquel que fue arrebatado al trono desde el seno mismo de la muerte: El dragón estaba frente a la mujer en parto, dispuesto a devorar la criatura en cuanto naciera. El hijo fue arrebatado hacia Dios y hacia su trono, Ap 12, 4b.5b. La serpiente antigua, el diablo o Satanás, quiso devorarlo, sin embargo él la venció con su fidelidad amorosa al Padre y a los hombres. Por esto celebramos hoy al Cordero, al que nos liberó de todo poder diabólico, a Cristo Rey.

Jesús, antes que cordero, fue pastor. Sus andanzas por los caminos de Palestina cumplieron el oráculo de Ezequiel: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su ratro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas  y las libraré sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones, 34, 11-12. Jesús no se quedó en casa ni se conformó con la seguridad que le proporcionaba desmpeñar con profesionalidad su trabajo de artesano, para lo que le preparó José. No. Jesús salió a las calles y gritó en las plazas: Se ha cumplido el plazo y está cerca el reinado de Dios: arrepentíos y creed la buena noticia, Mc 1, 15. Se acercó a hombres y a mujeres, a judíos y paganos, a enfermos y a sanos, a pecadores y cumplidores de la Ley, a triunfadores y a fracasados. A cada uno le dijo lo que necesitaba oír y le libró de todas las cadenas que le impedían amar y dejarse amar. Nos reveló que Dios tiene un corazón infinitamente bondadoso y un nombre delicioso: Abba, Padre. Jesús nos invitó a todos a renegar de la dictadura de Satán y a reconocer al Padre como único Señor e integrarnos en la familia de los hijos de Dios.

El pastor acabó siendo cordero al dar la vida por sus ovejas: Yo soy el buen pastor: conozco a las mícristoas y ellas me conocen, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas, Jn 10, 14-15. El Crucificado atrae mi mirada (Jn 3, 12). Confieso que él es la más perfecta revelación del Padre: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea no perezca, sino para que tenga vida eterna, Jn 3, 16. Siento un gran bochorno, y pregunto: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?, Sal 8, 5a. ¿Quién soy yo para que me ames tanto? Nuestras sociedades son cúmulos de seres humanos sin rostro y sin nombre. Nadie nos importa y a nadie importamos. Prestamos atención a los otros si podemos obtener algo de ellos. Nos utilizamos mutuamente. El amor del Padre que nos revela el pastor/cordero me resulta abrumador. Es un amor gratuito. El Padre y el Hijo no me aman por lo que puedo aportarles. Tampoco me buscan por lo mucho que yo valgo, pues es su amor lo que me hace valioso y me confiere dignidad. Sea como fuere, se trata de un amor que perdura más allá, incluso, de mi pequeñez y de la muerte. El amor del Padre y del Hijo me elevan a su propia plenitud de vida: Nos consta que, cuando aparezca, seremos semejantes a él y lo veremos como él es, 1Jn 3, 2b. Cristo ha resucitado, primicia de los que han muerto. Él tiene que reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies; el último enemigo en ser destruido es la muerte. Y Dios será todo en todos, 1Cor 15, 20.25.28.

Sabemos que la vida y el amor del Padre y del Hijo tienen personalidad y nombre propio: Espíritu Santo. Él nos conduce hacia la verdad plena. Él nos alienta en nuestras luchas. Gracias a él vivimos según las enseñanzas de Jesús y evangelizamos con palabras y signos maravillosos. Él nos hace capaces de corresponder al amor con el que el Padre y el Hijo nos aman. La parábola del juicio de las naciones nos revela cómo retorna a su fuente el amor que hemos recibido. Juan escribía a sus comunidades: A Dios nunca lo ha visto nadie; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el a mí me lo hicísteisamor de Dios está en nosotros consumado. Reconocemos que está con nosotros y nosotros con él porque nos ha hecho participar de su Espíritu, 1Jn 4, 12-13. Mientras vivimos dentro de los límites de este mundo solo podemos afirmar que amamos a Dios si amamos a los demás. El amor regresa de nuestro corazón al de Dios a través de los corazones de aquellos que tienen hambre o sed, malviven en país extranjero, no tienen ropa que ponerse, sufren alguna enfermedad o están encarcelados. El amor es ciertamente afectivo, lo que muchas veces se olvida. Pero la parábola va más allá. El amor es también efectivo. Al que ama le duelen las necesidades de los que sufren y hace todo lo que está en su mano por ayudarles a salir de su postración: Me disteis de comer, me disteis de beber, me hospedasteis, me vestisteis, vinisteis a verme, Mt 25, 36. Fijémonos que el Hijo del hombre se identifica con el necesitado. Amamos, pues, a Jesús cuando amamos a los otros. Es posible que permanezcamos largas horas delante del Señor sacramentado diciéndole cuánto le amamos, pero pasemos de largo ante las necesidades de nuestros vecinos. Entonces nos sorprenderá la sentencia del Hijo del hombre: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Os aseguro que lo que no hicisteis a uno de estos más pequeños no me lo hicisteis a mí, Mt 25, 40.45.

Rafa Chavarría

Domingo 33º Ordinario: Pr 3, 10-31; 1Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30.

Hace frío, sin embargo es precioso el amanecer en la sierra. Los ojos se me llenan de luz y mi entorno se viste de todos los colores. Mientras disfruto de esta maravillosa experiencia estética y mi mente se eleva hasta el Creador. Canto el salmo 104: Bendice, alma mía al Señor: Señor Dios mío, eres inmenso. Te revistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Despliegas los cielos como una tienda, construyes tus salones sobre las aguas… El sol se cierne sobre las cumbres y mi corazón rebosa esperanza: Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz, Lc 1, 78-79. No pienso en nada. Siento un inmenso sosiego. Estoy relajado y absorbo todos los detalles que me rodean. Ahora que nada me turba y soy capaz de una escucha atenta, abro el leccionario y leo la parábola de los talentos: Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes

Me rectalentosonozco criatura. Yo soy un elemento entre otros de este paisaje pintado por el amoroso pincel del Creador. Aquí estoy porque él lo quiso y soy como soy gracias a los talentos que él me regaló. Todos tenemos talentos, pero ¿los conocemos? Hay quien no sabe qué talentos tiene. Puede ser que estemos confundidos y creamos tener los que no tenemos. Queremos encajar en una sociedad que impone valores y modas, y, si no tenemos los talentos que la mayoría aplaude, nos sentimos inútiles, frustrados, marginales. Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno, Gn 1, 31a. El valor de nuestros talentos no lo marca ni la sociedad ni la familia ni los educadores, sino el hecho de que son un amoroso regalo del Creador. Lo primero es, pues, conocer sin engaños los talentos que hemos recibido, valorarlos y aceptarlos agradecidos: Me has hecho poco menos que un dios, de gloria y honor me has coronado. Señor, dueño nuestro, ¡Qué ilustre es tu nombre en toda la tierra! (Sal 8, 6.10).

Esta criatura que soy yo sigue creciendo y madurando en el tiempo hasta que alcance la plenitud a la que el Creador la destinó según sus misteriosos y amorosos designios. A esta plenitud se refiere la parábola con la imagen del banquete. Este destino no se cumplirá sin mi colaboración. Mi desarrollo será fruto de un constante diálogo con el Dios providente y de una continua cooperación entre él y yo. El señor de la parábola llama al que vive así empleado fiel y cumplidor. Jesús nos habla también de un empleado negligente y holgazán. Se trata de aquel que siente la vida como una tarea insatisfactoria. ¿Por qué ha recibido ese talento concreto, cuando los que tienen otros son espectaculares? ¿Por qué se le ha dado tan poco talento, cuando otros disfrutan del doble o el triple? Su actitud fundamental ante el señor es el miedo. Siente envidia ante los demás empleados. Se siente tratado injustamente y prefiere ir pasando sin correr riesgos. No reconoce su talento como un bien, sino como una maldición que es mejor olvidar. Este empleado no entrará en el banquete, no alcanzará su plenitud. Resultará un proyecto fallido del Creador. Acabará siendo un infeliz.

Con Jesús, el sol que nos ha nacido de lo alto, la humanidad entró en una nueva era. Se derramó generosamente el Espíritu Santo (Hch 2), la fuente de todo regalo divino. El que reconoce que Jesús vive ha recibido el talento de la fe, la esperanza y el amor. A estos talentos se añadirán los dones y los carismas. Tenemos que agradecer estos regalos y gestionarlos con la oración, la lectio divina, los sacramentos, la reflexión teológica y moral, el servicio, el testimonio de una vida coherente con las exigencias del Evangelio, la predicación a todas las gentes. Tenemos que ser creativos y correr riesgos, confiando siempre en el Espíritu que nos conduce a la verdad plena y tiene poder para llevar adelante la obra de la salvación.

espíritu

Un ligero viento helado desciende de las cumbres. Musito aquellas palabras de Jesús: El viento sopla donde quiere; oyes el ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu, Jn 3, 8. Reconozco que para vivir en diálogo con Dios y cooperando con él debo abandonarme al Espíritu creador y creativo. Confieso que mis proyectos suelen ser conservadores, planificados hasta el último detalle, de cortos alcances, nada revolucionarios. Me basta con recordar fugazmente a Francisco de Asís, a Ignacio de Loyola o a Teresa de Calcuta para darme cuenta que me parezco más al empleado negligente y holgazán que a los nacidos del Espíritu. Siento la fuerza del viento en la cara. Inspiro profundamente, y rezo con humildad nada fingida: ‘Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido’. Me levanto y me encamino despacio a la casa rural donde me alojo. No dejo de rezar: ‘Esta es la hora en que rompe el Espíritu el techo de la tierra, y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende, alegra las entrañas del mundo. Esta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas’.

Rafa Chavarría

Jesús derrota al diablo. Lectio divina: Mt 8, 28 -9, 17.

Jesús se adentra en el reino de Satán. El lago evoca el caos primordial, el abismo, las tinieblas (Gn 1, 2). Allí no había vida ninguna. El Creador ordenó ese desorden y lo pobló de vivientes. Pero Satán sigue acechando desde el abismo (el mar, el lago). La tempestad en el lago nos habla de que Satán se revuelve con todo su poder y amenaza toda vida, a la que quiere subsumir en el caos, la nada, su reino. Por esto la tempestad produce pánico en los discípulos, que recurren a Jesús, más que con fe, porque no tienen otro a quien recurrir: ¡Qué cobardes y desconfiados sois!, 8, 26a. El evangelista dice que Jesús se levantó (hombre libre) e increpó a los vientos y al lago, 8, 26b. El verbo increpar siempre se utiliza cuando Jesús se enfrenta con los demonios. Este suceso provoca asombro y suscita la pregunta sobre la identidad de Jesús, que no se contesta de momento.

exorcismoEl reinado del diablo se había hecho patente en la tempestad. Ahora se revela a la otra orilla del lago fuera de Israel (en territorio de gadarenos) (8, 28). El diablo reina en dos hombres tan violentos que provocan terror a la gente, igual que la tempestad. Estos endemoniados viven en los sepulcros, lugar de los muertos, dominio de Satán. Jesús libera a los hombres, y los demonios, en los cerdos, regresan al cubil de su amo, el lago, provocando la muerte de los animales y una pérdida económica para sus propietarios. Los gadarenos suplicaban a Jesús que se marchara de su territorio, 8, 34. Ahora nadie se hace preguntas. No les importa que los hombres hayan sido librados del diablo y habilitados para una vida normal. Ellos quieren seguir con su vida, no les interesa la novedad que les lleva Jesús. Los gadarenos no eran judíos, igual que el centurión romano de Cafarnaún. Mateo no idealiza a los paganos. Reconoce que entre ellos hay quienes creen en Jesús y quienes lo rechazan, lo mismo que entre los judíos.

Jesús regresa a territorio judío. Le trajeron un paralítico tendido en una camilla, 9, 2. De nuevo tenemos un enfermo impedido para la vida normal. No es un hombre libre. Jesús le curará por la fe de los porteadores, lo que recuerda al centurión. En este relato es evidente la relación entre el pecado y la enfermedad. Lo primero que hace Jesús es perdonar sus pecados, sanar su corazón, reconciliarlo con el Padre, sacarlo del reino del diablo para hacer de él un ciudadano del reino de Dios. La curación física revela que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, 9, 6. La multitud entiende la curación como un signo del poder de Dios manifestado en Jesús y compartido con él, por eso glorifican a Dios. Estos tres milagros nos enseñan algo sobre Jesús. A la vista de la tempestad calmada, la gente se pregunta ‘¿quién es este?’. En Gadara nadie se pregunta nada. Ante la curación del paralítico se reconoce que Jesús cura con el poder de Dios.

¡Cuántos poderes sin escrúpulos nos rodean y nos amenazan! A veces sentimos que solo despertamos interés por los beneficios que se pueden obtener de nosotros. Pero yo no importo. Al vendedor le interesa mi dinero y al político mi voto. A mi jefe le interesan esas cualidades con las que realizo bien mi trabajo sin crear dificultades en la empresa, así la gráfica de crecimiento se mantiene en niveles aceptables. Y a mí, ¿qué me interesa a mí de los que me rodean: cónyuge, hijos, colegas, amigos…? O ¿mi interés se centra en ellos mismos y comparto sus alegrías y tristezas, y estoy siempre disponible para ellos? ¿Soy de los que tanto les interesa su bienestar que rechazan la salvación de Jesús cuando entra en conflicto con sus intereses? Quizá soy de los que se alegran porque el Dios fiel sigue actuando entre nosotros y le glorifican. ¿Soy ciudadano del reino de Dios o vivo bajo el dominio de Satán sin preguntarme siquiera hacia donde me lleva mi pecado?

Lectio divina: Mt 8, 1-17. Tres milagros y un sumario.

centurión

Jesús revela el rostro del Padre y su proyecto sobre el hombre con sus palabras, sus gestos de poder, toda su vida. El nuevo Moisés promulgó la nueva Ley en el monte (Mt 5-7). Después recorrió las ciudades del lago enseñando con sus milagros. Leamos despacio los tres milagros que el evangelista narra inmediatamente después del Sermón de la Montaña.

Los leprosos eran enfermos que, por temor al contagio, vivían al margen de la sociedad y excluidos de la comunidad creyente. Este leproso acude a Jesús por propia iniciativa, con confianza (fe) y reconociendo su poder y su señorío: Señor, si quieres, puedes curarme, 8, 2. Jesús nos revela su voluntad salvífica y su capacidad para salvar: Lo quiero, queda curado, 8, 3; y lo hace apto para una vida social y creyente plena: Preséntate al sacerdote y, para que les conste, lleva la ofrenda establecida por Moisés, 8, 4. Señalemos que Jesús lo toca sin temor al contagio. Él es la salvación, y no puede contaminarse.

Después encontramos a un criado recluido en casa de su amo y aquejado de parálisis y fuertes dolores (8, 6). Está enfermo e incomunicado. Jesús sabe de él por su amo, un centurión romano. Este acude a Jesús con fe y humildad, pues sabe que no tiene méritos que alegar. Reconoce el poder y señorío de Jesús (8, 8-9). La frase clave del relato es: Os lo aseguro, una fe semejante no la he encontrado en ningún israelita, 8, 10. Esto es importante para los lectores de Mateo, que son cristianos de origen judío y pagano. La salvación que trae Jesús es gratuita y para todos, universal. Destaquemos que el criado se cura, no por su fe, sino por la de otro.

suegrapedroTambién la suegra de Pedro está incapacitada por la fiebre para una vida normal y la relación con los demás. Jesús la cura por propia iniciativa, lo que nos remite a la confianza (fe) que el Maestro tiene en Dios, su Padre. La mujer regresa a la comunidad y actúa como la perfecta discípula: y se puso a servirles, 8, 15. Más adelante dirá Jesús: Quien quiera ser grande entre vosotros que se haga vuestro servidor, 20, 26.

Este grupo de milagros concluye con un sumario (8, 16-17). Ahora aparecen los endemoniados. Además se enlaza la expulsión de los demonios con la curación de las enfermedades. Según el relato de Gn 3, el origen de todo sufrimiento, incluidas la enfermedad y la muerte, radica en la sumisión de los hombres al demonio (la serpiente), es decir, en el pecado, por el que se renuncia al señorío de Dios para ponerse bajo la tiranía de Satán. Cuando Jesús cura, está a la vez librando del poder del demonio e introduciendo en el reino de Dios. El ciudadano del reino, según los relatos anteriores, será un hombre sano y libre para una plena vida social y comunitaria. Mateo cita Is 53, 4, poniendo de relieve que esta actuación de Jesús cumple las Escrituras, revela la fidelidad de Dios, comprometido desde siempre con la salud y la libertad de los hombres.

Dejemos que todas estas enseñanzas nos interpelen. En primer lugar me pregunto si soy consciente de mis muchas heridas. ¿Qué me impide mantener unas buenas relaciones con los demás? ¿Qué me paraliza? Me postro a los pies de Jesús y repito una y otra vez: Señor, si quieres puedes curarme. Conozco a muchos heridos, aunque ellos no sepan que lo están. ¿Me duele su sufrimiento? ¿Levanto mi voz ante Jesús, suplicando que los cure? Tengo que reconocer que, como la suegra de Pedro, he experimentado muchas veces la salvación de Jesús sin ni siquiera pedirla. ¿Me he mostrado agradecido? ¿Me he reintegrado a la comunidad con corazón generoso y actitud de servicio?

Rafa Chavarría

Solemnidad de Todos lo Santos: Ap 7, 2-4.9-14; Jn 1, 1-3; Mt 5, 1-12ª.

iconovirgenEscribir sobre los santos siempre me resulta equívoco. Santo solo es Dios, la Santa Trinidad. Él persiste sin nacimiento ni fin. Es el alfa y la omega de todo lo que existe, su origen y su destino. Crea cada realidad con originalidad de artista. No hay dos realidades idénticas. Conoce el nombre de cada una y la reconoce en la multiplicidad. Dios gusta de lo único y lo diverso a la vez. Es el Señor del orden y de la belleza. Es el padre de todos los vivientes, a los que comunica su capacidad creadora y los envía a poblar el universo. Cada hombre y cada mujer es un hijo infinitamente amado al que el Padre comunica su Espíritu con el fin de que alcance a reproducir la plenitud del Hijo. Dios es el garante de la libertad y la armonía. Cualquier injusticia le hiere en lo más hondo. Tiene infinita paciencia y sabe reconducir con mano suave y firme la historia de los hombres, devolverla al camino real que conduce a la consumación de su proyecto creador, la humanidad nueva, la nueva Jerusalén, el banquete del reino.

Me siento como Isaías cuando contempló la gloria del Señor en el Templo y oyó gritar a los serafines: ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de tu gloria!, Is 6, 1-4. Digo que me siento como Isaías, pecador, infinitamente distinto del Santo por naturaleza y comportamiento, y, por tanto, hago mías sus palabras: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos, Is 6, 5. Repito que escribir sobre los santos siempre me resulta equívoco. Prefiero hablar de los santificados. Todos los que han culminado su carrera y recordamos en esta solemnidad quisieron responder al imperativo: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lv 19, 2; que en labios de Jesús suena así: Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo, Mt 5, 48. Sí, todos los que llamamos ‘santos’ sintieron esta llamada a la santidad, a la perfección, a la plenitud de vida y a amar. Pero también sufrieron aquello de Pablo: cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro fatalmente con lo malo en las manos, Rom 7, 21. Ante esta constatación se preguntaron con el apóstol: ¿Quién me librará de este ser mío, instrumento de muerte?, Rom 7, 24. Y con él encontraron la respuesta cuando vislumbraron a través de sus lágrimas de impotencia al crucificado y le reconocieron como su salvador. Entonces clamaron: ¡Cuántas gracias le doy a Dios por Jesús Mesías, Señor nuestro!, Rom 7, 25a.

iconojoséSeguimos leyendo a Isaías. Un serafín voló con un ascua del altar en la mano. Con ella tocó los labios del profeta, y dijo: Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado, Is 6, 6-7. Isaías fue entonces santificado y capacitado para la misión que el Señor le confiaría inmediatamente (Is 6, 8-13). A la luz del Nuevo Testamento, podemos interpretar el ascua del altar como un signo anticipado del Espíritu Santo, el fuego divino que se manifestó el día de Pentecostés (Hch 2, 1-4). Hemos visto cómo Pablo concluye el capítulo 7 de su carta a los romanos dando gracias a Dios por Jesús, el que le libra de su ser corrompido. Acto seguido empieza el capítulo 8: En consecuencia, ahora no pesa condena alguna sobre los del Mesías Jesús, pues, mediante el Mesías Jesús, el régimen del Espíritu de la vida te ha liberado del régimen del pecado y de la muerte, Rom 8, 1-2. Todos los que hemos creído en el Mesías Jesús hemos sido santificados por el fuego purificador del Espíritu y capacitados para compartir y sobrellevar los sufrimientos del Mesías, de modo que compartamos un día su gloria (Rom 8, 17), seamos definitivamente tal y como nos pensó el Padre antes de la creación del mundo.

Oigo el clamor de todos los santos, los que están de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!, Ap 7, 9b-10. Alabo al Dios tres veces santo y le agradezco tenga tanta misericordia para con esta humanidad nuestra que se debate entre el deseo de plenitud y la incapacidad para satisfacerlo. Doy gracias a la Santa Trinidad por la obra que ha realizado en todos y cada uno de los santificados que hoy recuerda la Iglesia. Me postro ante el que está sentado en el trono y ante el Cordero: ‘Soy un hombre de labios impuros. Derramad sobre mí vuestro Espíritu santificador. ¡Ven, Señor Jesús!’

Rafa Chavarría

Domingo 30º Ordinario: Ex 22, 21-27; 1Tes 1, 5c-10; Mt 22, 34-40.

fariseos-saduceos

Seguimos escuchando la proclamación de los llamados ‘relatos de controversias’. Los líderes de Israel -sacerdotes, escribas, fariseos, herodianos- formulan preguntas a Jesús para ponerlo a prueba y desacreditarle ante el pueblo y colocarlo en el punto de mira de la policía romana. Hoy los fariseos vuelven a la carga, animados porque había hecho callar a los saduceos con una cuestión sobre la resurrección, en la que no creían (Mt 22, 23-33). Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? En realidad no se trata más que de una pregunta escolástica. Los maestros enseñaban que la Ley contenía 613 mandamientos distintos, de los cuales 248 eran preceptos positivos y 365 eran prohibiciones. Los había ‘pesados’, dada la gravedad de la materia que regulaban, y otros se consideraban ‘ligeros’. Era corriente que en las escuelas se tratara de establecer una jerarquía de preceptos y se debatiera sobre ello.

Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Jesús responde con dos textos de la Torah, la Ley. El primero lo encontramos en Dt 6, 5, y formaba parte de la profesión de fe judía, el Shemá: Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales, Dt 6, 4-9. Era un texto bien conocido, pues todo judío piadoso lo recitaba cada día. El segundo texto lo leemos en Lv 19, 18b: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor. También este versículo era bien conocido, ya que formaba parte del Código de santidad, Lv 17-27, en el que Dios da la razón más honda del cumplimiento de los mandamientos: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lv 19, 2.

samaritanoJesús no da, pues, una respuesta original. De hecho, en la versión de Marcos, fuente de nuestro texto, el interrogador aplaude la respuesta de Jesús y éste, reconociendo su inteligencia, le dijo: No estás lejos del reino de Dios, Mc 12, 28-34. Entonces, ¿la respuesta de Jesús no aportaba nada nuevo? Fijémonos que se le  interroga sobre el mandamiento principal. Jesús contesta con el principal y primero, pero también con el segundo, que lo declara semejante al anterior. El Maestro de Galilea identifica ambos mandamientos. No se puede amar a Dios más que amando al prójimo. Juan se pondrá muy serio a este respecto: El que diga ‘yo amo a Dios’, mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo, 1Jn 4, 19-21. El mismo Jesús radicalizará más adelante esta semejanza entre el primer mandamiento y el segundo. Amar al prójimo se identifica en la parábola del juicio (Mt 25, 31-46) con amar a Dios. El que ama a su prójimo, en ese acto de amor, está amando a Dios, aunque que no sea consciente de ello.

Ya entendemos el texto, por lo tanto la lectio ha terminado. Ahora nos toca releerlo teniendo presente nuestra relación con Dios y con la gente que tenemos cerca. ¿Soy de los que están convencidos de que aman a Dios porque oran a menudo, frecuentan los sacramentos y son asiduos a la práctica de la lectio divina? O ¿somos de los que miden su amor a Dios por el afecto que sienten hacia los humanos que les rodean y se muestran comprensivos y serviciales con ellos? En realidad, la oración, los sacramentos y la lectio divina nos ayudan a reconocer que amamos poco a los hermanos y, por tanto, a Dios. Además, nos sitúan bajo la acción transformante del Espíritu del Señor, que nos libera de egoísmos y rencores y nos capacita para amar al hermano y, por tanto, a Dios. Lo importante, a la luz de la Liturgia de la Palabra de este domingo, es no sentirnos satisfechos con una relación con Dios que no tiene en cuenta nuestra relación con los hermanos. Si verdaderamente amamos a Dios, amamos al hermano. Si amamos al hermano, estamos amando a Dios.

Rafa Chavarría

Domingo 28º Ordinario: Is 25, 6-10a; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14.

vinos de solera

Leo varias veces la primera lectura, es decir, rumio la Palabra de Dios que me transmite Isaías. Se me hace la boca agua: un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera. El profeta hablaba a los desterrados, gentes que malvivían comiendo las sobras de sus amos babilonios, los cuales les habían arrancado la alegría de vivir (Sal 137). Dios bajó de su monte santo y recorrió los guetos donde los israelitas habitaban hacinados y lloraban con nostalgia de Sión. Es verdad que Isaías afirmaba que la causa de esa situación había sido el pecado del pueblo: Languidece y descaece la tierra, desfallece y descaece el orbe, desfallecen la altura y el suelo de la tierra empecatada bajo sus habitantes que violaron la Ley, trastocaron el decreto, rompieron el pacto perpetuo, Is 24, 4-5.

Israel es olvidadizo, pero Dios no lo es. Dios permanece fiel a la Alianza y su corazón rebosa misericordia. Él no puede dejar que el hijo de sus entrañas perezca: Aniquilará la muerte para siempre; y lo anima a regresar a la tierra, a Jerusalén, con una promesa renovada: Preparará el Señor de los ejércitos… un festín. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo se alejará de todo el país. Dios actúa así movido tan solo por el amor que siente por Israel. Al pueblo solo le cabe reconocer que su Dios le ama y le es fiel, además de esperar con confianza su salvación gratuita: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación. Fe y esperanza. Estas son la trama y la urdimbre con las que está confeccionado el vestido de los convidados a la boda de la parábola evangélica. Los criados convidan a las bodas del príncipe a buenos y malos, y lo único que les piden es reconocer la bondad del rey y mostrarse agradecidos.

boda del príncipe

Ante la invitación del rey podemos responder de dos maneras:

1. Señor, tú sabes que estoy muy ocupado. Estamos en tiempo de recolección y soy imprescindible en la finca. Me absorben los negocios, más en este tiempo de crisis; no puedo dejar que se me escape ni un euro. Cada día encuentro mensajes tuyos y de tus amigos en la bandeja de entrada de mi correo electrónico. No insistas, Señor, que tengo mi genio y podríamos llegar a las manos. Si acabara cediendo a tus misivas, iría a regañadientes, con un traje de mercadillo, y te enojarías conmigo y no me dejarías entrar en la fiesta. Ahórrate el enfado y déjame seguir con mi vida.

2. Señor, ¿qué tengo yo que mi amistad procuras? Nada. Soy alguien que vaga por los caminos solo y enfermo. Soy un mendigo de compañía y palabras de afecto, de salud y una vida diferente. Tu invitación me confunde. Siento vergüenza de mí mismo. Me convidas a la boda de tu príncipe, a un festín de manjares suculentos, a un festín de vinos de solera. Clavo mis ojos en ti. A medida que tu rostro va absorbiendo mi atención, me olvido de mí. Reconozco que eres un rey generoso con poder para sacarme de mi postración. Vísteme según tu corazón e introdúceme en tu fiesta, en la que un tipo cansado y agobiado como yo, encontrará descanso, alegría y comunión.

Rafa Chavarría

Domingo 26º Ordinario: Ez 18, 25-28; Flp 2, 1-11; Mt 21, 28-32.

Jesús está en Jerusalén. Como cualquier maestro, enseña por los atrios del Templo. Algunos curiosos se detienen a escuchar. Hay quien asiente con la cabeza. Otros pasan de largo, no les atrae el discurso. Los sacerdotes y los senadores se interesan por ese maestro recién llegado de provincias, y le reclaman la titulación correspondiente: ¿Con qué autoridad haces eso?, ¿quién te ha dado tal autoridad?, Mt 21, 23. Están en su derecho, pues ellos son la autoridad religiosa en Israel. Jesús evita responder, aunque aprovecha para hacerles caer en la cuenta de que ellos están tan satisfechos de sí mismos que no atienden la llamada a la conversión ni de Juan ni de los antiguos profetas. Los sacerdotes se ocupaban del culto y de sus negocios. Cumplían a la perfección los rituales prescritos por Moisés y Dios cumplía su parte: bendecía su peculio y hacía subir el valor de sus acciones. No les interesaba la posibilidad de una vida después de la muerte. La mayoría de los senadores eran fariseos. Lo suyo era la Ley. Discutían sobre su auténtico sentido y se esforzaban en cumplir a la perfección sus cláusulas, además de vivir con todo rigor según las costumbres heredadas de los antepasados. Dios pagaría su fidelidad con una vida feliz y eterna. Todos ellos se sentían seguros de sí mismos. Ellos cumplían con Dios y Dios cumplía con ellos. No se contaban entre los pecadores, indiferentes al culto y transgresores de la Ley, y, por tanto, malditos de Dios.

jesús-pecadoresSin embargo, Dios no se preocupa de los pagados de sí mismos, sino de los que se saben pequeños. Esos que quisieran hacer el bien, pero no pueden. Esos que ante el Dios todo bondad se reconocen pecadores y se entregan a él con confianza, esperando que él les saque de su postración, cambie su corazón y les capacite para vivir en armonía. Jesús evoca a todos aquellos que acudían a Juan desde Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados, Mt 3, 5-6. Entre aquellas gentes había de todo. Lo que les unía era la voluntad de dar fruto digno de conversión, al contrario que los fariseos y saduceos, que se sentían seguros ante Dios por tener por padre a Abrahán, Mt 3, 7-9. Juan no se mordió la lengua ante ellos. Les llamó raza de víboras. Jesús también les habla con dureza: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Ellos creyeron a Juan y se sinceraron con Dios y acogieron su misericordia. Sin embargo, vosotros, aunque presenciasteis aquellas conversiones, ni creísteis ni os arrepentisteis.

Señor, enséñame tus caminos, los que me conducen a la armonía, la felicidad y la perfecta alegría. Yo soy un hombre confuso, incapaz de discernir tu proyecto sobre mí, instrúyeme en tus sendas. Mi corazón se adhiere a lo cómodo y a lo que me resulta placentero. Reconozco que no siempre quiero y hago lo que te agrada. Muchas veces sigo mis impulsos y me quedo enredado en telarañas de las que soy incapaz de librarme. Soy pecador e incapaz de superar mi pecado: Haz que camine con lealtad. No tengo méritos que alegar en mi favor. Enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando. Sé tú mismo. Obra en mí según tu corazón: Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de esta tierra mía, tan oscura, tan llena de afectos y deseos contradictorios, tan impotente para verdear y dar fruto, por tu bondad, Señor. Mírame con misericordia y dame tu salvación. Quiero proclamar con el salmista: El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Rafa Chavarría

Lectio divina: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor’, Rom 14, 8.

Yo voy soñando caminos de la tarde…

Mi  apreciado José Antonio:

He sabido por D. Fernando de la muerte de tu madre. Puedo percibir por el momento de desconsuelo que estás atravesando, pues yo perdí a mis padres en el trascurso de tres meses. Conocedor de mi historia y llevado por el inmenso cariño que te profesa, D. Fernando, me sugirió la tarea de escribirte para compartir contigo mis pensamientos y sentires.

abrazo (1)Hacer de este escrito un canto al dolor, se aleja de mi objetivo. Muy al contrario quiero destilar, para ti, el consolador aroma del bálsamo. El lamento por la pérdida nos sumerge en un estado tóxico de hipnosis en el que solo respiramos tormento. La contemplación continuada de este desgarro no devolverá a la persona amada. Tampoco lo justificaremos con la consabida frase, “es ley de vida”.  De repente, el tiempo se vuelve inane porque quisieras regalárselo, entregarle todos tus días para que ella siga plena y rebosante de vida. Todo es inútil. Su reloj, ese que marcaba inmisericorde sus horas, se ha roto. Sus manecillas se han caído y su tiempo se ha acabado. Pero aquí el tiempo poco importa ya. Ella sigue siendo tuya, ahora más que nunca. Regocíjate y goza de esa intimidad, ella está contigo. Desarrolla, alimenta y haz tuyo este sentimiento, ahora toca dar un paso más elevado. La sinergia entre lo humano y lo divino es la opción más armoniosa. Aumentar la capacidad de resilencia ayuda para hacer frente al dolor y superar los obstáculos. No te dejes vencer por el trauma de la pérdida. Se trata de hacer un trabajo serio y encaminado al crecimiento personal: Aprender a amar lo que no se puede cambiar. A no dejarse llevar por la carambola de la fábula de los tres príncipes de Serendip.

Pasado el duelo, observarás cómo dulcemente tus pupilas recuperan el color de las cosas. Que los cambios impuestos en tu entorno afectivo más cercano, se normalizan y creerás ver en la sombra proyectada de tu cuerpo, la suya. Así de unidos estaréis. Vivir con el recuerdo es bueno, hacer de él una tortura, no. Ama siempre a tu madre y el suelo en donde está enterrada. Saberla contigo, y en ti, te hará inmensamente feliz.

¿Adónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero, a lo largo del sendero… -la tarde cayendo está-.

Con todo mi afecto, Ana Mª L.B.

Nuestra Señora la Virgen de los Dolores: Hb 5, 7-9; Jn 19, 25-27.

cruzgloriosa

El domingo pasado recibí la gracia de celebrar la solemnidad de la Exaltación de la Sta. Cruz en Cubas de la Sagra (Madrid). Se levanta allí un santuario cuya historia comenzó el año 1449. Lo llaman de la Santa Cruz. Hoy lo habita una comunidad contemplativa de monjas de Sta. Clara. Todavía pueden leerse las actas del proceso que el Arzobispado de Toledo llevó a cabo para verificar las nueve apariciones de la Virgen a una pastorcilla. La Virgen clavó una cruz en tierra, pidió se edificara allí un lugar de oración y clamó: Aderezad vuesas ánimas. Estas palabras son traducción en el español del s. XV de aquellas otras de Jesús: Convertíos y creed en el evangelio, Mc 1, 15. Cuando contemplaba la cruz desnuda, signo del despojo de la Trinidad porque me quiere y para hacerme partícipe de su gloria, me pregunto en qué medida creo en ese amor sobreabundante y me dejo amar sin condiciones. Recito despacio unos versos del Cantar: Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada divina; las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos, 8, 6-7.

Hoy me estremezco al escuchar la proclamación de Hb 5, 7-9: Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen autor de salvación eterna. Jesús nos enseñó que la obediencia fiel al Padre conduce a la libertad, el amor, la felicidad, la gloria. También nos reveló que este camino conlleva dolor y que es mejor aceptarlo como propio de nuestra condición humana. Es verdad que nuestra reacción inmediata ante el dolor es revelarnos, pero de esta manera no conseguimos más que aumentar el sufrimiento. También solemos creer que la causa de ese dolor es precisamente intentar vivir según la voluntad del Padre. Por tanto, abandonamos el camino y procuramos avanzar por senderos más halagüeños. Pero el dolor no cesa y, además, corremos el riesgo de sumirnos en la desesperación y la muerte.

virgen de los dolores

Stabat mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa. María estuvo de pie junto a su hijo crucificado, despojándose de todo su ser de madre y aceptando la realidad de su dolor infinito. Jamás podrá olvidarse del hijo de sus entrañas. Nunca dejará de amarlo. Sin negaciones engañosas ni racionalizaciones agresivas comparte el dolor de su hijo y asume que ya no lo verá más ni lo besará ni charlará con él en la intimidad del hogar. En el Santuario de la Santa Cruz había un olmo seco, no sé si hendido por el rayo, pero sí cuidado como venerable reliquia de los días de las apariciones. Me siento como Ezequiel en aquel valle todo lleno de huesos al que le llevó el espíritu del Señor (Ez 37, 1-14). ¿Podrá revivir este olmo? Sabréis que yo soy el Señor cuando este olmo reverdezca, cuando os saque de vuestros sepulcros pueblo mío. ¡Qué torpes sois y que lentos para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria?, Lc 24, 25-26.

Rafa Chavarría

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: Nm 21, 4-9; Flp 2, 6-11; Jn 3, 13-17.

Ya estoy viejo. Como Nicodemo, sobrevivo sumergido en la noche del desencanto y la resignación. Es cierto que todavía mantengo vivas esas ascuas de esperanza y rebeldía  que, según se dice, es lo último que se pierde. Y aquí Rodinestoy junto a Jesús, sentado y encorvado como el pensador de Rodin. Jesús dice cosas muy extrañas. Habla de uno que bajó del cielo y de que solo él puede subir al cielo, el Hijo del hombre. El descenso concluye con una elevación, que es el comienzo de su subida al cielo. Moisés colocó una serpiente de bronce en un estandarte y la levantó a la vista del pueblo doliente, de modo que cuando una serpiente mordía a uno, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado. Del mismo modo, afirma Jesús, tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Como ya he dicho, soy un hombre desencantado y resignado, aunque me rebelo contra esta situación. Aún conservo una brizna de esperanza, y levanto mis ojos al crucificado, el Hijo del hombre elevado en un estandarte. Colgado en la cruz, Jesús toca fondo. No puede rebajarse más. El que bajó del cielo despojándose de su rango y pasando por uno de tantos, no retiene ávidamente ni su dignidad ni su vida. Este despojo total, este hundimiento abismal, esta muerte es el comienzo de su ascensión al cielo, de su retorno a la gloria del Padre, que lo levantó sobre todo y le devolvió su rango pronunciando sobre sus despojos el Nombre-sobre-todo-nombre.

Me duelen los ojos, fijos desde hace rato en el crucificado. Quiero saber qué significa todo esto para mí. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único. Cristo se despojó de su rango, según Pablo. El Padre se despojó de su Hijo, según Juan. Reconozcámoslo, ambos despojos son una auténtica locura.

  • Es cierto -oigo que me susurra Juan al oído- locura de amor.
  • Pero, ¿qué es el hombre? -pregunto a mi mentor- ¿quién soy yo para ser objeto de ese amor loco que se me antoja poco menos que un suicidio divino?
  • A tus ojos, no más que un primate evolucionado. Pero ¿tiene él ojos de carne o ve como ven los hombres? Eres la criatura de su poder y el hijo de sus entrañas. Se le enternece el corazón cuando te mira, gusanito que se arrastra por la tierra húmeda, oruga con destino de mariposa. Eso es el hombre. Ese eres tú.
  • No me digas esas cosas, que me ruborizo.
  • ¿Por qué? No te dé vergüenza ser amado. Vives por que eres amado. Pero, en realidad, te sientes indigno. Tanto derroche de amor te supera y te sientes incapaz de corresponder, incluso mínimamente, a tanto derroche de ternura.
  • Es cierto, Juan -clavé los ojos en el suelo, y reconocí: -Soy un ser confuso y débil. Mi corazón es un hervidero de afectos contradictorios. He gastado mis fuerzas en lo que no da hartura y tengo las manos vacías y artríticas.
  • Te ha mordido la serpiente. Sientes su veneno. Sabes que estás herido y te has fatigado en vano buscando cura. Pero recuerda sus palabras: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

en-javierMis ojos retoman la contemplación del crucificado. Juan tiene razón. Siempre he sabido que algo no funcionaba en mis adentros. Te miro, Jesús, y quiero creer en ti. Tú, el crucificado, me revelas que el Padre me ama por que sí, sin condiciones, gratuitamente. Líbrame de prejuicios, temores y vergüenzas. Haz de mi corazón cerrado una copa abierta a ese amor que se despoja de su propia vida para darme salud y vida permanentes. ‘No sé que más decir’, Jesús. ‘No digas nada’, se me responde. Silencio. Mis párpados caen lentamente. Siento que me desgarro por dentro, como la tierra durante el terremoto. Me dejo amar.

De repente abro los ojos. Me siento agotado. Intento levantarme, pero me faltan energías. Una mano pesa sobre mi hombro y me sujeta a la silla: ‘Quédate quieto. Todavía no se ha terminado. Relájate, y recuerda sus palabras: Aguarda a que se cumpla la promesa del Padre. Recibirás una fuerza, el Espíritu Santo que descenderá sobre ti, para que seas testigo de mi amor en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’, Hch 1, 4.8. Obedezco, más por impotencia que por virtud. Me quedo esperando que se produzca el último despojo de la divinidad, que toda la vida que el Hijo ha recibido del Padre se derrame en mis entrañas y me sane, me reconforte y me vigorice para olvidarme de mí y echar a andar por los caminos del amor a todas las criaturas.

Rafa Chavarría

Domingo 23º Ordinario: Ez 33, 7-9; Rom 13,  8-10; Mt 18, 15-20.

La instrucción que Jesús da hoy a sus discípulos me produce sumo respeto: Si tu hermano peca, repréndelo… ¿Acaso no soy yo tan pecador como mis hermanos? ¿Soy lo suficientemente perspicaz como para juzgar adecuadamente el comportamiento de los demás? Si he rezado una y mil veces el verso: ¡Absuélveme de lo que se me oculta! ¿Cómo puedo pretender reprender si necesito que me corrijan, me abran los ojos a mi pecado, oren por mi conversión, sean pacientes y comprensivos conmigo, me ayuden a cambiar de conducta? ¿Dónde quedaría entonces aquella otra recomendación del Maestro: No juzguéis y no seréis juzgados, Mt 7, 1? Entonces, ¿qué? ¿Juzgo o no juzgo? ¿Reprendo o no reprendo? Ezequiel y Pablo vienen en mi ayuda.

reprensión

El profeta tiene conciencia de haber sido puesto por el Señor como atalaya en medio del pueblo. Ezequiel no juzga ni reprende, sino que comunica la revelación del Señor, su juicio y su reprensión. Él es un mero instrumento del Señor, cuya palabra transmite. Sabe que solo Dios es santo y que él, como todos los israelitas, es un pecador que se esfuerza por vivir, con buena voluntad aunque con poco éxito, el mandato de Dios: Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lev 9, 12. Deduzco que, si quiero atender la instrucción de Jesús, debo reconocer que solo él es el Señor y el Santo. Yo soy uno más, tan reprensible como cualquiera. Dicho de otra manera, debo ser humilde. También tengo que permanecer a la escucha de lo que el Señor quiera revelarme y dar la alarma de su parte, aunque sea probable que encuentre indiferencia, burlas, desprecios, agresividades: Si yo digo al malvado: ‘Malvado, eres reo de muerte’, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Sin humildad y sin actitud de escucha, reprender puede ser un modo de canalizar mis fobias o de proyectar sobre el hermano esos pecados míos que me avergüenzan. Tengo que ser cuidadoso con esto.

Cuando Dios llama y envía a reprender, no lo hace por capricho ni por venganza ni porque tenga un mal día. Dios nunca de ser Padre, aunque nosotros no nos comportemos como hijos. Por eso su reprensión tiene como finalidad el cambio de conducta del malvado, la salvación del hijo al que no puede dejar de amar. Jesús nos instó en la montaña a ser perfectos -buenos del todo- como vuestro Padre del cielo es perfecto -bueno del todo-, Mt 5, 48. En una palabra: Amad, y amad como el Padre os ama y ama a todo viviente. El amor es la actitud radical del verdadero discípulo. El seguidor de Jesús vive atento a su prójimo y le procura todo el bien que está a su alcance. Pablo afirmará más tarde: Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera. Cuándo corrijo al hermano, ¿lo hago porque le amo o me mueven otras motivaciones? ¿Me duele su pecado porque le destruye y le aleja del reino, de la casa del Padre y los hermanos, de su felicidad? ¿Corrijo al hermano con paciencia y delicadeza, con humildad y sinceridad, comprendiendo, confiando, orando (1Cor 13, 4-7)?

jesus (1)

Y yo, ¿cómo recibo la corrección del hermano? ¿Con la humildad del que se sabe caminante que avanza a trancas y barrancas hacia el reino? ¿Con la soberbia del que se cree pluscuamperfecto? ¿Con la fe del que reconoce en las palabras del hermano palabras que el Padre dirige a un hijo muy amado? ¿Agradezco al hermano su amonestación, me arrepiento de mi pecado y lo confieso con lágrimas de compunción y me abandono al tierno abrazo del Padre y a sus cariñosos besos? Quizá me indigno y encolerizo con el hermano, contra el que escupo toda clase de improperios y justificaciones artificiales.

Rafa Chavarría

Domingo 20º Ordinario: Is 56, 1.6-7; Rom 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28.

Hacía ya algunos años que los desterrados habían regresado del imperio caldeo. Ciro de Persia, que destronó al último rey babilonio, dictó un decreto el año 538 a. C.: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que entre vosotros pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe y suban a Jerusalén de Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén…, Esd 1, 1-4.

Los que regresaron a Jerusalén organizaron su vida en torno al Templo y el culto, la Ley y el estricto cumplimiento del descanso sabático. Israel preservaba de esta manera su identidad frente a los innumerables pueblos que integraban el imperio persa. Preservar esta identidad se convirtió en seguida en obsesión, hasta el punto de que se llegó a entender al extranjero como una amenaza para la integridad del pueblo de Dios. Incluso se calificó de infidelidad a Dios todo matrimonio con mujeres no israelitas: Hemos sido infieles a nuestro Dios al casarnos con mujeres extranjeras de los pueblos paganos, Esd 10, 2.

unidad

Sin embargo Dios no parece muy conforme con esta deriva endogámica que toma su pueblo bajo la guía de sus dirigentes, pues envía profetas que reivindicarán su señorío universal: A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos, Is 56, 6-7.

El rey Antíoco IV decretó la unidad nacional para todos los súbditos del imperio, 1Mac 1, 41. Se empeñó en que los judíos olvidaran la Ley y cambiaran todas las costumbres, 1Mac 1, 50,  y el día quince de diciembre del año ciento cuarenta y cinco mandó poner sobre el altar un ara sacrílega, 1Mac 1, 54. Se quemaban los libros de la Ley, se profanaba el templo y los que se mantenían fieles a su Dios y a sus tradiciones eran ajusticiados. Resulta comprensible que en estas circunstancias, el extranjero, durante la dominación griega, pasara a ser directamente el enemigo.

Cuando nació Jesús, gobernaba en Israel el idumeo Herodes, que era vasallo del emperador romano. Eso no suavizó precisamente la animadversión que los judíos sentían por los extranjeros. Aquellos oráculos que vislumbraban un único pueblo de Dios integrado por judíos y no judíos parecían olvidados. El mismo Jesús, que se presentaba como aquel que anunciara uno de los profetas de la restauración (Is 61, 1-2), se entendía a sí mismo como enviado exclusivamente a las ovejas descarriadas de Israel, Mt 15, 24.

la cananea

Fue en tierra extranjera, durante unos días de vacaciones por tierras del Líbano, donde Jesús comprendió que su misión tenía carácter universal. Una mujer cananea que sufría porque su hija estaba poseída por un demonio muy malo, le pidió gritando: Señor, Hijo de David, ten compasión de mí, Mt 15, 22. Él, ni palabra. Ella insistió: ¡Socórreme, Señor!, Mt 15, 25. Él se avino a explicarle que había sido enviado a los hijos -los descendientes de Abrahán y herederos de las promesas- y no a los perrillos -los judíos llamaban despectivamente perros a los extranjeros-.  Ella no se ofendió, sino que supo sacar beneficio del argumento de él: También los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos, Mt 15, 27. Y Jesús comprendió al fin: ¡Qué grande es tu fe, mujer!, Mt 15, 28. El Padre del cielo no solo hacía salir el sol sobre los buenos y los malos judíos (Mt 5, 45), sino también sobre el judío y el extranjero. Los bienes del reino eran para todos, pues el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob es Padre universal: En aquel momento quedó curada su hija, Mt 15, 28.

A la luz de esta lectura de las Escrituras, me asaltan unos cuantos interrogantes. El extranjero es, en principio, el que viene hasta mí desde un país que no es el mío. Suele hablar una lengua que desconozco. Su cultura, su mentalidad y costumbres, y hasta su religión son ajenas a las mías. ¿Cuál es mi actitud hacia él? ¿Soy de los que sospechan de todo lo que no les es familiar? ¿Soy de los que escuchan intentando comprender? ¿Estoy dispuesto a  dejarme cuestionar por las convicciones y los modos de hacer del extranjero? ¿Siento que el extranjero y yo podemos trabajar juntos en la construcción de un mundo nuevo? En definitiva, ¿es el extranjero para mí un hermano, hijo del único Padre, o es un perro cuyo lugar es la caseta de mi jardín?

En un sentido más genérico, el extranjero es también el que no pertenece a mi familia, a mi cuadrilla, a mi partido, a mi comunidad, a mi movimiento, a mi parroquia, a mi Iglesia… ¿Cuál es mi actitud para con este, que no es propiamente extranjero, pero me resulta extraño por no ser de los míos? A veces yo mismo hago de una persona un extranjero ante el que me prevengo y hasta rechazo. ¿Cuántas veces me dejo llevar por la primera impresión que recibo de alguien, lo descalifico en mi interior, me cierro a cualquiera de sus aportaciones y le trato con reticencia o agresivamente?

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Este tema del extranjero no es baladí, ni siquiera secundario para el seguidor de Jesús, el cual, cuando venga con su esplendor acompañado de todos sus ángeles me dirá: Ven, bendito de mi Padre, porque fui extranjero y me acogiste; o bien: Apártate de mí, maldito, porque fui extranjero y no me acogiste, Mt 25, 31-46. ¿Descubro en el rostro del extranjero los rasgos de Jesús?

Rafa Chavarría

En la Solemnidad de la Asunción de María

La esperanza de Israel se funda en las promesas de Dios a Abrahán: Mira, este es mi pacto contigo: serás padre de una multitud de pueblos… Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra de tus andanzas- la tierra de Canaán- como posesión perpetua. Y seré su Dios, Gn 17, 3-8. Dios sostendrá y reanimará esta esperanza obrando maravillas, salvando una y otra vez a su pueblo, aunque este no sea fiel al pacto: Que lo confiesen los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países (Sal 107). El autor del libro de Job describe la felicidad que esperaban aquellas gentes del Antiguo Testamento: El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio; sus posesiones fueron catorce mil ovejas, etc. Tuvo siete hijos y tres hijas… No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre les repartió heredades como a sus hermanos. Después Job vivió cuarenta años, y conoció a sus hijos y a sus nietos y a sus bisnietos. Y Job murió anciano y colmado de años, Job 42, 12-17. Así se entendía la felicidad, como una vida larga, colmada de hijos y riquezas, que prosperaba en un clima de paz, justicia y armonía. En realidad, esta era una felicidad constantemente amenazada por los vaivenes históricos y por la tentación de olvidar que solo Dios, y nadie más, es la fuente de toda bendición. Pero el corazón humano solo se conforma con una felicidad estable y definitiva. Dicho de otro modo, no se puede afirmar que alguien es feliz si teme dejar de serlo. Los profetas atisbaron el día en que el pueblo -y todos los pueblos- entrarían en una dicha sin retorno y perpetua: Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear, Is 65, 17-18.

magníficat

María es la voz solista de ese coro integrado por todos los israelitas que a lo largo de los siglos han mantenido viva la esperanza en una nueva y definitiva creación. Ella es la cumbre y la recapitulación del pueblo creyente y fiel (Lc 1, 39-55). María-Israel se siente dichosa porque sabe que su embarazo es el cumplimiento definitivo de las promesas que un día ya muy lejano Dios misericordioso hizo en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Hoy empieza a cambiar la suerte de los que sufren la humillación de los soberbios y los poderosos, pero confían en el Poderoso, al que cantan por boca de María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. El mismo Lucas que registró estas alegrías para nosotros, sitúa el comienzo del ministerio de Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando leyó Is 61, 1-2: El Espíritu del Señor está sobre mí… Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor, e inmediatamente proclamó: Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este pasaje (Lc 4, 16-21). Más adelante, lo que en Nazaret había sido una declaración de intenciones, lo descubrimos cumplido: Id a contarle a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia, Lc 7, 22. Sin embargo, esta dicha que disfrutaban ciegos, cojos, leprosos, muertos y pobres solo alcanzaba a algunos, y ni para estos resultaba plena y definitiva.

Muchos hablarían de Jesús como de un taumaturgo benévolo. También los habría que le reconocerían como un profeta del tipo de Elías y Eliseo. Pero Jesús resultó ser algo más, alguien mucho más grande que lo que los hombres podían esperar o soñar. Jesús, no solo sanó enfermos, alegró corazones, infundió esperanza o reconcilió a los pecadores con Dios, él cargó con nuestras humillaciones, minusvalías y pecados. Fue aplastado por la muerte, como cualquier ser humano, pero el sepulcro no pudo retenerlo: Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte, Hch 2, 24. Y proclamar que Jesús ha resucitado significa afirmar que vive con plenitud de vida compartiendo la gloria del Padre para siempre: Entonces, entre el trono con los cuatro vivientes y el círculo de los ancianos vi un Cordero: estaba de pie, aunque parecía degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a la tierra entera. Oí entonces que todas las criaturas del cielo, de la tierra, de bajo la tierra y del mar, todo lo que hay en ellos, respondían: ‘¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos!’ Los cuatro vivientes decían: ‘Amén’, y los ancianos se postraron rindiendo homenaje, Ap 5, 6.13-14. Este Cordero que vive junto al trono de Dios es la nueva creación que atisbaron los profetas. Él es el nuevo y definitivo Adán, la primicia de la nueva humanidad y, por tanto, nuestra esperanza. Todos podemos clavar nuestros ojos en él y alabar con María al Dios que ha realizado proezas con nosotros, que destruyó mediante el misterio pascual de Jesús todo dolor, pecado y muerte, cambió nuestra suerte y nos llama a sentarnos definitivamente junto a él llenos de vida y alegría, inmersos en el eterno diálogo del amor.

asunción

Celebrar la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos es afirmar con alegría y esperanza que la madre de Jesús participa ya de la vida y la gloria de su Hijo. La que meditaba en su corazón los acontecimientos que se sucedían en su vida e intentó, asistida por el Espíritu, discernir en ellos la voluntad de Dios para obedecerla con diligencia, brilla hoy junto al trono de Dios y del Cordero toda vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada con doce estrellas, Ap 12, 1. Esta mujer, a la que la Iglesia llama Panágia -toda santa- aúna en un único canto su proclamación gozosa de las maravillas que Dios ha hecho en su favor y el clamor de los que dieron fiel testimonio de Jesús: Tú, el soberano, el santo y leal, ¿para cuándo dejas el juicio de los habitantes de la tierra y la venganza de nuestra sangre?, Ap 6, 10. Ella permanece atenta a nuestra historia, a la del resto de su descendencia, los que seguimos combatiendo contra el dragón, los que guardamos los mandamientos de Dios y mantenemos el testimonio de Jesús (Ap 12, 17). Su felicidad no estará completa hasta que todos sus hijos reciban una vestidura blanca, Ap 6, 11, signo de haber completado fielmente su servicio y de participar de la gloria de Dios y del Cordero. Mientras seguimos guerreando en el desierto, miramos hacia esa magnífica señal, Ap 12, 1, de victoria y esperanza que es María ascendida hasta la gloria de Dios, y clamamos y suspiramos: Santa María, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, ruega por nosotros pecadores y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Y sabemos que nos escucha, hace suyos nuestros dolores y esperanzas, y los incorpora a ese canto suyo que se eleva como incienso en presencia del Cordero y de Dios. Un día llegará en el que se cumplirá definitivamente las promesas. Será el día que atisbaron los profetas, y también Juan: Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía. Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo, Ap 21, 1-2. Será el día en que el Cordero-novio despose a la Iglesia-novia, bodas en las que María, reina madre enjoyada con oro, tendrá su lugar a la derecha de su Hijo, cumpliéndose lo que canta el Salmo 45.

Rafa Chavarría

Domingo 17º Ordinario: 1Re 3, 5.7-12; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

Este domingo concluye la proclamación del discurso de las parábolas del Reino. Jesús compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido, con una perla de gran valor y con una red que echan en el mar. En total son tres parábolas. Cada una a su manera nos revela algún detalle de ese misterioso Reino, que es el tema central de la enseñanza del Maestro.

perlasfinas

Tras una lectura reposada de estas parábolas, salta a la vista lo parecidas que son las dos primeras. Ambas me hablan del inmenso valor del Reino. En realidad, su precio es tan desmesuradamente elevado que quienes lo encuentran abandonan todos sus bienes y se esfuerzan por hacerse con él. En definitiva, el Reino de los cielos tiene un valor absoluto, y me pregunto si lo tiene realmente para mí. Salomón parecía tenerlo claro. No pidió a Dios una vida larga, ni riquezas, ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría, capacidad para escuchar y discernir la voluntad de Dios, a fin de gobernar al pueblo conforme al plan divino, la verdadera justicia. Según la segunda lectura, Dios me ha destinado a ser imagen de su Hijo glorificado. ¿Deseo con todo mi corazón que este designio se cumpla en mí? ¿Qué me lo impide?

El protagonista de la primera parábola es simplemente alguien. Quizá un labrador asalariado que está trabajando y siente que la reja del arado ha tropezado con algo. El tesoro llega a sus manos sin ningún esfuerzo por su parte. El Reino es don gratuito con el que muchos tropiezan sin querer. Algo así le sucedió a Pablo en el camino de Damasco (Hch 9, 1-18). El no buscaba otra cosa que a los seguidores de Jesús, pero este le salió al encuentro: Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y Pablo obedeció. Abandonó sus convicciones y sus odios, para convertirse en imagen del Hijo y llevar su nombre delante de las naciones y los reyes y de los hijos de Israel.

El comerciante de la segunda parábola encuentra una de gran valor. El Reino es también para él un regalo gratuito. Pero este hombre no es un cualquiera que pasaba por allí. Es un buscador y un entendido. Es alguien que se hace preguntas sobre el sentido de su vida, sobre el hombre, la naturaleza, el bien, el sufrimiento, la justicia, las contradicciones de la existencia humana… En este libro o en aquel curso o en determinadas prácticas encuentra respuestas y cierto consuelo, son sus perlas finas. Pero ninguna de ellas le satisface del todo, y sigue en el negocio, persevera en la búsqueda de la perla por antonomasia, de la respuesta a todas sus preguntas, del consuelo definitivo, del Reino. Me parece que el ministro de economía de la reina de Etiopía era un comerciante en perlas finas (Hch 8, 21-27). Había subido a Jerusalén para adorar a Dios. Durante el viaje de regreso a su país, intentaba comprender los oráculos de Isaías. Buscaba. Y el Señor le regaló respuestas y un gozo como no había experimentado nunca y jamás soñó.

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Las parábolas del tesoro y de la perla nos hablan de los comienzos del Reino, sin embargo la de la red lo hace de su consumación. Leamos la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30). Jesús nos enseña que no basta con recibir unos talentos, encontrar un tesoro o una perla. Es necesario saberlos gestionar. Cuando se nos regala el Reino, comenzamos una nueva vida. En adelante viviremos en un permanente discernimiento de la voluntad del Padre y, animados por el Espíritu, procuraremos obedecer como lo hizo Jesús. El Reino se ofrece a todos, como la red atrapa toda clase de peces. Pero no todos acogen con alegría ese don de Dios. En realidad muchos lo rechazan. También hay quienes, al principio, reciben el Reino con agradecimiento e ilusión, pero terminan por esconderlo bajo tierra. Otros intentarán vivir como ciudadanos del Reino. El día final se separarán los buenos peces de los malos. Aquellos acabarán recogidos en cestos, entrarán en el gozo de su Señor (Mt 25, 21.23), entrarán con el novio a la boda (Mt 25, 10), irán a la vida eterna (Mt 25, 46). Los que hicieron oídos sordos al anuncio del Reino o acabaron desentendiéndose de él por cansancio o demasiada confianza, serán arrojados al horno encendido, lugar del llanto y el rechinar de dientes (Mt 13, 50).

Hoy Jesús me enseña que el Reino es un don gratuito del Padre, pero me advierte que este regalo no se me ha dado del todo. Nunca debo dejar de pedir acogerlo con corazón agradecido y que se desarrolle en mí hasta que todo yo sea imagen del Hijo glorificado, que es aquel en el que el Padre reina de modo perfecto: Padre nuestro… venga tu Reino, hágase tu voluntad… no nos dejes caer en la tentación…, Mt 6, 9-13.

Rafa Chavarría

Domingo 3º de Pascua: Hch 2, 14.22-23; 1Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35.

Releo el relato bien conocido del encuentro del Resucitado con los dos discípulos que iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús. Mi imaginación compone fácilmente la escena. Pinto un camino polvoriento en el árido paisaje de Judea. Oigo las palabras de los personajes de la historia. Veo sus gestos. Percibo sus sentimientos. Yo también me devano los sesos intentando comprender esos sucesos que no se ajustan a mis planes ni a mis expectativas. Yo también discuto con cualquiera que responde a mis interrogantes con frases hechas o me recomienda que olvide y pase página. Que esos sucesos me desconcierten no significa que carezcan de sentido o deba entenderlos a la manera de siempre.

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Jesús me sale al encuentro en cada eucaristía. Yo le cuento lo que me desazona. Entro en detalles, y le confieso que no acabo de entender ni de aceptar ni de olvidarme de ello. El me espeta: ‘¡Qué necio y torpe eres para creer!’ Es cierto. No acabo de fiarme. Reconozco que mi vida no es precisamente la de un auténtico discípulo, la de alguien que se reconoce hijo amado del Padre y sabe que el único modo de entrar en la gloria es hacer su voluntad, aunque puede resultar desconcertante o implique algún tipo de padecimiento. Entonces caigo de hinojos y gimo: Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Jesús acoge mi súplica. El no ha salido al camino para condenarme, sino para salvarme. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, me explica lo que se refiere a él en toda la Escritura. Me desvela el auténtico sentido de los acontecimientos y lo que significa ser un verdadero discípulo. Mientras habla, mi corazón arde con el fuego de ese Espíritu suyo que me conduce hacia la verdad plena, me transforma y me capacita para el seguimiento.

La Liturgia de la Palabra ha creado un clima de intimidad. Nos envuelve la penumbra. Quiero estar con Jesús. El accede a mis requerimientos y se sienta conmigo a la mesa. Toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y me lo da. Este es su ritual, las señas de su presencia viva. Mis ojos se abren a realidades que transcienden cualquier visión natural. Cuando Jesús parte el pan lo reconozco –que no me pregunten cómo-. Sé que está vivo y operativo ante mí. Siento una intensa hambre de él. Acojo el pan que me da y lo como. Rememoro su entrega incondicional por causa mía hasta la muerte de cruz. Experimento su amor. Y lloro, avergonzado de mí mismo. Poco a poco mi llanto se transforma en agradecimiento, porque el que siendo de condición divina se despojó de sí mismo, Flp 2, 6-7, me guía por el camino que conduce a la felicidad, a la vida, a la gloria. Y mi rodilla se dobla y mi lengua confiesa que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre, Flp 2, 10-11.

Cleofás y su compañero regresaron a Jerusalén y se reincorporaron a la comunidad. Los discípulos compartieron las experiencias que habían vivido. Cuando la eucaristía termina, vuelvo al lugar de los sucesos desconcertantes con otra luz, con otra actitud, con otra fuerza. En la vida de todos los días me rencuentro con mis condiscípulos. Unos afirman: Era verdad, ha resucitado el Señor. Otros cuentan lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. No estoy solo. El Resucitado reunió de nuevo a la comunidad que se había desintegrado. Ahora compartimos su alegría, su paz, su Espíritu, su energía, su misión. Ahora compartimos su proyecto y unimos nuestras fuerzas para que nuestros vecinos se vean libres de toda atadura y nuestra sociedad progrese según la imagen del Reino.

Rafa Chavarría

feDomingo 2º de Pascua: Hch 2, 42-47; 1Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-31.

Mientras leía el texto evangélico de la misa de este domingo he subrayado algunas palabras: miedo, paz, alegría, os envío yo, Espíritu Santo. Después dediqué un rato a meditar cada una de ellas.

Los discípulos tenían miedo. Se sentían vulnerables. Su maestro había sido crucificado, y sus crucificadores bien podían desear erradicar toda memoria suya matando a sus seguidores. El miedo nos impide pensar con claridad y tomar decisiones. El miedo nos paraliza y nos encierra en nosotros mismos o, al menos, en nuestra habitación, como hizo con los discípulos que se atrincheraron en una casa con las puertas cerradas. Dominados por el miedo, no esperamos nada más que el desastre final.

El resucitado emprende todo un trabajo de liberación. Entró en el fortín donde los discípulos se sentían más o menos seguros. Nada impide al resucitado hacerse presente en medio de los miedos de nuestra comunidad, pues es Señor. Jesús saluda como cualquier visitante: Shalom, paz a vosotros. Hay algo en ese saludo que nos llama la atención. Quizá el tono de la voz o la sorpresa de que alguien haya sido capaz de superar nuestras protecciones. El caso es que el saludo del resucitado nos saca de nuestro ensimismamiento y prestamos atención a algo distinto de nuestros miedos. La liberación ha comenzado.

Saludándonos, Jesús nos ha sacado de nosotros mismos. Con el gesto de mostrarnos las manos y el costado, nos introduce en una realidad que supera nuestra percepción sensorial y nuestra capacidad intelectual. Es decir, nos eleva a la inteligencia de la fe, gracias a la cual lo experimentamos vivo y lo reconocemos como Señor. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. La alegría es la antítesis del miedo. Nos sentimos alegres cuando, abiertos a todo, a todos y a cualquier suceso, experimentamos un impacto que nos llena de satisfacción y comprendemos que nuestra existencia tiene sentido y que merece la pena vivir. La persona alegre vive fuera de sí, proyectada hacia lo que le rodea, interactuando incondicionalmente con las cosas, los demás y Dios. El resucitado nos ha hecho pasar de la casa con las puertas cerradas al ancho mundo, ha hecho de nosotros personas libres.

misión

Jesús repitió: ‘Paz a vosotros’. Su primer saludo, acompañado del gesto de enseñar las manos y el costado, realizó en sus oyentes la pacificación. Es decir, serenó, sosegó, tranquilizó… a los discípulos, los iluminó con la fe, los liberó de sus miedos y los colmó de alegría. Jesús no se dirige ahora a unos discípulos amedrentados, sino a unas personas confiadas y disponibles. Con este repetido y nuevo saludo, Jesús comunica a sus discípulos la misión que él mismo había recibido del Padre. Jesús envía con el poder del Espíritu Santo a realizar la salvación, el perdón de los pecados, los cuales están en la base de toda esclavitud. La misión de los discípulos incluye también dar testimonio del Señor muerto y resucitado, cosa que hacen ante Tomás, que no estaba con ellos cuando vino Jesús: ‘Hemos visto al Señor’. Solemos identificar la misión con el testimonio, como si Jesús solo nos hubiera confiado su palabra. Pero evangelizar incluye, además de proclamar la resurrección de Jesús para que el mundo crea, salvar. El evangelista es consciente de que la fe no tendría sentido si se redujera a aceptar una verdad, por eso afirma que ha escrito sobre Jesús para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Jesús se me reveló, me liberó, me llenó de gozo y me  envió a la calle con el poder del Espíritu Santo para proclamar la Buena Noticia de su resurrección y liberar a los oprimidos (Lc 4, 18-19). Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, Lc 1, 46-47.

Rafa Chavarría

Domingo 3º de Adviento: Is 35, 1-10; St 5, 7-10; Mt 11, 2-11.

Durante el Adviento tenemos la mirada clavada en el niño Jesús. Nuestros corazones rebosan esperanza. Sin embargo, este domingo vemos a Jesús recorriendo los pueblos de Galilea, cumpliendo la misión para la que había nacido.

Juan se reconocía el profeta enviado a preparar la llegada del juez escatológico, por eso llamaba a la conversión, a la reconciliación con el Dios de la Alianza y a vivir según su justicia. El signo de esta conversión era el bautismo en las aguas del Jordán, por el que se revivía simbólicamente el paso de los antiguos desde el desierto a la tierra prometida. El converso dejaba atrás una vida tenebrosa y constantemente amenazada, para entrar en la luz y vivir en armonía con Dios y los compatriotas. Juan entendía que el juicio era inminente, que ya llegaba el segador que separaría el trigo, los israelitas convertidos, de la paja, aquellos que persistieran en sus pecados. El bautizaba con agua, pero el juez que llegaba bautizaría con el fuego de la cólera divina. El que soportara ese bautismo pasaría al granero, a integrar el nuevo Israel, mientras que aquellos cuya vida no tuviera la consistencia requerida quedarían reducidos a cenizas (Mt 3, 1-12).

jesús

No parece que Jesús tenga prisa a separar a los infieles de los fieles y construir con estos el nuevo Israel. Su estilo no es el que cabría esperar de un juez que representara la ira de Dios. Allá donde va Jesús los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Estos gestos revelan a un Dios rico en misericordia, conmovido y comprometido con cualquier tipo de sufrimiento. Jesús desmitifica la relación tradicional entre los pecados y la enfermedad. El verdadero pecado es evitar al que sufre y no hacer todo lo posible para librarle de su dolor y para devolverle su dignidad. Jesús revela a un Dios Padre de todos, amante de cada uno de sus hijos y ocupado en lograr que todos se sienten a la mesa en el banquete de su Reino.

Durante el Adviento recuperamos la actitud de conversión continua. Convertirse es cambiar el modo de entender y valorar la realidad, lo que modificará nuestras actitudes fundamentales. Este cambio alumbrará, como consecuencia natural, un nuevo comportamiento. Hagámonos algunas preguntas. ¿Qué imagen tengo de Dios? ¿Qué emociones y deseos se despiertan en mí cuando oigo la palabra ‘Dios’? ¿Qué significa para mí el ser humano, los otros y yo mismo? ¿Qué son para mí la familia, la sociedad, la Iglesia? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué me motiva?  ¿Qué es lo que más aprecio en la vida y en los demás? ¿Cuáles son mis actitudes ante Dios, ante los otros y ante mí, ante mi entorno y la vida? Que cada uno responda sinceramente a estas preguntas y a otras semejantes que se le ocurran, y que anote las respuestas.

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Tómale el pulso a tu fe. ¿Crees que Jesús vive? ¿Experimentas su presencia activa en tu vida? ¿Es él tu único absoluto y tu Señor? Bien, pues. Siéntate con actitud de discípulo y lee sin prejuicios alguno de los evangelios. Descubre lo que Jesús enseña de Dios, del ser humano, de la sociedad, de la vida, del mundo. No tengas prisa. Deja que los textos revoloteen en tu interior y te hablen. ¿Sientes y aceptas que lo que te revela Jesús es verdad? Quizá te sientas algo incómodo porque esa verdad cuestiona tus convicciones y actitudes, ¿en qué medida lo hace? Compara las respuestas que has anotado anteriormente con las que, a las mismas preguntas, responde el evangelio que has leído. Seguramente, encontrarás algunas diferencias. Si reconoces que Jesús te descubre la verdad, sentirás la necesidad de adecuar tus pensamientos, valores y actitudes a las enseñanzas del Maestro. Esta adecuación, este cambio es lo que llamamos conversión.

Te esfuerzas en cambiar, pero encuentras demasiadas dificultades, provenientes de ti mismo y de tu entorno. ¿Qué consecuencias tendrá este cambio? ¿Conservaré el aprecio de mis compañeros? Experimentas la imposibilidad de convertirte por ti mismo. Es la hora de que te arrojes a los pies de Jesús y le grites: Quiero, pero no puedo. ¡Ayúdame! Este es el comienzo de la conversión. Tu actitud de autosuficiencia, pasa a ser de humildad, pobreza y confianza en el que reconoces como el Salvador. Él no te defraudará, pues te infundirá su vida, el Espíritu Santo, el cual, poco a poco, irá adecuando tus pensamientos, tus valores, tus actitudes y, en consecuencia, tu comportamiento, a los del Hijo.

Rafa Chavarría

Lectio divina en Adviento: Lc 1-2. (Final)

beso

Vayamos al cuadro de la anunciación a María (1, 26-38). El Espíritu Santo aparece en boca del ángel, cuando responde a la pregunta de la virgen de Nazaret: ¿Cómo sucederá esto si no vivo con un hombre? El Espíritu ni llenará ni acompañará a María, descenderá sobre ella y la cubrirá. Esto nos sitúa en un contexto esponsal. Booz, el abuelo de David, cubrió con su manto a Rut, comprometiéndose a tomarla por esposa (Rut 3, 9). El profeta Ezequiel comunicó a Jerusalén el siguiente oráculo: Pasando de nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu desnudez; te comprometí con juramento, hice alianza contigo –oráculo del Señor- y fuiste mía, Ez 16, 8. Dios es el esposo del Cantar e Israel la esposa, conforme a la interpretación alegórica del libro. Ella quisiera sentarse a la sombra de su amado y consumar su amor (Cant 2, 3-6). El Altísimo, al hacer descender al Espíritu sobre María y cubrirla con su sombra, la ama como esposo y la hace suya, de modo que ambos serán como uno solo (Gén 2, 24) y el que nacerá de ella se llamará Hijo de Dios.

María, en perfecta sinergia con el Espíritu Santo, engendrará al Salvador y lo dará a luz para Israel  y para todas las naciones (Lc 2, 32). Por ello, se puede afirmar que María profetiza de un modo totalmente nuevo. Ella, más que recibir palabras del Señor, recibe y acoge con todo su ser -mente, afectos, cuerpo-  la misma Palabra de Dios. Más que pronunciar oráculos, da a luz a la Palabra. Más que servir a la Palabra comunicándola con toda fidelidad, aun sufriendo amenazas, la sirve envolviéndola en pañales y acostándola en un pesebre (2, 7), cumpliendo con ella todo lo prescrito en la Ley (2, 21-24), sufriendo la angustia de su extravío y esforzándose por rencontrarla (2, 48), compartiendo el drama de su crucifixión y obedeciendo su última voluntad (Jn 19, 25-27), dedicándose a la oración con sus discípulos, esperando con ellos la promesa del Padre y acogiendo su cumplimiento la mañana de Pentecostés (Hch 1, 4.14; 2, 1-4).

Todavía embarazada, María a una con el Espíritu, correrá hacia un pueblo de la sierra de Judea (1, 39-40) y proclamará la grandeza del Señor, 1, 46-55, reconociendo que todo lo que le ha ocurrido es obra gratuita y generosa de Dios, al que confiesa como su Salvador, Poderoso, Santo, misericordioso y fiel a sus promesas. Además anunciará: desde ahora me felicitarán todas las generaciones, 1, 48. María contempla todo lo que ocurre en torno a su hijo y escucha todo lo que se dice de él, guardándolo y meditándolo en su corazón (2, 19.52). El Espíritu Santo no es ajeno a esta meditación interior, pues él es quien conduce a la verdad plena (Jn 16, 13) y el corazón de María late al ritmo de su aleteo.

creación

Recapitulemos. El Altísimo, cubriéndola con la sombra del Espíritu, desposó amorosamente a María, que dio a luz al que se conocería como el Hijo de Dios. Ella es la profetisa que recibió y acogió con todo su ser la Palabra misma de Dios. Pronunció su oráculo dando a luz a la Palabra, a la que prestó un servicio fiel durante toda su vida. Se reconoció agraciada y cantó las maravillas con las que Dios la había favorecido. Anunció que sería felicitada por todas las generaciones y meditaba en su corazón, guiada por el Espíritu, todo lo que sucedía en torno a su hijo.

Era muy tarde cuando terminé de leer. Me pareció que el viento había amainado, quizá hacía tiempo de eso. Cerré la Biblia. Mientras me calentaba un generoso tazón de leche, surgían de mi corazón algunas preguntas. ¿Qué quería comunicarme Dios a través de aquella lectura? ¿Qué me enseñaban Juan y sus padres? ¿Qué ejemplo a seguir me ofrecían Simeón y Ana? Y María, ¿en qué dirección me sugería caminar? Me bebí la leche despacio, saboreándola y disfrutando su calor. Volvieron las preguntas. ¿Qué debería hacer? Clavé los ojos en el tazón vacío y vi la respuesta a mis preguntas. ¡Nada! No debería hacer nada, sino todo lo contrario. Debería no poner obstáculos al descenso del Espíritu. Debería dejar que el Espíritu llene todo mi ser, y ore con mis labios y sirva con mis manos. Debería no taponarme los oídos y permitirme escuchar la Palabra sin prejuicios, sin condiciones, sin previsiones. Debería dejar que el Altísimo haga en mí con esas dos manos suyas que son la Palabra y el Espíritu Santo.

Rafa Chavarría

Lectio divina en Adviento: Lc 1-2.

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La tarde de ayer soplaba un viento helado sobre Madrid. No me apetecía salir de casa. Como estamos en Adviento, decidí leer despacio los dos primeros capítulos de Lucas. Terminada la lectura, me acerqué a la ventana. Los árboles se agitaban, mientras las palabras y los cuadros que acababa de leer revoloteaban en mi corazón. Sentí que había leído el cumplimiento de la profecía de Joel: En los últimos días -dice Dios- derramaré mi Espíritu sobre todo hombre. Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños, y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán, Jl 3, 1-5. Lucas no cita ahora este texto, lo hará más adelante en Hch 2, 17-18, cuando dé razón del acontecimiento de Pentecostés. Ciertamente, el Espíritu es para el evangelista el don primigenio de la Pascua, la fuente de la que dimanará cualquier otro regalo de Dios en la nueva era. Lucas anticipa el cumplimiento de la profecía mesiánica a los acontecimientos que rodean el nacimiento de Jesús, haciendo presente al Espíritu y describiendo el comportamiento de los diversos actores humanos de la narración como auténticos profetas.

Lucas nombra por primera vez al Espíritu en el anuncio del nacimiento de Juan, que se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre de su madre, y convertirá a muchos israelitas al Señor su Dios, 1, 15-16. El origen del Espíritu se expresa con el pasivo divino, se llenará. Dios mismo derramará su Espíritu sobre Juan y, así, lo hará totalmente suyo (llenará) y le capacitará para cumplir una misión, la de convertir a muchos israelitas al Señor su Dios. Zacarías reconocerá en el niño recién nacido el cumplimiento de la promesa divina y anunciará: Y a ti niño te llamarán profeta del Altísimo, y concretará algo más la misión que llevará a cabo: irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados, 1, 76-77. Juan salta en el vientre de su madre, cuando María la saluda. Este salto es como el primer testimonio que Juan da de aquel a quien precede. El Espíritu llena a Isabel, que entiende en toda su profundidad el salto de su hijo, como revelación divina, y reconoce en su prima embarazada a la madre de su Señor. Finalmente, Isabel bendice a María por su entrega confiada al Dios que la ha escogido y la confirma en su esperanza del cumplimiento de la promesa con que ha sido agraciada: Y ¡dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá, 1, 45.

simeón-anaLucas une expresamente el Espíritu y la profecía en la persona de Juan, como ocurría en la promesa mesiánica de Joel. También hace lo mismo en la persona de su padre, que, lleno de Espíritu Santo, profetizó, 1, 67. Zacarías, movido pues por el Espíritu santo, reconoce en los acontecimientos que está viviendo la presencia liberadora del Dios fiel, que cumple los anuncios proféticos y la promesa a Abrahán, y por ello bendice al Señor (1, 68-75). Después reconocerá en el niño recién nacido el cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho por boca del ángel y anuncia la misión que Juan llevará a cabo (1, 76-77). Termina anunciando la visita del sol-Mesías, que será luz y guía por el camino de la paz (1, 78-79). Se llama profetisa a Ana, hija de Fanuel, 2, 36-38.  Aunque en los versículos en los que nos habla de ella no se cita al Espíritu, actúa como animada por él. Reconoce en el bebé que llevan María y José al liberador de Jerusalén, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que la rodeaban. Encontramos al Espíritu asociado a un cierto Simeón, hombre honrado y piadoso, 2, 25-35. El Espíritu le acompañaba, le había anunciado que vería al Salvador, le conduce al templo, le hace reconocer en el niño Jesús el cumplimiento de la promesa del Señor, le mueve a bendecir a Dios y anunciará a María que habrá quien se adhiera a su hijo y quien lo rechace, lo que hará sufrir a su madre como una espada que traspasase su corazón.

Aunque todavía hemos de contemplar el descenso del Espíritu sobre María, cosa que haremos en la próxima entrada, recapitulemos. El Espíritu Santo tiene su origen en Dios, que lo regala liberalmente a todos los que rodean el nacimiento de su Hijo. El Espíritu es una energía (dýnamis/virtus) que revela en toda su hondura el significado de los acontecimientos y mueve a aquel, al que llena o acompaña, a bendecir al Dios que se revela fiel a sus promesas, a proclamar el cumplimiento de las promesas divinas, a anunciar cómo este cumplimiento llegará a su consumación y a llevar adelante la propia misión. El Espíritu es poder revelador, orante y evangelizador.

Rafa Chavarría

 Lectio Divina: Apocalipsis 12, 1-2.

La Iglesia nos invita a levantar la mirada al cielo durante los primeros días del año litúrgico. Miremos, pues, al cielo. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol… Esta mujer es a la vez una y múltiple. Se trata de una figura colectiva. Este juego literario es corriente en la tradición bíblica. Recordemos los cantos del siervo de Yahvé en Is 42, 1-9; 49, 1-13; 50, 4-9; 51, 13-53, 12. El siervo tiene rasgos personales y colectivos. Es una persona y todo el pueblo que sufre el destierro y es testigo de Yahvé entre las naciones. La mujer aparece sin otro origen que Dios mismo y en el centro de una magnífica constelación astral. Está embarazada y sufre los dolores del parto. Estamos contemplando el momento mismo de la Creación de la humanidad, que aparece en forma de madre primigenia, origen de los hombres y las mujeres de todos los siglos y de todas las naciones: Y creó Dios a la humanidad a su imagen; a imagen de Dios la creó; hombre y mujer los creó, Gén 1, 27.

angel-músico5Esta mujer es como una muñeca rusa. A medida que avanza la narración descubrimos que contiene dentro sí algunas figuras más. En el versículo 5 leemos: Ella dio a luz un hijo varón, destinado a regir a todas las naciones con cetro de hierro; pero arrebataron a su hijo y lo llevaron hasta Dios y su trono. Este hijo no es otro sino el rey anunciado por los profetas. Es el Cristo glorioso, el Cordero degollado al que no venció la muerte sino que vive junto a Dios. La humanidad ha dejado paso a Israel, figura femenina con la que Dios se compromete: Me casaré contigo para siempre, me casaré contigo a precio de justicia y derecho, de afecto y de cariño, Os 2, 21, y doncella que dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, Is 7, 14; Mt 1, 23. La maternidad mesiánica de Israel se concreta en la de una virgen llamada María, que dio a luz a su hijo primogénito para el pueblo que vigila en las tinieblas y cualquiera que esté atento a los signos de los tiempos (Lc 1, 26-27; 2, 10.16; Mt 2, 9-11).

 La fecundidad de la mujer vestida de sol no se agota con el nacimiento del Mesías. En Ap 12, 17 se cita al resto de su descendencia. El tiempo de Jesús, desde su concepción hasta su regreso al Padre, inaugura la era mesiánica, que el Espíritu Santo animará hasta el momento final (Hch 2). La nueva descendencia de la mujer la integran todos aquellos que han creído que Dios ha constituido Señor y Mesías a Jesús crucificado (Hch 2, 36), han reconocido su debilidad y sus pecados, han recibido el bautismo en el nombre de Jesucristo, han recibido el don del Espíritu Santo y se incorporan a la comunidad (Hch 2,37-39.47). La humanidad, Israel y María dejan paso a una nueva mujer vestida de sol, la que da testimonio de la Palabra y engendra multitud de hijos en la pila bautismal por la fe y el sacramento, a la Iglesia.

Contemplemos esta nueva figura, conscientes de que cada uno de nosotros formamos parte de ella. La vemos vestida con la luz que dimana del que está sentado en el trono (Ap 4,3; 5,6). La verdad y el amor de Dios, manifestados en Jesús, nos envuelven, nimban la Iglesia. Doce estrellas giran en torno a la mujer. Doce, como las tribus de Israel y el número de los apóstoles del Cordero, que con su testimonio engendran otras tantas tribus, cuyo conjunto llamamos nuevo Israel, Iglesia. La mujer está en pie sobre la luna, signo de una historia en permanente modificación y de las veleidades propias del corazón humano. La Iglesia se sostiene erguida gracias a la verdad y el amor con que Dios la envuelve, a la fe y a la esperanza, a la correspondencia de amor al que la ha amado primero y al mutuo servicio de la caridad, a la salmodia agradecida y suplicante que se eleva sin interrupción delante de Dios (Ap 8, 3-4).

nueva JerusalénMuchos pintores y escultores se han inspirado en la imagen que comentamos para representar el misterio de la Asunción de María. Por ejemplo, la Virgen de Guadalupe, que, además de vestida de sol, rodeada de doce estrellas y alzada sobre la luna, aparece en estado de buena esperanza. Te invito a detenerte ante cualquiera de estas imágenes y contemplarlas teniendo en la memoria las diversas figuras que hemos ido descubriendo a lo largo de nuestra meditación: Humanidad, Israel, María, Iglesia. Más aún, deja que la divina luz solar te envuelva. Siéntete criatura dotada de un sinfín de cualidades, proyectada desde la eternidad y nacida para una vida feliz que alcanzará su plenitud en la nueva Jerusalén, ciudad iluminada con la gloria de Dios, cuya lámpara es el Cordero; ciudad que rodea una muralla construida sobre doce cimientos y que tiene doce puertas siempre abiertas; ciudad en la que no entrará nada impuro ni quien comete abominación o mentira, sino únicamente quienes han sido inscritos en el libro de la vida del Cordero (Ap 21, 2.10-27). Siéntete hijo del Padre que en Jesús te ha revelado que te quiere más que a las niñas de sus ojos y que te ha regalado su misma vida divina al infundirte el Espíritu Santo que brotó del costado abierto del Cordero. Cree y adora. Suplica y persevera. Espera y clama: ¡Ven, Señor Jesús!, Ap 22, 20b.

Rafa Chavarría

Domingo 15º Ordinario: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

El diálogo entre el letrado y Jesús pivota en torno a la palabra prójimo. El letrado pregunta con intención malévola, para ponerlo a prueba. Pero el Maestro no cae en la trampa y astutamente obliga al letrado a responder a su propia pregunta: ¿Qué está escrito en la ley? El letrado responde correctamente: ‘El que ame a Dios y al prójimo como a uno mismo heredará la vida eterna’. Pero el letrado no se conforma con la aprobación de Jesús: Bien dicho. No había preguntado por amor a la verdad, pues ya conocía la respuesta, sino para dejar en mal lugar a Jesús. Por eso el letrado insiste, aparentando buena voluntad: ¿Y quién es mi prójimo? Ahora Jesús contesta, si bien según su propio estilo, con una parábola.

El letrado conoce perfectamente el significado de la palabra prójimo: el que está cerca, el que pertenece al pueblo del Dios de la Alianza. El letrado sabe que la Alianza le compromete a evitar cualquier idolatría y a ser solidario con sus hermanos israelitas. ¿Me pregunto quién es mi prójimo, quién está cerca de mí? En primer lugar mi mujer y mis hijos. Después mis vecinos, colegas y la cuadrilla de la barbacoa dominguera. Incluso podría decir que todo aquel con el que me cruzo a lo largo de la jornada y aquellos con los que intercambio información en las redes sociales. Como bautizado, cualquier hermano en la fe. Sin embargo Jesús nos cuenta un cuento para ilustrar su particular concepto de prójimo, que resultará ser muy distinto al nuestro y, por tanto, revolucionario.

Van Gogh

Releamos despacio la parábola: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó… Sabemos, por la intervención definitiva del letrado, que el prójimo de la parábola es el samaritano, el único personaje que practicó la misericordia con el abandonado medio muerto. Centrémonos, pues, en lo que Jesús nos cuenta del samaritano. Este iba de viaje, con este o aquel plan, con más o menos prisa, con más o menos preocupación. Llegó a donde estaba él, casualmente, sin pretenderlo. Y lo vio y percibió su situación real y aceptó en toda su verdad el dolor del hombre hasta sentir lástima. Entonces se le acercó, se aproximó a él descendiendo de su cabalgadura y agachándose para limpiar sus heridas y vendarlas. Después lo incorporó y lo montó en su jumento o caballo o camello. Un plan, una prisa y una única preocupación se imponían al samaritano: alcanzar cuanto antes la posada más cercana y procurar allí al malherido toda la atención necesaria. Él lo cuidó aquella noche y proveyó para que no le faltaran cuidados los días que estuviera ausente: Al día siguiente sacó dos denarios, y, dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.

Jesús da un giro copernicano a nuestro concepto de prójimo. Para él la palabra prójimo no alude al cercano,  sino al que se acerca, al que se aproxima al otro, especialmente al que necesita ayuda. Tres son los pasos de esta aproximación: ver, sentir lástima y cuidar. El samaritano viajaba con los ojos bien abiertos, expuesto a la realidad. Su mente carecía de prejuicios, por eso reconoció la verdad del sufrimiento ajeno en cuanto lo vio. Vivía con el corazón expuesto a cualquier impacto emocional y, así, hizo suya aquella desgracia que le asaltó en su viaje. Inmediatamente tomó una decisión y cuidó del malherido con sus propias manos, su tiempo y sus bienes. El samaritano no escatimó ninguna de sus dimensiones personales en su encuentro con el hombre que cayera en manos de unos bandidos. Le atendió con todo su ser, con sus sentidos, mente, corazón, fuerzas y recursos. Dicho brevemente, el samaritano amó. Cumplía así la Ley: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Es cierto que posiblemente no pensó en Dios mientras amaba al hombre, pero lo amó amando al que es su imagen y semejanza. De hecho, el letrado había unido en su respuesta el mandato del Deuteronomio y el del Levítico: Amarás al Señor y al prójimo. Como si entendiera que ambos se implican mutuamente y se anticipara a la advertencia de Juan: Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve, 1Jn 4, 20.

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Jesús saca a la escena de su relato cuatro personajes. Un hombre, del que solo sabemos que bajaba de Jerusalén a Jericó y que le asaltaron unos maleantes, dejándolo medio muerto. Desconocemos su raza, su religión, su clase social… Era simplemente un hombre, una persona humana sin ninguna condición particular. El segundo personaje es un sacerdote, un profesional de la Ley y del culto. Los levitas desempeñaban tareas subalternas en el templo. El sacerdote y el levita pertenecían al ámbito de lo sagrado. Es de suponer que eran cumplidores y se tenían por fieles servidores del Dios de la Alianza, sinceros amantes de su Señor. El samaritano era un extranjero, un extraño al Pueblo elegido, y alguien que rendía un culto herético al Altísimo. ¿Con cual de estos personajes me identifico? Quizá sea el hombre apaleado y necesitado de ayuda. Podría ser el que se siente seguro de sí mismo porque conoce y cumple los mandamientos de Dios y de la Iglesia, aunque cuando se encuentra con un necesitado da un rodeo. También es posible que sea alguien que viaja sin prejuicios y libre para conmoverse, que se acerca al que sufre y lo atiende generosamente. No importa qué personaje seamos. Siempre estamos a tiempo de convertirnos y obedecer el mandato del Maestro: Anda, haz tú lo mismo.

Rafa Chavarría

Domingo 13º Ordinario: 1Re 19, 16-21; Gál 4, 31- 5, 18; Lc 9, 51-62.

El domingo pasado Jesús nos ofrecía una catequesis eminentemente pedagógica. Comenzaba haciéndonos una pregunta fácil: ¿Quién dice la gente que soy yo? Para responderla, bastaba con haber estado un poco atento a los comentarios que se hacían del Maestro en los mercados y en las tertulias: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta redivivo. Después escuchamos una segunda pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? No era una pregunta tan fácil como la anterior. Jesús nos invitaba a tomarnos nuestro tiempo y a reflexionar. Buscaba una respuesta personal y comprometida. Más o menos todos contestamos como Pedro: El Mesías de Dios. Quedamos pendientes de los labios del Maestro, esperando la valoración de nuestra respuesta. Pero Jesús eludió toda evaluación. Nos quedamos sin saber si habíamos aprobado o suspendido el examen.

Jesús nos tenía donde quería. Él sabía bien que le seguíamos porque lo considerábamos el Mesías de Dios. Le dimos la respuesta que esperaba y, tomando pie de ella, nos dictó la lección que le interesaba: El Hijo del hombre tiene que padecerEl que quiera seguirme que se niegue a sí mismo… y se venga conmigo. Sus palabras nos desconcertaron. Cuando nosotros respondimos el Mesías de Dios queríamos decir el que nos iba a liberar de nuestros enemigos y de todo sufrimiento, el que iba a inaugurar un reino de prosperidad sin amenazas externas, de justicia y de paz intramuros.

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Hoy tenemos que demostrar si aprendimos la lección de la semana pasada. Jesús decide ir a Jerusalén y nos envía por delante para prepararle alojamiento. Nos deja solos para que nos enfrentemos a las contradicciones de la existencia humana. Entramos en una aldea de Samaria, pero allí no quieren saber nada de nosotros. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿La de los que siguen a Jesús cargando la cruz de cada día? No, nosotros, como Santiago y Juan, nos dirigimos al Maestro: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?  Y Jesús nos regaña. Hemos suspendido el examen.

Cuando nuestros planes no salen como esperamos, nos enfadamos. Jesús no se violenta. Sabe que el Padre revela su voluntad por medio de los sucesos de cada día. Si no le aceptan en una aldea, sigue caminando hacia Jerusalén cambiando sus planes. Enfadarse ante una contrariedad es, podría decirse, una reacción instintiva, dada nuestra naturaleza caída. El enfado nos delata. El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, pero nosotros tenemos proyectos muy elaborados. El Hijo del hombre no tiene más trabajo que anunciar el Reino de Dios, sin embargo nosotros tenemos una cantidad ingente de tareas pendientes. El Hijo del hombre vive con la mirada clavada en el Reino de Dios que inaugurará definitivamente en Jerusalén mediante su muerte y resurrección, sin embargo nosotros seguimos mirando atrás, a esos planes que dejamos sin acabar cuando el Señor nos llamó. Jesús confía en el Padre, como debiéramos hacer sus seguidores.

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Si no confiamos en el Padre, ¿en qué o en quién confiamos? Santiago y Juan confiaban en un poder que se podría calificar de mágico. Hay quienes se sienten muy seguros de sí mismos y confían en su inteligencia, en su energía, en su simpatía, en su prestigio, en sus influencias, en su servicialidad, en su cumplimiento de la ley… Los hay que ponen su confianza en alguien al que consideran sabio o fuerte o dinámico. Este confía en los bancos, los políticos o los sindicalistas. Aquel, en amuletos, maravillosismos, echadoras de cartas o gurús de diverso pelaje. En definitiva, somos idólatras, y todo ídolo es una vanidad que a la larga nos conduce al desengaño, a la desesperación y a la muerte. Seguir a Jesús significa reconocerle como Señor, entregarle toda nuestra confianza, vivir según sus enseñanzas, no perder de vista el Reino aun sumidos en la confusión, las contrariedades, la persecución o el dolor de cualquier tipo.

Cada cual ha de examinarse a sí mismo. ¿En quién o en qué confío? ¿A quién sigo? ¿Reconozco al Mesías de Dios en ese Jesús que no tiene donde reclinar la cabeza, que sufre el rechazo de muchos, que permanece en el camino –la voluntad del Padre- hacia Jerusalén, que es traicionado, negado, vilipendiado, atormentado y crucificado, que resucita al tercer día, que nos comunica su Espíritu, que está presente en la Iglesia y del que nos alimentamos en la Fracción del pan?

Rafa Chavarría

Domingo 10º Ordinario: 1Re 17, 17-24; Gál 1, 11-19; Lc 7, 11-17.

Desperté cargado de energía positiva. Sin pensarlo dos veces, me enfundé el chándal, me calcé las bambas, me eché a la calle y crucé la ciudad a paso rápido. A las afueras de Naín había un ventorrillo en el que algunos paisanos se reunían temprano para saborear el primer orujo de la jornada. Había trotado durante largo rato y estaba sudoroso. Decidí descansar un rato y desayunar. Me senté con un grupo de bebedores, aunque me limité a consumir un botellín de agua mineral y un sándwich vegetal. La conversación se animaba: un poco de crítica política y mucho de pasiones futbolísticas. De repente, todos callamos. Un gentío se acercaba a la ciudad por el camino. Eran Jesús y sus discípulos, simpatizantes y curiosos. Me pareció un grupo animado, alegre, vitalista. Un cortejo fúnebre se cruzo con ellos. Todos se detuvieron. No veía bien lo que ocurría. Solo puedo decir que el muerto se incorporó y Jesús, tomándolo de la mano, se lo entregó a su madre. Jesús y sus acompañantes continuaron su camino hacia la ciudad y el otro grupo dio media vuelta y se les unió con visibles muestras de alborozo. Desaparecieron tras las primeras casas de Naín.

lectio divina 2

Años más tarde recalé en Antioquía, como huésped de Teófilo. Una noche, después de cenar, mi anfitrión me tendió un pequeño códice: “Toma y lee”, me dijo. Yo lo tomé y leí: Muchos son los que han intentado escribir una historia coherente de los hechos que acaecieron entre nosotros…, Lc 1, 1. Se trataba de una narración de la vida de Jesús. Teófilo me dejó solo y yo me enfrasqué en la lectura. Una página y otra y otra… En aquel tiempo iba Jesús camino de una ciudad, llamada Naín… Resultaba sorprendente. Me había topado con el relato de aquel suceso que yo había presenciado de lejos a las afueras de Naín. El autor daba toda clase de detalles, lo que me hizo pensar que él o su fuente formaba parte de la multitud que rodeaba a Jesús y a la madre viuda. Releí el texto, dejando resonar sus palabras en mis adentros. Entendí que se trataba de un encuentro de amor. El Señor tenía los ojos bien abiertos y reconoció en toda su hondura el sufrimiento de aquella mujer. Sintió una intensa emoción y su pulso se aceleró: le dio lástima. En seguida dijo: No llores. Expresaba así que hacía suyo el drama que tenía delante, confortaba a la viuda que había perdido a su hijo único y, a la vez, se comprometía con ella. El aire no se llevó sus palabras: Se acercó al ataúd y devolvió la vida al muchacho con la sola fuerza de su voz, para, finalmente, entregárselo a su madre.

Jesús dio cabal respuesta a la eterna pregunta sobre el amor. No lo hizo con discursos filosóficos ni con melancólicas canciones ni con versos trágicos ni con la fuerza expresiva de la escultura o la pintura. Jesús amó aquella mañana, sencillamente. ¿Fue esta lección de amor la causa de que todos se sobrecogiesen y alabaran a Dios? Seguramente, no. A los humanos nos gusta el espectáculo. El gentío vio cómo se incorporaba el muerto y se ponía a hablar. Eso sí que era un prodigio, porque sobrepasaba todo lo que cualquiera pudiera soñar o desear. Aunque, bien mirado, el amor que demostró Jesús en aquella ocasión también superaba los límites de nuestros amores. Pero quería centrarme en el tema de la muerte. La muerte es el fin de la vida con todo lo que supone de ilusiones, creatividad, esfuerzos, cooperación, amistad y amores. Es el término del proyecto creador y de las relaciones del hombre con el Dios de la Alianza. Solo un gran profeta, alguien que habla y actúa con el poder del Todopoderoso, puede arrebatar al abismo su presa: Dios ha visitado a su pueblo, reconocieron los que vieron cómo Jesús revivía a aquel joven cerca de Naín. Es evidente que no he sufrido la experiencia de la muerte, por lo que no podría hablar de ella con propiedad. Pero hay muchas experiencias humanas que, como el sueño, son hermanas de la muerte, que se asemejan a un final que se nos antoja definitivo. Enumero: fracasos, desengaños, impotencias, desesperaciones, pecados… ¿Qué podemos hacer en estas situaciones? Necesitamos que Jesús con su comitiva se cruce con nosotros y nos diga: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

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Me sorprendió la luz del alba terminando de leer el códice que me prestó Teófilo. Me sentí confirmado en la fe y mi confianza en el Señor y Salvador se incrementó. Jesús nos amó reconociendo nuestra verdad sin prejuicios, emocionándose hasta la compasión, dándonos una palabra de consuelo, comprometida y salvadora. Así supimos que Dios andaba entre nosotros. Jesús nos amó sin medida, hasta identificarse con nosotros y cargar con nuestros dolores, incluida la experiencia desconcertante de la muerte, para elevarnos con él hasta el Reino definitivo y feliz de Dios. Me brota del corazón un salmo de acción de gracias a ese Jesús que, no solo me revive con sus palabras, sino que entregó toda su vida de Palabra para unirme al coro que canta eternamente las alabanzas de Dios en el cielo. Caigo en la cuenta de que unos versos agradecidos no son suficientes para corresponder a tanto amor. Lo justo sería amar a Jesús como él me amó. Soy consciente de mi debilidad y, por tanto, de lo imposible de tamaña empresa. Las últimas palabras de Jesús que leí en el códice eran: Mirad, yo voy a enviaros el don prometido por mi Padre. Quedaos aquí, en Jerusalén, hasta que recibáis la fuerza que viene de Dios, Lc 24, 29. Yo fui bautizado en el agua y el Espíritu. No necesito esperar, sino entregarme con obediencia confiada a esa energía divina que ya me anima. Solo así seré capaz de amar, devolviendo al Señor el mismo amor que él me regaló. La noticia de lo ocurrido en Naín se divulgó por toda la comarca y por Judea entera. Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. Las noticias vuelan en esta era de la comunicación y pueden llegar a millones de personas, donde quiera que estén. Así, pues, confío mi testimonio a la red para que muchos crean y reconozcan que Dios ha visitado a su pueblo.

Rafa Chavarría

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Gn 14, 18-20; 1Co 11, 23-26; Lc 9, 11-7.

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Hoy es un día de eucaristías solemnes. Sacaremos a la calle enormes custodias de oro, que pasearemos sobre alfombras de pétalos. Lo más valioso y espectacular lo reservamos para el Altísimo, aunque el Altísimo no sea tan complicado y vanidoso como nosotros. Las lecturas de esta solemnidad centran nuestra atención en cosas tan comunes y de valor tan exiguo como el pan y el vino. Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino. Jesús quiso que se recordara su entrega por nosotros pronunciando la acción de gracias sobre el pan, para después partirlo y comerlo, y sobre el vino, para después beberlo todos de la misma copa. La sencillez de estas ofrendas me cuestiona, porque a mí me gusta presentar en el altar mis esfuerzos, mis éxitos, mis méritos. Si estoy atento al desarrollo de las celebraciones eucarísticas, me doy cuenta de que la Iglesia no asume estas ofrendas mías. Vayamos despacio.

Lo primero que presentamos en cada misa es nuestra fe, aunque sea al mismo tiempo un regalo divino. Nos saludamos en el nombre del Señor, al que reconocemos como único absoluto y, por tanto, liberador de toda esclavitud. Acto seguido, ponemos a los pies de ese Salvador nuestros pecados, porque muchas veces nos hemos rendido a los ídolos en vez de confiar en él. A lo largo de la celebración nos hacemos eco del dolor del mundo, de las necesidades de la Iglesia e, incluso, del anhelo de salvación definitiva que tienen los que ya no están entre nosotros. Estas son otras tantas ofrendas que ponemos ante el corazón de Dios. Y ponemos también pan y vino.

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Estas son nuestras ofrendas: Fe, debilidad y pecados, dolores y necesidades, pan y vino, que sazonamos con una pizca de confianza y amor agradecido. Pero la verdadera ofrenda no está sobre el altar hasta que la Iglesia por boca del sacerdote reza la epíclesis, invoca al Espíritu: Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor, 2ª Plegaria Eucarística, y pronuncia las palabras de Jesús en la última cena. Ahora sí está sobre el altar la verdadera ofrenda, porque el Hijo por el Espíritu Santo hace suyos nuestros pequeños presentes y los integra en su oblación al Padre: No has querido ofrendas ni sacrificios, sino que me has dotado de un cuerpo. Tampoco han sido de tu agrado los holocaustos y las víctimas expiatorias. Entonces dije: Aquí vengo yo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como está escrito acerca de mí en un título del libro, Heb 10, 5-7. La Iglesia se incorpora a esta oblación elevando el pan y el vino consagrados: Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!, Doxología en el Misal Romano.

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Arrodillado ante la Hostia Santa, reconozco la presencia viva y vivificante, entregada y disponible, del Salvador. Musito las palabras del apóstol Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!, Jn 21, 28. Confieso que soy débil y pecador, hombre doliente y confuso. Siento hambre de ese Pan, una necesidad imperiosa de nutrirme de él hasta que mi cuerpo todo se transforme en él. Entonces, mi corazón será un corazón eucarístico. Es decir, será un corazón agradecido y entregado, en generoso y fiel servicio a los hermanos, al amor que se entregó por mí.

Rafa Chavarría

Solemnidad de Pentecostés: Hch 2, 1-11; 1Co 12, 3-13; Jn 20, 19-23.

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Anoche participé en la Vigilia de Pentecostés. Una liturgia entretejida de cantos y palmas, de música de guitarras y brazos alzados en alabanza al Padre que nos ha revelado a cada uno su amor infinito en el misterio pascual de su Hijo hasta regalarnos su vida divina, su Santo Espíritu. Una liturgia de incienso y sutiles gemidos en humilde y confiada súplica, anhelando se renueven hoy los prodigios que anunciara Joel y ya se cumplieron hace dos mil años: Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones, 2, 28. Una liturgia de rojo sangre y fuego, que hacía visible la presencia viva y eficaz del Espíritu en aquella asamblea convocada por el Señor Jesús en el templo de Nuestra Señora de Lourdes y San Justino de Madrid.

Esta mañana me he levantado en una atmósfera de soledad y silencio. El Señor me llama a charlar con él en un lugar tranquilo, para tomar conciencia de la gozosa experiencia de la vigilia. Me habla con palabras de Lucas, Pablo y Juan. Me centro en las ideas fundamentales. Según Lucas, el Espíritu desciende sobre todos los discípulos. Se cumple la profecía de Joel citada arriba. El Espíritu es patrimonio de toda la Iglesia, no de una casta privilegiada. Pedro, cuando explique lo que acababa de suceder, terminará llamando a la fe en Jesús que libera de los pecados y prometiendo el don del Espíritu Santo, Hch 2, 38. Todo esto se visibilizará con el signo del bautismo. Por lo tanto todos los que hemos reconocido nuestra lejanía de Dios, hemos creído en Jesús Salvador y hemos sido bautizados en su nombre, somos templo del Espíritu Santo.

espíritu

El Espíritu Santo se posa sobre cada miembro de la comunidad como una lengua de fuego. Lucas destaca que la Iglesia proclama el Evangelio por la fuerza del Espíritu, por eso las llamas tienen forma de lengua. Todos y cada uno somos impulsados a dar testimonio de las maravillas de Dios. Ninguno de nosotros puede eludir esta responsabilidad, al contrario, todos debemos asumirla con alegría y entregándonos generosamente al Espíritu que nos anima en esta tarea. Cualquiera que sea el idioma de los oyentes del mensaje, todos podrán entenderlo. El Evangelio no es una doctrina esotérica para iniciados. Tampoco es una filosofía dirigida a una élite intelectual. Es la persona de Jesús que llama a todos a incorporarse a él para participar un día en el banquete del Reino. Hemos de unirnos a la alabanza de Jesús, que con el júbilo del Espíritu Santo, agradeció al Padre que se revelara a los sencillos, Lc 10, 21-22.

Pablo nos enseña que ese corazón sencillo, necesario para acoger el Evangelio es obra del Espíritu. Nadie puede confesar con auténtica fe que Jesús es Señor sino es bajo la acción del Espíritu Santo. Este suscita en nuestro interior las preguntas y las inquietudes que solo hallan respuesta y quietud en el encuentro con el Resucitado acogido con fe. El Espíritu nos incorpora a Cristo, haciendo de todos nosotros un solo cuerpo y nos regala sus carismas para el servicio común. La cabeza de la Iglesia es Cristo y su alma es el Espíritu Santo. Hijos en el hijo invocamos al Padre, reconocemos su voluntad, la acogemos y la seguimos gracias al Espíritu Santo.

Juan nos cuenta que, después de la muerte de Jesús, los discípulos se encerraron en cierta casa llenos de miedo. El Resucitado se presenta en medio de ellos e inunda sus corazones de paz y alegría. Más aún, sopla sobre ellos, como si quisiera insuflarles su misma vida, y lo hace: Recibid el Espíritu Santo. El evangelista nos aclara la finalidad de este regalo: la salvación. El Salvador constituye a la Iglesia en sacramento universal de salvación, de reconciliación con el Padre. Nos envía, como el Padre le envió a él, nos confía su misión reveladora y salvadora, a la que solo podemos ser fieles por el poder del Espíritu Santo. El mismo Espíritu que animaba a Jesús, nos anima ahora a nosotros, poniendo en nuestros labios el Evangelio y obrando la salvación.

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Puedo dar testimonio de que el Resucitado nos comunicó su Espíritu en la celebración de la Vigilia de Pentecostés. Fuimos confirmados en la fe y nuestros corazones ganaron en confianza. Alabamos con el júbilo del Espíritu Santo. Cada cual recibió las gracias que necesitaba y los carismas que la Iglesia necesita para su crecimiento. Hoy se abre un amplio horizonte ante nuestros ojos. El Resucitado nos envía, con el poder del Espíritu que nos ha regalado, allí donde alguien busca respuestas, a esos lugares donde se sufre, a esos corazones desesperados, adonde impera la mentira, la injusticia y la violencia. Embriagados por el amor del Padre, abandonados al recio viento del Espíritu que nos lleva a donde quiere, inflamados por las ardientes palabras del Hijo, nos ponemos en pie y damos testimonio y comunicamos la salvación, evangelizamos.

Rafa Chavarría

Domingo 6º de Pascua: Hch 15, 1-2.22-29; Ap 21, 10-23; Jn 14, 23-29.

La perícopa evangélica de la liturgia de la Palabra de este domingo me invita a abrir bien los ojos de mi fe y descubrir la presencia de la divinidad: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Jesús promete una presencia de él mismo y del Padre en el interior del que se abre al Evangelio, lo acoge con fe y vive de él. Padre e Hijo desean morar en mi corazón, hacer de mí arca de la Nueva Alianza, su templo vivo, su hogar.

El Creador siempre estuvo presente en la creación, sosteniéndola y gobernándola por medio de la Sabiduría: La Sabiduría despliega su fuerza, llega hasta el confín del universo y todo lo gobierna con acierto, Sb 8, 1. Esta presencia constante y activa de Dios en la creación está al alcance de cualquiera: Partiendo de la creación del universo, la razón humana puede descubrir, a través de las cosas creadas, las perfecciones invisibles de Dios: su eterno poder y su divinidad, Rm 1, 20.

santuario

La presencia providente de Dios se hace más cercana y más viva en la historia de Israel. Durante la travesía del desierto, Dios era un compañero de camino. Su tienda era una más entre las de las familias israelitas, hasta el punto de que si alguien quería hablar con él no tenía más que ir a la Tienda del encuentro, cf. Ex 33, 7-10. Más aún, Dios mantenía una especial relación con Moisés. Más que compañeros, ambos eran amigos: El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como lo hace uno con su amigo, Ex 33, 11.

Llegó el día en que Israel entró en la tierra prometida y David consolidó sus fronteras. El rey hizo de Jerusalén su capital, y allí habitó el Señor en medio de su pueblo: Introdujeron el Arca del Señor y la colocaron en su sitio, dentro de la Tienda que David había preparado al efecto. Luego David ofreció al Señor holocaustos y sacrificios de comunión, 2Sm 6, 17. Salomón transformará la Tienda, propia de un pueblo nómada, en un templo bien cimentado, donde se guardará el Arca y residirá el nombre del Señor, cf. 1Re 8, 20-21.29. He consagrado este templo -responderá Dios a Salomón- que has construido como residencia perpetua de mi nombre: aquí estarán siempre mis ojos y mi corazón, 1Re 9, 3.

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Al llegar el momento cumbre de la Historia, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, Gál 4, 4. O dicho con palabras de Juan: Y la Palabra se encarnó y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad, Jn 1, 14. El Dios providente, compañero, amigo, vecino, llega a ser un hombre cualquiera, uno de tantos, Flp 2, 7. Su madre lo envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre, cf. Lc 2, 7. Sus paisanos se enfurecen con él e intentan despeñarlo por un barranco, cf. Lc 4, 28-30. Una mujer unge sus pies con lágrimas y besos, para secarlos con una melena alborotada, cf. Lc 7, 38. Cuando aprieta el bochorno a mediodía se siente cansado y sediento, y pide a una de Samaría un vaso de agua, cf. Jn 4, 7. Se deja tocar y él mismo toca, cf. Mc 5, 28.41, y hasta coge a los niños en brazos, cf. Mc 10, 16. Se siente feliz porque los sencillos acogen el mensaje del Reino, cf. Lc 10, 21-24. Llora por los duros de corazón, cf. Lc 19, 41-44. Le duele la muerte de su amigo Lázaro, cf. Jn 11, 35. Le traicionan y le niegan, le tratan como a un pelele y le crucifican, cf. Mc 14, 43-15, 41. Envuelven su cadáver en una sábana y lo sepultan, cf. Mc 15, 42-47.

Así es la presencia de Dios en el cenit de la Historia, visible, audible, tangible, con nombre propio: Jesús de Nazaret, cuya biografía no terminó en el sepulcro, pues no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, Hch 2, 25. La Historia continúa, y Dios se hace presente en el corazón del que se abre a él con fe y acoge su vida y su amor. Dios, Padre e Hijo, hace del creyente su casa, y éste no necesita más que recogerse para percibirlo vivo y operante. Esta presencia es semilla y prenda de plenitud. Ella sostiene y anima nuestra esperanza de vivir un día sin necesidad de signos ni de fe, en perfecta visión, vida y fruición de amor, en la Jerusalén del cielo: Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Rafa Chavarría

Domingo 4º de Cuaresma: Jos 5, 9-12;2Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3.11-32.

He llegado a la ermita de madrugada. Quiero tener tiempo por delante para la lectio divina, ya que las lecturas de este domingo son pura revelación y no se prestan a muchos análisis. Son textos para visualizar con los ojos del corazón, para rumiarlos, para dejarse asaltar, conmover y renovar por ellos. Me abstengo de tocar el interruptor y de encender velas. Busco tanteando con las manos un banco, y me siento. Me dejo envolver por la oscuridad. Tomo conciencia de que mi fe es un minúsculo punto de luz en medio de una espesa tiniebla, un deseo de creer y confiar más que una realidad. Enciendo una linterna y comienzo a leer.

callejaEn seguida me identifico con ese pueblo que vaga por el desierto en un continuo vaivén entre el desánimo y la reactivación de la esperanza. También me descubro en el exilio, deseando matar el hambre con algarrobas o cualquier otra cosa parecida. Me siento uno de esos corintios a los que Pablo ruega que se reconcilien con Dios. Mi vida pasa rápidamente delante de mis ojos. ¿Qué papel ha jugado Dios en ella? Hace años reconocí su presencia, su latido en lo más íntimo de la realidad. Me levanté y me eché a la calle, pero había desaparecido. He deambulado por las callejas de la medina sin encontrarle. ¿Qué muralla me separa de él? Mi pecado, sin duda. No esos errores ni esas faltas propias de la debilidad humana, sino algo más profundo y radical. Quisiera cruzar esa muralla, reconocer mi pecado, y postrarme ante él humildemente y decirle: trátame como a uno de tus jornaleros.

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua… El día siguiente comieron del fruto de la tierra. Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados. No existe un Jordán tumultuoso que separe al pueblo de la tierra. Tampoco hay un pecado que me separe de Dios, porque al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Tengo la impresión de que la muralla que me separa de Dios es producto de mi imaginación. Entiendo a Dios como un patrón gruñón, siempre dispuesto a reprocharme cualquier cosa que haga y a castigarme por ello. ¿Es este el Dios que se revela en las Escrituras y me descubre la Palabra encarnada?

hijoprodigoCuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. A veces uno se encuentra con personas sabias. Digo esto porque la semana pasada alguien me dijo que este versículo es el núcleo de todo el Evangelio, de toda la Biblia. Hubo otra persona que me recomendó días antes que me detuviera en las expresiones afectuosas, cariñosas, tiernas, con las que los autores sagrados describen la relación de Dios con su pueblo, conmigo. Apago la linterna y cierro el leccionario. Los dejo en el banco. Me acomodo y mastico las palabras de Lucas. Imagino al padre en el balcón de la casa. Otea el horizonte, y me ve cuando todavía estoy lejos. Se conmovió. Me detengo en estas dos palabras. Se conmovió. Dios siente ternura por mí, y alivio. Contemplo esa conmoción. Desearía experimentarla de alguna manera, más allá de las palabras, reconocerla vitalmente, más allá de saber que ocurre.

Este que ve y se conmueve es su padre. Es alguien que pertenece al hijo. Dios me pertenece a mí. Cuando me creó se me entregó para siempre. Me amó cuando pronunció mi nombre, y no puede renunciar a ese amor. Yo soy su hijo y le pertenezco, aunque puedo emigrar lejos de él o llamarle de cualquier manera menos padre, como el hijo mayor de la parábola. No. Dios no es un simple motor inmóvil ni un patrón malhumorado. Es el Padre que me ama, con el que me siento cómodo, con el que disfruto charlando a la hora de la brisa vespertina. Es mi Padre, y le quiero y disfruto de su compañía. En verdad no hay murallas entre él y yo. El viene hasta mí corriendo, y se me echa al cuello y me cubre de besos. Me digo a mí mismo: Déjate querer, siente el abrazo fuerte de tu Padre, deja que te coma a besos. Este encuentro lleno de ternura es en verdad el anillo y el vestido y las sandalias, el banquete y la música y el baile, la fiesta del amor.

besoLa ermita está orientada al este. La primera luz del día entra por sus tres ventanas absidiales. He aquí el sol que nace de lo alto. Abro los brazos y levanto la frente para acoger sus rayos que desgarran mis tinieblas y me acarician con su tibio calor. Estoy a gusto. No hay prisa. Me dejo querer. Musito: Padre, gracias. Recuerdo las palabras de Pablo: Dios mismo estaba en Cristo. El rostro del más bello de los hijos de los hombres, desfigurado y glorioso, me revela la inmensidad del amor de mi Padre. Me detengo a contemplar esas mejillas como macizos de bálsamo aromático, esos labios como lirios, esos ojos como palomas a la vera del agua. Exclamo: ¡Mi amado es mío y yo soy suya, del pastor de azucenas!, Cant 2, 16. Qué hay más allá de la muralla que dibuja mi imaginación, sino la conciencia de que el Padre y el Hijo me pertenecen y yo soy de ellos, y el flujo y reflujo de un amor tierno entre ellos y yo. El Espíritu del Padre y el Hijo viene en ayuda de mi debilidad y gime lo que yo no sería capaz de soñar ni de expresar.

Rafa Chavarría

plegariaDomingo 1º de Cuaresma: Dt 26, 4-10; Rom 10, 8-13; Lc 4, 1-13.

Jesús se sabe hijo amado del Padre y ungido por el Espíritu Santo. Sabe también que esta unción le impele a proclamar que todos somos igualmente amados del Padre y a invitarnos a participar del banquete del reino con un corazón puro. Pero el Espíritu Santo demora el comienzo de la misión de Jesús cuarenta días. Del Jordán lo conduce al desierto. Jesús medita a solas con su Padre lo que significa exactamente la revelación que ha recibido en el Jordán. Lucas nos descubre los derroteros de esa meditación con un diálogo entre Jesús y el diablo. Dios es el todopoderoso y el todolibre. Su Hijo debe participar, evidentemente, de estas cualidades. El diablo sugiere a Jesús que se sirva del poder que tiene como Hijo para resolver su hambre. Pero Jesús no tiene puesta su mirada en sí mismo, sino en el Padre, la fuente de su vida.

 El diablo se presenta a sí mismo como el que ha recibido el poder y la gloria, o sea, se presenta a sí mismo como auténtico Hijo de Dios, mediador entre el Padre y Jesús. Pero éste no reconoce por encima de sí otro Señor que a Dios mismo, el que le reveló su amor de Padre en el bautismo. Finalmente, el diablo se centra en la misión de Jesús y le propone que asombre a todos con una demostración espectacular de su filiación divina. Ante una manifestación de poder como volar por encima del templo, todos se rendirían y le aclamarían como Hijo de Dios, enviado de Dios para reinar sobre los hombres con todo poder y libertad. Se ahorraría tiempo y energía. Pero Jesús quiere llevar adelante su misión según el plan de Dios y respetando sus ritmos.

lectio divina 2

Releo despacio el diálogo entre Jesús y el diablo y dejo que resuene en mi corazón. Yo también me enfrento con problemas, igual que Jesús sintió hambre. Entonces me obsesiono con ellos y me angustio buscando soluciones. Pero Jesús me enseña a mirar con confianza al Padre y a buscar en las Escrituras la verdad del problema y su verdadera solución. El diablo no pretende sino apartarnos del que es la única fuente de vida y paz. Atender sus propuestas, arrodillarme ante él, no me conduce más que a la desazón, a la desesperación y a la muerte.

Es necesario vivir en estado de alerta. El diablo no descansa y yo no me puedo tirar a la bartola. La perícopa concluye: Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión. Según Lucas, la siguiente ocasión aparece unos pocos versículos más adelante, en Nazaret: Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria, 4, 23b. Sus paisanos quieren signos de poder que les deje perplejos, un deseo diabólico. Y las ocasiones se sucederán a lo largo de toda su vida. El diablo continuaría tentando a Jesús hasta por medio de sus discípulos. Después de dar pan a más de cinco mil, Jesús huyó de la tentación: Dándose cuenta de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo, Jn 6, 15. Pedro acababa de reconocer el mesianismo de Jesús, cuando oyó estas duras palabras del Maestro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres, Mc 8, 33. Fariseos, herodianos y saduceos intentarán enredar a Jesús con sus preguntas, pero éste pondrá en evidencia sus malas intenciones: ¿Por qué me tentáis?, Mc 12, 15. Finalmente, la pasión que Jesús sufriría sería un continuo enfrentamiento con el diablo. De hecho, Lucas comienza su relato afirmando: Entonces Satanás entro en Judas, 22, 3. Por eso, cuando el centurión reconoce al crucificado como Hijo de Dios, está proclamando la victoria definitiva de Jesús sobre el diablo. Jesús vence porque nunca rompe su comunión con el Padre, pues le reconoce siempre como su Señor y le es fiel hasta la muerte.

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A modo de conclusión, anoto en mi diario de lectio divina: La comunión con Dios es la felicidad. Dejarse llevar por el Espíritu de Dios. Permanecer vigilante. Fidelidad a Dios en lo que quiera, como quiera y cuando quiera. ¡Padre nuestro del cielo! Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba y líbranos del maligno, Mt 6, 9-13.

Rafa Chavarría

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Miércoles de Ceniza: Jl 2, 12-18; 2Cor 5, 20-6, 2;      Mt 6, 1-18.

Empieza la Cuaresma. Comenzamos un camino catecumenal. Así era ya en la primera Iglesia. Los que habían oído el anuncio del Evangelio y lo habían acogido con fe y conversión profundizaban en la contemplación de los misterios de Cristo y se iniciaban en la oración. Así se preparaban para recibir en la Vigilia Pascual los sacramentos de la iniciación cristiana (bautismo de agua y Espíritu, y Eucaristía) e integrarse plenamente en la Iglesia.

Nosotros, aunque cristianos de pleno derecho, retornamos cada año el camino cuaresmal. La Iglesia nos llama a renovar nuestra conversión y avivar nuestra fe. Hoy nos coloca frente a nosotros mismos: Convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas. Se trata de reconocer que nos hemos perdido en cierta medida, que vagamos fuera de la casa del Padre buscando la felicidad donde nunca podremos encontrarla. Se trata de que alcemos los ojos al crucificado y le reconozcamos como amor divino entregado para nuestra salvación, recreación y felicidad. Os lo pedimos por Cristo; dejaos reconciliar con Dios. Ahora es tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación, nos acaba de decir Pablo.

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La Iglesia nos exhorta a entrar en un lugar escondido donde nadie nos interrumpa y, allí, recemos a nuestro Padre. Necesito ponerme ante la mirada iluminadora y tierna del Padre, desnudo, y verme como él me ve, conocer la verdad de mí mismo. Necesito descubrir todo lo que hay en mí de ceniza, de pequeñez, de pecado, y, también, todo lo que hay del Espíritu de la verdad y el amor. Necesito dejarme reconciliar con Dios y abandonarme al Espíritu que me cristifica.

La Iglesia nos exhorta a dar limosna. Se trata de reconocer a los más necesitados como hijos de Dios y, por tanto, de hermanos nuestros. Más aún, debemos descubrir el rostro de Cristo crucificado en toda persona que sufre. Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más pequeños, lo hicisteis conmigo, afirmará Jesús el último día según Mt 25, 40. Dar limosna significa compartir nuestros bienes, pero también estar disponibles para el otro, dedicarle tiempo, mostrarnos interesados por él, servirle, trabajar por que todos reconozcan su dignidad y se le haga justicia…

El ayuno es un signo de nuestra escala de valores. Dios y los hermanos es lo que más apreciamos. Todo lo demás se subordina a estos valores supremos, que son uno mismo, porque nuestra relación con Dios se verifica en la relación que tenemos con los hermanos. Recuerdo las palabras de Juan: Quien no ama a su hermano, a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo, 1Jn 4, 20. Con el ayuno expresamos nuestra voluntad de conversión y de alimentarnos de Cristo y su Palabra. Si compartimos aquello de lo que nos privamos en el ayuno, somos testigos de que un nuevo orden social es posible y anticipamos el reino de Dios.

Rafa Chavarría

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Domingo 5º Ordinario: Is 6, 1-8; 1Co 15, 1-11; Lc 5, 1-11.

Este domingo me uno a tanta gente que se agolpa alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios. La primera vez que escuché a Jesús lo hice por mera curiosidad. Se decían muchas cosas de él. Que sus palabras abrían nuevos horizontes y llenaban a la gente de esperanza. Que curaba a los enfermos. Que todos se sentían únicos e importantes en su presencia. Que acogía sin prejuicios a aquellos cuya conducta todos reprobaban y les descubría que aquella felicidad que buscaban solo la podían encontrar volviéndose hacia Dios y acogiendo su amor gratuito. Que desenmascaraba a los hipócritas que se aprovechaban de la gente con lisonjas y gestos de aparente buena voluntad.

Ha pasado tiempo desde entonces. Ahora soy uno más de la multitud que escucha a Jesús, porque yo mismo he experimentado la eficacia de su palabra. Cuántas veces me ha estimulado la lectura de una narración bíblica. Cuántas veces he descubierto la verdad de mí mismo leyendo los oráculos proféticos. Cuántas veces me ha salvado un consejo de los sabios o de las cartas de los apóstoles. Cuántas veces he reconocido que el misterio me supera como Moisés en el Sinaí, Pedro, Santiago y Juan en el Tabor o María de Magdala en el huerto. Cuántas veces los salmos han puesto en mis labios las palabras adecuadas cuando yo no sabía cómo dirigirme a Dios. Cuántas veces me han confortado los gestos, las palabras y los acontecimientos de la vida de Jesús que leemos en los evangelios.

Palabra1Muchas palabras de Jesús nos parecen ilógicas, absurdas, carentes de sentido. Así le sonó a Pedro aquello de rema mar adentro y echad las redes para pescar. ¡Cómo se notaba que Jesús era de tierra adentro! Todo hijo del mar sabe que apenas si puede pescarse algo mientras luce el sol. Además, si toda una noche de brega no había dado ningún resultado, ¿qué esperaba Jesús que pescarían a la mañana siguiente? Pero, por tu palabra, echaré las redes, decidió Pedro. Lucas nos había contado en el capítulo anterior (4, 38-39) cómo la palabra de Jesús se había revelado eficaz en la misma casa de Pedro: conminó a la fiebre, y la fiebre desapareció. Pedro sabía que la palabra de Jesús era eficaz. Ahora, junto al lago, recuerda, confía y se pone a la obra.

Israel es el pueblo de la memoria: Guárdate, pues, y cuídate mucho de no olvidar los sucesos que han visto tus ojos, de modo que no se alejen de tu corazón en todos los días de tu vida; y enséñalos a tus hijos y a los hijos de tus hijos, Dt 4, 9. También la Iglesia está obligada a recordar constantemente el misterio de Jesús, que ordenó a los doce: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía, Lc 22, 19. Necesito escuchar todos los días la Palabra, releer las Escrituras y rumiar sus palabras en el corazón, porque solo así recordaré, confiaré, pondré manos a la obra, me asombraré ante las nuevas maravillas de Dios, me arrojaré a los pies de Jesús, diré: apártate de mí, Señor, que soy un pecador, y, sin temor ni equipaje, continuaré siguiendo al Maestro por el camino.

Rafa Chavarría

Árbol de la vida

Lectio Divina en la Solemnidad de la Inmaculada:

Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38.

Estoy sentado a los pies de la imagen de la Virgen Inmaculada, aquí, en Cachito de Cielo. Susurro: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos… Leo lentamente la primera lectura de la Liturgia de la Palabra de la Solemnidad del día ocho de diciembre. Dijo la serpiente, es decir, Satán: Seréis como dioses, Gn 3, 5. Esta especie de revelación les pareció apetitosa a Adán y a Eva. Ellos sabían que Dios era el Creador y, por tanto, Señor de todo. Él estaba en la cumbre de toda la realidad. Él había creado a la humanidad a su imagen y semejanza, Gn 1, 27, y le había confiado su preciosa obra, toda buena y bella, para que la cultivara y la cuidara, Gn 2, 15. Todo era armonía en el Edén. Cada criatura vivía según su propia genética, la que Dios había considerado oportuna. Pero Adán y Eva no se conformaron con su lugar en la Creación y, atendiendo las sugerencias de la serpiente, pretendieron elevarse hasta el trono de Dios y sentarse en él. Así pervirtieron el orden creado. Adán y Eva no consiguieron ser como dioses; al contrario, se alejaron de Dios y la desconfianza (la vergüenza) rigió desde entonces las relaciones entre ellos mismos.

Dios no abandonó su obra. No podía, era su Señor todopoderoso, y prometió a esa humanidad confusa y doliente, aunque con palabras dirigidas a la serpiente: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre su estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón. Llegaría un día en que Satán sufriría una herida de muerte, gracias a la intervención de un hijo de la humanidad. Hoy sabemos el nombre de ese hijo: Jesús, el Cristo. Toda la historia de Jesús se desarrolla a la inversa que la de Adán y Eva. En la carta a los Efesios se le llama Hijo de Dios, que recibe el título de Padre de nuestro Señor Jesucristo. Juan llamará a ese mismo Jesús Palabra y afirma con toda claridad: Y la Palabra era Dios, Jn 1, 1. Esa Palabra, ese Dios, dirá más adelante el mismo Juan, se hizo carne y habitó entre nosotros, 1, 14. Adán y Eva quisieron subir y cayeron al fondo de un abismo de desconfianzas, mentiras, dolor y muerte. Cristo recorre el camino contrario: A pesar de su condición divina… se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo… Y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre…, Flp 2, 6-11.

jesus

Los evangelistas nos cuentan cómo Jesús llama a todos a reconocer a Dios, su Padre, como único Señor y rescata a muchos del pecado, de la enfermedad y de la muerte, consecuencias todas de haber dado crédito a la serpiente, de nuestro culto a Satán. Cuando leo los evangelios me parece oír como una especie de bajo continuo que sostiene toda la melodía de las palabras y obras de Jesús. Me explico. Siempre que escucho la enseñanza del Hijo de Dios y contemplo sus actos liberadores, me parece percibir aquella respuesta suya al diablo en el desierto: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás, Lc 4, 8, y también su oración agónica: ¡Abba, Padre!, todo te es posible, aparta de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú, Mc 14, 36. Todo en la vida de Jesús, desde su encarnación hasta su último suspiro, es expresión de su fidelidad al proyecto del Creador, respuesta amorosa al amor del Padre, permanente rechazo de las sugerencias de la serpiente. Adán y Eva fueron modelados por las manos amorosas de Dios, Creador y Padre, pero rechazaron ese amor y, animados por Satán, prefirieron hacer planes por su cuenta, que acabaron en desastre. Jesús hace todo lo contrario, del cielo desciende al abismo de la muerte, al lugar más alejado del Dios vivo que se puede concebir. Su amor fiel a Dios fue de tal magnitud que Dios lo ha resucitado, rompiendo las ligaduras de la muerte, pues era imposible que la muerte dominase sobre él, Hch 2, 24. Más aún, su fidelidad amorosa nos ha reconciliado con Dios, nos ha liberado del horror de la muerte y ha hecho posible que el Espíritu, plenitud de vida divina, se vuelque en nosotros, anime nuestras vidas y nos divinice. Lo que pretendieron los primeros padres y no lograron, nos lo ha conseguido el Hijo de Dios, por eso Pablo reconoce que el Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos, y también: Con Cristo hemos heredado también nosotros.

pentecostes 1

Nunca me admiraré lo suficiente esta realidad que proclama la Iglesia, que el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios, San Atanasio en CEC 460. Silencio, un largo silencio, pero no vacío, sino rebosante de asombro y agradecimiento. Siento un portazo. Alguien ha entrado en la capilla y me ha sacado de ese sabroso silencio en el que me había sumergido. Volvamos a la Escritura, me digo a mí mismo. El texto evangélico de la Solemnidad de la Inmaculada describe cómo el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea y, entrando en el lugar donde estaba una virgen llamada María, mantuvo con ella una charla, a la vez, amigable y densa. La liturgia de hoy me propone a la virgen de Nazaret como la nueva Eva. He contemplado cómo el nuevo Adán, Cristo, hería de muerte a la serpiente, con su fidelidad amorosa al Padre. María también vence a Satán con su escucha de la palabra angélica, meditando su significado y respondiendo: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. De nuevo el reconocimiento de Dios como único Señor y la acogida de su proyecto sobre la propia vida. De nuevo, lo contrario a la actuación de Adán y Eva. La Iglesia canta, haciéndose eco de Jn 19, 26: Stabat mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa… Es decir, la madre, sufriendo y llorando, permanecía en pie junto a la cruz. María sigue el mismo itinerario de Jesús, rechazo constante de las sugerencias del diablo y aceptación de la voluntad del Padre. Ella se había abierto de par en par al Espíritu Santo que le cubrió con su sombra y engendró en ella al Hijo de Dios. Ella sirvió durante toda su vida a este Hijo y lo acompañó en su muerte. Así lo había querido el Padre y así lo había vivido ella. Después de morir y ser sepultado, Jesús fue exaltado hasta el trono de Dios. Su madre aparecerá como el centro de cohesión de los creyentes y la que atrae sobre aquella incipiente Iglesia el viento impetuoso, el fuego celeste, el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 34; 2, 1-4). María, de alguna manera, participa de la gloria de su Hijo mientras espera reunirse con él para siempre.

Mi lectio divina se ha prolongado más de lo que preveía. Una cosa es cierta, he permanecido en continuo contacto con el Padre a través de su Palabra, dejando que el Espíritu guiara mi lectura y mi oración. Y, donde está la Santa Trinidad, está la Madre de Jesús. Estamos en Adviento y miramos con alegría contenida hacia la noche del 24 de diciembre. Me permito contemplar, aunque sea anticipadamente, a María mientras envuelve a su Hijo recién nacido en pañales y lo acuesta en un pesebre, y le digo a ella, que es mi madre también: Me das a ese bebé tuyo, al que envolviste en pañales, recostaste en un pesebre, iluminó tu sonrisa, amas sin desfallecer. Dame oídos que le escuchen, es la Palabra de Dios. No quiero ser sordo, no. Aquí está mi ser entero. Zarandéalo, Señora, ábrelo de par en par. Remueve lo que me impide estar atento a tu Hijo, todo amor, vida y futuro.

Rafa Chavarría

Lectio Divina  en la solemnidad de Cristo Rey: Dn 7, 13-14; Ap, 1, 6-8; Jn 18, 33b-37.

Me dispongo a abrir mi pequeño leccionario para saborear las lecturas de la liturgia de la Palabra en esta solemnidad de Cristo Rey. Pero, antes, me pregunto qué es un rey. Me contesto diciendo que la monarquía es hoy una reliquia del pasado. Pocos países tienen como Jefe del Estado una testa coronada. Los reyes de la actualidad son, como mucho, un símbolo de unidad nacional, además de personajes en las revistas del corazón. La Sagrada Escritura no tiene delante la imagen de nuestros monarcas del siglo XXI, sino los de la antigüedad. La monarquía significaba en aquellos lejanos tiempos, sobre todo, poder. Los reyes comandaban ejércitos. Dictaban leyes e impartían justicia, y sus sentencias eran inapelables. Gestionaban la riqueza de sus reinos y levantaban toda clase de obras públicas, especialmente lujosos palacios y monumentos para perpetua memoria de su nombre. Unas veces firmaban pactos con los reinos vecinos y otras los invadían hasta masacrarlos. Eran los grandes liturgos, los más altos mediadores entre sus respectivos pueblos y los dioses, los únicos intérpretes autorizados de la voluntad de las divinidades. Unos eran tenidos como hijos del dios supremo y otros como dioses que vivían entre los hombres. A los reyes se les temía y se les obedecía, se les adulaba y se les suplicaba, se les veneraba y se les vitoreaba.

El profeta Daniel vio venir entre las nubes del cielo como un hijo de hombre, al cual se le entregó poder real y dominio eternos sobre todas las naciones. El libro de Daniel es antiguo. Se escribió en torno al año 165 a. C. ¿He de entender el señorío que recibe ese como un hijo de hombre según lo que hemos dicho arriba de los reyes de la antigüedad? La Iglesia reconoce el Antiguo Testamento como profecía del Nuevo, que le da cumplimiento y a cuya luz se esclarece su auténtico sentido. El Apocalipsis nos habla también de alguien que viene en las nubes. Este alguien es Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra, el que nos amó y nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre y nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Este es el rey al que hoy homenajea la Iglesia. Es el Hijo de Dios que se ha mantenido fiel al amor con el que el Padre le ama. Lo sabemos porque nos amó hasta derramar su sangre y el Padre correspondió a su fidelidad levantándole de entre los muertos. De esta manera hemos sido liberados de nuestra condición pecadora y recibimos el beso del Todopoderoso, el Espíritu, vida divina que nos hace hijos libres, ciudadanos del Reino, y nos unge sacerdotes, agradecidos adoradores y suplicantes confiados en favor de toda la humanidad.

El poder monárquico es, según el Apocalipsis, amor fiel, liberador y recreador. Pilato no lo entiende así. El procurador romano, representante del césar y participante de su absoluto señorío, entiende el poder como fuerza y voluntad omnímoda. Jesús lo sabe, por eso afirma: Mi reino no es de este mundo.Es decir, mi reino no tiene nada que ver con el concepto común de reino. No soy rey por haber sometido un pueblo con la espada ni por haber pasado a cuchillo a mis oponentes ni por ser un experto en intrigas palaciegas. La realeza la llevo en mi naturaleza, pues soy Hijo del Altísimo. Los valores de mi reino son diferentes a los de cualquier otro reino. Yo reino en un pueblo de hombres libres, que se saben amados y se sirven unos a otros con amor entrañable. Yo no tengo súbditos, sino hermanos, con los que comparto el mismo origen, el Padre, y la misma sangre corre por nuestras venas, el Espíritu. Mi ejercicio de la realeza es dar testimonio de la verdad. ¡Ah, la verdad! ¿Y qué es la verdad?, pregunta Pilato, como si pensara en todos los engaños, las traiciones y las injusticias que había perpetrado para progresar en su carrera. No, con la verdad no se consigue medrar ni hacerse un nombre que los demás respeten. Ningún césar ha ceñido sus sienes con la corona de laurel gracias ha haber reconocido la verdad de sí mismo, de los otros, de la vida, del mundo, de Dios. Y, como si quisiera librarse de estas inoportunas reflexiones, el procurador sale fuera otra vez y se dirige a los judíos.

Tú, Jesús, me has revelado la verdad de mí mismo, de Dios y de todo. Tú me has revelado que mi origen está en el amor del Padre y que tu fidelidad me ha devuelto a su regazo. Tú has soplado sobre mí, diciendo: Recibe el Espíritu Santo. Me has hecho rey, libre para amar y desarrollar mi propia naturaleza, y sacerdote, testigo del amor trinitario ante los hombres y testigo de las necesidades de los hombres ante la Todopoderosa Trinidad. Tú, Jesús, reinas, vestido de majestad. Proclama mi alma tu grandeza, porque has mirado mi abatimiento, mi desorientación, mi impotencia. Han nacido las flores en la tierra, ha llegado el tiempo de la poda; ya la voz de la tórtola se siente en nuestra tierra, Cant 2, 12. Tu izquierda está bajo mi cabeza, y tu diestra me tiene abrazada, Cant 2, 6. Somnoliento, te oigo susurrar: No despertéis, no turbéis a mi amor, Cant 2, 7. Gracias, Jesús, gracias por todo.

Rafa Chavarría

Lectio Divina: Apocalipsis 11, 1-14.

La Creación es un libro abierto que nos remite a su autor, el Creador. Las calamidades que padecemos nos suscitan miles de interrogantes, despiertan en nosotros el ansia de la salvación y nos invitan a volvernos hacia el único que salva, Dios. Pero somos demasiado tercos. Recordemos el lamento que leíamos en Ap 9, 20-21: A pesar de todo… se negaron a cambiar su conducta. Siguieron adorando a los demonios… Siguieron aferrados a sus crímenes, a sus hechicerías, a su lujuria y a sus rapiñas. Pero Dios no puede dejar de ser quien es. El no abandona su obra y desciende a nuestra Historia escogiendo un pueblo que dé testimonio de él entre las naciones mediante el culto y la santidad de vida. Sin embargo Israel se aparta de Dios muchas veces a lo largo de los siglos. En estas ocasiones Dios levanta en medio del pueblo profetas que llamen a la conversión y escritores que describan sus obras salvadoras y la respuesta que espera. Llegada la etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo a quien ha constituido heredero de toda las cosas y por quien creó también el universo, Hb 1, 2.

Juan se ha comido el librito y ha sido enviado a proclamar un mensaje profético sobre multitud de pueblos, Ap 10, 11. Su primer mensaje es una acción simbólica, muy en línea con la tradición profética de Israel (cf. Ez 40, 3; Za 2, 5-6). Juan mide el templo, es decir, lo delimita frente al patio exterior. En el interior, en torno al altar, están los adoradores de Dios, los que creen en él y le obedecen. El patio exterior es abandonado queda expuesto a las naciones, para que vaguen por él ajenos a Dios y dando satisfacción a sus caprichos. Una pregunta me asalta en medio de la lectura: ¿Dónde estoy yo? ¿Soy uno de los adoradores de Dios o deambulo a mi antojo por el patio exterior del templo? No es fácil dar con la respuesta verdadera. De entrada, me veo en el interior del perímetro. Si lo pienso un poco más, descubro que mi lugar está en el patio exterior. Pero existe una tercera respuesta, más conforme con la alternancia de mis estados de ánimo y los vaivenes de mis fidelidades y mis traiciones. En definitiva, yo diría que mi lugar es el perímetro mismo, un pie en su interior y el otro fuera de él.

                

Esta acción simbólica es ya un juicio. La humanidad se separa según sea creyente y fiel o no. El profeta Juan se desdobla en dos figuras proféticas que se describen con rasgos de Moisés y Elías. Son los dos olivos y los dos candelabros  puestos delante del señor de la tierra. Estas imágenes aluden a los dos ungidos de los que se habla en Za 4, 14, es decir, al príncipe Zorobabel y al sumo sacerdote Josué (cf. Esd 5, 2). En definitiva, estos dos personajes son profetas, reyes y sacerdotes. Son síntesis y representación de la Iglesia, pueblo profético, regio y sacerdotal. Son testigos porque hablan de lo que han visto y oído en la gran ciudad, pervertida (Sodoma) y opresora (Egipto), la crucifixión de su Señor (Jerusalén) (cf. Jn 19, 35; 20,  8. 1Jn 1, 1-4). Son dos porque la ley solo acepta en un juicio el testimonio dado por dos testigos. Continúan la misión de su Señor, aunque su mensaje incorpora una sustancial novedad. Denuncian la idolatría y las injusticias de la humanidad, pero ahora la conversión no significa volverse al Dios de la Alianza, sino acoger la salvación que ese Dios ha realizado definitivamente en el misterio pascual de su Señor.

Los dos testigos, la Iglesia, comparten la misión de su Señor y corren su misma suerte. Su palabra molesta y despierta la ira de los que temen cualquier cambio, máxime de los que han conseguido afianzar su poder y asegurarse un bienestar. Roma, la bestia que sube del abismo, se revuelve contra ellos y los destruye, como persiguió y crucificó a su Señor. Hay fiesta y alegría entre los vencedores, que ya no escucharán más denuncias y podrán seguir tranquilamente con su vida de siempre. Quizá yo también estoy entre los que no soportan se les ponga en evidencia y me he sentido aliviado cuando esos dos testigos han enmudecido para siempre. Un soplo de vida que venía de Dios entró en ellos; ellos se pusieron de pie, y los que estaban mirándolos se quedaron aterrorizados. El mal y la muerte no han podido vencer a estos cualificados testigos de Dios, como no pudo con su Señor. Ahora, el Señor y sus testigos comparten la gloria de Dios y hablan todavía más fuerte: Se produjo un gran terremoto… y perecieron siete mil personas. El juicio sigue. La Iglesia sigue clamando: ¡Convertíos y creed en el Evangelio!; y muchos hay que, aunque llenos de terror, acogen su mensaje y dan gloria al Dios del cielo.

Rafa Chavarría

Lectio Divina: Apocalipsis 10.

Suponía que iba a sonar la séptima trompeta y que se me iba a revelar el desenlace final de la Historia, el cumplimiento definitivo de las promesas, la culminación del plan del Creador. Sin embargo la revelación del fin se va a demorar durante más de un capítulo. Juan ve un ángel poderoso. Lo pinta con símbolos que el Antiguo Testamento atribuye a Dios: Cielo, nube, arco iris, sol, fuego. Los ángeles aluden a la presencia y comunicación de Dios. Este ángel desciende de la esfera divina (Cielo) y se posa sobre la tierra y el mar. Su presencia llena toda la Creación, nada se escapa a la acción creadora de Dios y a su providencia. El ángel levanta la mano y jura por el que vive eternamente, que ha creado el cielo, la tierra, el mar y cuanto contienen. Este gesto nos remite a su condición de testigo veraz, revela lo que ha visto y oído en el seno de Dios: Lo que Dios anunció a sus siervos los profetas, durante toda la historia de Israel, se consumará en seguida. El Dios fiel se va a revelar como juez, el Creador restaurará definitivamente su obra y sus fieles alcanzarán la bienaventuranza eterna.

El ángel lleva en la mano un librito abierto. Este rollo pequeño contrasta con aquel rollo que el que está sentado en el trono sostenía con su mano derecha (cf. Ap 5, 1). Aquel estaba sellado, nadie podía leerlo. El Cordero, descendiendo al abismo de la muerte y alzándose de él al tercer día, arrancó los sellos y nos reveló su contenido. Ya conocemos el presente de la Creación y de la Historia tal como lo ve Dios. Los seres humanos hemos sustituido a Satán por Dios en nuestro corazón y hemos pervertido con nuestra idolatría el plan de Dios. Dios todo lo hizo bueno, pero nosotros hemos infestado su obra con nuestras maldades. Sin embargo, Dios no abandonó su obra y emprendió un trabajo de restauración desde el momento mismo en que Adán y Eva pecaron: Yo pongo enemistad entre ti (la serpiente), entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza y tú solo tocarás su calcañal, Gn 3, 15. Ha llegado el fin, el cumplimiento definitivo de aquella promesa. El librito contiene el desarrollo de los acontecimientos finales y Juan se va a ver involucrado en ellos.

Juan recibe la misión profética de anunciar el sentido final de la Historia ante los pueblos. Su vocación se describe de una forma muy plástica y significativa que recuerda la vocación de Ezequiel (Cf. 3, 1). Releo los versículos 8-10, que me parecen una instrucción sobre la Lectio Divina. Es Dios mismo, una voz del cielo, quien invita a acoger su Palabra escrita. Juan confía en Dios y acepta libremente su invitación: Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito. Juan no lee el texto, se lo come. Mastica sus palabras una y otra vez, las rumia. De esta manera descubre su sabor: resultó dulce como la miel. La Escritura es sumamente agradable, pues narra la Historia de la Salvación. En ella encontramos respuesta a la pregunta sobre el sentido de nuestra vida y una razón para esperar un mañana eterno y feliz. Juan se traga el librito, que le amarga las entrañas. Hay que interiorizar la Palabra, hay que digerirla porque no es una mera golosina. La Palabra es un alimento contundente. Su digestión resulta pesada. Lo que saboreábamos con placer en un primer momento nos acaba amargando. Como la miel, nos produce ardor de estómago. Pero es así cómo la Palabra se hace carne de nuestra carne, nos nutre. La Palabra sostiene nuestra vida de seguidores de Jesús y nos hace crecer. Nos va configurando según la imagen de Jesucristo y nos levanta como signo profético en medio de las naciones. Nuestra tarea consiste en acercarnos a las Escrituras, acogiendo la invitación divina, escucharla sin desfallecer, dejarnos transformar por ella, abandonarnos al Espíritu que vibra en ella, proclamarla a todos los pueblos.

Rafa Chavarría

Lectio Divina: Apocalipsis 9.

El quinto ángel tocó la trompeta. Se nos revela cómo ve Dios a la humanidad. La mirada divina se posa sobre la gente que no tiene el sello divino en la frente. Estos son los que no se han convertido ni han creído en el Evangelio y que, por tanto, el Espíritu del Padre y del Hijo no habita en ellos ni anima sus vidas. Se trata de una humanidad que sufre hasta la desesperación: Buscarán la muerte, pero no la encontrarán; desearán morir, pero la muerte huirá de ellos. Juan vivió a finales del primer siglo. Constataba mucho dolor a su alrededor. Roma dominaba pueblos por la espada y devoraba sus riquezas con impuestos desorbitados. Muchos eran esclavos y no se les reconocía más dignidad que a las bestias de carga. Las mujeres no tenían autonomía ni voz en el foro. Se sobrevivía bajo la permanente amenaza de enfermedades sin remedio, la miseria y la marginación social.

Aquella humanidad no se diferenciaba mucho de la nuestra. También nosotros sufrimos y nos desesperamos. Decimos que estamos sumidos en una gran crisis económica. Padecemos la picadura del paro. Muchas familias no llegan a fin de mes y las hay que son expulsadas de sus hogares por los acreedores. Se intenta sobrevivir con trabajos inhumanos. Se incrementa el trapicheo de drogas, el juego, la prostitución. El robo y la picaresca han adquirido carta de ciudadanía. Muchas mujeres sufren la maternidad como si de una maldición se tratara. Podríamos seguir enumerando las mil y una formas del sufrimiento en nuestra civilización. Hemos estado construyendo la sociedad del bienestar con la misma autosuficiencia que los babilonios levantaron su mítica torre. Y, como aquella, nuestra sociedad del bienestar se nos ha venido abajo aparatosamente. Ya no sabemos qué pensar, en qué creer, qué futuro nos espera, qué hacer.

La muerte acecha en este caos de desorientación, sufrimiento y desesperación, a veces como deseo de que tanto dolor acabe y otras como destino fatal. Suena la sexta trompeta y descubrimos que junto al Río Grande hay retenidos cuatro ángeles destructores. Los partos eran una constante amenaza para la civilización romana en tiempos de Juan. El Apocalipsis eleva sus escuadrones a categoría épica: doscientos millones. La muerte ejerce su poder destruyendo a un tercio de la humanidad. Todas las generaciones humanas han vivido bajo la amenaza de la muerte, siempre inevitable. Muchos filósofos, poetas y artistas se han encarado con ella y, cada uno a su modo, han intentado encontrarle una explicación. Hoy no nos enfrentamos con el tema de la muerte. Lo evitamos, lo enmascaramos, lo banalizamos hasta convertirlo en objeto de chanza u ocasión para montar macrofiestas. Confinamos a los ancianos en guetos que llamamos hospitales, centros de día o residencias, y arrojamos las cenizas de nuestros muertos al viento, negándole un lugar a la muerte en nuestro hábitat. Evitamos así preguntarnos por nuestro destino.

El sufrimiento y la muerte nos debieran hacer pensar. Son realidades que están ahí. No podemos obviarlas. El Apocalipsis describe las calamidades que padecemos, pero no es castastrofista. Juan descubre en el caos de nuestra civilización una ocasión para la conversión: El resto de los hombres que no murieron por estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos: no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro plata y bronce, de piedra y madera, que ni ven ni oyen ni caminan. No se arrepintieron de sus homicidios, de sus hechicerías, de su fornicación, de sus robos. El Apocalipsis nos revela una solución a nuestras calamidades: reconocer nuestra precariedad y no absolutizar las obras de nuestras manos, volver nuestra mirada al Dios único, reconocernos obra suya y vivir según el proyecto que él grabó en nuestros genes. Dicho brevemente: aceptarnos como somos, sin ideologizaciones, y ser fieles a nuestra naturaleza, imagen y semejanza del Creador. Entonces seremos marcados con el sello del Dios vivo, Ap 7, 2, y afrontaremos el dolor y la muerte con la esperanza de entrar un día en el templo celeste, recibir el consuelo del Cordero, ser morada del que se sienta en el trono y rendirle culto eternamente (cf. Ap 7, 13-17).

Rafa Chavarría

Domingo 31º Ordinario:

Dt, 6, 2-6; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28b-34.

Me acerco a nuestro sumo sacerdote, que es santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Clamo al que vive siempre para interceder en nuestro favor. Necesito que se caigan las legañas de mis ojos y se disuelva la cera de mis oídos para entender las Escrituras. Necesito la salvación definitiva que solo él puede procurarme para asimilar el Evangelio. Marcos recoge un diálogo entre Jesús y un escriba. Este pregunta al Maestro una cuestión radical: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Jesús le contesta con los versículos 4 y 5 del Deuteronomio: Escucha Israel… Es la ley, la síntesis de la primera tabla que bajó Moisés del Sinaí. Inmejorable respuesta, pero incompleta para Jesús, que añade una síntesis de la segunda tabla: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Una cita textual del llamado Código de Santidad, concretamente Lv 19, 18b. El escriba aprecia la respuesta hasta el punto de reconocer que ni los holocaustos ni los sacrificios están por encima del precepto del amor al único Dios y al prójimo. No estás lejos del Reino de Dios, le dice Jesús estimando su sabiduría. Todo un duelo dialéctico entre caballeros.

El diálogo gira en torno al quicio fundamental de las Escrituras, y de la vida misma: El amor. Dejo que esta palabra resuene dentro de mí. Escucha Israel. Al cabo de unos minutos anoto a vuelapluma algunos ecos. Lo primero en el amor es la escucha, y escuchar es abrirse al otro –Dios o prójimo- sin prejuicios ni desconfianzas. Amar es también acoger al otro como es y como se nos da, sin condiciones. Amar es entregarse sin restricciones ni temores ni expectativas. El amor es, pues, un diálogo entre dos personas libres. Es un diálogo en el que los interlocutores se enriquecen y se construyen mutuamente. Dios ama dándose enteramente en un proceso que abarca desde el acto creador hasta la Parusía, pasando por la historia de Israel, la Encarnación y la Pascua con el don del Espíritu Santo. Quien acoge este amor recibe la vida misma de Dios, que lo recrea como hijo de Dios hasta llegar a ser como es él (cf. 1Jn 3, 2b).

¿Por qué Jesús añade el versículo del Levítico? ¿Por qué el escriba une sin solución de continuidad esos dos mandamientos que Jesús reconoce como primero y segundo? En realidad no existen dos tablas de la Ley. La Ley del Sinaí es una sola, aunque escuchemos diez palabras una tras otra. El llamado Código de Santidad (Lv 17-26) es una sucesión de normas en torno al culto y a las relaciones sociales. La santidad de Dios se revela en Israel cuando el pueblo vive según este Código: Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo, Lv 19, 2b. Dios revela su santidad escuchando a los israelitas tiranizados por el faraón, sacándolos de Egipto y asentándolos en una tierra que mana leche y miel (cf. Ex 3, 1-10). Esta acción del Santo santifica a Israel, que, reconociendo al Señor como su Dios y comportándose como él, mantendrá su cohesión nacional y su identidad ante los demás pueblos (cf. Lv 20, 8.26; 25, 38). El israelita muestra su pertenencia al pueblo santo tratando a su prójimo como Dios le trató a él, con amor misericordioso, atento a sus necesidades y ayudándole en su postración.

Dios es trascendente. No es posible ver el rostro del Señor, pues somos demasiado débiles para soportar semejante visión. Solo podemos reconocerle en sus obras, en la Creación y en la Historia de Salvación (cf. Ex 33, 18-23). Nuestro amor solo puede alcanzar a Dios a través de sus mediaciones, y sabemos que el icono por antonomasia del Señor es el hombre y la mujer, a quienes creó a su imagen y semejanza, Gn 1, 26. Amar al prójimo no es  solo un acto de obediencia agradecida al amor con el que Dios nos ha agraciado. Es la única manera de amar a Dios. Nuestro amor a Dios se verifica en el amor que profesamos al prójimo. Existe todo un tratado sobre este tema en el Nuevo Testamento, la primera carta de Juan. Nosotros amamos porque él nos amó antes. Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar al Dios a quien no ve, Jn 4, 19-20. Me sumo en la lectura de esta carta. Sé que Dios me ama porque me amáis vosotros. Sé que amo a Dios porque os amo.

Rafa Chavarría

         

Lectio Divina en Todos los Santos: Ap 7, 9-14; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a.

Amanece la Solemnidad de Todos los Santos. Me dispongo a leer las lecturas de la eucaristía de hoy. Pero antes de abrir mi pequeño leccionario, me pregunto qué es un santo. Lo primero que me viene a la cabeza es esa multitud de hombres y mujeres que la Iglesia ha canonizado porque vivieron y murieron fieles a Jesucristo. Ejemplos, ciertamente, para mí y motivos para la esperanza. Supongo que no estoy equivocado, pero encontraré con toda seguridad una respuesta más amplia, exacta y profunda en las lecturas de la misa. Leo de corrido las tres perícopas. Santos son según el Apocalipsis los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero. La primera carta de Juan llama santos a sus destinatarios, a nosotros: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!  El primer evangelista nos revela que los santos son los pobres, los que lloran… los que practican la misericordia, los que trabajan por la paz… los despreciados por causa de Jesús.

Jesús llama dichosos, bienaventurados, santos, a los pobres en el espíritu. De esta manera, el Maestro se hace eco de la tradición veterotestamentaria de los pobres de Yahvé. Estos eran los desgraciados cuya desgracia no tenía solución humana y estaban solos con su dolor. Ni rey ni sacerdote ni tribunal alguno los atendía. Y sus vecinos ni siquiera los miraban. Estos pobres no tenían otro garante de su felicidad que Yahvé, por eso le gritaban confiadamente: No entregues a los buitres la vida de tu tórtola, ni olvides sin remedio la vida de tus pobres, Sal 74, 19. Además son bienaventurados los que son santos como santo es Dios (cf. Lv 19, 2b). Es decir aquellos que no son indiferentes a la desgracia ajena y trabajan, como Dios lo hace, en favor del pobre. Son los que practican la misericordia y se esfuerzan por instaurar la paz y la justicia en el mundo. Jesús afirma también que son felices sus discípulos cuando sufren desprecios por fidelidad a su persona. Todos estos bienaventurados lo son porque el Padre repara en ellos y son beneficiarios de la promesa del reino de los cielos.

¿Quién está libre de dolor y desamparo? Somos buena gente y estamos dispuestos a echar una mano a quien la necesite. Hemos sido objeto de más o menos sarcasmos por creer en Jesús. 1Jn nos descubre la razón última de nuestra bienaventuranza en una realidad que ya ha acontecido. Somos hijos amados del Padre y de su mano entraremos en el Reino, donde seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.  Con estas consideraciones e iluminado por la luz del Crucificado-Resucitado, levanto la mirada al Padre. Susurro: ‘Tú me amas, Padre’. Repito estas palabras, despacio, masticándolas. ‘Tú me amas, Padre’. Me sobreviene una ligera inquietud. Siento que mis palabras no son del todo sinceras. Oigo una voz que me llega de lo alto: Tú eres mi hijo amado, Mc 1, 11.  Entonces me veo a mí mismo sumergido en las oscuras aguas de la desconfianza. Caigo en la cuenta de que no acabo de creer en un amor gratuito, todopoderoso, liberador. No tengo fuerzas ni voluntad para salir del agua y abrirme al amor del Padre, acogerlo y abandonarme a él.

Conviene que, en el contexto del Año de la Fe, nos percatemos de que nuestra primera tribulación es nuestra conversión. Convertirse es romper esquemas mentales y superar miedos para ver y entender el Cosmos y la Historia a la manera de Dios y para dejarnos querer por el Padre y vivir desde su amor. Afirmar que en el bautismo se opera un nuevo nacimiento no es baladí. Todo nacimiento conlleva dolor, para la madre, pero también para el niño. Este pasa de un ámbito de seguridad a un espacio abierto a todas las amenazas inimaginables. Pero el nacimiento es imprescindible para que el niño desarrolle todas sus potencialidades. Antes de escuchar la llamada a la conversión y a la fe (cf. Mc 1,15) los seres humanos vivimos en un ambiente en el que sabemos manejarnos, cómodo y seguro. Aceptar el Evangelio supone un riesgo que sólo se supera confiando en el amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. Y esta aceptación se hace imprescindible para el que quiera desarrollarse en plenitud.

El nuevo hombre que ha nacido en el bautismo vivirá afrontando sucesivas tribulaciones. Seguir a Jesús supone exponerse a la furia de los que están cómodos con la situación en la que viven. Esos que se sienten satisfechos y no están dispuestos a consentir que nadie, con su vida o su palabra, cuestione la solidez de todo aquello en lo que confían. Seguir a Jesús supone enfrentarse a mil y una dudas, equivocaciones y temores, al desaliento, a dar por terminado el camino antes de tiempo. El seguidor de Jesús supera estas amenazas volviendo una y otra vez a renovar su fe, a contemplar el misterio pascual, a abandonarse al amor del Padre. Santos son los que se reconocen radicalmente pobres y acogen el amor del Padre, los que se convierten y nacen a una vida nueva por el bautismo, los que se saben hijos de Dios y siguen al Hijo misericordioso trabajando por la paz y la justicia, los que afrontan con fe y esperanza toda suerte de tribulaciones por causa de su fidelidad. Santos son también los que han alcanzado la meta de su peregrinaje, han entrado en el reino de Dios, contemplan a Dios tal cual es, se han desarrollado hasta la plenitud, según la medida de Cristo Jesús.

Rafa Chavarría

Domingo 28º Ordinario: Sb 7, 7-11; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30.

¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! Así exclama este domingo Jesús, la Palabra definitiva de Dios. Esta exclamación se clava en medio de nuestra sociedad como tajante espada de doble filo, penetrando hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyuntura y tuétanos. Como toda palabra divina, juzga. Hemos construido una civilización sobre la base del dólar, el euro… el patrón oro. El dinero es un instrumento que facilita el intercambio de mercancías. Todos necesitamos una suficiente cantidad de bienes para sobrevivir, lo que hoy se traduce en disponer de una cuenta corriente mínimamente saneada.

Los discípulos se extrañan de las palabras de Jesús, porque, fieles a su tradición cultural, entendían la riqueza como una bendición de Dios. Entonces el Maestro se explica: Poner nuestra confianza en el dinero nos dificulta la entrada en el Reino de Dios. Me vienen a los labios las palabras del Deuteronomio: Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, 6,4-5. El Señor Dios es el auténtico origen y fundamento de la sociedad israelita. Es el sostén del pueblo y, por tanto, el que reclama toda su confianza. Si el objeto de mi confianza es el dinero, si en él se funda mi seguridad y mi esperanza, niego al Dios único y salvador.

Nos esforzamos en cumplir la segunda tabla de la Ley del Sinaí: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás… Pero quizá nos olvidamos de que son expresión de nuestra confianza en Dios: Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud, Dt 5, 6. Jesús, con su vende lo que tienes…, y luego sígueme, se nos propone como el verdadero objeto de nuestra confianza. Él es quien nos ha sacado por su muerte y resurrección de la casa de la esclavitud de nuestras injusticias y de una vida sin sentido. Solo siguiéndolo con toda confianza viviremos los valores del Reino, que se resumen en reconocernos hijos del único Padre y dejarnos llevar por el Espíritu del Hijo. Si confiamos en Jesús y le seguimos incondicionalmente, construiremos la civilización del amor.

Muchos son los economistas, los políticos y los tertulianos que intentan explicar los motivos de la crisis económica que sufrimos. Me parece que las palabras de Jesús se cumplen hoy. Entregamos nuestra confianza al dinero. Entendimos que la acumulación de bienes fundaba nuestra seguridad y nos entregamos a un consumo desenfrenado en busca de la satisfacción, la alegría, la felicidad. Sin embargo nos encontramos vacíos, insatisfechos, inseguros, desamparados. Hemos construido una sociedad del malestar, de hambre, de tristeza, de impotencias, de desigualdades sociales… La auténtica sociedad del bienestar es el Reino de Dios. Allí donde se confía en el Señor se construye una civilización de progreso, de justicia, de libertad, de diálogo… Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo, Sal 90, 14.

Rafa Chavarría

Domingo 27º Ordinario:                                                  Gn 2, 18-24; Hb 2, 9-11; Mc 10, 2-16.

La Iglesia nos propone hoy contemplar un misterio tan antiguo como la humanidad: Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Son palabras de Jesús, que responde a una pregunta de los fariseos sobre el divorcio. Jesús les remite a su conocimiento de la Ley de Moisés. Los fariseos saben que en el quinto rollo de la Torá, el Deuteronomio, se lee: Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…, Dt 24, 1. Pero el Maestro no considera zanjada la cuestión y explica la razón por la que Moisés escribió aquello: Por vuestra terquedad. Es cierto, Jesús, somos tercos. Anteponemos nuestras necesidades y nuestros intereses al bien de los demás. Somos así, egoístas; por eso la convivencia nos resulta tan difícil y, muchas veces, imposible.  El precepto del Deuteronomio me revela el corazón misericordioso de Dios, que conoce bien nuestra naturaleza. Aunque no resulta muy equitativo. Se concede al marido el derecho a echar de casa a la mujer, pero esta no parece tener el mismo derecho. Tú, Jesús, has venido a dar plenitud a la Ley. Basta con que reconozcas a la mujer el mismo derecho que al varón, y este precepto será perfectamente justo además de misericordioso.

Jesús sigue hablando: Al principio… Estas palabras son las primeras palabras del primer rollo de la Torá, el libro que nosotros llamamos Génesis. Jesús prosigue su discurso dentro del marco de la Ley. Los dos primeros capítulos del libro que los judíos llaman bereshit (al principio) describen el proyecto creador de Dios. Jesús alude a Gn 1, 27: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó; y cita Gn 2, 24: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Releo estos versículos. Sus palabras rebotan en mi interior y generan algunos ecos: ambos son creaturas, ambos son imagen de Dios, ambos son igualmente dignos aunque sean diferentes, ambos son llamados a la perfecta comunión sin perder su particular identidad. Más ecos: respeto, cariño, confianza, generosidad, acogida, proyectos comunes, hijos, cooperación, responsabilidad, comprensión, solidaridad ante las dificultades… Jesús termina su argumentación con una sentencia: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Jesús sacraliza la unidad del matrimonio, le reconoce un valor absoluto que hay que preservar a toda costa. Pienso en mi debilidad, en mi innata terquedad, en mi egoísmo, y hago mía la conclusión a la que los discípulos llegan según Mt 19, 10: Más vale no casarse.

Es curioso que Marcos, inmediatamente después de esta enseñanza sobre la unidad conyugal, nos cuente cómo Jesús acogía a unos niños, los abrazaba y los bendecía. El Maestro en este contexto nos ofrece una enseñanza sobre el reino de Dios: El que no acepte el reino de Dios como un niño no estará en él. El niño es un símbolo de apertura al mundo que le rodea sin prejuicios ni predisposiciones. Tengo la impresión de que el evangelista me propone un principio hermenéutico para abordar adecuadamente, a lo divino, el misterio del matrimonio. Vuelvo a leer los textos citados del Génesis y las palabras de Jesús. Intento sosegar mi mente y mi corazón, desprenderme de ideas preconcebidas y temores. Resuena en el silencio una palabra: amor. Una luz intensa la ilumina, la de Jesús resucitado. Comprendo. Sólo a la luz de la Pascua, plenitud de revelación, puede acogerse el proyecto del Creador sobre la pareja humana. Pablo no conoció al Jesús de los caminos de Palestina, sino que se topó en el camino de Damasco con el Señor pascual. Dejo que el apóstol me ilustre sobre el amor conyugal: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella, Ef 5, 25. He aquí el arquetipo del mutuo amor de los esposos. El día en que deje de mirarme a mí mismo, de priorizar mis necesidades e intereses, para fijar mi mirada en mi esposa, poner todas mis energías a su servicio y volcarme sin restricciones en ella se estará cumpliendo el plan de Dios y su Reino estará más cerca.

           

De pronto, las tinieblas. La cabeza se me llena de dudas y el corazón de temores. Ahí están mi terquedad y mi egoísmo y mi debilidad, revoloteando como murciélagos en las galerías de mi castillo interior. Me siento triste, como aquel joven al que Jesús atraía, pero que se sentía incapaz de desprenderse de sus bienes y seguir al Maestro (Mt 19, 16-22). ¿Qué haré? ¿Volveré sobre mis pasos y dejaré atrás a Jesús? ¿Concluiré que el Creador no pensaba en mí cuando elaboró su proyecto, que no soy invitado a su Reino, que no soy su hijo? Oigo promesas de Pascua: Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto, Lc 24, 49b; seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días, He 1, 5b; recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, He 1, 8a. Siento que los pulmones se me llenan de aire fresco. Me tranquilizo. Constato que me rodean todos los discípulos de Jesús, presentes, pasados y futuros, la Iglesia. En medio de esta magna asamblea, María, la que acogió las palabras angélicas: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra. No hay nada imposible para Dios, Lc 1, 35.37. Me siento a los pies de esa mujer que, dejándose llevar por el Espíritu, fue esposa y madre según el plan que Dios puso en marcha al principio de la creación. Y oro con ella y todos los discípulos: Ven Espíritu divino… Padre amoroso del pobre… Entra hasta el fondo del alma… Y me inunda la esperanza y confío en que también yo, animado por el Espíritu, puedo vivir mi matrimonio según el proyecto del Creador.

Rafa Chavarría

Domingo 24º Ordinario: Is 50, 5-9; St 2, 14-18; Mc 8, 27-35.

Seguimos en el camino con Jesús. Hoy andamos por los alrededores de Cesarea de Felipe, muy al norte, lejos del lago de Galilea. Da la impresión de que Jesús se ha tomado unos días para descansar y charlar amigablemente con sus discípulos. En este clima distendido, Jesús se interesa por la opinión que se tiene de él: ¿Quién dice la gente que soy yo? Los discípulos contestan: Uno de los profetas. La gente reconoce en Jesús a uno que Dios ha enviado para recordar a su pueblo la Alianza, denunciar injusticias, consolar a los pobres (anawim) y anunciar la restauración de Israel. Jesús insiste y reclama a los suyos una respuesta personal: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro, impulsivo, contesta en nombre de sus compañeros: Tú eres el Mesías. Para Pedro, Jesús no es uno más entre muchos, es el Mesías. No hay nadie como Jesús. Él es el anunciado por las Escrituras y aquel a quien Israel espera, la mano por la que el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob cumplirá definitivamente sus promesas.

La Iglesia siempre ha leído esta pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, como dirigida a ella misma y a cada uno de los bautizados, y también a todos los seres humanos. Todos, en un momento u otro, nos enfrentamos con la pregunta de Jesús: Tú, ¿qué dices? Yo, ¿quién soy? Como Pedro, no nos tomamos tiempo para buscar la auténtica respuesta, y contestamos en seguida con palabras que hemos oído o leído. Pero esta no es una pregunta de concurso, no se trata de acertar con la respuesta correcta y ser recompensados con unos cientos de euros y el aplauso del público. Jesús no se dirige  ni a la memoria ni siquiera a la razón. Nos pregunta a nosotros, y toda nuestra persona debe encontrar la respuesta. Jesús no nos demanda palabras, que son sonidos que se lleva el viento o meros garabatos en un papel. Jesús nos pide una respuesta vital, que sólo podremos darle tras una larga búsqueda.

Asistir a conferencias y pasarme las tardes en la biblioteca me ayudará, pero sólo llegaré a decir algo coherente sobre la persona de Jesús si mantengo un diálogo constante y vivo con él. Necesitaré contemplar su rostro, repasar su biografía y escuchar su palabra. Será preciso que toda mi persona se abra a su mentalidad, a su vida y a su amor, hasta que me empapen. Deberé esforzarme en actuar según los criterios, la vida y el amor de Jesús. Se trata de emprender una búsqueda larga y difícil, durante la que no faltarán dudas, desfallecimientos y retrocesos. Pero al final me espera la respuesta a la pregunta: Tú, ¿quién dices que soy yo? Su formulación no será original, ya la escribió San Pablo: No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí, Gál 2, 20. En otras palabras: Tú eres yo. Es la respuesta de toda la Iglesia triunfante. Es la respuesta que nos da la vida de los santos y la que hallamos en la contemplación de sus iconos. Contemplar al santo es contemplar a Jesús, el Santo. Las palabras no pueden expresar adecuadamente el misterio de la persona de Jesús. Sólo puede hacerlo la persona que se ha dejado transformar por el poder de su amor.

Rafa Chavarría

Domingo 23º Ordinario: Is 35, 4-7ª; St 2, 1-5; Mc 7, 31 37.

Las vacaciones han acabado. Todo vuelve a su rutina, incluso el clima. Durante algunas semanas no he navegado por la red, ni correo electrónico ni redes sociales ni búsquedas en Google. Podría decirse que la Redacción de esta bitácora ha estado cerrada por vacaciones, pero ha llegado la hora de volver a compartir con vosotros mi lectura contemplativa de los textos bíblicos que la Iglesia proclama en las misas dominicales. Jesús sigue en el camino: Tiro, Sidón, la Decápolis, el lago de Galilea. Jesús no descansa, sigue ocupado en la predicación del Reino de Dios: Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en el evangelio, Mc 1, 15. Una predicación que no son palabras de sofista, sino que van acompañadas de signos de poder, de salvación, que hacen que la gente clame entusiasmada: ¡Una doctrina nueva con tanta autoridad!, Mc 1, 27. Hoy, más que oír la predicación de Jesús, la vemos. Sólo una palabra, algunos gestos y la salud para un sordo que, además apenas podía hablar.

Las últimas líneas nos dan la clave para entender el significado del relato: Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. La pregunta que me viene a la cabeza es ¿por qué no quiere Jesús que se divulgue esta noticia? Jesús predica para todos, por lo tanto, cuantos más oigan hablar de él y sientan curiosidad, más gente acudirá a escucharle, se convertirá y acogerá la salvación. Marcos termina muchos relatos de curación con Jesús ordenando que no se hable del asunto: 1, 34; 1, 44; 5, 43; etc. El hombre es un ser que se hace preguntas. Es natural que las obras maravillosas que hace Jesús susciten muchos interrogantes en quienes las contemplan. El interrogante más radical es aquel que formularon los discípulos cuando Jesús calmó la tempestad (Mc 4, 35-43): ¿Quién es éste, que le obedecen hasta el viento y el lago?

Los que han visto la curación del sordomudo también se preguntan por la identidad de Jesús, ya que decían: Todo lo ha hecho bien. Esta afirmación me recuerda la conversación que sostuvo Jesús con el joven rico: -Maestro bueno… -¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. Y también me remite al primer capítulo del Génesis: Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno, 1, 31. Jesús aparece como el que todo lo hace bien porque es el bueno por antonomasia, el Santo. Él es el que viene en persona trayendo el desquite, el que resarcirá y salvará (Is 35, 4). Y estos son los signos por los que se reconocerá la presencia en persona de Dios en medio de su pueblo: Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Israel puede reconocer en el canto del mudo el signo de la presencia de Dios que llega para cumplir las promesas a los padres: una tierra libre y próspera, en la que el pueblo pueda crecer y progresar, vivir en armonía y celebrar el culto. El problema surge cuando el Israel que espera en el Dios de los padres, también espera de él una manera muy concreta de cumplir sus promesas.

El Israel de los tiempos de Jesús estaba sometido al poder de Roma, lo que significaba falta de libertad, explotación económica y tiranía política, además de la humillación del que se siente elegido por Dios para la libertad y el progreso. Es natural que Israel en esta situación esperara una acción poderosa de Dios que le devolviera su libertad y su dignidad. Cualquiera esperaría que esta acción tuviera carácter militar o, al menos, político, lo que no contradice las Escrituras. Recordemos, por ejemplo, que la conquista de Babilonia por Ciro, rey de medos y persas, y el retorno de Israel a su tierra, se interpreta como una acción poderosa y salvífica de Dios en favor de su pueblo: Así dice el Señor a su ungido, Ciro… Yo iré delante de ti allanándote cerros… Por mi siervo Jacob… Is 45, 1ss. Jesús no quiere que se le asocie con Ciro ni siquiera con David. Pide paciencia. Sólo cuando lleve a cabo su misión podrá alcanzarse el verdadero significado de sus palabras y de sus obras y se revelará el misterio mismo de su persona.

De alguna manera, todos somos sordos. Vivimos encerrados en nosotros mismos. No interactuamos con la realidad y con la vida. Las interpretamos según nuestros esquemas mentales y prejuicios, nuestra sensibilidad y nuestras necesidades, nuestros objetivos y proyectos. Lo mismo nos ocurre con los otros. La auténtica clave de interpretación de la persona y de la vida de Jesús es la proclama: El Señor ha resucitado. Pero también es la llave que nos abre el misterioso significado de nosotros mismos y del conjunto del género humano, de la Creación y de la Historia. Quiero presentarme ante Jesús tal y como soy, sordo, y pedirle que me imponga las manos. Necesito que me aparte de la gente y, estando solos los dos, meta sus dedos en mis oídos, toque mi lengua, mire al cielo, suspire y diga: Ábrete. Necesito oír el canto pascual de la Iglesia y aprender a leer toda la realidad desde la persona de Jesús resucitado. Necesito vivir del Viviente, con él y para él. Necesito sumar mi voz a las de las criaturas del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y decir: “Al que se sienta en el trono y al cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos”, Ap 4, 13. Y necesito unir mi voz a la de Pedro y los once: Dios ha resucitado a Jesús, el crucificado, rompiendo las ligaduras de la muerte, pues era imposible que la muerte dominara sobre él, He 2, 24.

Rafael Chavarría

Solemnidad de Santiago apóstol: He 4; 2Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28.

Cuando oigo nombrar al apóstol Santiago, en seguida pienso en Compostela, el Xacobeo, el Camino, los Caballeros de Santiago de la Espada y en mil y una leyendas medievales. Pero Santiago no es una figura de leyenda como el rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda. La Iglesia no celebra leyendas, sino la fe pascual, los hitos de la Historia de la Salvación y el testimonio de vida (y de muerte) de muchos seguidores de Jesús. Los evangelios y los Hechos de los Apóstoles nos aportan pinceladas de la figura del apóstol, pero insuficientes para pintar su retrato o escribir su biografía. Además, los evangelios y los Hechos son teología narrativa, cuentan la vida de Jesús y de la Iglesia primitiva a la luz de su fe en el Resucitado. Por todo ello mi Lectio Divina en esta solemnidad quiere ceñirse a los textos litúrgicos, lo significativo para la Iglesia y contenido de su celebración.

Estoy sentado tranquilamente ante una imagen de Santiago. Le cubre la larga y gruesa capa del peregrino medieval. Lleva sombrero de ala ancha, adornado con una concha de vieira. Se apoya en un grueso bordón del que pende la clásica calabaza llena de agua. Estoy solo en la capilla, envuelto por una penumbra y un silencio que invitan a la contemplación. Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Santiago… y a Juan, su hermano…, y los llamó, Mt 4, 18.21. Así empieza la Antífona de Entrada de la misa de hoy. Santiago está en sus cosas, en su trabajo con su hermano. No le interesa para nada aquel que pasea por la playa. Un curioso al que llamaban la atención las faenas de los pescadores. Yo también andaba en mis cosas, en mis proyectos, trabajos y preocupaciones, cuando Jesús pasó a mi lado y me llamó. Jesús no llama en general, llama a cada uno por su nombre, con interés y afecto hacia su persona. Jesús me llamó a mí, siendo como soy, con la ternura del corazón generoso que está en posesión del misterio de la felicidad y lo quiere compartir.

Mateo nos informa: Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron, Mt 4, 22. Santiago y Juan no se lo pensaron dos veces. Yo, sin embargo, busco razones y no acabo de decidirme. Me vienen a los labios aquellos versos del soneto de Lope de Vega: ¡Alma, asómate agora a la ventana: verás con cuanto amor llamar porfía! ‘Mañana le abriremos’, respondía, para lo mismo responder mañana. Tengo demasiadas ocupaciones y responsabilidades, o ¿son sólo seguridades, actividades que controlo aunque me impidan desarrollarme de verdad? Imagino a Santiago, confiado, peregrinando hacia la casa del Padre detrás de Jesús, siguiéndolo. Peregrinación y seguimiento según describe San Pablo en su segunda carta a los Corintios: Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. A veces, como la madre de Santiago quería para sus hijos, deseo un lugar cercano a Jesús sin comprender que su reinado no reporta beneficios inmediatos ni arranca del público aplausos fáciles.

Santiago fue testigo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Su encuentro con el Resucitado lo llenó de alegría y, renovado y fortalecido por el Espíritu, proclamó con sus compañeros ante el pueblo de Israel y su consejo: El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. Me pregunto en qué medida soy testigo del Resucitado con convencimiento y valentía. El rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. El apóstol acabó apurando el mismo cáliz que había apurado su Señor. En cada Eucaristía bebo el cáliz del memorial de la entrega de Jesús hasta la muerte. Este gesto me compromete, ya que con él anticipo y asumo mi propia subida al Gólgota tras los pasos del Maestro. Bebiendo la sangre de Jesús me lleno de su vida divina, de su Espíritu, y, por tanto, participo de su amor al Padre y de su fortaleza para afrontar las dificultades que se me presentan en el laberíntico camino de mi vida terrestre, hasta hundirme en el mar tenebroso y renacer a una vida de luz y alegría sin fin. Yo no soy un peregrino solitario, avanzo en comunión con todos los bautizados. Necesito sentir la mano cercana de los hermanos y el calor de su oración. Descanso mi mirada en la imagen de Santiago ante la que estoy haciendo esta Lectio Divina, y rezo el himno de Laudes: Al celebrar tu memoria, santo apóstol peregrino, guíanos por el camino al Pórtico de la gloria.

Rafa Chavarría

Lectio Divina: Apocalipsis 7, 1-8.

Hemos oído gritar a los degollados por proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que habían dado de su fe pascual. Su grito era una reclamación de justicia. Por otro lado, hemos visto a los degolladores, reyes, generales, ricos, poderosos…, esconderse del Juez. Pronto se hará justicia, pero de momento la Historia continúa su desarrollo. Y es en la Historia donde se desarrolla el juicio. Todos los seres humanos se enfrentan a las mismas dificultades y dudas. La apocalíptica gusta de presentar el juicio como una guerra entre el bien y el mal, los que permanecen fieles al Dios de la Alianza y los que creen en sí mismos o en falsos dioses. La batalla empezará con la apertura del séptimo sello. Las pruebas están retenidas en los cuatro extremos del mundo mientras un mensajero divino, un ángel sella a los elegidos de Dios. Sólo el sello divino, el Espíritu que recibimos por la fe pascual y el bautismo, nos capacita para afrontar las dificultades de nuestro éxodo terreno hasta llegar a la tierra prometida, el Reino de Dios, la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, Ap 21, 2.

Juan oye el número de los sellados de todas las tribus de Israel: 144.000; de la tribu de Judá, 12.000… Este censo recuerda los primeros capítulos del libro de los Números, cuando Dios mandó a Moisés hacer un censo de todo Israel. Se presenta a un pueblo formado por escuadrones, cada cual bajo su bandera. Israel acaba de salir de Egipto, de la esclavitud, y acampa en orden de batalla en torno a su Dios, la Tienda del Encuentro, preparado para irrumpir en Canaán, la Tierra de la Promesa. El Apocalipsis describe a la Iglesia como un Nuevo Israel, recién liberado de las esclavitudes de los poderes de este mundo y sellado con su Espíritu, preparado para la última batalla, la de la fidelidad en medio de las dificultades. Ni el Israel que acampaba en el desierto ni la Iglesia que peregrina por la Historia son ejércitos según el concepto que tenemos de un ejército. Los 144.000 elegidos y sellados cuentan con unos pertrechos muy distintos a los del ejército del faraón o del César. San Pablo ya hizo el inventario: Tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes.  ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, Ef 6, 13-18.

Tampoco la victoria de este paradójico ejército será según los parámetros del éxito tal y como lo solemos entender. La victoria final de las comunidades a las que Juan animaba con su libro tuvo lugar compartiendo la victoria de su Maestro en el Gólgota. Ellos fueron perseguidos por creer en Jesús y vivir y proclamar el Evangelio del Reino de Dios. Vencieron cuando los verdugos o las fieras derramaron su sangre, obedeciendo a los poderes que no soportaban se les denunciase como destructores de la dignidad humana. Hoy también hay muchos que basan su bienestar en la explotación y destrucción de los hombres. Son muchos los que se erigen en señores de la mente, de los corazones y de las energías de multitudes de seres humanos. Ante ellos, pertrechados con las armas de Dios, los sellados con el Espíritu, la Iglesia toda, proclamamos: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos, Ef 4, 5-6.

Rafa Chavarría

Lectio Divina: Apocalipsis 6, 9-17.

El Cordero nos ha revelado la realidad del mal en la historia, representado en esos cuatro jinetes que arrastran a la humanidad hacia la muerte: El engaño, la guerra, el hambre y las epidemias. Son símbolos que representan las amenazas que sufren nuestras esperanzas, nuestros esfuerzos y nuestra vida. De rodillas ante el Santo de los Santos me preguntaba: ¿Verdaderamente la belleza, el bien, el amor, la alegría… se disolverán finalmente en la nada? Continúo leyendo el capítulo seis del Apocalipsis. Se abre el juicio sobre la Historia. La apertura del quinto sello nos descubre un grupo de hombres y mujeres vivos, pero que habían sido asesinados por haber proclamado la palabra de Dios y haber dado testimonio de su fe.

Una cosa me parece evidente: la muerte no tiene la última palabra, pues hay quienes han pasado por ella y ahora viven. Estos son los que han creído en el misterio pascual de Jesús, han sido sellados con el Espíritu, han vivido un amor fiel y recíproco con el Maestro, nunca renegaron de él ni con sus palabras ni con sus acciones, proclamaron el Evangelio a toda la Creación y su fidelidad les granjeó enemigos que los asesinaron. Estos que siguieron a Jesús hasta la cruz y el abismo comparten la victoria de su resurrección: Cada uno recibió una túnica blanca. Ahora están vivos en el altar en torno al que se celebra el banquete de comunión entre Dios y los hombres, que es también el lugar desde el cual asciende la oración de la Iglesia. Ellos también levantan sus oraciones a Dios, más bien las gritan, como gritaba la sangre de Abel al Creador: ¡Qué has hecho! La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra, Gén 4, 10. Es un grito que apela a la justicia divina: Señor santo y veraz, ¿cuánto vas a tardar en hacernos justicia y vengar la muerte que nos dieron los que habitan la tierra?

      

Pero el juez escatológico no tiene prisa, pues la Historia continúa: Esperad todavía un poco hasta que se complete el número de vuestros compañeros y hermanos que han de morir como vosotros. Tú y yo, los hijos todos de la Iglesia del siglo XXI, somos compañeros y hermanos de aquellos primeros mártires, de aquellos creyentes y fieles testigos que asumieron todas las consecuencias del seguimiento de Jesús. Hoy como ayer, los cuatro jinetes cabalgan sobre la tierra, quizá con una apariencia diferente de la que tenían a finales del siglo primero, pero siempre son falsos mesías (políticos, gurús…), calamidades de origen natural o humano (terremotos, guerras,…) y persecuciones contra la Iglesia (ideologías, secularización, gnosis…). El Maestro ya nos previno: Tened cuidado de que nadie os engañe…, Mt 24, 4-14. Los seguidores de Jesús, no importa cuál sea su momento histórico, viven enfrentados a la duda. ¿Es Jesús el verdadero salvador? ¿Merece la pena seguir esperando? ¿Amar nos conduce a la felicidad o hay otros caminos alternativos? No se trata de responder clara y distintamente a estas cuestiones, pues su respuesta supera nuestra inteligencia. Se trata de abrir todas las dimensiones de nuestro ser al Misterio y acogerlo como se nos revela y se nos da, y dejar que se manifieste en nuestra existencia cotidiana hasta que, más allá de la muerte, nosotros también nos sentemos en torno al altar vestidos con la túnica blanca de la gloria divina.

 Vi cómo el Cordero rompía el sexto sello. Hemos oído a la Iglesia fiel gritar pidiendo justicia. Los mártires no fueron fieles en abstracto ni los mataron jinetes fantasmales. La revelación del sexto sello nos muestra un elenco de responsables: Reyes, nobles, generales, ricos, poderosos, todos absolutamente, esclavos y libres. Son los que confían en su inteligencia, su poder, su dinero, su buen nombre… Los que ven en el crucificado a un fracasado; en el resucitado, una proyección de nuestra necesidad de pervivencia y felicidad; en el amor, una debilidad. Lo terrible es que cualquiera puede poner su esperanza en los ídolos de la inteligencia, el poder, etc, hasta los esclavos que son sometidos por los poderosos, pues llegan a creer que siendo como ellos serán libres y felices. Todos estos, los que no han creído en Jesús y han despreciado hasta la muerte a sus seguidores, también gritan, pero su grito se dirige a la Naturaleza, a la que invocan para que los oculte de la vista del Cordero y no sean objeto de su ira, de su juicio, y se queden solos con sus ídolos, fuera de la Vida feliz que sólo el Dios Trinidad regala.

Esta es la disyuntiva ante la que nos enfrentamos en cada libre elección. O cantamos con nuestra voz y nuestra vida: Alabanza, honor, gloria y poder por los siglos sin fin al que está sentado en el trono y al Cordero. Ap 5, 13. O nos dejamos llevar por el brillo del aparente triunfo de la inteligencia, el poder, el dinero… y destruimos a todos los que cuestionan o se oponen a nuestra carrera, para acabar reconociendo ante el Juez escatológico lo que ya Adán reconoció ante el Creador : Te oí en el jardín, tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí, Gén 3, 10.

Rafa Chavarría

Domingo 15º Ordinario: Am 7, 12-15; Ef 1, 3-14; Mc 6, 7-13.

No me extraña que San Pablo, al conocer y experimentar en sí mismo el Misterio de la Voluntad divina, prorrumpa en alabanzas: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol se sitúa antes de la creación del mundo, cuando no existía espacio ni tiempo, y se contempla a sí mismo, a ti, a mí, a todos, como un elegido por el infinito, tierno y creador amor de Dios. Me detengo a contemplar este misterio. Siento el gozo de ser. Me envuelve un amor que no comprendo, ni hace falta comprender, que lo importante es disfrutarlo. Está ahí. Conceptualizarlo sería alejarme de él. Me dejo amar. Me recreo en ese amor y rezo el versículo del salmo 8: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Una pregunta retórica que sólo tiene respuesta en el Misterio de la Voluntad divina. Él sabe y me basta. Lo mío es acoger su amor y agradecer, alegrarme y alabar, admirarme y adorar. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Vuelvo al texto paulino: nos eligió en la Persona de Cristo. Perplejidad. ¿No será ésta la respuesta a la retórica pregunta del salmista? ¿Qué es el hombre? ¡El hombre es Cristo! Pablo contempla al Jesús crucificado y resucitado y lo reconoce como la plenitud del proyecto creador. El Hijo es el ser humano en toda su plenitud, es el destino de Pablo, el tuyo y el mío: Él nos ha destinado en la Persona de Cristo a ser sus hijos. Alabo al que me amó desde antes de la creación del mundo con las palabras, algo cambiadas, del salmo: ¡Abba, Padre, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Y repito hasta la saciedad la palabra que contiene todo el misterio de Dios y de su voluntad: Abba, Abba, Abba… Somos hijos en el Hijo y caminamos hacia la participación de su divinidad por el Espíritu. Ya lo escribió San Ireneo de Lyon a finales del siglo II: Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a ser Dios.

Me sumo en la contemplación de mi corazón. Me doy cuenta de que es un corazón herido. No sé responder adecuadamente al que se me revela en las circunstancias cotidianas y me eligió y me sostiene con amor delicado y poderoso. No me siento en absoluto ni consagrado ni irreprochable. Me siento infinitamente lejos de lo sagrado, del Santo, y me siento débil e incapaz de librarme de ese egoísmo que dirige todo ejercicio de mi libertad. San Pablo afirma que hemos sido elegidos para ser consagrados e irreprochables ante él por el amor, hijos amados y amantes. Oro el salmo 130: Desde lo hondo a ti grito, Señor… Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pablo pone ante mí el misterio de Jesús crucificado y vivo: Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. En este misterio se funda mi esperanza. El Hijo asume toda mi naturaleza, débil, herida y mortal, y la restaura y la capacita, por la acción del Espíritu, para una vida humana según el plan original del Padre que me eligió.

He escuchado la Verdad, he creído, he sido marcado por Cristo con el Espíritu Santo prometido, mi naturaleza ha sido restaurada y capacitada para vivir fielmente mi filiación divina. He sido elegido y agraciado con amor infinito, pero no soy el único ser humano que camina sobre la tierra. Todos fuimos elegidos en la Persona de Cristo antes de la creación del mundo y todos estamos llamados a conocer el Misterio de la Voluntad divina que nos ha revelado la Palabra, a acogerlo con fe y a alcanzar la plenitud de ser en Cristo. Llamó Jesús a los doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos… Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban, Mc 6, 7-13. La Historia continúa su curso. La recapitulación de todo en Cristo no se ha consumado todavía. Los que hemos conocido y creído el misterioso plan del Padre somos llamados y enviados a comunicarlo a todos con nuestra vida fiel, palabras de esperanza y obras liberadoras. La evangelización es don y responsabilidad. Es participación, por el Espíritu Santo prometido, de la misión reveladora, restauradora y santificadora del Hijo. La plenitud de Cristo es mi destino, pero también el tuyo y de aquel y el de todos los seres humanos que caminamos sobre la tierra. Urge que todos se reconozcan hijos infinitamente amados y destinados a participar de la gloria del Viviente, de ser plenamente humanos, de sumirnos en la dinámica del amor intratrinitario, de ser perpetua alabanza: ¡Bendito sea Dios, Padre de Nuestro señor Jesucristo!

Rafa Chavarría

Lo primero que me llama la atención del quinto capítulo del Apocalipsis es el llanto de Juan. El que está sentado en el trono sostiene un libro, en realidad un rollo escrito por delante y por detrás. Pero nadie puede desenrollarlo y leerlo, pues está sellado de modo perfecto (siete sellos). El contenido del libro es misterioso. Juan llora porque nadie, ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra podía abrir el libro y leerlo. Parece que el rollo fuera un testamento que contendría la voluntad última de Dios sobre la Creación y la Historia, el momento cumbre y definitivo hacia el que va guiando toda su obra. Juan llora porque la pregunta sobre el sentido de la existencia humana no tendrá respuesta si el libro permanece cerrado. Si el hombre no es capaz de responder a esa pregunta, la vida se convierte en un empeño, tan desesperado como inútil, de lograr objetivos más o menos artificiales que justifiquen nuestro paso por el planeta. También hay quienes concluyen que la historia es un caos en el que simplemente se lucha por sobrevivir, pero que no tiene razón de ser y carece de orientación. Son aquellos que, deprimidos, se entregan a cualquier exceso que les saque directa y rápidamente de una existencia carente de valor. Es posible autoengañarse creando un mundo de seres superiores capaces de salvar al ser humano de sus precariedades y alzarlo a un paraíso a la medida de sus expectativas. Hoy etiquetamos estas falaces soluciones ante la misteriosa pregunta sobre el sentido de la existencia con palabras como materialismo, hedonismo, nihilismo, gnosticismo, etc.

Pero hay alguien capaz de abrir el libro, uno cuya vida ha dado respuesta cabal a la pregunta sobre el sentido. Uno de los ancianos consuela a Juan: No llores. ¿No ves que ha salido victorioso el león de la tribu de Judá, el retoño de David? El desenrollará el libro y romperá sus sellos. Entonces se secan las lágrimas de Juan, y ve en pie un cordero con señales de haber sido degollado. El cuarto evangelista había puesto en boca del primer testigo de Jesús, Juan el Bautista, las palabras: Ahí tenéis al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Jn 1, 29. Y el testigo de la muerte de Jesús había declarado: Todo esto ocurrió para que se cumpliese la Escritura que dice: No le quebrarán ningún hueso, Jn 19, 36, aludiendo a la víctima de la Pascua (Ex 12, 46; Nm 9, 12). El Apocalipsis reconoce que el único digno de responder a la pregunta sobre el sentido de la Creación y la Historia es el heredero de David, el rey escatológico que ha vencido al pecado y a la muerte. Pero no ha vencido con espada en mano, sino entregando su vida fielmente al plan de Dios, llevando a cumplimiento el proyecto creador sobre el hombre.

La muerte y la resurrección de Jesús constituyen a la humanidad en pueblo sacerdotal, hombres y mujeres capaces de alcanzar la plena hominización mediante el ejercicio de una libertad responsable frente a los poderes falaces que los esclavizan y los arrastran hacia la muerte. La biografía de Jesús es la respuesta. Desde la Pascua, todo ser humano puede vivir animado por la esperanza de su realización personal y responder a los retos de la vida adecuadamente. La humanidad ha dejado de ser un puñado de ciegos que tantean posibilidades, tropiezan, se devoran unos a otros y caen en el abismo de la desesperación, para ser una comunidad litúrgica que alaba llena de gozo al único Señor, se rige por la ley del servicio mutuo, discierne con sabiduría los caminos de Dios y los sigue. Contemplo al Cordero degollado y puesto en pie en medio del trono del Sin Nombre, y canto con todas las criaturas del cielo y de la tierra, las que estaban debajo de la tierra  y en el mar: ‘Alabanza, honor, gloria y poder por los siglos sin fin al que está sentado en el trono y al Cordero’. Y me postro en profunda adoración ante el Cordero, que es el rostro visible y humano de Dios, el hombre perfecto, la medida y la esperanza de mi propia plenitud.

Rafa Chavarría

Seguimos a Jesús por toda Galilea. Puede decirse que nuestra sede central es Cafarnaún, pero hemos recorrido todas las aldeas que se levantan en torno al lago, incluso las de la otra orilla, las de la pagana Decápolis. Estamos contentos de seguir a Jesús. Es un auténtico maestro que habla del Dios que se acerca a los que más sufren. Y no habla como los escribas y fariseos, repitiendo las tradiciones de los antiguos, sino con autoridad y una frescura que nos encandila a todos. La palabra de Jesús tiene la autoridad de los antiguos profetas, pues es eficaz y fuente de vida. Hemos visto cómo los demonios salían de sus poseídos con sólo ordenárselo él. Le hemos visto curar con una palabra o un gesto a leprosos, a personas con fiebre, a una mujer que sufría hemorragias desde hacía años… Calmó una tempestad con sólo alzar la voz y, con un susurro, levantó de la muerte a la hija del jefe de la sinagoga. Jesús nos habla del Reino de Dios con cuentecillos que todos entendemos, porque somos campesinos que sólo entienden de semillas, siembras y cosechas.

Jesús ha entrado hoy en su pueblo, en Nazaret. Es un pueblo corriente, como todos los de Galilea. Está algo apartado del lago, pero poco a poco hemos llegado hasta él. Es sábado, y Jesús, siguiendo su costumbre, se encamina a la sinagoga. Nosotros le seguimos. Jesús ha llegado a Nazaret con fama de maestro y taumaturgo. Estoy seguro de que sus paisanos le recibirán como a un triunfador y le nombrarán hijo predilecto del pueblo. Jesús toma el rollo de la Ley y lee con esa manera tan suya de identificarse con las palabras del Altísimo, bendito sea su nombre. Y comenta el texto que acaba de leer. La gente se asombra de su sabiduría, pero deja pronto de prestar atención. Veo miradas bajas y oigo cuchicheos: ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María? Tengo la impresión de que sus paisanos no se fían de Jesús. De pronto, Jesús se calla, echa una mirada en torno suyo y dice: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y conocidos. Aquel que era reverenciado por muchos galileos sale de la sinagoga de su pueblo con cara de extrañeza. Más adelante oiría comentar que esa extrañeza se había debido a que no había encontrado fe entre sus paisanos.

Si me detengo a pensarlo un poco, en seguida me doy cuenta de que la actitud de los paisanos de Jesús es muy humana y muy común. Es difícil creer que esa persona con la que hemos convivido durante años, de la que tenemos un perfecto conocimiento, se comporte un día de un modo nuevo. En el fondo, sólo creemos en nuestra perspicacia y, además, somos incapaces de aceptar que alguien al que catalogamos como un tipo corriente sobresalga de alguna manera y se le aprecie más que a nosotros mismos. Somos incapaces de mirar a los demás sin prejuicios, con la mirada limpia del niño que acepta al otro como se le presenta y se relaciona con sinceridad. Yo ya tengo a mis espaldas muchos desengaños y demasiadas equivocaciones. Tengo miedo de que me hieran y calculo qué rasgos de mi personalidad mostrar y cuáles esconder. Mis relaciones no son de persona a persona, sino de imagen a imagen. Necesito controlar mi entorno, por eso reduzco al otro a un esquema y mantengo los ojos bien cerrados ante posibles novedades. No puedo permitirme sorpresas, porque tendría que restructurar la imagen que tengo del otro y experimentar nuevos modos de relación. Y prefiero negar la evidencia antes de explorar un paisaje que destroce mis seguridades.

Soy un seguidor de Jesús. Me gustan las palabras del Maestro, que dan sentido a mi vida y me llenan de esperanza. Me alegran las obras del Taumaturgo, que liberan del diablo, la enfermedad y la muerte. Sigo a Jesús porque me aporta algo que me hace sentirme bien y me reconcilia con lo humano. Hablo de Jesús destacando ciertos detalles de su personalidad y de sus actividades, los que más sintonizan con mi sensibilidad y mis necesidades. Tanto seguir a Jesús, contemplarlo, escucharle, estudiarlo, interpretarlo y hablar de él, han hecho de mí un experto. Pero ser un experto sólo significa que tengo una idea muy clara de él, un retrato que me sirve para manejarme. Entonces surge la pregunta, ¿en qué medida mi conocimiento de Jesús es completo y conforme a la verdad? Es posible que si tuviera que contestar a la típica pregunta: ¿Quién es Jesús para ti?, la boca se me llenara de títulos: Hijo del hombre, Hijo de Dios, Maestro, Amigo, Esposo de la Iglesia… Palabras, palabras y más palabras. Pero el Jesús que describo con palabras no es el real. Necesito mirarle a los ojos, esos ojos de fuego que iluminan toda verdad y comunican el amor de su corazón, sin prejuicios y sin temores. Necesito entrar en contacto con él, encontrar lugares y tiempos para estar a solas con él y escucharle y hablarle y dejarme querer y quererle.

Releo lo escrito hasta ahora. He utilizado una serie de términos curiosos: idea, imagen, esquema, palabra, retrato. Todos ellos remiten, en el contexto de las relaciones con Dios, al término ídolo. Todos los pecados de Israel se reducen a la idolatría, a construirse diosecillos mudos a los que se atribuye haber elevado a rango de ley los intereses y caprichos del pueblo. El verdadero Dios está por encima de toda imagen y es soberano, absolutamente libre e inmanipulable. Dios me ha creado y ha gravado su ley en mi corazón. Dios se me ha revelado y me ha indicado en muchas ocasiones el camino de mi libertad y mi realización personal. Pero yo prefiero los ídolos, mis ideas y mis propios proyectos. Yo, como Adán y Eva, quiero calificar las cosas y a las personas de buenas o malas, según obtenga una satisfacción personal o no. Yo, como Israel se rebelaba constantemente contra el Dios de la Alianza, me rebelo contra Jesús, interpretando su Evangelio y las mociones de su Espíritu a mi manera. Yo le digo a Jesús lo que quiero oír y al Espíritu el camino que me apetece seguir. Sin duda, soy un fabricante de  ídolos y el Padre puede tacharme con todo derecho de rebelde, testarudo y obstinado.

Rezo el salmo 122: A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. A ti, que habitas más allá de mi roma inteligencia y sondeas mis entrañas y mi corazón. A ti, que conoces infinitamente mejor que yo los miedos y los deseos que se agitan en mi interior. ¡Líbrame de ellos! ¡Purifica mi corazón! Vacíame de todo lo que no eres tú y lléname de ti. Misericordia, Señor, misericordia. Reconozco, como lo hacía Pablo, mi debilidad, mi inseguridad, mis desconfianzas. Que alcance la sabiduría que regalaste al apóstol y asuma en mi vida la paradoja: Cuando soy débil, entonces soy fuerte. Te he seguido por los caminos polvorientos de Galilea. He escuchado tus parábolas y he visto tus obras liberadoras. Misericordia, Señor, misericordia. No permitas que te convierta en un ídolo ni acomode tus enseñanzas a lo me apetece escuchar. ¡Sorpréndeme! Sana mi ceguera y dame una mirada de niño. Destruye mis desconfianzas y capacítame para comportarme con sinceridad, naturalidad y libertad. Libérame de mis inseguridades y de mis planes, que confíe en ti y a ti me abandone. Permíteme terminar rezando el salmo 131: Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.

Rafa Chavarría

Estoy leyendo los versículos del evangelio de Mateo que se proclaman en la misa de la  Solemnidad de San Pedro y San Pablo. No quiero perderme estudiando las personalidades tan dispares de los dos apóstoles ni las diversas misiones a las que el mismo Señor les envió. Sólo quiero escuchar el diálogo que Jesús mantuvo con sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo. Imagino a Jesús sentado y rodeado de sus discípulos. Una escena común en la época. Muchos rabinos judíos y filósofos griegos enseñaban al aire libre, envueltos por un ambiente bucólico y sereno. Jesús arroja una pregunta al centro del corro: ¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre? Los discípulos contestan que la gente le tiene por un profeta. La gente sabe de Elías, de Jeremías, de Juan Bautista… y, viendo los signos que realizaba Jesús y sus palabras de esperanza, lo reconocen como un enviado del Dios de la Alianza para su momento histórico concreto.

Jesús continúa preguntando: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Silencio, que a nadie le gusta comprometerse. Imagino a los discípulos buscando en su cerebro la respuesta correcta. Aquello era un examen sorpresa, una trampa que el Maestro les tendía sin avisar. Pedro tomó la palabra, lo que interpreto como que habla en nombre de toda la clase, como si diera voz a los pensamientos de todos. Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Le doy vueltas a la frase, la rumio. La gente veía en Jesús un eslabón de la larga cadena profética de Israel. Pedro le reconoce como el Mesías, algo así como el profeta y rey escatológico, un nuevo y definitivo David. Es un paso más respecto a la opinión de la gente. Pero Pedro añade: el Hijo de Dios vivo. Resultan llamativas estas palabras en boca de Pedro. Mateo las había puesto en labios del tentador (Mt 4, 3.6) y de los endemoniados (Mt 8, 29). Sólo en una ocasión las pronuncian los humanos, cuando Jesús camina sobre las aguas y sujeta a Pedro que teme por su vida (Mt 14, 22-33). Las palabras Hijo de Dios no aparecerán ya hasta que las pronuncie el sumo sacerdote cuando indaga las pretensiones de Jesús, tras su prendimiento en Getsemaní (Mt 26, 63).

El tentador, los endemoniados, los pasmados ante el que domina el abismo, el sumo sacerdote, que es el puente de unión entre Dios y el pueblo, son los que llaman a Jesús Hijo de Dios. Este no es un título cualquiera, viene de lo alto, es un título de revelación: Este es mi hijo amado, se oyó decir a una voz del cielo, Mt 3, 17. Jesús así lo afirma; más aún, reconoce en Pedro a un bienaventurado, alguien agraciado por un conocimiento superior: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. La pregunta ¿quién es Jesús para ti?, es recurrente en nuestras catequesis y clases de religión. Los niños y los adolescentes suelen contestar que Jesús es su amigo, hasta su mejor amigo. Los adultos contestamos con frases del catecismo, ya que somos muy leídos. Y, hablando del catecismo, me pregunto si yo soy de los que, movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre, creemos y confesamos a propósito de Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’, CEC 424. Lo que me lleva a descender a mis abismos interiores y preguntarme cuál es mi verdadera fe.

Jesús sigue hablando: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Esta piedra, más bien cimiento rocoso, es la confesión que Pedro acaba de hacer movido por el Padre. La Iglesia no se edificará sobre la persona del apóstol, frágil como toda persona humana, sino sobre el conocimiento que ha alcanzado de Jesús por revelación del cielo, sobre su fe. El tercer evangelista introduce un diálogo entre Jesús y Simón que no recogen ni Mateo ni Marcos. Jesús, antes de predecir las negaciones, advierte a Simón sobre la prueba que le espera, y añade: pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos, Lc 22, 32. Pedro anticipa en Cesarea la fórmula de la fe pascual por revelación del Padre, pero no alcanza a entender su verdadero significado. De hecho, Jesús prohíbe hablar de ello, y les declarará que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho, Mt 16, 21. En cuanto Pedro oye hablar a Jesús de sufrimiento le reprende: ¡No te sucederá eso! Y Jesús lo expulsa de su lado como al mismísimo tentador: ¡Apártate de mí, Satanás! En Cesarea, Pedro recibe del Padre la gracia de la fe como si de un grano de mostaza se tratara. Pedro tendrá que vivir el invierno de su fracaso en Jerusalén y ser sorprendido por la primavera de la victoria de Jesús, para poder afirmar con plena lucidez: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

Según la segunda obra de Lucas, Pedro concluye su primer discurso a la multitud, diciendo: Tenga, pues, todo Israel la certeza de que Dios ha constituido señor y mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado, He 2, 36. La incipiente fe de Cesarea ha crecido y ha florecido. El Espíritu, como sol de verano, lleva la fe de Pedro a su madurez y la hace fructificar: Y los que acogieron su palabra se bautizaron; y aquel día se agregaron unas tres mil personas, He 2, 41. Ahora, sí es la fe de Pedro el cimiento de la comunidad y la referencia obligada de todos los creyentes. Ahora, sí puede cantar la Iglesia, apiñada en torno a Pedro: Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él, Sal 34.

Rafael Chavarría

Leo las lecturas de la misa de este domingo. Todos los domingos celebramos la Pascua del Señor (y todas las eucaristías), la victoria definitiva de la vida sobre la muerte y la del bien sobre el mal. Hoy la perícopa evangélica y el fragmento del libro de la Sabiduría revelan y exaltan esta victoria. Hoy, de una manera especial, la Iglesia celebra al Dios de la vida y del bien: Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables. El último libro del Antiguo Testamento retoma con un estilo sapiencial lo que ya afirmaban el himno sacerdotal del Génesis: En el principio creó los cielos y la tierra…Y vio Dios que todo lo que había hecho, y todo era muy bueno. Dios dio vida al pueblo de Israel, sacándole del seno de una pareja estéril (cfr. Gén 15) y lo protegerá de la extinción contra egipcios y filisteos, asirios y babilonios, griegos y romanos. El Dios de la Alianza es un Dios siempre fiel a la vida y al bien.

Sin embargo siento que vivo en medio de multitud de amenazas. Las criaturas del mundo son saludables, pero tengo la impresión de que el poder del Abismo, la muerte, domina sobre la tierra. Abro el periódico y leo noticias de hambrunas, guerras civiles, asesinatos por encargo… Veo abortos, infanticidios, jóvenes muertos, adultos y ancianos. Constato también la destrucción psicológica, sociológica y moral de muchos, que no deja de ser una primera muerte. Y surge la pregunta, ¿por qué? Las Escrituras contestan a su manera, con su lenguaje mítico: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Releo los primeros capítulos del Génesis: La serpiente, el más astuto de todos los animales del campo que Dios, el Señor, había hecho…, 3, 1ss. Y, más adelante, deja bien claro cuál es el pecado radical del ser humano: Desear e intentar ser dios sin Dios. El autor sagrado pone en boca de la serpiente la tentación radical: ¡No, no moriréis! Dios es un ser celoso de su poder y odia la competencia, pero si afirmáis vuestros deseos, si os dejáis llevar por lo que os pide el cuerpo seréis como dioses.

No sabría decir dónde oí o en qué documento leí la palabra egoísmo, con la que el Papa Benedicto XVI sintetizaba en el lenguaje de nuestra cultura las enseñanzas de las Escrituras sobre la razón del mal y de la muerte. Egoísmo es sentirse el centro del mundo, un dios a cuyos caprichos todos deben servir, aun a costa de su propia vida y felicidad. Egoísmo es todo lo contrario a lo divino, que se caracteriza esencialmente por salir de sí y engendrar y conducir a los vivientes a la plenitud de ser: Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser. Egoísmo es la afirmación del propio yo frente al tú, la dinámica antitética del amor. Sé que estoy lleno de miedos y desconfianzas, por eso tiendo a afirmarme a mí mismo, buscando mi supervivencia y la satisfacción de mis necesidades a costa de lo que sea y de quien sea. No entiendo la paradoja del amor: Olvidarme de mí para vivificar al otro y rencontrarnos juntos en el banquete del Reino que preside el Dios Amor: Bien sabéis lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su pobreza, os hagáis ricos.

Estamos en Galilea, a orillas del lago. Jesús no para de proclamar el Reino y de librar a la gente de la enfermedad y del diablo. Cuando parece que quiere retirarse a descansar, le aborda un tal Jairo, un jefe de la sinagoga. Jesús se olvida de su cansancio y echa a andar con él, porque su niñita está en las últimas y confía en el poder taumatúrgico del Maestro. Pero la enfermedad termina en muerte: No temas, basta que tengas fe. Y Jairo cree, y su hija se levanta, signo, anticipo y participación de la resurrección de Jesús. Y yo, ¿creo? No sé, me parece todo esto tan ilógico. Muertos que se levantan llenos de vitalidad, que echan a andar y se comen un buen plato de cocido… El evangelista apunta que la niña tenía doce años. Esta es la cifra de la mayoría de edad en Israel. La hija de Jairo ha entrado en la edad adulta, en la edad de la libertad y de la capacidad de discernir por sí misma la voluntad de Dios, sin tutores. Yo sigo enredado en disquisiciones racionalistas, como los que llevaron la noticia de la muerte de la muchacha a su padre. Quizá porque prefiero vivir en un entorno que yo domine, porque me considero un dios y necesito un mundo a mi imagen y semejanza. Aunque este mundo mío esté condenado a cerrarse sobre mí mismo y asfixiarme. Quiero creer lo que afirma el sabio: Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser. Y quiero creer la afirmación de Pablo: Cristo nos ha liberado para que seamos hombres libres, Gál 5, 1.

Rafa Chavarría

Noche de San Juan. Noche de hogueras, pólvora y danzas en la pradera. Tiene regusto pagano esta noche y, sin embargo, la Iglesia entra en ella celebrando las primeras vísperas de la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista. Lucas, con el estilo colorista del midrash, subraya la importancia de la persona de Juan para los tiempos escatológicos que inaugura Jesús. Isabel es estéril, como lo era Sara, y Zacarías es un anciano, igual que Abrahán. Ambas parejas tienen un hijo por la palabra y la obra del Dios de la Alianza. El Señor visitó a Sara como había dicho, y cumplió en ella cuanto había anunciado. Sara concibió y dio un hijo a Abrahán ya en su vejez, en el tiempo predicho por Dios, Gén 21, 1-2. Y Abrahán puso nombre a Isaac, como, más adelante, lo haría Zacarías con Juan. Y hubo risas en la tienda de Abrahán y cánticos de alabanza en la casa de Zacarías, porque el Señor les había hecho una gran misericordia.

Lucas quiere que el lector reconozca que la mano del Señor estaba sobre Juan y se pregunte: ¿Qué va a ser este niño? Su padre, lleno del Espiritu Santo, profetizó, dando cabal respuesta a esa pregunta: Y tú niño serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos… Entre el nacimiento de Isaac y el de Juan, hay toda una historia, la biografía del pueblo de Dios. Son siglos de permanente diálogo, unas veces amistoso y otras, tenso, entre Dios e Israel. Contemplo a Juan como el prototipo del pueblo. Vaga por el desierto antes de cruzar el Jordán e iniciar su misión profética, la llamada a la fidelidad a la Alianza, a la condición de verdaderos hijos de Abrahán, cfr. Lc 3, 1-14. Juan es la voz que llama a la conversión y congrega a las ovejas de Israel para presentarlas al Señor, el único y verdadero pastor de Israel. Juan, como Moisés atisbó desde el Horeb la tierra prometida que nunca pisó, contempla el reino de Dios desde la cárcel: Os aseguro que no hay hombre alguno más grande que Juan; pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él, Lc 7, 28.

Juan es un profeta recio de rasgos ascéticos. No es una caña zarandeada por el viento ni un cortesano de buen comer y mejor vestir, cfr. Lc 7, 24-27. Es un trasunto de Elías. No le duelen prendas a la hora de denunciar los crímenes de los reyes y asume su encarcelamiento como consecuencia de su fidelidad a la misión que Dios le confiara, cfr. Lc 3, 19-20. Juan es un sabio, pues sabe quién es y no pretende pasar por lo que no es. Él no es el mesías profetizado por Isaías (7, 14), ni el pastor que anunciara Ezequiel (34, 11) y menos el esposo del que hablara Oseas (2, 18). Juan se reconoce como el que precede al que bautizará con Espíritu Santo y con fuego, Lc 3, 16, al juez escatológico que separará el grano de la paja, al mesías de Israel, a su pastor y esposo. Leo y releo los textos en que Lucas habla de Juan. Me vienen a la boca las palabras del sabio: ¡Qué terrible eras, Elías!, Si, 48, 4. Las repito con admiración mientras pasan por mi imaginación las escenas que he leído en el tercer evangelio: La anunciación de Juan y su nacimiento. Su preparación en el desierto hasta que se manifestó a Israel. Su voz, que encaraba a todos con la verdad del propio corazón. Su sinceridad acerca de sí mismo y sobre Jesús. Y su prueba.

La noche de San Juan es hoguera, probablemente de origen pagano, pero para nosotros, los que escuchamos la Palabra en los textos evangélicos, es crisol, hoguera purificadora. Contemplo a Juan en una de las mazmorras del palacio de Herodes. Apenas luz, no más que un mendrugo de pan de centeno y unos sorbos de agua, ninguna higiene, mucha soledad y mucho tiempo para pensar. Contemplo a Juan rememorando su vida y preguntándose por su sentido. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel le había escogido desde el vientre materno y él le había obedecido, preparándole un pueblo bien dispuesto y señalando a Jesús como el que tenía que llegar. Pero las noticias que le llegan de Jesús, no cuadran con la idea que él tenía del mesías, del juez escatológico, poderoso y terrible: Tiene en su mano el bieldo para aventar su parva, llevar el trigo a su granero y quemar la paja en fuego que no se apaga, Lc 3, 17. El fuego no había empezado a arder. ¿Se había equivocado? Y traslada su pregunta a Jesús por medio de dos de sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?, Lc 7, 20.

¿Cuántas veces me pregunto, como Juan, si estaré equivocado con respecto a Jesús? Me asomo al mundo y descubro las mismas injusticias y lágrimas, los mismos horrores que ha sufrido la humanidad desde Atapuerca. ¿Es cierto que el fuego del Espíritu arde en los corazones, transforma nuestras relaciones sociales y nos conduce por sendas de progreso hacia la plenitud de una humanidad nueva? Jesús me hace caer en la cuenta de que los ciegos ven, los cojos andan… se anuncia el evangelio a los pobres, Lc 7, 22. Necesito hacer un esfuerzo de búsqueda y concentración. Necesito aprender a ver las diminutas y bellas violetas del reino entre la hojarasca y la maleza de la aldea global, esos sencillos gestos de amor que proclaman: Jesús es el Señor. Jesús dirige mi mirada hacia esos signos que gritan: el reino de Dios ha llegado a  vosotros, Lc 11, 20 y me advierte, paradójicamente con una bienaventuranza: ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!

Cierro el evangelio de Lucas y oro: Señor Jesús, tú sabes que yo sí soy un junco que se bambolea en cuanto sopla la más mínima brisa. Tú sabes que, aunque no viva en un palacio, los fastos del mundo, sus éxitos y vanidades, atraen mi mirada y despiertan mi deseo. Tú sabes que me cuesta reconocer los signos de tu presencia. Tú sabes de mis dudas, mis miedos y desesperaciones. Tú me sondeas y me conoces. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, que inmenso es su conjunto. Mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno, Sal 139.  Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. San Juan bautista, ruega por nosotros.

Rafa Chavarría

El libro de Job es un libro protesta. Su autor cuestiona la respuesta tradicional en Israel sobre el sufrimiento. El pueblo de la Alianza reconocía en su sufrimiento la inevitable consecuencia de sus infidelidades. Dios colmaba de bendiciones al pueblo cuando vivía según sus mandatos. Pero si la idolatría y la injusticia se convertían en prácticas habituales, Israel sufría la maldición de Dios, toda suerte de calamidades. El autor del libro de Job es un sabio que mira la Creación y la Historia sin prejuicios y constata que la relación pecado-sufrimiento no siempre funciona. Muchos hombres fieles a la Alianza, que viven conforme a la Torah, sufren y es legítimo preguntarse por el sentido de ese sufrimiento. Por el contrario, la bonanza sonríe a muchos idólatras y explotadores. El anónimo autor plantea la cuestión y reflexiona desde su fe, pero no encuentra respuesta. Sólo le queda claro que la respuesta tradicional a la pregunta sobre el sufrimiento del justo no es correcta, y acaba por reconocer que la verdadera explicación se encuentra en la sabiduría de Dios, cuyo misterio es insondable para la inteligencia humana: ¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas?, Job 38, 1ss.

En la mesa de la Palabra de este domingo, la Iglesia nos invita a paladear una perícopa tomada del libro de Job. Está tomada de los poemas que Dios dirige a Job y sus amigos, pero no versa sobre el tema principal del libro. En estos versículos, Dios se revela en la tormenta como el creador y dominador del mar. ¿Por qué la Iglesia nos presenta en la mesa de la Palabra de este domingo este texto? La clave de lectura la encontramos en el plato principal: el evangelio. Leo: Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen! Contemplo la escena. Jesús y sus discípulos cruzan en barca el lago de Genesaret. Atardece. La jornada había sido agotadora para Jesús, que se duerme, rendido, en la popa. Se desata una tormenta y los discípulos despiertan al Maestro: ¿No te importa que nos hundamos? Jesús les reprocha su falta de fe, sus miedos, su desconfianza, e increpa al viento y al lago: ¡Silencio, cállate! Y amaina. Los discípulos, espantados, se preguntan: Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen! Ahí queda la pregunta, sobrevolando las aguas del lago. El evangelista no la contesta, pero la Iglesia apunta hacia una respuesta con las palabras que pronuncia Dios según el libro de Job: Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas.

La escena tiene fuerza. Jesús se me revela como investido con el poder de la divinidad. Marcos continúa su relato en la región de los gerasenos. Jesús sigue mostrando su poder sobre los poderes contrarios a Dios, increpando, como increpó al viento, a los espíritus malignos, a las enfermedades y a la muerte. Me entusiasma este Jesús poderoso y generoso con los que somos débiles, que no descansa de su trabajo liberador, que dibuja sonrisas en los rostros y despierta agradecimiento en los corazones. Este Jesús me entusiasma y rezo con confianza el salmo 106: Gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación… En verdad Jesús me ha librado en muchas ocasiones de situaciones de angustia. Os invito con el salmo: Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Feliz, sigo a Jesús por los caminos de Galilea.

Pero todavía no he leído la segunda lectura de la misa de este domingo 12º del tiempo ordinario. Voy a ello. Me llama la atención que Pablo reconozca que hubo un tiempo en que juzgó a Cristo con criterios humanos. Supongo que alude a su etapa de perseguidor de la Iglesia naciente. Me siento inquieto ante esta confesión de Pablo. Yo no rechazo a Jesús, pero ¿le juzgo correctamente o con criterios humanos? Para mí, ¿ha pasado lo viejo, ha llegado lo nuevo? Si creer en el Jesús investido de poder divino que me ha revelado la perícopa evangélica, es vivir con Cristo, ciertamente me ha alcanzado lo nuevo, soy una creatura nueva. Soy discípulo de Jesús, un seguidor suyo. ¿Seguidor? El texto paulino afirma tres veces que Cristo murió por todos. ¿Por qué habría de morir Jesús para hacer de todos creaturas nuevas? El, que con su sola palabra dominaba las tempestades, los espíritus malignos, las enfermedades y la muerte. Mi entusiasmo anterior va apagándose poco a poco. Si Jesús, para responder a la pregunta: ¿Quién es éste?, necesita morir, yo, su seguidor, ¿tendré que morir como él para encontrar la verdadera respuesta?

Decía que la pregunta sobre la identidad de Jesús había quedado suspendida sobre las aguas del lago, pero si sigo leyendo el evangelio de Marcos encuentro la respuesta en Mc 14, 61-62: Yo soy el hijo del Bendito, y en Mc 15, 39: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios. Yo intuía que Jesús estaba investido con el poder de la divinidad, y no me equivocaba. Ahora, a los pies del crucificado, aquella intuición se convierte en verdad clara y distinta. Ahora comprendo la afirmación de Pablo: El que vive con Cristo es una creatura nueva. Sí, Jesús, fiel al Padre y, por tanto, a sí mismo, asumió la tribulación, la angustia, la crucifixión, para revelar su ser Hijo de Dios y mostrar su poder. Ahora sé que Jesús es el Señor de la vida, porque la muerte no ha podido devorarlo. Ahora sé que es el Primogénito de una Nueva Creación y rige la Historia con el poder de su Espíritu, que infundido en el corazón de nosotros los creyentes nos hace creaturas nuevas y nos capacita para seguir al Maestro por la muerte hasta la gloria. Y ahora, dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres

Rafa Chavarría

Recuerdo que yo era un muchacho de primaria, cuando me percaté de que en el alféizar de una de las ventanas de casa había una maceta con un palo seco clavado en la tierra. Era invierno. Intrigado, le pregunté a mi madre qué era aquello. Su respuesta fue: Pendientes de la reina. No la toques. En primavera florecerá. Me quedé mirando aquel palo, dudando que fuera un tronco vivo. Pero habrá que regarlo, insinué. Mi madre aprobó con un lacónico: Bien. He recordado esta anécdota infantil mientras leía mi Biblia, concretamente Marcos 4, 26-34: Dijo Jesús a la gente: ‘El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra…’.

 Este domingo, ya del tiempo ordinario; del tiempo en que no repican campanas de gloria por la encarnación o la resurrección ni la Iglesia vive en tensión hacia la Navidad o la Pascua; del tiempo de escuchar a Jesús como un discípulo, de contemplar sus signos sanadores y hacerme preguntas, de seguirle por los vericuetos que él crea convenientes, de compartir su cena como un compañero de camino. Este 11º domingo del tiempo ordinario Jesús me habla del reino con parábolas, con comparaciones, con metáforas: ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?

El reino es una realidad nueva. Es tan novedosa que nadie tiene referencias, ni desde la experiencia ni desde el conocimiento. El reino es el cumplimiento escatológico de la antigua promesa del Dios de los padres. El reino es el Israel definitivo en el que Dios es el Padre y los humanos, todos, sus hijos y hermanos entre nosotros. Pero estoy divagando. Jesús no se refiere a la naturaleza del reino en estas parábolas, tan sólo a su desarrollo: Un hombre que echa simiente en la tierra. Así comienza a instaurarse el reino, sembrando. Marcos presenta al comienzo de su relato a un Jesús que siembra la palabra y la salvación: Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el evangelio, Mc 1, 15; y en la sinagoga de Cafarnaún Jesús increpa al espíritu inmundo: Cállate y sal de él, y el espíritu le obedece, cf. Mc 1, 23-28.

Me paro a contemplar a Jesús sembrando el reino con su palabra salvadora. Marcos narra la historia de un sembrador paciente y confiado: La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. Pero este sembrador tiene prisa. Siembra con tesón y confianza, pero a la vez con prisa. Al Jesús de Marcos le urge llegar a Jerusalén, ¿por qué? Porque su predicación salvadora es tan sólo el prólogo de la auténtica siembra, la de sí mismo. La verdadera simiente, el auténtico grano de mostaza es él mismo. En tres ocasiones, cf. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34, Jesús declaró que el hijo del hombre tenía que morir y resucitar al tercer día, que es tanto como decir, con palabras del cuarto evangelista, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto, Jn 12, 24.

Me pregunto ¿qué me quiere decir este maestro mío, del que aprendo y a quien sigo? Lo mío es sembrar el Evangelio: Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras, 1 Co15, 3-4. Y esperar, como el sembrador de la parábola, que se acostaba confiado en el poder inmanente de la semilla, que germina y va creciendo sin que él sepa cómo. Esta espera no es ansiedad, pero tampoco es inactividad. Todo labrador sabe que la simiente necesita agua para brotar y desarrollarse hasta fructificar. Yo, siguiendo a Jesús, he de ser Evangelio vivo y proclamar la muerte y resurrección del Maestro, pero también he de ocuparme en regar la simiente con mi oración constante. Recuerdo que aquel invierno de mi infancia regué con frecuencia y perseverancia aquel palo seco del que mi madre decía era una planta que florecería en primavera. Así fue. Un día vi unos botones de color sonrosado. Más adelante, aquellos botones se abrieron en hojas verdes. Llegó junio, y aquel arbusto pujante de vida se cuajó de flores color fucsia, que colgaban como zarcillos de reina medieval. Mi madre tenía razón. Aquella estaca plantada en la tierra floreció, y nunca supe cómo; pero floreció. Mi madre es lista, pero Jesús es la Sabiduría. ¿No tendrá razón Jesús cuando nos enseña que el crecimiento del reino es más una cuestión de siembra, riego y confianza, que de reuniones, programas y ansiedades?

Rafa Chavarría

Estoy en una capilla del madrileño barrio de Chueca. Ningún paseante sería capaz de adivinar que detrás de la corriente fachadade una casa de vecindad existe una iglesia de estilo neogótico. Dicen que se construyó en una época en la que el gobierno de turno prohibía edificar iglesias. Alguien tuvo la inspiración de levantar una pared con sus ventanas y miradores al gusto de la época, pero construyendo en su interior un templo con su ábside, vidrieras e imágenes. En la ojiva central del ábside se ve una imagen de Dios Padre, más bien abuelo bondadoso de luengas barbas. Bajo él, una paloma de alas abiertas, el Espíritu Santo. Y, ya entre las columnas que sujetan el arco, se abre una hornacina en la que se yergue a tamaño natural la imagen de un Jesús que ofrece el pan partido, lo que me remite al episodio del camino de Emaús. Las tres figuras están rodeadas por nubes de color celeste, entre las que asoman cabezas y alas de querubines. No es extraño que el castizo pueblo de Madrid bautizara a esta capilla Cachito de Cielo.

Pero no estoy en Cachito de Cielo para estudiar el arte del siglo XIX, sino para escuchar la Palabra en esta solemnidad de Corpus Christi. Esta iglesia no se cierra ni de día ni de noche, porque el Señor Eucaristía está expuesto las 24 horas del día para que cualquiera pueda visitarlo, charlar un rato con él y adorarlo. Mientras contemplo la gigantesca Hostia, para los tamaños a los que estoy acostumbrado, que está a mi vista, leo el ritual de la Alianza en el libro del Exodo. Dios liberó a los hijos de Abrahán de la esclavitud de Egipto, y el pueblo, presidido por el sumo sacerdote, renovaba la Alianza cada año en el templo de Jerusalén. Un rito que recordaba y actualizaba aquel primitivo Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo. Un Dios comprometido en caminar con Israel y ser su Goel, su protector, y un pueblo que, agradecido, vivía según los mandatos de Dios. El ritual de la Alianza era un sacrificio que visualizaba la comunión, la armonía, la fidelidad entre el Señor e Israel. Un sacrificio que hacía sagrado al pueblo, que lo purificaba y lo introducía en la esfera de lo divino donde dialogaba con su Dios con familiaridad.

Pero en Israel nada era definitivo, tan sólo una prefiguración, un anticipo de la Alianza escatológica. El sumo sacerdote, el templo, la sangre de los machos cabríos y los becerros, la purificación y la sacralización del pueblo, eran realidades frágiles y caducas. La Alianza se renovaba año tras año porque Israel, en realidad, era Lo-Ammí, No mi pueblo, como denunciara el profeta Oseas 1, 8, porque vosotros no sois mi pueblo ni yo existo para vosotros. Dejo de leer y cierro los ojos. Me abismo en mi corazón. Me siento tan frágil como el Israel que desfallecía de hambre y sed en el desierto; que buscaba protectores tan débiles como él, cuando las hordas babilonias acampaban ante Jerusalén; que se sentía satisfecho de sí mismo en tiempos de bonanza. ¿El ser humano no tiene solución? ¿Estaremos condenados a partir una Alianza cada año para violarla en seguida y volverla a renovar al año siguiente? ¿No seremos nunca un pueblo verdaderamente sagrado y, por tanto, fiel? ¿Es imposible la perfecta comunión con Dios, disfrutar de una auténtica amistad con él?

No has querido sacrificios ni ofrendas, pero en su lugar me has formado un cuerpo. No te han agradado los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: Aquí estoy para hacer tu voluntad. Parece que alguien se hizo las mismas preguntas que yo y encontró las respuestas adecuadas. ¿Quién? Cristo, que ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. El recapitula y supera el antiguo sacerdocio, el templo y el altar, los animales del holocausto y la sangre de la Alianza. El desciende del seno del Padre para vivir según las leyes que el Creador grabó en el corazón humano, para vivir en permanente comunión con el Señor de la Historia y para comunicarnos  el Espíritu que le animaba desde antes de que el mundo existiese, a fin de que nosotros podamos ser definitivamente Ammí, pueblo mío, más aún, Rujama, amada mía.

Alzo los ojos y contemplo la figura de Jesús glorioso, ofreciéndome un pan partido. Debajo de la imagen está la realidad de la Hostia que Jesús ha consagrado por las manos de un sacerdote, al tiempo que decía: Tomad, esto es mi cuerpo. Siento hambre, hambre de este Pan de vida que me transforma en él y me capacita para vivir una vida verdaderamente humana, abierta a todo y a todos. Si me preguntáis: ¿Adónde se dirigió tu amor, para que lo busquemos contigo? Os contestaré: Mi amor ha bajado a apacentar su rebaño en los jardines. Yo soy de mi amor y mi amor es mío. El apacienta su rebaño entre los lirios. Disfrutemos del que nos ha amado hasta el extremo y dejémonos llevar por el Espíritu de la Nueva Alianza, por su Espíritu, a fin de que, tras buscarle en la noche y entre padecimientos, podamos proclamar sin interrupción: Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me tiene abrazada.

Rafa Chavarría.

No tendría más de diez años cuando mi madre me contó cierta historia. Erase una vez un santo obispo que vivía en una ciudad del norte de África. Era una época muy antigua, antes de que hubiera árabes por allí. El obispo, además de santo, era muy, muy sabio, y estudiaba las Sagradas Escrituras día y noche. Reflexionaba constantemente sobre la Palabra de Dios y quería entender todas las verdades que había en ella. Una tarde, el Santo Obispo le daba vueltas en su cabeza al misterio de la Santísima Trinidad, mientras paseaba por una playa solitaria. En aquellos tiempos lejanos, la gente no se tumbaba en la arena a tomar el sol ni surfeaba. En realidad san Agustín, que así se llamaba el santo y reflexivo obispo, no estaba solo en la playa, pues también había un niño. El santo se acercó al rapaz, y vio cómo recogía agua del mar en sus manos y la derramaba en un hoyo que había excavado. ‘¿Qué haces?’, preguntó. Y el niño respondió: ‘Estoy metiendo todo el mar en este hoyo’. San Agustín sonrió comprensivo y replicó: ‘Sabes que eso es imposible, ¿verdad?’ El niño no se lo pensó dos veces: ‘Tan imposible como que metas en tu cabeza todo el misterio de la Santísima Trinidad’, le espetó al obispo y, por supuesto, desapareció.

Hoy celebra la Iglesia ese misterio que inquietaba a San Agustín. Yo no soy tan inteligente y profundo como el santo obispo de Hipona, así que me voy a limitar a leer lo que dicen de él las lecturas que proclama la Iglesia en la Eucaristía de este domingo. Quiero leerlas en sintonía con el mismo Espíritu con el que fueron escritas. Más que leerlas, quiero oírlas de tu boca, Palabra eterna del Padre. Dios creó al hombre sobre la tierra. Me postro ante el todopoderoso vencedor del caos y las tinieblas. Tú has oído la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego. Sí, es cierto, y he sobrevivido. ¿Quién eres tú, que reparas en mí y me sales al encuentro y, siendo terrible, conversas conmigo a la hora de la brisa vespertina? ¿Eres padre, amigo, compañero de camino…? Repaso mi biografía personal y constato que una y otra vez renuevas en mí tu victoria sobre el caos y las tinieblas, librándome del dominio del faraón con mano fuerte y brazo poderoso, iluminando mis ojos con la verdad y derramando en mi corazón un amor sabroso y nutritivo. Sí, tú eres el lote de mi heredad y mi copa. Reconozco que eres el único Dios, allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra. Tú me quieres feliz, por eso pones ante mis ojos mi auténtica naturaleza, mis cualidades, tu proyecto creador sobre mí. Dicho con las palabras del Deuteronomio, me das a conocer tus preceptos y mandamientos. ¡Dame también discernimiento para reconocerlos y fortaleza para vivirlos!

Pablo grita tu nombre en su carta a los romanos: ¡Abba! Aquella pregunta que antes me formulaba: ¿Eres padre, amigo, compañero de camino…?, tiene en este grito cumplida respuesta. Tú, Dios creador y salvador, eres mi Padre. Ante esta revelación, el cuerpo no me pide postrarme, sino recogerme como un niño en brazos de su madre y dormirme escuchando los latidos de tu corazón. Somos hijos de Dios, deduce Pablo; y si somos hijos…, también herederos de Dios y coherederos con Cristo. Me invade una extraña sensación. Soy hijo y heredero de Dios, como todos. Por tanto todos somos coherederos. ¿Por qué subrayar que somos coherederos con Cristo? ¿Qué tiene de especial Cristo? Me temo que estas preguntas me alejan de mi propósito inicial: Seguir el consejo que mi madre me dio con la historia de San Agustín cuando era niño. Si me estuviera leyendo, mi madre me advertiría: ‘Ya has puesto en marcha la devanadera’. ¡Alto! Vuelvo a leer despacio la perícopa paulina: Hermanos: Los que se dejan llevar… Siento que mi mente se sosiega y se abre a la contemplación. Cristo, repito, Cristo, Cristo… Mis ojos se deslizan hacia el comienzo de Romanos 8. Cristo es el Hijo enviado por el Padre desde su mismo seno. El Padre todo lo hizo por medio de él, me creó y me liberó del yugo del faraón. Cristo es el primogénito de entre los muertos, es decir, el primero de una serie incontable de hijos rescatados de la muerte. Me siento como si estuviera en lo alto del monte con los once, y me postro ante Jesús, el Cristo, el Hijo.

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. La expresión ‘dejarse llevar’ me evoca deportes de riesgo como el ala delta o el parapente. Es necesario abandonarse a la fuerza del viento y dejarse llevar sin pretender un recorrido concreto, de lo contrario el deportista podría sufrir un accidente. El Espíritu de Dios es la máxima intimidad divina, la vida misma de Dios. San Pablo afirma que hemos recibido ese Espíritu, viento, agua, fuego, que se nos ha colado por todos los recovecos de nuestro ser y nos recrea como hijos del Padre y hermanos del Hijo. El Espíritu de Dios nos conduce por caminos de libertad hacia el Reino, la herencia de Cristo, hacia la gloria del Jesús resucitado. Pablo me advierte que el camino de la gloria es el mismo que recorrió Jesús, el lleno del Espíritu y siempre dócil a su impulso: Sufrimos con él para ser también con él glorificados. La presencia de Jesús entre nosotros es hoy tan real como la de hace dos mil años, aunque su manera de estar presente sea distinta. Entonces el Espíritu andaba por Israel en Jesús, hoy Jesús anda por el mundo entero en el Espíritu que anima a la Iglesia: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Mi pequeño cerebro, mucho más pequeño que el de San Agustín, apenas si se ha humedecido un poco con el conocimiento del misterio trinitario. Pero sí puedo afirmar que este misterio es la realidad más íntima de la Creación, del hombre y de la Historia, y su sentido. Disfruto de la ternura del Padre, de la contemplación de la gloria del Hijo y del sutil y firme impulso del Espíritu Santo. Este es mi testimonio con el que quiero atender el último mandato del Resucitado: Id y haced discípulos de todos los pueblos. ¡Dejaos llevar!

Rafa Chavarría.

La Iglesia se viste de rojo en esta solemnidad de Pentecostés. Del rojo de la sangre que contiene la vida y del fuego que acrisola, calienta e ilumina. Del rojo de las manzanas en sazón y de las mejillas de una niña enamorada. Del rojo del Espíritu del Padre y del Hijo. No es día para ceñir mi Lectio Divina al texto de la perícopa evangélica de la misa. Hoy abro mi ‘misalito’ y saboreo los tres textos del Nuevo Testamento y las oraciones que la Iglesia reza a lo largo de la Eucaristía de esta solemnidad.

Todos estaban reunidos en el mismo lugar. ¿Quiénes? La comunidad primitiva, formada por unas 120 personas (12 x 10, el nuevo Israel), y sabemos que entre ellas estaban los once a los que se sumará Matías, y están las mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de este. Una comunidad que oraba constantemente en íntima armonía. ¿En qué medida soy yo una de esas 120 personas? ¿Acaso mi vida se fundamenta en la fe en el Viviente y elevo mi oración al Padre común con todos ellos junto a la Madre de Jesús? Sinceramente, a veces voy a mi bola, como se dice ahora.

Lucas describe el descenso del Espíritu mediante una impresionante riqueza de símbolos. El Espíritu baja del cielo, del lugar donde Jesús está sentado a la derecha del Padre. El Espíritu es el regalo que me hace el Padre por el Hijo. ¡Dios mío, gracias, qué grande eres! El Espíritu es un huracán recio y retumbante que me zarandea como si fuera un junco. Me estremezco. Siento el mismo pánico que sintió Moisés en el Sinaí y yo, como él, me tapo la cara. El Espíritu es tremendo, es dýnamis divina que amenaza mi integridad física y mental. Pero es a la vez fascinante, porque es fuego, y su luz y su calor me atraen como si yo fuera una polilla volandera. Ven, Espíritu divino, Padre amoroso del pobre.

El Espíritu es fuego que consume y me transforma en sí mismo, en hoguera viva. Entra hasta el fondo del alma y enriquécenos. El Espíritu es también huracán que me impele y me arrastra por todos los rincones del planeta. ¡Oh Dios! Derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra. El Espíritu pone en mi boca su lengua de fuego y viento para hablar de las maravillas de Dios, con las que he sido agraciado y de las que soy testigo. Esta es mi misión y mi responsabilidad: Proclamar que Jesús es Señor, crucificado y vivo, y que su fidelidad revela que Dios es amor sanador, liberador y vivificante. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Leo en el prefacio de la misa de Pentecostés que el Espíritu, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia entera. El Espíritu aúna a los diferentes, a ti, a mí, a todos, sin destruir su identidad. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común, escribió Pablo a los de Corinto. El Espíritu es uno y multiforme. Mi naturaleza ígnea, vida nueva en Cristo, está dotada de cualidades que me sobrepasan, de Carismas. Ahora conozco por la Fe, amo por la Caridad y persevero por la Esperanza. No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Recuerdo la escena que se suele llamar El lavatorio de los pies, Y oigo a Jesús decir: Os he dado ejemplo para que os portéis como yo me he portado con vosotros. Esta es la dinámica del amor: El Hijo todo lo ha recibido del Padre, el Hijo me lo ha dado todo, yo lo doy todo a todos y todos me lo dan todo a mí, así se edifica la Iglesia, y la Iglesia todo lo devuelve al Padre a través del Hijo. Y este todo es la vida divina, el viento huracanado, el fuego ardiente, el Espíritu.

¡Oh Dios!, que has comunicado a tu Iglesia los bienes del cielo conserva los dones que le has dado, para que el Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza.

Rafa Chavarría

Después de haber cruzado el desierto cuaresmal constatando mi precariedad y convenciéndome de que sólo en Jesús podía hallar respuestas, viví el triduo pascual entre el desengaño de la crucifixión y el asombro de la resurrección. La realidad de que el crucificado está vivo sobrepasa toda mi capacidad de comprensión, pero también de aceptación. La Iglesia me ofrece cincuenta días para que mi fe se despierte del todo y mi corazón se abra a la maravilla.  Todavía continúo abriéndome al sol que nace de lo alto y empapándome del rocío de la mañana como una flor recién nacida, pues la cincuentena pascual no ha terminado. Todavía estoy saboreando los dones que me ha regalado el Viviente: el Espíritu, todo su amor, una nueva vida, una esperanza de plena y definitiva realización, la Iglesia, la Eucaristía, una alegría que nadie podrá arrebatarme.

Durante estas semanas no cesaban de venirme a los labios versículos de alabanza: Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres!, y también de acción de gracias: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. He disfrutado de una manera especial rezando el cántico de la Madre de Jesús: Proclama mi alma la grandeza del Señor… Pero ya atisbo el final del tiempo pascual. El domingo pasado, durante mi Lectio Divina ante el sagrario, me abismaba en la contemplación del amor que el Padre y el Hijo se profesan, y del cual yo participo. Pero la perícopa de Juan no sólo me hablaba del amor como un regalo pascual, sino también como una tarea y una responsabilidad: Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. En realidad es un doble mandamiento, o un mandato de dos dimensiones, porque Jesús había dicho unos versículos antes: Permaneced en mi amor.

Lo primero es la Pascua con sus dones, y es bueno pararse a disfrutar un tiempo de esta gracia y a alabar al Dios Trinidad por ella y a darle gracias porque ha mirado nuestra postración. Pero la Creación y la Historia de la Salvación no se consuman agraciándome a mí, sino a todos los seres humanos que, como yo, son creaturas e hijos en el Hijo por el Espíritu. La solemnidad de hoy, como el pasado domingo, también me  habla de un regalo que inmediatamente se transforma en tarea y responsabilidad: el Evangelio. Jesús dijo a los Once: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. Efectivamente, yo he recibido el don del Evangelio, he acogido con fe la buena noticia de la muerte y la resurrección de Jesús y esta noticia ha transformado mi vida. El Señor Jesús, leo más adelante, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Jesús ha vuelto al Padre sin terminar su tarea. ¿Acaso no fue enviado a todos para hacer de la humanidad entera un nuevo pueblo de Dios, la auténtica familia del Padre común?

Hace una mañana hermosa y estoy leyendo mi Biblia sentado en el balcón de casa. Cierro el Libro y repito en mi interior: Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Repito estas palabras una y otra vez, esforzándome en adentrarme en el misterio de esta desaparición de Jesús. Me doy cuenta de que me he puesto en pie, y levanto los ojos al cielo: Ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Me siento como si fuera un chopo plantado en medio de la llanura. Entonces resuena en mi cabeza una pregunta: ¿Qué haces ahí plantado mirando al cielo? Percibo una cierta ironía en estas palabras y vuelvo a sentarme. Abro de nuevo el evangelio de Marcos y leo: Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban. Jesús está en el Padre y está en sus discípulos, en mí. Jesús sigue proclamando la inminente llegada del Reino como lo hiciera en la Palestina del siglo I, pero de una manera distinta. Hoy su voz es la voz de todos los que han creído en él, la voz de la Iglesia, la mía también.

Señor Jesús, tú me has revelado el amor del Padre amándome hasta la muerte, y muerte de cruz. Haz de mí sarmiento siempre verde, que permanezca en tu amor y regale tu amor a manos llenas a todo el que se cruza en mi camino. Tú que vives y has soplado sobre mí el Espíritu y con él infinidad de dones, ábreme el oído como a un iniciado, dame a comer tu Palabra hasta que me ardan las entrañas, haz de mí un evangelizador que sepa llamar a la conversión y a la fe en el Evangelio a mis contemporáneos con los medios y el lenguaje de hoy.

Rafa Chavarría

Acabo de ver una de esas películas que las cadenas de televisión emiten las tardes de domingo para llenar minutos de programación. No sabría reproducir ni el título ni los nombres de sus protagonistas. Sí que puedo decir que desarrollaba el tópico tema: Chico conoce chica y chica conoce chico. Después de una serie de altibajos dramáticos, la pareja, envuelta en una atmósfera de colores pastel y con sonrisas de anuncio de dentífrico, se jura amor eterno. Miro el reloj. Son las siete de la tarde. Es una buena hora para acercarme a la parroquia y sentarme en un banco de la iglesia con mi Biblia. Estoy leyendo y orando el capítulo 15 de Juan; sus ocho primeros versículos me interpelaron sobre mi comunión con Jesús por la fe y el Espíritu. Veremos qué me dice la Palabra hoy.

La iglesia está en penumbra. Me siento delante del sagrario, que contemplo despacio; su puerta está decorada con la imagen de un cordero. Me parece el cordero que se describe en el Apocalipsis: Mostraba señales de haber sido degollado. Estoy en presencia del Señor crucificado y resucitado, del pan partido, del Jesús pascual. Mi cuerpo se relaja y mi mente se vacía. Abro mi Biblia por el capítulo 15 del cuarto evangelio: Como el Padre me ama a mí. Jesús se sabe y se siente amado por el Padre. En el capítulo anterior, Juan había puesto en boca de Jesús estas palabras: Yo amo al Padre, 14, 31. Siento que estoy ante el misterio más íntimo de Jesús y, añadiría, de la divinidad. Intento elevarme a la contemplación de este mutuo amor entre el Padre y el Hijo, pero me supera. Caigo de rodillas y tan sólo repito: El Padre me ama a mí y yo amo al Padre.

Me distraen las imágenes de la película que he visto un rato antes. No me extraña, su tema era el amor. Es cierto que la película no desarrollaba el tema, sólo lo iniciaba. El the end aparece en pantalla cuando a los protagonistas les queda toda una vida de amor por delante, de la que el espectador no llega a saber nada. Aquella pareja se relacionaba  con exuberancia de altibajos emocionales y ponían todo su empeño en mantenerse unida por temor a perder el placer que su relación les proporcionaba. Un amor demasiado hormonal para acercarme por él a la contemplación del amor entre el Padre y el Hijo. Vuelvo a centrarme: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida. Estoy leyendo el discurso de despedida de Jesús, que anticipa su gloria. Sé que la gloria en Juan es el retorno de Jesús al Padre a través de la muerte en cruz. Levanto los ojos al sagrario. Allí está la imagen del cordero degollado: Y dijo: ‘Todo está cumplido’. Inclinó entonces la cabeza y expiró, Jn 19, 30.

El crucificado. He ahí la revelación plástica de la naturaleza del amor: Vida entregada hasta la última gota para que yo viva. Rezo el versículo 6 del salmo 39: Cuántas maravillas has hecho, Señor Dios mío, cuántos planes en favor nuestro: nadie se te puede comparar. Jesús me muestra su amor al Padre cumpliendo fielmente la misión que el Padre le encomendó y el Padre me descubre su amor al Hijo devolviéndole por la resurrección la gloria que ya le había dado antes que el mundo existiese, cf. Jn 17, 24. Siento un incómodo cosquilleo. Jesús da la vida, toda su vida; esta es la medida de su amor al Padre. Y el Padre ¿acaso entregó toda su vida al Hijo? Si no fuera así, su amor no estaría a la altura del amor que le ha demostrado su Hijo. Todo lo que tiene el Padre es mío, Jn 16, 15. Esto afirma Jesús en el contexto de la promesa del don del Espíritu. A Juan le gusta usar términos de totalidad y plenitud  cuando habla de la relación del Padre y del Hijo. Ya en el prólogo leo: Todo fue hecho por ella y nada se hizo sin contar con ella. Vimos su gloria, la del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. De su plenitud todos hemos recibido bendición tras bendición. Y Juan llega a afirmar: Y la Palabra era Dios. Se me abren los ojos de par en par: El Padre entregó su vida entera al Hijo antes de que el mundo fuese, hasta el punto de que todo el Hijo es  vida del Padre. Esto es amor.

Este amor absoluto, la mutua donación de vida, es la fuente y el paradigma del amor de los que somos seguidores de Jesús: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Mis relaciones han de ser icono vivo de la relación del Padre y el Hijo. El me ha elegido, él me ha amado y me ha entregado con el Espíritu la vida divina para que yo también la entregue a todos aquellos que se cruzan conmigo en el camino. Pero me conozco. Soy demasiado débil y egoísta. Tengo una mentalidad mercantilista: si doy, quiero algún beneficio. Oigo a Jesús que me dice: Conviértete y cree en el Evangelio. Sí, necesito un cambio de mente y corazón. Señor, Cordero degollado y puesto en pie, Hijo amado y amante del Padre, impronta de su ser: Haz de mí cántaro que acoja tu vida y tu amor sin reticencias hasta que rebosen libremente para que el mundo crea, viva y ame.

Rafa Chavarría

El pasado mes de marzo tuve la gracia de participar en las Jornadas Bíblicas Verbum Domini en la parroquia Jesús de Nazaret de Madrid (para leer la crónica entra en la página Noticias). Varios biblistas comentamos los diversos capítulos de la exhortación apostólica. Mi ponencia se centróen los números 90-98, La misión de la Iglesia: Anunciar la Palabra de Dios al mundo. El Papa insiste en que el evangelizador es una persona de fe animada por el Espíritu que ha sido enviada por el Resucitado al mundo: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros, Jn 20, 21. La evangelización nace del Jesús creído, celebrado y vivido. He recordado aquellas jornadas mientras leía ese texto del cuarto evangelio que comienza así: Dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid…

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Pienso en mi vida y en mis correrías apostólicas. ¿En qué medida son auténticos frutos evangélicos? Dicho de otro modo, ¿hasta qué punto son fruto de comunión con Jesús y de vida en el Espíritu? Sólo puedo crecer en la fe, es decir, profundizar en el conocimiento experiencial de Jesús dedicándole tiempo. Sí, me ocupo de estudiar la Biblia, los textos en los que la Palabra se me revela, pero el estudio no conduce necesariamente al conocimiento. Estudiar es recopilar datos, analizarlos, relacionarlos y dar razón de ellos, hallar sus causas y su sentido. Pero si quiero conocer a Jesús, necesito vaciarme de todo prejuicio, tanto mental como afectivo, y entrar en contacto con él, experimentarlo con todo mi ser.

Repaso mi agenda para responder a una pregunta que me asalta en medio de esta reflexión: ¿Cuánto tiempo reservo en mi jornada para estar con Jesús y escucharle?  Apenas unos minutillos. Sé que es importante reservar un rato generoso a la Lectio Divina, a sumergirme en lo sagrado y escuchar la Palabra, pero hay otras actividades que me urgen o, simplemente, me resultan más gratificantes a corto plazo. No soy un sarmiento estrechamente unido a la cepa. Mi fe es raquítica, apenas suficiente para declararme cristiano en una encuesta. Tampoco mi vida en el Espíritu tiene la suficiente calidad. Si es necesario cuidar y alimentar la vida física, de la misma manera he de atender mi vida espiritual. El Espíritu es el don pascual por antonomasia, todos los demás se incluyen en éste. Mi vida, desde que el Resucitado sopló su Espíritu sobre mí, es vida divina en desarrollo hacia su plenitud escatológica.

Me adentro en mi corazón y veo algo de Espíritu y mucho de mi egoísmo, mis vanidades y mis miedos. No podría hacer mía la afirmación de Pablo: No soy yo quien vive; es Cristo el que vive en mí, Gal 2, 20. Cristo tiene en mí el tamaño de un grano de mostaza mientras yo soy una higuera exuberante con poco ánimo de ser transformada por su vida. Participo cada domingo con toda la Iglesia en la eucaristía. ¿Participo? Más bien estoy en el templo como un banco más. Mientras se celebra el memorial de la Pascua del Señor, mi cabeza está elaborando proyectos, indaga la mejor manera de resolver ese problema que me tiene preocupado o recuerda que tengo una cita importante. La vida en el Espíritu no se alimenta y crece yendo a misa, sino participando con todo el ser en la celebración de los misterios.

Mi fe es raquítica y mi vida en el Espíritu de poca calidad, entonces ¿qué clase de evangelización es la que llevo a cabo? Si no es Cristo el que vive en mí, ¿de quién doy testimonio, a quién anuncio? La gente, cuando se cruza conmigo, me ve a mí, porque no hay nada más que ver. No soy testigo de nada. Lo que yo llamo evangelización no es anuncio del Reino y llamada a la conversión, sino trabajos de voluntario que nacen más de mi natural filantropía que de mi condición de hijo amado del Padre y hermano amante de todos los hombres. La gloria del Padre consiste en que yo dé fruto abundante. ¡Padre, glorifica tu nombre! Abre mi mente y mi corazón a un mayor y mejor conocimiento de tu Hijo. Libérame de mí mismo, para que vuestro Espíritu sea mi auténtica vida. Que mi testimonio y mis trabajos por el Evangelio deriven sin obstáculos de ese conocimiento y de esa vida. Padre, haz de mí sarmiento siempre unido a la vid.

Rafa Chavarría

Me dispongo a leer el evangelio de Juan ante un icono pintado por la mano de un monje y que mi hermano ha traído desde Rumanía como regalo de Pascua. Es un delicado rostro con todos los detalles característicos de la iconografía oriental. Es el rostro del resucitado que sopla el Espíritu sobre sus discípulos, sobre mí. Me siento ante él en vijrasana, enciendo una vela, signo de la luz de su Palabra y de la fe de la Iglesia, de mi fe, y prendo una varita de incienso, cuyo aroma me sumerge en el Misterio. Leo despacio: Yo soy el buen pastor. No necesito seguir leyendo. Estas cinco palabras son notas con infinidad de armónicos. Yo soy. Yo soy, repito, y me adentro en el libro del Exodo, donde se lee: Esto dirás a los israelitas: ‘Yo soy me envía a vosotros’. Me estremezco como lo hizo Moisés ante la zarza que ardía sin consumirse. Estoy en un lugar sagrado y contemplo el rostro de Yo soy, el Viviente y fuente de toda vida. Me inclino hasta tocar con la frente el suelo y adoro.

Me yergo. No importa el tiempo que he estado adorando en silencio, que el reloj es incapaz de medir el tiempo sagrado. Dijo Jesús: Yo soy el buen pastor. Mi cabeza se llena de imágenes de la literatura clásica. Salicio y Nemoroso suspiran por las pastoras de sus amores en el ambiente bucólico de la Arcadia feliz: …ves aquí un prado lleno de verdura, ves aquí una espesura, ves aquí una agua clara, en otro tiempo cara, a quien de ti con lágrimas me quejo. Otras imágenes me asaltan y desplazan a las de Garcilaso. Vienen de más lejos y de más antiguo. Ovejas que vagan por los montes sin que nadie se preocupe por ellas ni las busque. Oigo balidos desesperados que rebotan en las paredes rocosas de los acantilados. Una voz truena: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! Y veo reyes y cortesanos, pontífices y sacerdotes, maestros de la ley y jueces que se despreocupan del pueblo, que viven muy ocupados en aumentar su peculio, su poder y su prestigio, que desprecian al indigente y utilizan para sus fines al que tiene un mínimo de inteligencia, capacidades o ahorros.

Yo mismo reuniré a mis ovejas y las pastorearé –oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas y haré volver a las descarriadas; vendaré a las heridas y robusteceré a las débiles. Por lo que respecta a las robustas, las apacentaré como se debe. Así se comprometía Yo soy con su pueblo según dejó escrito el profeta Ezequiel. Y en este momento me siento mirado por el Jesús pascual que sigue hablando: El buen pastor da la vida por sus ovejas. Rememoro al crucificado. Este Jesús que me habla ahora entre esplendores de gloria es el mismo al que yo había dado crédito y cuya muerte no entendí. Ahora me revela el sentido más profundo de su crucifixión: Yo he dado libremente mi vida por causa tuya, para que tú también vivas. Tú eres mi amigo y nadie tiene mayor amor que quien da la vida por su amigo. Miro ese rostro suyo pintado por la mano del monje rumano. Tiene los labios apretados, como si estuviera soplando sobre mí. Jesús ha dado su vida por mí y me entrega su vida misma, su sangre y su aliento, que ahora corre por mis venas y llena mis pulmones, su Espíritu. Me inclino una vez más hasta tocar el suelo con la frente y me dejo amar.

Rafa Chavarría

Es mediodía y abro mi biblia bajo las ramas floridas de unos árboles cuyo nombre desconozco. La Iglesia me propone saborear este domingo un relato del evangelista Lucas. Los discípulos que habían reconocido a Jesús cuando partía el pan en la cena de Emaús estaban contando a sus compañeros aquella experiencia, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y dijo: ‘Paz a vosotros’. La primera reacción de los discípulos no es precisamente de sosiego, sino de sorpresa y miedo, e intentan superar su alarma racionalizando aquella experiencia nada familiar. Entiendo a los discípulos, yo también, cuando me sucede algo fuera de lo común, intento encontrarle una explicación lógica que me permita dominarlo. Me amedrenta el misterio, lo novedoso, porque implica abrir mi mente a lo desconocido, a modificar mi comprensión de la realidad y a explorar comportamientos diferentes que me pueden conducir al fracaso o al dolor.

Los discípulos perciben, no sé de qué manera, la presencia de Jesús vivo en medio de ellos. O nos hemos vuelto locos o es un fantasma, parecen decir sus gestos de asombro. Y Jesús afirma: Soy yo en persona. Jesús se presenta con la misma identidad que el que había sido su maestro, al que crucificaron y fue sepultado: Les mostró las manos y los pies. Jesús ha regresado de la muerte, esa realidad que me aterra cuando me paro a pensar en ella. Aunque más que regresar de la muerte, la ha superado, porque él está vivo con una vida diferente de la mía. Jesús vive una vida plena y permanente, escatológica. Jesús resucitado es el perfectamente libre para amar sin las dificultades del egoísmo ni de la caducidad: En él el amor de Dios ha llegado a su plenitud., 1Jn 2, 5. La vida, crucifixión y resurrección de Jesús no es sólo un paradigma para nosotros los humanos, un ejemplo a imitar con la esperanza de alcanzar una vida escatológica como la que él goza ahora. La obra de Jesús me reconcilia con el Dios Creador y Providente y me capacita por el don de su vida, el Espíritu, para vivir amando libremente.

Gracias al misterio pascual de Jesús puedo reconocer y asumir mi verdadera naturaleza y vivir según lo que verdaderamente soy: criatura amada de Dios, hijo del Padre; pero dudo. Necesito, Hijo por antonomasia del Padre, que abras mi entendimiento para comprender las Escrituras, para reconocerte presente en medio de la Iglesia y de la humanidad, para interpretar correctamente los impulsos de mi naturaleza filial y emplearme con esperanza en la tarea de dar testimonio de tu amor y de tu obra salvadora. Este es mi testimonio: Yo vivía ajeno a mi propia naturaleza, como tú. Me devanaba los sesos buscando la paz, el éxito, el afecto, la felicidad; pero la buscaba donde no estaba, fuera de mí. Un día escuché proclamar a Jesús: ‘El reino de Dios está dentro de vosotros’, y me senté, cerré los ojos y descendí a lo profundo de mi corazón. Tuve que sortear muchos temores y cansancios, pero alcancé mi recoveco más íntimo y en él hallé una fuente de vida divina que manaba mansa y en cuyas aguas transparentes se reflejaban los ojos de Jesús, el crucificado vivo. Entonces lo supe: Jesús me ha amado hasta la muerte para revelarme que soy hijo de Dios y que, por tanto, mi vida es vida divina y que, si la obra es según la naturaleza del ser que la realiza, mi vocación natural es la libertad y el amor. Yo soy testigo de esto.     

 Rafa Chavarría

Leo despacio la perícopa evangélica que proclama la Iglesia en la eucaristía de este segundo domingo de Pascua. Me doy cuenta de que es un único relato, distribuido en dos jornadas, dos primeros días de la semana, dos domingos. No me cuesta imaginar a los discípulos encerrados a cal y canto en una casa por miedo a los judíos. Si su maestro había sido ejecutado, ellos podrían seguir su misma suerte. Pero Jesús está vivo con una vida diferente de la que ellos conocían, sin embargo es el mismo Jesús que fue crucificado.

Es imposible que las palabras o cualquier otro lenguaje puedan describir adecuadamente el encuentro de Jesús vivo tras la muerte con sus discípulos. No quiero perderme en juegos imaginativos. Me centro en el mensaje que el evangelista me quiere comunicar: El crucificado vive con una vida que trasciende mis sentidos y mi entendimiento, lo que no impide que él y yo podamos encontrarnos y mantener un diálogo vivificador. Hago memoria y recuerdo muchos momentos en los que el Viviente y yo nos hemos encontrado. Retrocedo hasta el primero. Fue en Soria, en el monte que los sorianos llaman El Castillo. Yo era un joven estudiante que me hacía preguntas sobre el sentido de mi vida y de la vida. Solía pasear a menudo por cualquiera de las dos orillas del Duero; unas veces entre San Polo y San Saturio, otras por El Castillo. Aquella tarde andaba por El Castillo y me senté con las piernas cruzadas a practicar meditación vipassana. De pronto abrí los ojos y supe que la realidad tenía sentido: El palpitaba en medio del bosque.

 Creo que todos los que afirman creer en Jesús han tenido algún tipo de encuentro con él, como los discípulos aquel primer domingo o Pablo en el camino de Damasco. Ese encuentro es la verdadera razón de su fe, aunque fuera un momento fugaz e inaprensible -siempre lo es-  como le ocurrió a María de Magdala: Suéltame, o a Juan de la Cruz: Salí tras ti, clamando, y eras ido. Vuelvo a abrir el evangelio de Juan y sigo leyendo. Subrayo: Paz, alegría, envío, su aliento, a quienes perdonéis. Dones y responsabilidades pascuales. En realidad sólo hay un único don: su aliento, es decir, su vida, el Espíritu Santo. Esta exhalación me remite a aquella otra: E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Jesús entrega su vida para que yo viva con la vida que él tenía antes que el mundo existiese. ¿Creo esto? Por que la fe es la primera faceta de este diamante poliédrico que es el Espíritu Santo. La segunda faceta, el segundo regalo, será la alegría, la superación de todo miedo y el gozo de desengañarme del engaño que me supuso verle colgado en la cruz y, después, sepultado.

Mi fe y mi alegría pascuales no significan que yo haya sido arrebatado del planeta Tierra y del devenir histórico de la humanidad. La vida del Padre y del Hijo, el Espíritu, corre por mis venas aquí y ahora, pero mis circunstancias no han cambiado. El Resucitado me hace partícipe de su misión: Como el Padre me ha enviado, así también te envío yo. Este envío es toda una responsabilidad: Mira que soy un chiquillo, que no se hablar, que soy un incapaz. Excusas, excusas, excusas. No se trata de tu ingenio, tu fuerza y tu habilidad -me dice el Viviente-; se trata de que mi vida te anima. Esfuérzate en no hacer nada, en dejar que mi Espíritu, por medio de ti, dé testimonio de mí y conduzca a plenitud la Creación. Y pienso si este compromiso de no acción no será más difícil que el de asumir la iniciativa. La tercera faceta del único don es la paz que se enraíza en la fe y en el abandono confiado al poder del Señor dela Historia. Pero siento esa paz como un don precario, siempre amenazada por cualquier circunstancia inesperada. Me es más fácil enfadarme, amedrentarme o caer en crisis de ansiedad, que confiar y no perder la calma.

 Tomás no estaba con los otros discípulos aquel primer día de la semana. Sus compañeros le hablarán de su encuentro con el Viviente que fue crucificado, pero él no dará crédito a sus palabras. Jesús por el don del Espíritu se ha convertido en comunidad, en Iglesia. Jesús por el Espíritu está en medio de los suyos, uniéndolos entre sí y guiando la Historiade la Salvaciónhacia su consumación. Cuando yo era un joven estudiante en Soria me hacía preguntas, pero me temo que ese comportamiento esté pasado de moda. La sociedad de consumo ha impuesto sus categorías a la mayoría y, por tanto, muchos no se preguntan nada más que cómo dar satisfacción inmediata a sus caprichos y cómo lograr el mayor éxito social. La comunidad de los creyentes tiene respuestas, pero la gente no tiene preguntas. Quizá la Iglesia, y yo en ella, deba ayudar al homo sapiens a recuperar su racionalidad y aquella capacidad de asombro que hizo de los griegos verdaderos amigos y buscadores de la sabiduría, de la verdad. Durante siglos se ha reprochado a Tomás su falta de fe ante el testimonio de la comunidad, pero, al menos, se paró a pensar y se expuso a ser avasallado por la verdad, y lo fue: ¡Señor mío y Dios mío! Hoy la verdad se subordina a intereses de toda índole y a eso que llaman bienestar, palabra cuyo significado no he conseguido precisar. Es posible que yo sea una antigualla, un resto arqueológico de aquellas épocas en que el hombre pensaba y se hacía preguntas. ¡Señor mío y Dios mío! ¡Señor mío y Dios mío!

 Rafa Chavarría

El sabbath es un día de fiesta para Israel, una jornada consagrada a Dios en la que no se trabaja, se escudriñan las Escrituras y se recuerda con alegría la liberación de Egipto y las promesas de la libertad definitiva. Pero aquel sabbath fue un día triste para los discípulos de Jesús, una jornada de luto durante la que intentamos asumir que habíamos puesto nuestra esperanza en un charlatán más, aunque fuera un hombre bueno que sanaba a los enfermos y daba una palabra de aliento a los desesperados. Jesús había muerto crucificado y los que creímos descubrir en él el sol de un nuevo amanecer nos sumimos en las tinieblas y en la desesperación.

Pasado el sabbath, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Todo había sucedido demasiado deprisa y Jesús no había sido sepultado según la costumbre, por eso aquellas mujeres dejaron pasar la fiesta y en seguida adquirieron los ungüentos prescritos por la ley. Supongo que les movió a ello su veneración por el maestro, como si quisieran rendir un último homenaje a aquel que les había dado auténticas muestras de afecto y al que servían con todo el cariño de sus corazones femeninos. Jesús tenía esa cualidad; hacía que te sintieras valioso y querido por ti mismo sin pedirte nada a cambio y tú, sin proponértelo, confiabas en él, le seguías y le querías como si no existiese nadie más en el mundo.

Aquellas mujeres adquirieron los perfumes y regresaron a casa. Pasó la noche, salió el sol y las tres se encaminaron hacia el sepulcro. Marchaban preocupadas a causa de la enorme piedra que cerraba el acceso al cadáver de Jesús. Ellas habían visto a un puñado de hombres fornidos ajustar aquella piedra con esfuerzo y no se sentían capaces de correrla. Pero la piedra no estaba como la habían dejado la cuadrilla de José, estaba corrida. La curiosidad pudo más que la sorpresa, y las tres mujeres entraron en el sepulcro. Entonces vieron a un joven sentado a la derecha, que iba vestido con una túnica blanca. Estoy, como las mujeres, ante un misterio que me sobrepasa y siento miedo.

El mundo de los muertos, el sheol, está abierto. En él no hay cadáveres ni espíritus atormentados, hay un joven vestido de blanco. Juventud y albura me evocan el mundo de Dios, es decir, el no tiempo y la vida por antonomasia. El mundo divino trasciende mi capacidad de comprensión, por eso me asusta. En él me siento incómodo, pues es un ámbito donde mi pericia es inútil. Allí estoy ante un poder infinito que percibo como una amenaza. El joven nos dice a las mujeres y a mí: No os asustéis, porque Dios no es vuestro enemigo. Al contrario, buscáis a un crucificado, pero no está donde lo pusieron porque ha resucitado. Esta es la prueba de que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es un amigo para la humanidad, más aún, un padre, y su hijo primogénito es Jesús el Nazareno.

La resurrección de Jesús es victoria sobre la serpiente del Paraíso y su herencia, la muerte. Es también cumplimiento de las promesas que recorren toda la historia de Israel, la cumbre y plenitud de la salvación. Es el sí de Dios a las palabras y acciones de Jesús, a su vida y a su pretensión. Es la respuesta del Padre fiel a la vida fiel del Hijo. La resurrección denuncia mis miedos y mis infidelidades, me invita a ver la realidad con ojos nuevos y a confiar en el Señor de la Historia, me envía a proclamar que existe una esperanza más allá de las injusticias, del sufrimiento y de la muerte. La resurrección es un misterio enorme y mi mente y mi corazón son demasiado limitados. Estoy aturdido. Me sumerjo en el silencio y contemplo el sepulcro abierto, vacío de muerte y lleno de la gloria y la palabra de Dios.

Vuelven a mi memoria las imágenes de estos últimos días, el prendimiento de Jesús, sus juicios injustos, su crucifixión y su sepultura. Y me estremezco al recordar mis miedos, mi huída, mi desesperación, mi traición, mis blasfemias contra el que me había dado dignidad, salud, afecto y esperanza. Hojeo las Escrituras y oro ante el Dios de los padres, que hoy se me ha revelado fiel hasta más allá de cualquier esperanza: Reconozco que todo lo puedes, que ningún proyecto se te resiste. Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, tumbado en el polvo y la ceniza. El joven me dice: Jesús el Nazareno va delante de ti a Galilea. Allí lo verás, como te prometió.

Me levanto y me alejo del sepulcro y tomo el camino de Galilea. A medida que avanzo hacia el norte, me voy serenando y me voy convenciendo de que Jesús está vivo. Mi paso se acelera sin pretenderlo. Siento que mi esperanza revive y un hontanar de alegrías inunda mi corazón. Los versos del hallel me vienen a la boca: ¡Aleluya! ¡Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor! Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre: de la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo… Y corro y canto y corro hacia Galilea, donde Jesús me espera.

  Rafa Chavarría

He dejado atrás el desierto y avanzo hacia la civilización por caminos carreteros que serpean entre campos de cebada. Delante de mí, bastante cerca, veo un olivar y acelero el paso. Me apetece sentarme a la sombra de sus frondas y leer las Escrituras. Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos… No es difícil imaginar la escena de aquel primer domingo de Ramos rodeado de viejos olivos. Cierro los ojos y vislumbro a Jesús montado sobre un burrito que se abre paso entre una multitud entusiasta: ¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. Corto una rama de olivo y me uno a la fiesta: ¡Viva el Altísimo!

Me inunda una gran alegría. Ahí estamos una cuadrilla de zarrapastrosos aclamando al hijo y heredero de la casa de David. ¡Viva el Altísimo!, que nos envía un rey para sacarnos de nuestra postración, para liberarnos de los que nos oprimen, para fundar un reino de libertad, paz y prosperidad. De pronto reparo en un detalle: el burrito. No me parece una cabalgadura muy apropiada para un rey. Un rey asirio o egipcio se hubiera mostrado ante su pueblo cabalgando un brioso corcel ataviado con gualdrapa de vistosos colores. Y ¿qué decir de un rey del siglo XXI? Nos saludaría protegido por los cristales blindados de un Rolls Royce. Pero, aquí, en la ladera del torrente Cedrón, no hay caballos ni automóviles de lujo, tan sólo, un burrito sencillo y corriente.

Jesús me desconcierta siempre. Se apea del burrito y marcha, seguido de sus entusiastas aclamadores, hacia el templo. Se da una vuelta por los atrios y, cuando empieza a oscurecer, nos dice: ¡Hala!, cada uno a su casa, y él se va a Betania con los doce. Pero, ¡hombre de Dios!, todos estábamos dispuestos a lo que fuera, te hubiéramos seguido al fin del mundo, nos hubiéramos echado al monte y hubiéramos hecho rodar cabezas. Pero, no, damos un paseíto admirando la arquitectura del templo y nos vamos a cenar a casita y, después, nos metemos en la cama sin rechistar, que mañana sonará temprano el despertador para una nueva jornada de escuela o de trabajo. En fin, no sé por qué me hago ilusiones, si a estas alturas de mi vida sé que toda ilusión acaba en desengaño.

Marcos continúa su relato. Lo que había empezado en Galilea no había terminado todavía. Jesús no se fue a Betania de vacaciones. Pasó la noche en casa de Marta y sus hermanos y, al día siguiente, lo veo de nuevo en el templo. Esta vez no se dedica a deambular por los atrios como un turista, sino que echa a rodar las monedas de los cambistas, enseña que el amor está por encima de todos los holocaustos y sacrificios, afirma que el templo será destruido y él mismo edificará un templo nuevo, y termina poniendo en evidencia a los sacerdotes y a los maestros de la ley. Así han pasado varios días. Jesús va y viene cada mañana de Betania al templo. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que el ambiente se está caldeando en torno a Jesús.

Betania parece un refugio seguro para Jesús, pero allí también ocurren ciertas cosas que, llegadas a oídos de los sumos sacerdotes, contribuirán a precipitar los acontecimientos. El hermano de Marta llevaba enfermo unos días y, mientras Jesús andaba por Jerusalén, murió. Jesús se encuentra en Betania con el duelo y el reproche de la hermana,  pero él se acerca al sepulcro y, sin ocultar su emoción y sus lágrimas, manda retirar la piedra y grita: ¡Lázaro, sal afuera!, y el muerto salió. La noticia recorre en un momento los dos kilómetros y medio que separan Betania de Jerusalén y los sacerdotes y los fariseos se reúnen con carácter de urgencia. Tienen miedo de que en torno a Jesús se monte un alboroto y la guarnición romana de la fortaleza Antonia intervenga, lo que podría hacer peligrar el templo y la nación. Caifás, el sumo sacerdote, da por terminada la reunión cuando se decide eliminar a ese advenedizo que solivianta al pueblo contra su autoridad y su poder.

Jesús anda estos días con cuidado. Celebra clandestinamente el Séder, la cena de Pascua. Se retira entre los olivos de Getsemaní a orar. Allí sufre terror y angustia mientras clama una y otra vez: ¡Abba! ¡Abba! No consigo mantener los ojos abiertos y la Biblia se me cae de las manos. Me siento incapaz de seguir leyendo. Sé que el relato es dramático, pero tengo sueño. Oigo que Jesús me pregunta: ¿No puedes velar ni una hora? Intento sobreponerme y recojo la Biblia del suelo. Judas, uno de los doce, se desliza entre las sombras, se acerca a Jesús y le besa. Entonces, un piquete de guardias del templo echa mano a Jesús y lo prende. Estoy atónito. ¿Judas, uno de los doce? No le juzgo. Demasiadas veces he besado hipócritamente a Jesús y le he traicionado. Yo, seguidor de Jesús, uno de los discípulos que, durante años, ha bebido sus palabras y ha admirado sus signos, echo a correr monte arriba, en dirección opuesta a Jerusalén. Yo, como todos, abandono a Jesús y huyo.

Jesús se enfrenta solo al tribunal presidido por el sumo sacerdote, que le sentencia a muerte. Jesús sufre en solitario el desprecio y las vejaciones de los criados de la casa de Caifás, donde pasa la noche. Jesús, atado, es arrastrado a presencia del gobernador romano, que, manda azotarlo y acaba por acceder a la exigencia de la multitud: ¡Crucifícalo! Los soldados pasan un rato divertido a costa del condenado, le cargan el patibulum y le conducen hasta el Gólgota, donde espera el stipes bien afirmado en tierra. Crucifican a Jesús y, en lo alto del stipes, clavan un letrero: El rey de los judíos. Me vienen a la memoria las aclamaciones de hace unos días: ¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. Ya lo proclamó Qohelet: ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! Ahí está expuesto nuestro rey, clavado, sin libertad alguna; desnudo, sin ninguna dignidad; coronado de espinas, sin ningún poder.

Crucifican con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda, y un pelotón de soldados romanos se planta en torno a los crucificados. Es un espectáculo horrible. Nadie con un mínimo de sensibilidad, no digo ya de filantropía, puede permanecer en el Gólgota mucho tiempo. Pero la masa, que carece de corazón y cerebro, siente un placer morboso ante el sufrimiento impotente del débil atrapado, aplastado y vejado por la fuerza diabólica de la autosuficiencia. Levanto los ojos al crucificado y veo los empalamientos asirios y el degollamiento sistemático de ciudades enteras en la antigüedad, los cuerpos colgados en las picotas medievales y las hogueras de los autos de fe, el aniquilamiento de pueblos enteros por los colonizadores y los mercados de esclavos, las cabezas cortadas por la guillotina y los fusilamientos indiscriminados, las víctimas de las cámaras de gas y del Gulag, los ajustes de cuentas y el desprecio de los derechos fundamentales de muchas personas humanas. Los curiosos se acercan hasta el perímetro marcado por los escudos de los soldados romanos y gritan con sorna a Jesús toda clase de ironías. También los que están crucificados con él lo insultan. Todos hacemos leña del árbol caído.

Es mediodía, pero no calienta el sol; el día está desapacible. Sopla un viento fuerte que arrastra una flota de nubes densas y negras. Nos cubre una gran oscuridad, lo que interpreto como un símbolo de la ignorancia, la insensibilidad y la irresponsabilidad humanas y, por humanas, mías también. Las horas pasan, pero todo sigue igual en el Gólgota. Jesús lucha por cada bocanada de aire y los mirones continúan burlándose de él. Ya es media tarde y no aguanto más. Decido regresar a casa y a mis quehaceres. Echo a andar cargado con mis desilusiones y mi cobardía. Oigo a mis espaldas un fuerte grito y me vuelvo. La cabeza de Jesús cuelga exánime sobre su pecho. El crucificado acaba de morir. Ahora sí, ahora la biografía de Jesús ha llegado a su punto final. Alguien cerca de mí, el centurión y jefe de la guardia, musita: Realmente este hombre era Hijo de Dios. Estas palabras se me antojan un desconcertante epílogo a la historia de Jesús.

El espectáculo ha acabado y, poco a poco, se va disolviendo la multitud. Supongo que durante unos días se hablará de lo sucedido en los hogares, en el mercado y en las tabernas. Pero pronto todos nos olvidaremos de Jesús, de sus palabras, de sus hechos prodigiosos y de su injusta ejecución. Camino despacio y cabizbajo. Reparo en un grupo de mujeres que están sentadas en el suelo llorando con evidente desconsuelo. Creo reconocer a María Magdalena y a Salomé. Es muy posible que sean ellas, esas mujeres que seguían a Jesús y le servían con reverencia y cariño. Continúo mi marcha como un sonámbulo, mientras en mi cabeza se despiertan los recuerdos de los días pasados con Jesús en Galilea. Mi esperanza nació en la sinagoga de Nazaret, aquel día en el que Jesús proclamó en medio de un silencio expectante: Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura. Aquella esperanza acaba de morir en el Gólgota y, dejando atrás sueños imposibles, continúo caminando hacia lo común y cotidiano.

Unos hombres apresurados se cruzan conmigo. José, un senador natural de Arimatea, encabeza la cuadrilla. Este José es uno de esos judíos que esperaban el reino de Dios y habían creído en Jesús. Sigo con la mirada a aquellos hombres y veo cómo se acercan a los soldados romanos. José muestra algún tipo de documento al centurión y habla con él. Los soldados deshacen la formación y José con los suyos desclavan a Jesús, lo envuelven en una sábana y lo cargan en unas parihuelas. El cortejo fúnebre pasa de largo junto a mí. María Magdalena y otra mujer con la que le había visto antes llorando se han unido a los hombres. Me puede la curiosidad y me voy tras el cortejo fúnebre, que no tarda en llegar a su destino. Estamos ante la boca abierta de un sepulcro excavado en la roca y en él depositan el cadáver. José manda que se haga rodar una enorme rueda de piedra para cerrar el sepulcro. Espero a que el lugar se quede vacío y me acerco al sepulcro. Deslizo las yemas de los dedos por encima de la enorme rueda de piedra y la siento áspera y fría. Ya es de noche y en todas las casas se encienden las lámparas del sabbath. Regreso a Jerusalén lleno de sentimientos contradictorios.

 Rafa Chavarría

He trepado a lo alto de un cerro. Desde esta altura oteo el horizonte y ya puedo adivinar el final de mi peregrinaje. Creo que no tardaré más de una semana en alcanzar las tierras habitadas y regresar a la civilización. Han sido muchos días de soledad y de bucear en el mar tenebroso de mis adentros, de avanzar a fuerza de instinto de supervivencia, de sobrevivir apenas con lo imprescindible, de altibajos emocionales, de mañanas de euforia y atardeceres de desesperación. Es un consuelo atisbar la linde del desierto y reanima pensar que pronto regresaré a la seguridad de lo cotidiano y habitual.

Se está bien aquí arriba. Me siento, y escucho la voz del Dios que me habla en las Escrituras: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Jesús está en Jerusalén y en breve habrá cumplido su misión. Y después llegará su exaltación, la exaltación del héroe. Será vitoreado por un pueblo que reconocerá sus méritos y sabrá mostrarse agradecido. Todas las novelas terminan así, con la glorificación de su protagonista. Pero me temo que Jesús no es un héroe al uso y su historia tiene poco que ver con los thriller y los cuentos de hadas.

Jesús aclara este misterio de la hora de su glorificación con un proverbio: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. La vida fecunda no se alcanza si antes no se ha muerto. Es preciso morir para vivir y dar vida. Evidentemente es una idea paradójica. Jesús continúa explicándose y en seguida utiliza en su discurso la palabra mundo. Sé que el cuarto evangelista ha elevado esta palabra común y corriente a categoría grávida de significados. Juan contrapone e incluso enfrenta el ámbito del mundo y el de Dios, al príncipe de este mundo y al Hijo de Dios, a los hijos de este mundo y a los hijos de Dios, las tinieblas y la luz, la mentira y la verdad, las obras malas y las obras según Dios.

Jesús puso delante de los ojos de Nicodemo y de mis ojos la imagen del crucificado. ¿Crees que el clavado en la cruz es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo? Jesús me instó a tomar una decisión: Creer o no creer. Hoy se hace más explícita la disyuntiva ante la que me puso Jesús aquella noche: Seguirle o permanecer en el mundo, hacer míos los valores del Reino o continuar viviendo según los valores de este mundo. La decisión no es fácil. Estoy familiarizado con la geografía de este mundo y desconozco el paisaje del Reino. En este mundo no destaco, porque soy un ciudadano corriente, con mis miedos, mis ambiciones y la agresividad necesaria para hacerme respetar.

El Reino es una ciudad de hombres y mujeres que han encontrado el sentido último de sus vidas y son lo suficientemente libres y tienen la fuerza necesaria como para perseguir su esperanza. El ciudadano del Reino se sabe hijo amado de Dios y reconoce en todo rostro humano las facciones del Padre común y, por lo tanto, ama a todos como a verdaderos hermanos. El crucificado atrae mi mirada. Creo y siento que mi verdadera naturaleza es la filiación divina, soy a imagen y semejanza de Dios; pero me da pavor desprenderme de la mentalidad y los valores que, aunque no se correspondan con mi auténtico ser, me han proporcionado seguridad y buen nombre entre mis vecinos.

Levanto los ojos. Pronto saldré del desierto y entraré en la ciudad. Mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Tantas semanas de desierto para llegar a esto, a enfrentarme a una decisión radical: Reconocerme hijo de Dios y ver la realidad con los ojos de mi Padre y vivir conforme a la vida divina que corre por mis venas, o permanecer oculto en las tinieblas y alimentar mi vanidad con mentiras, engaños y fraudes. Me adentré en el desierto para conocer la verdad y hoy la tengo delante de los ojos. ¿Preferiré las tinieblas a la luz? Padre, glorifica tu nombre. Padre, glorifica tu nombre… ¡Padre!

Rafa Chavarría

Llevo demasiados días caminando por el desierto. Más que cansado estoy aburrido y hasta hastiado. Ya ni recuerdo los motivos que me impulsaron a esta aventura que ahora me parece absurda, sin sentido. Supongo que me eché al desierto por esnobismo, por experimentar sensaciones diferentes de las habituales. Estoy harto de deambular de aquí para allá y de contemplar cada día el mismo paisaje árido y monótono. Me gustaría zambullirme en una piscina y sentir el olor del cloro. Pero aquí todo es aridez y no huele a nada, salvo a mi propio sudor sucio. Y después de un buen baño, una merienda sabrosa y abundante, regada con unas copas de vino blanco de Alella. Pero no cuento más que con unos mendrugos insípidos y el agua que sorbo me da náuseas.

La Biblia me pesa. Llevo días en los que no encuentro sentido a lo que leo. O Dios se ha olvidado de mí o el desierto me ha atontado de tal manera que soy incapaz de prestar atención a la lectura. No sé. Necesito distraerme. Pronto anochecerá y me conviene encender un pequeño fuego. Me desprendo del zurrón y busco algo que sea capaz de arder. Aquí encuentro ramas secas de romero y allá, de espinosas aulagas. Al fin consigo que prendan. Ya es de noche. Contemplo la danza siempre cambiante de las llamas. Sólo oigo el crepitar del fuego. Me relajo y mi mente se serena. Estoy a gusto. Cierro los ojos y recuerdo haber leído algo sobre una noche en Jerusalén. Abro mi Biblia y busco en el cuarto evangelio.

Nicodemo fue una noche a ver a Jesús. Y Jesús habló a Nicodemo del amor de Dios, de la salvación, de la vida eterna, de la verdad, de la luz, de las obras malas y de las tinieblas. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto… De la misma manera será alzado el Hijo y quedará expuesto a la vista de todos, como un estandarte ante el que habrá que posicionarse. Más adelante, en el capítulo 19, Juan escribirá: El que lo vio da testimonio de ello y su testimonio es verdadero y está seguro de que habla con verdad para que también vosotros creáis. Y ¿qué vio Juan? ¿Qué me invita a creer? Juan vio cómo había muerto Jesús. Todo un signo, cuyo significado es: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, Jn 20,31.

Jesús revela a Nicodemo la razón última de la crucifixión: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Dios me ama a mí y la medida de su amor es la entrega de su Hijo único. Estoy perdido en el desierto. Reniego de mi suerte y sufro hasta el hartazgo. Quiero encontrar una salida a esta situación, pero todos mis esfuerzos son vanos.  Y Dios ve mi vagabundeo inútil y oye mis quejas dolientes. Se le conmueven las entrañas. Sabe que necesito luz en mis tinieblas y acertar con el camino que me conduzca a una vida con sentido y esperanza. Y me envía a su Hijo y lo levanta ante mis ojos y me dice: Tú eres mi hijo amado, y me pregunta: ¿Crees esto?

Estoy absorto en la contemplación del crucificado. El es la Palabra que me pide una respuesta. Dudo. ¿Por qué el Dios que habita en lo más alto del cielo se fija en mí? ¿No tiene nada más importante en lo que fijar su atención? Oigo otra vez: Tú eres mi hijo amado. Yo soy su criatura, nacida de su amor. Intento comprender, pero ¿no es obvio que el amor tiene razones que la razón no comprende? El amor del Padre que se me revela en el crucificado es un hecho. Ahí está delante de mí, como el baile y el crepitar del fuego. Desconozco las leyes de la combustión, y ¿qué diré? ¿Que no siento la luz y el calor de las llamas? Sí, verdaderamente tú eres el Hijo de Dios, la revelación de su amor, la luz que me libra de confusiones y desesperaciones. Tu vida de Hijo es mi vida de hijo. Ve, marcha delante, que yo te sigo.

Rafa Chavarría

Estoy leyendo el primer libro de los Macabeos. Este libro se lee como una novela de aventuras. Es entretenido, con tantas peleas y escaramuzas. Matatías y sus hijos se rebelan contra la dinastía griega de los seléucidas, que, desde Antioquía de Siria, subyugan al pueblo de Israel. Leo cómo Judas, hijo de Matatías, derrota al ejército de Antíoco comandado por Lisias. El camino al templo queda expedito. El ejército de Judas sube al monte Sión y ve el templo hecho una ruina, el altar profanado, las puertas quemadas, la maleza creciendo en los atrios como crece en el bosque, y las salas destruidas, 1Ma 4, 37-38. Una visión desoladora para unos israelitas que aman sus tradiciones y que desde niños han aprendido a reconocer en el templo el lugar privilegiado del encuentro de Dios con su pueblo.

Levanto los ojos y contemplo el desierto. No me cuesta sintonizar con Judas y los suyos. Siento dentro de mí un gran vacío. Allí donde antes se oían himnos de alabanza reina un hosco silencio. En el lugar donde los israelitas se reunían para los sacrificios de acción de gracias y para confraternizar como pueblo de Dios en torno a la proclamación de su palabra, hoy se sufre el vértigo de la soledad. Comprendo que Judas se aplique sin dilaciones a purificar y consagrar de nuevo el templo, porque Israel necesita palpar la cercanía y la fidelidad del Dios de los padres y recuperar su identidad nacional. Pero el libro de los Macabeos no es un mero libro de aventuras antiguas, es palabra del Dios vivo que nos remite proféticamente a los tiempos mesiánicos. También Jesús subirá a Jerusalén y purificará y consagrará definitivamente el templo.

Jesús encontró el templo lleno de gente que vendía bueyes… y de cambistas… Hizo entonces un látigo… y echó fuera del templo a todos. Tiró también al suelo las monedas… y volcó sus mesas, Jn 2, 13-25. Vuelvo a leer y, en seguida, visualizo la escena en mi imaginación. Me centro en Jesús y me pregunto por sus sentimientos. En medio de aquellos atrios bulliciosos y sólidamente construidos, Jesús no se sentiría mucho mejor que Judas cuando contempló la soledad y oyó el silencio que reinaba entre las ruinas del templo. Sí, creo que Jesús experimentó también un hosco silencio y el vértigo de la soledad. El templo era en ese momento cualquier cosa menos un hogar, la casa donde el Padre se reúne con sus hijos en torno al fuego del amor para compartir pan y confidencias.

Y Jesús trenzó un látigo, echó a todos y volcó mesas. Todo un signo, es decir, un gesto significativo. El templo sería destruido en el año 70 por las legiones de Tito. No quedaría de él piedra sobre piedra. Entonces ¿dónde se encontraría Dios con su pueblo? Quizá habría que resignarse a la evidencia y concluir que la Historia de la Salvación había sido un sueño, un cuentecillo de abuelos para mantener unidos a sus nietos en torno a una tarea y una esperanza común. El evangelista usa en este texto la palabra templo y la expresión cuerpo de Jesús como sinónimos. El templo es para Juan el cuerpo de Jesús y en ese cuerpo-templo el auténtico israelita verá el rostro paternal de Dios y se reunirá con sus hermanos. El nuevo templo no estará limitado por el espacio y el tiempo. No será un templo con fecha de caducidad, porque será el cuerpo de Jesús resucitado, el Hijo fiel al Padre fiel y el vencedor del abismo y de la muerte.

Los discípulos, tras la experiencia de la resurrección, recordaron este signo de Jesús y creyeron en las Escrituras y en las palabras que Jesús había pronunciado. El Dios de las promesas se revelará en la Pascua como un Dios veraz y fiel. Más aún, llevará el cumplimiento de su palabra hasta un punto que superará toda imaginación y expectativa humanas. El sol es a esta hora de la tarde una inmensa rueda bermeja que se precipita tras el horizonte. Este sol me habla del resplandor y la belleza del Resucitado. Yo, como María de Magdala (Jn 20, 11-18), exclamo: ¡Rabboní!, y quiero retenerle. Como Tomás (Jn 20, 24-29), caigo de hinojos sobre la tierra áspera y repito una y otra vez: ¡Señor mío y Dios mío! Se ha hecho de noche y algunas estrellas empiezan a  brillar. Pienso que más allá del desierto y de las estrellas me aguarda una nueva Jerusalén donde no veré templo, porque el Señor Dios, dueño de todo, y el Cordero son su templo, Ap 21, 22.

Rafa Chavarría

Llevo días vagando por el desierto. A veces tengo la sensación de cruzar la misma torrentera varias veces al día. Cada anochecer me tiro al suelo a dormir tomando nota del lugar por donde se hunde el sol, pero hay amaneceres en los que la primera luz del día surge por el mismo sitio por el que desapareció la tarde anterior. Estoy desorientado. Me duelen las piernas y apenas si camino un par de horas cada jornada. Controlo el consumo de agua, pero, si no salgo pronto de esta llanura reseca, la cantimplora se vaciará. Mis compañeros son lagartos y serpientes y, en el cielo, buitres. Tengo miedo, y pienso si no sería mejor desandar lo andado y regresar a casa por el mismo camino. No tengo las virtudes de los aventureros. Cuando preparé esta excursión, no reparé en ello. Soy un tipo corriente, que necesita seguridades y no le gusta correr riesgos.

¡Qué extraño! Estoy pisando hierba, una nota de color en el monótono lienzo del desierto. Me agacho. La hierba es fresca. La tierra está húmeda. Esta humedad tiene que tener un origen. La mancha de hierba, estrecha y alargada, se extiende hacia la sombra de un escarpe. Me encamino hacia allí. Voy encontrando hierba más fresca y más brillante. Noto barro bajo las botas. Veo cómo mana de la tierra un agua clara y fresca, apetitosa. Me arrodillo, doy gracias al Señor del desierto y de las aguas, al Dios providente y misericordioso, bebo y, saciada la sed, me siento y abro mi Biblia al azar. Leo: En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Levanto los ojos. Veo delante de mí, no muy lejos, un farallón que no había visto antes. En su cúspide reverbera el sol formando haces de luz de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Vuelvo a bajar los ojos a las páginas sagradas. Jesús conversa con Moisés y Elías. Pedro toma la palabra y le dice a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí; y propone levantar tres tiendas e instalarse allí, donde podrán vivir en adelante sin penurias, sin riesgos, sin mayores esfuerzos, disfrutando de una franca camaradería. Miro a mi alrededor. Se está bien aquí, en este oasis de rasgos bucólicos. Dios me ha bendecido. No tengo sed, estoy descansado y relajado, y disfruto de la contemplación del paisaje y, en mi imaginación, de la visión del rostro transfigurado de Jesús, que me revela la gloria del Padre. Estoy en una nube, y oigo una voz: Este es mi Hijo amado; escuchadle. Me encuentro una vez más con las palabras que oyó Jesús en su bautismo, pero en esta ocasión no sólo las oye él,  las oímos también Pedro, Santiago, Juan y yo. Estamos ante la respuesta a la pregunta que nos venimos haciendo desde el principio, desde Galilea: ¿Quién es éste? Ahora lo sabemos, es el Hijo amado que nos revela la paternidad amante de Dios.

Me siento tentado a quedarme en esta revelación y dejarme querer por mi Padre Dios. Necesito tanto sentirme querido… Pero la voz añade: Escuchadle. Un imperativo, un mandato que nos exige abrir los oídos y, con actitud de discípulo confiado y obediente, escuchar la siguiente lección del Maestro: No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Acabamos de contemplar la gloria del Hijo amado, y la nueva lección nos habla de humanidad precaria, de muerte, y de algo que nuestras mentes limitadas no aciertan a entender: Resucitar. No me voy a estrujar ahora los sesos intentando averiguar qué significa ese verbo tan novedoso, resucitar. Tengo tiempo por delante y unos cuantos capítulos del evangelio por leer, donde seguro que encontraré la respuesta. De momento me basta con haber contemplado la gloria de Jesús, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, y con saber que es el Hijo amado.

Me siento descansado y reconfortado. Devuelvo la Biblia al zurrón y lleno de agua la cantimplora. Echo una mirada a lo alto del farallón, que ya no brilla. El tiempo del descanso ha terminado y comienza el de la marcha. Allá voy, dejo atrás la fuente de la hierba fresca y regreso a la aventura.

Rafa Chavarría


Me adentro en el desierto. Avanzo despacio, pues la travesía será larga. El sol acaba de levantarse por encima de las lomas desnudas del este. Me ciega su luz, que se refleja en los saladares como en un espejo. Me siento a la sombra de un promontorio y me llevo la cantimplora a los labios. Sí, tenía sed. Abro mi Biblia, porque quiero saciarme de la fuente viva de la Palabra de Dios. Leo despacio los versículos 12 al 15 del primer capítulo del evangelio de Marcos.

El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Miro en torno mío. Oigo el silencio y me estremece la soledad. No hay caminos. El Espíritu empujó a Jesús al desierto. El Espíritu, aquel  que desde los cielos abiertos había descendido sobre Jesús mientras salía de las aguas del Jordán. Y lo empujó como el viento empuja hacia donde quiere y por donde quiere, sin que uno pueda resistirse a su ímpetu. Yo también fui bautizado y  el Espíritu descendió sobre mí y nací de aquella vieja pila bautismal de mi parroquia, como si de una matriz se tratara, a una vida nueva, a una vida divina, a la vida de los hijos de Dios. Y hoy avanzo por este secarral sin rumbo, abandonado a la voluntad del Espíritu.

Sigo leyendo. Jesús se dejó tentar por Satanás. El verbo tentar es un verbo extraño. Reflexiono sobre su significado. Sí, tentar es ser puesto a prueba. La calidad del oro se prueba en el crisol. La tentación probaría hasta qué punto Jesús era verdaderamente el Hijo amado, expresión con la que la voz del cielo se había dirigido a él en su bautismo. La palabra hijo, por sí misma, hace referencia a un origen. Según el texto de Mc 1, 10-11, el origen sería el cielo. Contemplo en mi imaginación la escena: El cielo se abría… Y se oyó una voz del cielo… El hombre y la mujer también tienen un origen celeste. La humanidad fue creada por la palabra de Dios: Dijo entonces Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza…”. Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer lo creó. Así leo en Gn1, 26-27. La humanidad tiene su origen en Dios. Los humanos somos hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.

Me pica la curiosidad. Leo el capítulo 3 del Génesis. La serpiente propone a la mujer y, a través de ella, al hombre dar esquinazo a Dios y vivir prescindiendo de su origen. Y al hombre y a la mujer les pareció una propuesta digna de tenerse en cuenta y la asumieron y la pusieron en práctica. Entonces, el hombre y la mujer regresaron al caos, dejaron de ser hijos que platicaban con Dios familiarmente cuando éste salía a pasear por el jardín al fresco de la tarde (Gn 3, 8). El hombre y la mujer vivirán en adelante lejos de Dios, fuera del jardín, cuya entrada Dios sella con querubines de espada al cinto. Vuelvo al evangelio. Jesús, el Hijo amado, es puesto a prueba. El es el Ungido del Señor con la unción del Espíritu, como lo fueron Saúl y sus sucesores en los tronos de Israel y Judá y como el siervo de Dios del que habla Isaías. Dos estilos diferentes de vivir la unción de Dios. Leo Is 50, 4-9: El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo, para saber dar al cansado una palabra de estímulo… Me parece estar viendo a Jesús proclamando las bienaventuranzas y hablando del Reino de Dios en parábolas. Ofrecí mi espalda a los que me azotaban… No me tapé la cara cuando me insultaban y escupían… Diría que estoy leyendo los relatos de la pasión de Jesús. Me queda claro, Jesús es puesto a prueba y no se deja engañar. Se mantendrá unido a Dios, a su origen, llevando a cabo su misión entre los hombres al estilo de Dios y no conforme a los criterios de Satanás. Y Jesús comienza su misión proclamando la Buena Nueva de Dios por Galilea sin gritar ni alzar la voz, abriendo los ojos a los ciegos (Is 42, 1-9), sanando a los enfermos y liberando a los sometidos por Satanás.

El sol está ya muy arriba. He de seguir caminando. Mientras camino repito las palabras de Jesús: Convertíos y creed en el Evangelio. Sí, necesito modificar mi manera de pensar y de entender la vida, a los demás y a mí mismo. Sí, necesito creer que mi origen está en el cielo, que soy hijo amado y que el camino de mi plenitud y felicidad es no ofrecer resistencia al Espíritu que me empuja.

 Rafa Chavarría

Me gusta el desierto, su sol, su cielo limpio, sus amplios horizontes, su infinitud. En el desierto sólo cabe lo imprescindible: agua en  una cantimplora, algo de comida y mi Biblia en el zurrón, y yo mismo, solo y sin camino. Descubro en el desierto a Moisés con los hijos de Israel alejándose del país de la esclavitud y marchando hacia Dios sabe dónde. Y evoco a Jesús de Nazaret, empujado por el Espíritu al desierto para ser tentado. Me gusta el desierto,  sí, pero sé que la experiencia del desierto no es fácil. El miércoles próximo, todos los seguidores de Jesús e hijos de la Iglesia iniciaremos nuestra travesía anual por el desierto, la Cuaresma. Sé que estos cuarenta días se harán largos, que pronto terminará la novedad y saldrán de mi interior pedazos de experiencias rotas, de proyectos abandonados, de actuaciones egoístas y envenenadas. Lo sé, pero, como Jesús, he de enfrentarme a estos recuerdos y dejar que el fuego del Espíritu los sane y haga de mi corazón de carne precaria y caduca, un corazón nuevo.

Leo despacio el texto evangélico que la Iglesia proclamará en la Eucaristía del Miércoles de Ceniza, Mt 6, 1-6. 16-18: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos… Me llama la atención el inicio del discurso de Jesús: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser visto por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Sigo leyendo y subrayo: Limosna, rezar, ayuno. Vuelvo al comienzo del texto y lo releo una y otra vez. Me pregunto qué es la limosna. Escribo en mi cuaderno ideas que yo asocio a esta palabra: Dar dinero, dedicar tiempo a los otros, escuchar, servir, ayudar, colaborar… Concluyo: Darme y estar a disposición de los demás.

Rezar. ¿Qué es rezar? Rezar es hablar con Dios, mantener un diálogo con él, escucharle y responderle, leer lo que me quiere decir en las Escrituras, dejarme interpelar por su Palabra, dejarme sanar y santificar por su Espíritu, adquirir el compromiso de vivir en actitud de conversión continua, unir mi voz a la de toda la Iglesia y cantarle salmos y celebrar el misterio pascual en los sacramentos… En definitiva, rezar es vivir en un constante coloquio de amor con mi Padre y en comunión con su Iglesia, un coloquio que me transforma en otro Cristo por la acción del Espíritu.

 Me centro en la última palabra subrayada: Ayuno. Y escribo: Privación de alimentos, de lo que me ata, de las seguridades que me impiden ser libre y volar, de mis desconfianzas, de mi egoísmo, de mi amor propio tan sensible, de mis comodidades, de mis indiferencias… El ayuno es una condición para la oración. Si abro mi Biblia después de una opípara comida e intento dedicarme un rato a la Lectio Divina, me duermo enseguida. El ayuno es abandono de todo lo que me estorba para centrar mi atención sin distracciones en el Esposo que viene y mantenerme alerta para recibirle con la lámpara encendida.

La limosna, la oración y el ayuno me acompañarán todo el camino cuaresmal. Pero ten cuidado, muchacho, me digo a mí mismo, que el desierto está lleno de serpientes, y una de ellas puede ser la serpiente del Edén. Recuerda las palabras de Jesús: “Cuidad de no practicar vuestra justicia, vuestras buenas obras, delante de los hombres”. La serpiente acecha: ¡Oh! ¡Qué bueno eres! No hay nadie como tú, tan generoso, tan santo, tan austero. Chico, ¡eres el mejor! Una lisonja que me calaría hasta los huesos y que, a la larga, me envenenaría y me haría creer que soy un auténtico dios. Ten cuidado, me repito a mí mismo, ten cuidado.

No sé qué decir ante la riqueza de la Palabra. Prefiero guardar silencio y contemplar la inmensidad del desierto, su sol y su cielo tan claros. Suben de mi corazón las palabras del salmo 51: Misericordia, Dios mío, por tu bondad: cometí la maldad que aborreces. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza. Señor, me abrirás los labios y… 

Rafa Chavarría

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5 Respuestas a “Lectio Divina

  1. Hna. Alicia

    5 de marzo de 2012 at 23:08

    Hola, Rafa,
    Agradezco mucho tu presencia y colaboracion durante las Jornadas Biblicas en la parroquia en Manoteras.
    Te informo que nosotras Paulinas en Madrid vamos a hacer el link de tu sitio web a nuestro blog con la direccion: http://www.llamadosmcs.blogspot.com
    Ojala muchas personas, sobre todo los jovenes, se van a conocer y amar mas la Palabra de Dios a traves tu sitio web. Muchas gracias.
    ìQue Dios te bendiga con sus gracias!
    Hna. Alicia

     
  2. Torcuato Bringas Garzón

    25 de abril de 2012 at 11:05

    “Aunque más que regresar de la muerte, la ha superado, porque él está vivo con una vida diferente de la mía. Jesús vive una vida plena y permanente, escatológica. Jesús resucitado es el perfectamente libre para amar sin las dificultades del egoísmo ni de la caducidad”

    “me capacita por el don de su vida, el Espíritu, para vivir amando libremente.”

    “mi vida es vida divina y que, si la obra es según la naturaleza del ser que la realiza, mi vocación natural es la libertad y el amor.”

    Es sensacional, Rafael… Gracias. Torcuato

     
  3. Torcuato Bringas Garzón

    25 de abril de 2012 at 15:14

    gracias, Rafa. Amén

     
  4. Torcuato Bringas Garzón

    3 de mayo de 2012 at 10:27

    Me pongo contigo en esta tensión a vivir la intimidad con Dios. Torcuato

     
  5. amparo2012

    18 de febrero de 2013 at 16:31

    Permanecer en Él. permanecer en Jesús es no romper la comunión con el Padre. Permanecer en Jesús en silencio viendo como el diablo propone, pero Jesús ha vencido permaneciendo en la comunión con el Padre. Permanecer en Jesús, sabiéndome hija amada del Padre, permanecer en Jesús, sin “los poderes especiales”, sino en la condición humana de la necesidad del pan de cada día. Señor, danos hoy también el pan de tu palabra, de tu gracia, para permanecer en tu amor.

     

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