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Lectio diaria

Lectio divina en el Triduo Pascual

Jueves 17/IV en la Cena del Señor: Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que están en el mundo los amó hasta el extremo, Jn 13, 1

Jesús, en la noche que iban a entregarlo, celebró la cena pascual con sus discípulos. Los judíos, comiendo cordero o cabrito asado al fuego, panes sin fermentar y verduras amargas, conmemoraban el paso del Señor por Egipto, su juicio en favor de los israelitas oprimidos. Esta fiesta no era un simple recuerdo de lo que Dios había hecho por los antepasados. Los que participaban en ella se reconocían liberados de la esclavitud y daban gracias a Dios por ello: Acordaos de este día en que salisteis de Egipto… Salís hoy… En aquel día harás saber a tu hijo: ‘Esto es con motivo de lo que hizo conmigo el Señor cuando salí de Egipto’, Ex 13, 3-4.8. La liberación de Egipto culminó en la Alianza del Sinaí, que quedó sellada con la celebración de un sacrificio de comunión: Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: ‘Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros’, Ex 24, 5-8. Jesús actualiza el pasado, pero no se queda ahí. Se proyecta hacia el futuro. El mismo va a pasar de este mundo al Padre y anticipa su inminente Pascua en aquella cena. El derramamiento de su sangre sellará una nueva Alianza entre el Padre y la humanidad. La Iglesia partirá el pan y beberá el vino en memoria de Jesús. Cada eucaristía será recuerdo y actualización de la Pascua de Jesús con la nueva Alianza; y también anticipación de su regreso final con la consumación definitiva del Reino. Así Pablo recordaba a los cristianos de Corinto que sus eucaristías eran testimonio de fe y esperanza: Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva, 1Cor 11, 26.

¿Cuál es la razón de todo esto? Jesús dijo: Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Juan desentrañará el significado más hondo de esta entrega de Jesús por causa nuestra: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. ¿Hasta qué punto me reconozco amigo amado de Jesús? Con una cierta dosis de falsa humildad, me digo que soy indigno de semejante amor. Con algo más de realismo, me pregunto dónde está la trampa. Sea como fuere, me parece que el memorial de la autoentrega de Jesús hasta la muerte, la eucaristía, me invita a desprenderme de mis desconfianzas y a dejarme querer. Resulta tan fuera de lo común un amor semejante…

Almudena 9

Viernes 18/IV en la Pasión del Señor: Yo he hablado abiertamente al mundo, 18, 20.

Juan presenta a Jesús como el testigo fiel, el que cumple el oráculo de Isaías: murió con los malvados, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca, 53, 9. Jesús declaró ante los guardias que cruzaron el Cedrón para prenderle: Yo soy. En estas dos palabras resuena la autorevelación de Jesús a lo largo del cuarto evangelio. Algunos ejemplos. Jesús dirá a la samaritana: Yo soy, el que habla contigo, Jn 4, 26. Dirá de sí mismo: Yo soy el pan de la vida, Jn 6, 35; Yo soy la luz del mundo, Jn 8, 12; etc.

Jesús se mantiene fiel al Padre durante la pasión. El evangelista nos cuenta cómo Jesús dio testimonio ante los guardias que le prendieron, el sumo sacerdote y Pilato. Tres escenas que Juan entrelaza con otras tres en las que narra el antitestimonio de Pedro ante la portera del palacio del sumo sacerdote, unos que andaban por allí  y un criado del sumo sacerdote. Fijémonos en que Jesús, el testigo fiel del Padre, afirma Yo soy. Pedro, el antitestigo de Jesús, dirá: No lo soy. Con esta antítesis, el evangelista nos sitúa ante nuestro propio juicio. ¿Dónde estoy yo? ¿En la luz y la verdad, con Jesús? O bien, ¿con Pedro, en las tinieblas y la mentira?  ¿Es mi vida un testimonio del amor que el Padre siente hacia la humanidad o, más bien, lo oculta?

Sábado 19/IV en la Vigilia Pascual: De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘Alegraos’, Mt 28, 9.

Hemos acompañado a Jesús durante las horas de su pasión. Oímos sus últimas palabras: Todo está cumplido, Jn 19, 30. Le vimos inclinar la cabeza y exhalar su último aliento. Por fin, sepultamos su cadáver en un sepulcro nuevo. En el momento más tenebroso de esta noche, cuando está a punto de rayar el alba, se anuncia una novedad que supera nuestra capacidad de comprensión, nuestra imaginación y nuestra esperanza: ¡Jesús ha resucitado! El crucificado vive. Es este un anuncio que nos alegra. La alegría es el primer efecto de la fe pascual. Las mujeres se alegran porque la muerte no ha podido con el maestro al que seguían y amaban. Más todavía, lo recobran, más que como maestro, como Señor, y por esto se postran ante él, lo adoran.pascua

Antes de escuchar la proclamación de la Buena Nueva de la resurrección de Jesús, hemos oído siete lecturas tomadas de la Ley (Torá) y los Profetas. El Dios creador y liberador se había comprometido a consumar su obra. En esta noche nos alegramos por que Dios ha cumplido sus promesas. El resucitado es la nueva y definitiva creación. El es la primicia y la prenda de una humanidad liberada de todos sus enemigos, incluidos el pecado y la muerte. Se nos saltan las lágrimas por el inmenso gozo que nos produce ser llamados en el resucitado a la casa del Padre, al banquete del reino, a la nueva Jerusalén, a vivir en el perfecto amor de hijos y hermanos. Alabamos con alegría insuperable al Dios de nuestros padres por su poder, por su fidelidad, por su amor: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente, Sal 118, 1.16.23.

Rafa Chavarría

Lectio divina en Semana Santa

Domingo de Ramos 13/IV: ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!, Mt 21, 10.

El Templo se ve magnífico desde el Monte de los Olivos. Vamos hacia allá. Jesús avanza sentado sobre un pollino. Nosotros estamos entusiasmados. Bailamos, agitamos ramos de olivo y gritamos vivas al heredero de David y al Dios de nuestros padres, que cumple sus promesas. Nos sentimos felices porque los días de nuestro sufrimiento se terminan. Ya no habrá más opresión ni desigualdades sociales ni apuros económicos. Jesús se sentará en el trono de los reyes de Israel e inaugurará un reinado de libertad, de concordia y cooperación, de paz y justicia, de prosperidad.

La mañana ha comenzado alegre y luminosa. Sin embargo la fiesta no nos dura demasiado. En seguida oímos hablar de traiciones, de tristeza y angustia, de abandonos y cobardías, de detenciones y juicios sumarísimos, de escarnio y crucifixión, de incomprensiones y soledad, de muerte y sepultura. Y cada a uno a su casa, desengañados y cariacontecidos. Suspiramos: Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel, Lc 24, 21.

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Lunes santo 14/IV: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero, Is 42, 1.

Entre las aclamaciones del Monte de los Olivos y nuestro desengaño final pasaron en realidad unos cuantos días. La Iglesia nos propone repasar durante la Semana Santa los hitos más significativos de estas jornadas. Hoy echamos una ojeada rápida a la actividad de Jesús desde que fuera bautizado por Juan. Jesús nos reveló que todos tenemos a Dios por Padre y nos animó a vivir como hijos suyos, respetando, sirviendo, amando. Así, sin vocear por las calles ni quebrar a los que estábamos al borde de la desesperación, promovió el derecho y nos dio esperanza. El abrió nuestros ojos ciegos y abrió nuestras prisiones. Gracias a él empezamos a ver las cosas y a las personas como son, y somos capaces de tomar decisiones sin prejuicios ni intereses o miedos egoístas. Jesús nos hizo verdaderos y libres, por eso lo reconocimos como el elegido del Señor Dios. Sin embargo, había quienes se aferraban a sus comodidades y seguridades, a su poder y sus influencias. Esos acechaban a Jesús y hacía tiempo que habían decidido matarlo (Jn 11, 45-57). Más aún, decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús, Jn 12, 10-11. Somos así. Antes de plegarnos a la verdad, si esta cuestiona nuestras convicciones o choca con nuestros intereses, la cuestionamos con toda clase de sofismas y hasta somos capaces de destruir las pruebas que la demuestran.

Martes santo 15/IV: Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él’, Jn 13, 30-31.

Luz y tinieblas. Judas está cansado de Jesús. Deja que Satanás entre en él (Jn 13, 27). Abandona la compañía de Jesús y se sumerge en la noche. Así comienza su andadura hasta la más profunda de las tinieblas, hasta traicionar al Hijo del hombre. Con la marcha de Judas, Jesús comienza a ser glorificado, inicia su camino hacia la luz definitiva. Jesús permanece fiel al Padre y seguirá así hasta que diga a punto de morir: Todo está cumplido, Jn 19, 30. Esta fidelidad suya es la glorificación de Dios, la perfecta revelación del Padre y la más cumplida de las alabanzas. Luz y tinieblas. ¿Dónde estoy yo? Sondeo mi corazón y encuentro en él luces y sombras. Más aún, hay días en los que me siento en viva comunión con Jesús, fuerte, generoso y alegre. Pero también hay jornadas melancólicas en las que dudo de Jesús y cuestiono sus palabras, jornadas de oscuridad en las que Satanás se muestra especialmente insidioso y me dejo arrastrar lejos del que es la luz, peco. Caigo de rodillas. Aprieto la frente y las manos contra el polvo, y lloro: Desde lo hondo, a ti grito, Señor. Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?, Sal 130, 1-3.

Miércoles santo 16/IV: Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para decir al abatido una palabra de aliento… Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado, Is 50, 4.7.

La primera lectura de hoy es un canto a la mutua fidelidad del Padre y del Hijo, y de ambos para con nosotros. Nosotros somos esos abatidos a los que el Padre envía a su Hijo para alentarnos con la promesa de la vida eterna. Nosotros escuchamos con gusto las palabras que nos dirige el Hijo, las que cada mañana el Padre susurra en su oído. Pero no siempre atendemos con interés y agrado. A veces, esas palabras nos incomodan. Entonces nos rebelamos, y golpeamos, insultamos o escupimos al Hijo. Este no desespera, sino que confía en el Padre y experimenta su ayuda en medio de las afrentas que sufre de nuestra parte. Esta fidelidad es efecto y manifestación de una realidad más elevada y esencial: el amor. El Hijo es consciente de que el Padre le ama desde antes de la creación del mundo, Jn 17, 24. Su respuesta a ese amor es comunicarlo a los hombres y hacerles conscientes que el Padre les ama: Tú los has amado como me amaste a mí, Jn 17, 23. Contemplo este juego de fidelidades y me pregunto con el salmista, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?, Sal 8, 5. La Palabra responde: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!, 1Jn 3, 1. Y, si somos y nos reconocemos hijos amados del Padre, qué hacer sino entregarnos confiadamente a él con el sosiego del bebé dormido en brazos de su madre (Sal 131).

Rafa Chavarría

Lectio divina preparando la Navidad

Durante los días 17 a 24 de diciembre, la liturgia de la Palabra nos prepara directamente para la celebración de la Navidad del Señor. Dejamos atrás la expectativa de la parusía y también la insistencia en la conversión, en preparar un corazón bien dispuesto para acoger al Señor que viene. Estos días nos centramos en los capítulos evangélicos que preceden al nacimiento de Jesús. Son textos en los que se mezclan el cumplimiento de las promesas, la alegría, la alabanza… y la presencia misteriosa y activa del Espíritu Santo.

Día 17/XII: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán, Mt 1, 1. 

Mateo nos presenta al protagonista de su libro. La genealogía es un argumento rabínico para demostrar que Jesús es el Mesías, heredero y cumplimiento de las promesas hechas a David (2Sam 7, 11b-12) y a Abrahán (Gén 12, 1-7). La espera ha durado siglos, pero Dios se muestra fiel a sus compromisos. La Palabra me invita a la confianza, a la paciencia, a no desesperarme. Yo no tengo capacidad de comprender los caminos de Dios. Solo sé que, por muy extrañas que me parezcan las circunstancias, Dios me conduce hacia su Reino. Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad; soy un forastero en la tierra; mi alma se consume, deseando continuamente tus mandamientos, Sal 119, 17-20.

san josé

Día 18/XII: José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo, Mt 1, 20.

¿Quién es este José, al que Dios hablaba en sueños como a los antiguos patriarcas y que acompañó el nacimiento de Jesús como Moisés hiciera con el del pueblo de Israel?  Dice Mateo que José era hombre justo, un auténtico israelita. Vivía la armonía de la Alianza. Por una parte confiaba en Dios, le rendía culto, buscaba su voluntad en las circunstancias que le tocaba vivir y le obedecía. Por otro lado, respetaba a las personas, su vida y sus bienes, era veraz y servía al necesitado. El evangelista nos presenta a José como la cumbre y la síntesis del Israel fiel, que acoge al Mesías y le protege en la persecución. Como hijo de David, fue el garante de la legitimidad de Jesús frente a Herodes, que ni era israelita ni de ascendencia davídica. José no dice nada, pero nos habla con su vida. Nos conviene escucharlo, pues su vida es revelación divina

Día 19/XII: Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena nueva, Lc 1, 19.

zacarías

Lucas nos conduce a la Ciudad Santa y nos guía hasta el lugar santo, el Templo, para introducirnos, finalmente, en el santuario del Señor. Allí presenciamos maravillas, como en los tiempos de Salomón (1Re 8) o de Isaías (Is 6), mientras se eleva la oración del pueblo a una con el aroma del incienso. Dios habla a Zacarías: ha escuchado su oración y va a poner fin a su dolor. Dios obrará maravillas en ese matrimonio estéril y de edad avanzada que son Zacarías e Isabel, de modo que ellos y otros muchos experimentarán una gran alegría. Más aún, Dios anuncia su presencia inminente entre los hombres, que Juan anunciará convirtiendo a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios. También Dios obra maravillas en mi vida, y muchas veces me quedo mudo, bien por el asombro, bien porque no entiendo o no me fío o no estoy dispuesto a asumir nuevos compromisos. Entonces se inicia un periodo más o menos largo durante el que vivo centrado en las maravillas que Dios ha hecho en mí. Es un tiempo de lucha entre el reconocimiento y el rechazo de la verdad, entre la confianza y los recelos, entre la voluntad de entregarme a la divina voluntad o la de mantener mis seguridades. Mientras tanto, callo, como Zacarías callaba, porque estoy confuso. Un día ocurre, sin más. Quedo lleno del Espíritu Santo y me rindo. Acepto la revelación de Dios y pongo en él mi confianza y le entrego todas mis energías. Se me desata la lengua y profetizo bendiciones, alabanzas y agradecimientos al Dios de Israel, porque me ha visitado y redimido.

Día 20/XII: María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, Lc 1, 38.

¿Cuántas veces al día repetimos las palabras de Gabriel: Dios te salve, María, llena eres de gracia. El Señor está contigo? Tenemos la costumbre de contemplar, al menos un par de veces a la semana, el cuadro de la Anunciación. Hoy quiero subrayar la actitud de escucha y abandono a la Palabra que tiene María en su diálogo con el ángel. María mantiene una actitud de total apertura durante toda la conversación. No manifiesta prejuicio alguno y deja a un lado sus proyectos personales. María es una mujer sensata que intenta comprender el significado del saludo angélico y cómo se cumplirá la promesa que se le hace. Las explicaciones de Gabriel no aclaran mucho. En realidad lo único que dice el ángel es que Dios tiene un plan y el poder necesario para llevarlo adelante. María se da cuenta de que la envuelve el misterio insondable de Dios y se rinde sin condiciones y con absoluta confianza.

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En breve publicaré la lectio divina de los días 21 a 24.

Rafa Chavarría

Lectio divina. Pascua, 5ª semana.

Lunes, 29/IV: El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama, Jn 14, 21.

Jesús es el centro de mi vida. Creo que él es el Señor. Confío en él, que es mi pastor, mi maestro, el que me conduce hacia la vida feliz y sin término. Sus mandamientos, ¿entran en conflicto con mis deseos y proyectos? Tengo que reconocer que soy un personaje ebrio de confusiones. ¿Realmente me conozco? ¿Sé lo que quiero? ¿Los planes que se me ocurren conducen a la felicidad? ¿Acaso no me muevo en círculos y tropezando a cada paso sin hallar nada que me satisfaga? Todo se hizo por medio de ti, Jesús; yo, también. Tú me sondeas y me conoces, pues soy tu criatura. Tú sabes bien de mi debilidad y mi pecado, por eso viniste a mi mundo y entregaste tu vida por mí. Tú das luz a mis ojos y me revelas poco a poco quién soy, cómo soy, qué anhelos hay en mi corazón y qué he de hacer para satisfacerlos. Esta revelación es el compendio de tus mandamientos. Dejarse guiar por ella es reconocerte como Señor, cuyo conocimiento y amor me trascienden; es confiar en ti; es amarte.

paz

Martes, 30/IV: Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago, Jn 14, 31.

Me sorprende que Jesús afirme que es necesario comprender que ama al Padre y que le obedece. Jesús nos acaba de dejar su paz, que es sosiego, armonía, justicia, serena alegría, felicidad… No es esta la paz que da el mundo, que la cimenta sobre infinidad de muertos y explotados. Una paz para unos pocos privilegiados. La paz de Jesús se fundamenta en el amor del Padre universal, que el Hijo acoge agradecido y al que responde cumpliendo su plan en favor nuestro. Es necesario comprender que solo recorrer este camino de amor obediente tras el Hijo nos conduce a la paz verdadera y luminosa, alegre y definitiva. Lo que el mundo llama paz es mentira y tiniebla, melancolía y desesperación.

Miércoles, 1/V: ¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero?, Mt, 14, 54b.

Hoy se interrumpe la lectura del cuarto evangelio, porque la Iglesia celebra la memoria de San José, el carpintero de Nazaret. Todos en el pueblo saben que Jesús es el hijo de este hombre, al que todos conocen bien. Un día Jesús habla a sus paisanos con sabiduría y realiza ante ellos obras prodigiosas, milagros. Me llama la atención que los paisanos de Jesús reconocen que sus palabras son sabias y que sus gestos son maravillosos, lo que les produce admiración, para acabar desconfiando de él. ¿Qué transforma su admiración en desconfianza? No aceptan la realidad tal como se les presenta. No buscan la verdadera explicación a la sabiduría y a los milagros de Jesús, sino que confrontan lo que oyen y ven con sus prejuicios. Ellos ya tienen su particular idea de su paisano, y no están dispuestos a modificarla. Es imposible que el hijo del carpintero y de María, el hermano de Santiago, José…, el hijo de una familia corriente de trabajadores, sea un profeta. Por lo tanto, su sabiduría y sus milagros tienen truco. Siento una gran confusión. ¿Acaso no niego muchas veces la evidencia, cuando no encaja dentro de mi ideología o no es conforme a mis intereses?

Jueves, 2/V: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor, Jn 15, 9.

Contemplo la perfecta comunión entre el Padre y el Hijo. Comunión de amor en la que el Padre, sin dejar de ser él mismo, vuelca toda su vida y su afecto en el Hijo, y éste le corresponde con la misma intensidad de amor. Puedo contemplar ese mutuo amor de Padre e Hijo porque el Hijo me lo ha revelado, amándome hasta el extremo de morir crucificado. El Hijo me ha entregado toda la vida y el cariño que ha recibido del Padre para incorporarme a la dinámica de su mutuo amor. Necesito comprender que mi vida y mi alegría suponen acoger este don de sí, que el Padre me regala por el Hijo, y corresponder a él con corazón humilde y agradecido.

amor

Viernes, 3/V: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado, Jn 15, 12.

Vuelvo sobre la contemplación de ayer, en la que me sentía fascinado por la comunión de vida y afecto entre el Padre y el Hijo. Jesús afirma que este amor entre ambos incluye también compartir la misma voluntad, el mismo proyecto. De hecho, sabemos que el Hijo permanece en el amor del Padre porque no tiene una voluntad diferente, porque ha guardado sus mandamientos, porque ha realizado su obra de revelación y redención en nuestro favor. Jesús nos exhortaba a permanecer en su amor y nos explicaba cómo se hace eso: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. Hoy concreta un poco más y nos revela sus mandamientos, que resultan ser uno solo: Amaos como yo os he amado. Esta es la dinámica del amor divino: Amor del Padre al Hijo y del Hijo a todos nosotros y de cada uno de nosotros a todos los demás y al Hijo y al Padre. Vida y afecto y proyecto compartido, eso es amor, ese es el Espíritu del Padre y del Hijo.

Sábado, 4/V: Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes, Jn 15, 18.

El Evangelio es la revelación del amor del Padre que nos llama a todos a compartir su eterno banquete festivo. Jesús inauguró el reino del Padre con sus palabras y sus signos, su muerte y resurrección. Los que creen en el Evangelio son iluminados con una luz nueva, que les permite ver las cosas y entender la vida como lo hace el Padre. El reino se edifica sobre valores nuevos, diferentes a los que fundamentan nuestra civilización y por los que tanto luchamos. Nos incomoda que ese Jesús cuestione nuestras convicciones, ¿cómo no odiarlo? Y a los que han creído en él y viven obedientes a ese mandamiento suyo del amor, sin egoísmos, todo disponibilidad y servicio, ¿cómo no odiarlos también?

Rafa Chavarría

Lectio divina. Cuaresma, 3ª semana.

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Domingo 3/III: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás, Lc 13, 9.

La higuera plantada por uno no da fruto, como nosotros. El viñador recibe órdenes: Córtala. Una orden lógica. Si alguien se toma el trabajo de plantar una higuera, espera poder comer higos algún día. La parábola nos revela la paciencia del viñador, el Hijo que no ha venido a condenar sino a ofrecer una amnistía. El Hijo cava y abona con sus palabras y sus signos salvadores, con la entrega de su vida hasta la muerte. Tanto amor y esfuerzo, ¿quedará sin fructificar? Solo tú y yo podemos responder a esta pregunta.

Lunes 4/03/2013: Yo me imaginaba que saldría en persona a encontrarme, y que en pie invocaría el nombre del Señor su Dios, pasaría su mano sobre la parte enferma y me libraría de la lepra, 2Re 5, 11.

Somos así. Tenemos demasiada imaginación. Como Naamán, reconocemos nuestra lepra, nuestras impotencias, nuestro pecado… y acudimos a Dios para que nos salve. Pero acudimos a él con nuestras condiciones. Imaginamos cómo hemos de ser salvados y de qué y en cuánto tiempo. Dios, siempre atento a nuestras necesidades, siempre dispuesto a salvarnos, nos dice: Ve, báñate siete veces en el Jordán y tu carne quedará limpia. ¿Así de simple? ¡Vaya tontería! Somos así, necesitamos una cierta prosopopeya para creer. Ansiamos un poco de espectáculo, de solemnidad. Es más fácil creer a alguien que se nos presenta ataviado con un look exótico en medio de una atmósfera de incienso, nos echa las cartas, da unos pases mágicos y susurra frases ininteligibles, que creer el sencillo consejo de un amigo, la homilía del cura al que vemos todos los domingos, las palabras de las Escrituras o el gemido del Espíritu Santo en nuestro corazón.

Martes 5/III: Acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros, Dn 3, 39.

Azarías me da algunas lecciones para cuando me siento hundido y al borde de la desesperación. En los tiempos de Azarías no había templo, ni fiestas, ni alegría, ni paz. El pueblo era perseguido y carecía de signos visibles de identidad nacional. Israel no era nada y estaba al borde de la desaparición. Azarías se vuelve al Señor reconociendo su santidad y confesando sus propias infidelidades. Primera lección para tiempos de tribulación: orar con confianza e insistentemente. Segunda lección: presentar al Señor la propia realidad, sinceramente, humildemente. Tercera lección: desestimar todo mérito propio y apelar a su amor fiel. Azarías dirá: Oh, no nos abandones para siempre -por amor de tu nombre- no repudies tu alianza, no nos retires tu misericordia, por Abrahán tu amado… Yo sé que el amor a Israel y a toda la humanidad se ha revelado en el misterio pascual de Jesús. He de atender la recomendación del Maestro: Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado, Jn 16, 24. Cuarta lección: reconocerle como el único salvador y centrarme totalmente en él. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, reconocerá Azarías. Quinta lección: abandonarme incondicionalmente a él. Así se abandonaba Azarías: trátanos según tu clemencia y tu abundante misericordia; líbranos con tu obrar admirable y da gloria a tu nombre, Señor.

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Miércoles 6/III: Pero cuidado: guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida, Dt 4, 9.

La memoria no tiene predicamento en nuestra época. Valoramos el ingenio, la creatividad, la reflexión, la innovación… Nos proyectamos hacia el futuro y estamos convencidos de que el pasado no tiene mucho que ofrecernos. Pero el pueblo de Dios es un pueblo de memoria. Israel vuelve una y otra vez a la época de su liberación de Egipto, a sus años por el desierto, a los reinados de David y Salomón. La Iglesia celebra diariamente el memorial de la muerte y resurrección de su Señor. Este constante recuerdo confirma la fe del pueblo y anima su esperanza. ¿Quién de nosotros no se encontró un día con el Señor y creyó en él? ¿Quién no ha experimentado una y otra vez la salvación de Dios? Estos momentos de nuestras particulares biografías son fundamentales para seguir viviendo con sentido y esperanza, para perseverar en el amor, para seguir avanzando en medio de la oscuridad y del desierto.

Jueves 7/III: Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído, Jr 7, 25-26.

El cuarto evangelista se hace eco de estas palabras de Jeremías: La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron, Jn 1, 11. Más adelante afirmará: Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad, Jn 1, 14. Hoy me pregunto en qué medida vivo en actitud de escucha. Todos los días sale el sol y me arrebatan la belleza y el pulular de los vivientes. ¿Hasta qué punto reconozco la presencia de la Palabra en la Naturaleza, en mi ciudad, en mi gente? ¿Descubro en mi propia biografía el latido de la Palabra? ¿Acudo a la liturgia como un mueble o como un discípulo de ojos y oídos abiertos y atentos? ¿Reconozco a Jesús resucitado cuando se proclaman las Escrituras en la liturgia de la Palabra? ¿Lo reconozco cuando el sacerdote parte el pan y acojo consciente y confiadamente la vida que me regala?

Viernes 8/III: Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré rocío para Israel, florecerá como azucena, arraigará como un álamo, Os 14, 5-6.

El profeta Oseas lee la relación de Dios con su pueblo como si fuera una alianza conyugal. Dios sería el amoroso y fiel marido. Israel, la esposa que pone su confianza y su gloria en mil y un amantes. El libro de Oseas está lleno de denuncias y amenazas. Dios se muestra harto de tanta infidelidad y su rostro es la imagen viva de la cólera: No había conocido ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡la plata yo se la multiplicaba y el oro lo empleaban en Baal! Haré cesar todo su regocijo… Arrasaré su viñedo y su higuera…, Os 2, 10.13-14. Pero este libro nos revela también la ternura de Dios, su comprensión, su paciencia, su fidelidad a prueba de bomba: Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón. Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás al Señor, Os 2, 14.21-22. Es este un libro excelente para la lectio divina de Cuaresma, para repasar el amor que Dios me tiene, tomar conciencia de mi mediocre correspondencia a él, experimentar una vez más su cariño y delicadeza, dejarme seducir de nuevo por el más hermoso de los hijos de los hombres y renovar mi esperanza y mi deseo de ser uno de los millones de miembros de la Novia del último día, de la Esposa del Cordero.

Sábado 9/III: Por eso os herí por medio de profetas, os condené con las palabras de mi boca. Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos, Os 6, 5-6.

Nos sentimos muy satisfechos de nosotros mismos porque cumplimos nuestros deberes religiosos. Nos creemos buenos y acreedores de las bendiciones divinas porque no omitimos ni un sacrificio ni un holocausto. Pero la palabra profética nos denuncia. Dios no aprecia ni nuestras misas ni nuestras meditaciones de las Escrituras ni nuestros golpes de pecho ni que participemos en procesiones y romerías. Y no aprecia nada de esto porque tenemos un corazón duro, egoísta, y desconocemos a Dios, que es padre entrañable. Tampoco nos reconocemos hijos tratados con misericordia y, por tanto, no somos capaces de ser misericordiosos con los demás. Dios nos ha entregado todo su amor en Jesús. Es preciso que pasemos muchas horas a los pies del crucificado y musitar sin descanso las palabras del centurión: Verdaderamente este hombre es Hijo de Dios. Quizá lleguemos a sentir el amor del Padre y nos abramos al don del Espíritu del Hijo. Entonces seremos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.

Rafa Chavarría

Lectio divina del domingo 10/II al sábado 16/II.

Esta semana tiene carácter híbrido. Los tres primeros días pertenecen al tiempo Ordinario. Los otros cuatro son las primeras jornadas de la peregrinación hacia la Pascua, el tiempo de Cuaresma.

Lectio divina. Tiempo Ordinario, 5ª semana.

Domingo 10/II: -¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: Aquí estoy, mándame, Is 6, 8.

Isaías participa en la liturgia. Se ha ofrecido el incienso y su aromático humo llena el templo. La asamblea canta. Isaías se abre a los símbolos litúrgicos y su fe contempla algo que está más allá de sus sentidos. El profeta toma conciencia de estar en presencia del Dios vivo y se siente perdido. El hombre es una nonada ante el Santo. Pero Isaías es santificado, pues Dios no destruye, sino que eleva a su esfera. Se establece un curioso diálogo. Dios habla consigo mismo en voz alta. Isaías se da cuenta de que Dios tiene un plan para el que necesita del hombre. Isaías no mira alrededor buscando a alguien que responda a la necesidad de Dios. No, él mismo abre la boca y reclama la atención de Dios: Aquí estoy, y se ofrece a llevar adelante la misión. Me pregunto si me sumerjo en la liturgia hasta tener conciencia de las realidades a las que remite su lenguaje. Me pregunto también en qué medida estoy disponible para Dios.

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Lunes 11/II: Cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas, Mc 6, 55.

La Palabra me invita a creer en Jesús el Salvador y ser sensible al dolor del mundo. Mi oración es, Jesús, como una camilla en la que te presento a tantos que sufren: enfermos, ancianos, mujeres maltratadas, bebés no deseados que se les niega su derecho a la vida, niñas violadas o vendidas, niños soldados, tantos sin acceso a la cultura, muchos que mueren de hambre o por falta de atención médica, familias desahuciadas, aquellos que no trabajan por la ambición de unos pocos, gente malquerida, despreciada, humillada, explotada, desorientada, desesperanzada…  Alabad al Señor, que la música es buena, nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel, él sana los corazones destrozados, venda sus heridas, Sal 147, 1-2.

Martes 12/II: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres, Mc 7, 8.

¡Qué bien nos lo montamos! Interpretamos las cosas y contamos la Historia a nuestra manera. Creamos valores, costumbres y leyes según nuestros intereses. Nuestro lenguaje se acomoda a lo conveniente. Decimos que así progresamos y construimos cultura. La verdad y el bien no nos interesa, solo lo que sirve a nuestra seguridad y a nuestro reconocimiento social. Preguntamos, remedando a Pilato: ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el bien? Y nos contestamos: Todo es relativo. Dios creó todo y a cada cosa le dio un lugar en el Cosmos, también al hombre y a la mujer. El mandamiento de Dios está impreso en nuestra naturaleza y en la de cada criatura. Bastaría abrir los ojos, pero los mantenemos bien cerrados. Preferimos imaginar y sentirnos creativos. Somos niños que juegan a ser dioses. Aunque lo peor es justificarnos, identificando el mandamiento de Dios con nuestros montajes.

Lectio divina. Días de Ceniza.

Miércoles 13/II: Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: ‘Perdona, Señor, perdona a tu pueblo’, Jl 2, 17.

La Palabra llama al pueblo de Dios a conversión. Los sacerdotes son voz de toda la Iglesia. Cada hijo del pueblo debe confrontar su vida con la Palabra y reconocer sus infidelidades. Pero también debe hacerlo como pueblo, como sociedad, como Iglesia. Existen los pecados sociales y las estructuras injustas (cf. CEC 1869 y1887). Todos somos corresponsables. La Palabra nos exige a todos descubrir aquello que en la Iglesia no se ajusta al Evangelio y trabajar por ajustarlo.

Jueves 14/II: Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás, Dt 30, 16.

Me cuesta entender que mi felicidad consiste en vivir en comunión con Dios. Como Adán y Eva, quiero hacer mi vida sin cortapisas. Yo soy lo suficientemente listo y capaz de andar solo. Sin embargo, una y otra vez me encuentro cuidando cerdos en un país lejano y deseando llenarme la tripa de algarrobas. Jesús vivió una comunión perfecta con el Padre, incluso cuando todo se le volvió en contra y las tinieblas le engulleron. Jesús vivió fiel a la Torá, amando a Dios con todo el corazón y la mente y las fuerzas, y amando a la humanidad entera hasta entregar su vida con ella. Levanto los ojos y percibo la luz de la Pascua. Necesito creer y amar, cumplir lo que Dios me manda hoy, para no perderme lejos de la casa del Padre, para ser feliz.

liberación

Viernes 15/II: El ayuno que yo quiero es éste –oráculo del Señor-: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos…, Is 58, 6.

Ha comenzado la Cuaresma. La Iglesia nos exhorta a practicar el ayuno, la limosna y la oración. Ayunar es privación voluntaria. Eliminamos una cierta cantidad de alimento de nuestro menú, sin embargo la Escritura deja bien claro de qué quiere Dios -y la Iglesia-  que nos privemos: de nuestro egoísmo. Nos pasamos la vida centrados en nosotros mismos, adorándonos, haciendo planes y trabajando para lo que entendemos nos proporciona satisfacción. Utilizamos a los demás en nuestro propio beneficio. Reñimos, explotamos, oprimimos… Convertirse es volverse a Dios y a los hermanos. Es trabajar por un futuro de gente libre, respetuosa, solidaria. Es esforzarse en anticipar aquí y ahora el banquete del Reino.

Sábado 16/II: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan, Lc 5, 32.

Soy pequeño, incapaz de romper mis cadenas. Muchas veces me siento abrumado por mis infidelidades. Como San Pablo, quiero y no puedo. Me aplasta mi pecado y me vence la desesperación. Pero hoy oigo estas palabras de Jesús y siento un profundo consuelo. Él no entiende al pecador como un maldito sin remedio, sino como una oveja o una moneda o un hijo perdido. Él ha venido a buscar lo que está perdido. Se interesa por mí y me descubre que solo en la comunión de amor con el Padre y con los hermanos puedo encontrar paz, satisfacción, felicidad. A mí me corresponde creer esta buena noticia, dejarme abrazar y besar por el Padre, disfrutar la fiesta que me prepara y mantenerme siempre junto a él.

Rafa Chavarría

Lectio divina. Tiempo Ordinario, 4ª semana.

Domingo 3/II: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra, Lc 4, 24.

Los de Nazaret estaban demasiado familiarizados con Jesús, como yo. Ellos habían comido y bebido con él y con él habían trabajado. Le conocían desde niño. Juntos habían correteado por las calles y jugado y hecho alguna trastada. Habían aprendido a leer con el mismo maestro y los sábados se reunían en la misma sinagoga. Conocían perfectamente a su padre, a su madre y a todos sus parientes. Yo también trato con Jesús asiduamente. Afirmo creer en él. Participo asiduamente en la Eucaristía. Cada día me reservo un rato para escuchar su palabra y charlar con él. De vez en cuando leo algún libro que me ayuda a conocerle mejor. Participo en las actividades de la parroquia y le sirvo como voluntario en un comedor social.  Me considero amigo de Jesús y su compañero de camino. Yo, como los de Nazaret, tengo mi propia imagen de Jesús. Me pregunto qué sería de mí, cómo reorganizaría mi vida, si Jesús se me revelara con un rostro distinto del que yo imagino. ¿Vivo abierto a la novedad o he perdido la capacidad de asombro? Quizá me enfurecería y, a una con sus paisanos, lo empujaría hasta un barranco con la intención de despeñarlo.

Lunes 4/II: El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban, Mc 5, 20.

Necesito hacer memoria y caer en la cuenta de que hubo un tiempo en que me pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndome con piedras. Hoy tengo mi asiento entre la gente normal, compro en las boutiques de moda y soy un tipo sensato. Tengo que reconocer que un día Jesús me exorcizó: Espíritu inmundo, sal de este hombre. Disfruto de una libertad que no siempre he tenido, gracias a la misericordia del Señor. ¡Admiraos, que el Señor se ha dignado mirar mi humillación! No puedo olvidar lo que el Señor ha hecho por mí ni tampoco dejar de proclamarlo. Recordar y proclamar son una manera de agradecer.

Martes 5/II: No temas; basta que tengas fe, Mc 5, 36.

Temor y fe son como el agua y el aceite. El temor paraliza y nos encierra en nosotros mismos. La fe es una fuerza que nos acerca a Jesús hasta tocarle el manto o hasta arrojarnos a sus pies y presentarle insistentemente el dolor de nuestros seres queridos. Jesús es la salvación. Las fuentes de la vida, de la salud, de la alegría, del amor, están abiertas y no dejan de manar. Basta tener fe y acercarnos a ellas y beber hasta saciarnos.

Miércoles 6/II: Y se extrañó de su falta de fe, Mc 6, 6.

Demasiadas preguntas: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el carpintero? Sí, demasiadas preguntas. Somos seres que se hacen preguntas. Solo descansamos cuando somos capaces de entender y de llamar a las cosas por su nombre. La excesiva actividad de la mente nos impide asombrarnos y ser asaltados por la verdad. La sabiduría no se alcanza respondiendo preguntas, sino contemplando la realidad y aceptándola tal y como se nos da. Cuanto más queremos entender el misterio de Jesús, más necio o más escandaloso nos resulta.

multitud

Jueves 7/II: En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, Mc 6, 7.

Jesús anda por Galilea y las regiones limítrofes invitando a la gente a convertirse al Dios vivo, expulsando demonios y curando a los enfermos. Ha llegado el momento de ampliar el alcance de su misión. Antes de hacer nada, los doce son llamados y enviados.  Nadie puede dedicarse a trabajar por el Reino si no es llamado y enviado por Jesús, como él había sido enviado por el Padre cuando fue bautizado por Juan y el Espíritu descendió sobre él. La Iglesia es heredera de los doce. Tú y yo fuimos llamados y enviados por Jesús el día de nuestro bautismo y el Espíritu descendió a nosotros haciéndonos capaces de llamar a la conversión, expulsar demonios y curar enfermos. Los doce parten cargados tan solo con su confianza en el que les llamó y envió. La misma confianza con la que la Iglesia de hoy ha de enfrentar la misión. Solo así nuestras palabras moverán los corazones y los librarán de sus esclavitudes, y nuestro aceite curará.

Viernes 8/II: El rey se puso muy triste, pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla, Mc 6, 26.

Herodes apreciaba a Juan, pero valoraba mucho más la estima de sus cortesanos. ¿Cuántas cosas digo y hago solo para sentirme respetado y querido? Ya sé que se trata de un respeto y un afecto carentes de solidez, como los aplausos y los parabienes de los cortesanos de Herodes. ¿Valgo tanto cuanto me valoran los que me rodean? ¿No valgo nada en mí mismo? El sol se levanta sobre los tejados en este momento. Pienso en el Creador. Yo soy arcilla modelada por las manos de Dios y animada por su aliento de vida. El mismo grabó en mis células una cadena de ADN singular. Pienso en el Señor crucificado y resucitado, que me amó y se entregó por mí. Pienso en el Espíritu que gime desde mi más íntimo hondón. Mi valor no depende del aprecio que me demuestren mis vecinos. Valgo porque soy. Me postro en adoración a la Santa Trinidad que me creó, me ha recreado y me anima. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

descansando

Sábado 9/II: Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco, Mc 6, 31.

Los apóstoles regresan de la misión. Han pasado días caminando y esforzándose en hacer bien lo que se les había encomendado. Encuentran a Jesús y les falta tiempo para contarle todo lo que habían hecho y enseñado. El maestro percibe el cansancio de sus apóstoles más allá del entusiasmo que revelan sus palabras atropelladas y se los lleva a un sitio tranquilo y apartado. Un rato para descansar y contar despacio al maestro las peripecias de la misión, la buena acogida de unos y el rechazo de otros, las alegrías y los desánimos. Jesús escucha sin dirigir su discurso, porque le interesa tanto saber cómo se han sentido ellos como si el reinado de Dios se expande. Y, después, la multitud de nuevo: y se puso a enseñarles con calma. Este es el ir y venir de la Iglesia. De la escucha atenta al Señor que llama y envía, a  la multitud. Y desde aquí, la vuelta a Jesús para descansar en un lugar tranquilo y desahogar el corazón en íntimo coloquio. Y después, reconociéndose llamada y enviada, abrir los ojos, ver a la gente que busca sin encontrar, sentirse conmovida y ponerse a enseñar con calma. Y vuelta a empezar.

Rafa Chavarría

Lectio divina. Adviento, 4ª semana.

Domingo 23/XII: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!, Lc 1, 42.

¿Cuántas veces bendigo así a María? Muchas, ciertamente. Pero, ¿por qué? Isabel tiene sus razones para reconocer en su prima y en el niño que lleva en su seno la bendición de Dios. Este es su Señor, lo que me lleva a pensar que ese es el nombre con el que Israel se dirige al Dios de Abrahán, que libró al pueblo de la esclavitud y mostró su santidad, su amor, su fidelidad, entregándoles una tierra y numerosa descendencia. El hijo de María es, pues, digno de toda bendición. Y María es bendita por causa de su hijo, el Bendito, porque él es la Palabra de bendición y la llena de su presencia. Pero Isabel también bendice a María porque ha creído, porque ha escuchado y acogido la Palabra con una confianza tal que ha posibilitado se encarne en su seno para que nosotros lleguemos a verla y oírla.   Uno mi voz al grito de Isabel y de la Iglesia entera: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

Zacarías-IsabelLunes 24/XII: En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno de Espíritu Santo, profetizó, Lc 1, 67.

Dos cosas me llaman la atención del primer capítulo del tercer evangelio: la constante presencia del Espíritu Santo y las alegres bendiciones que dirigen a Dios los diversos personajes de la narración. El Espíritu aparece como el principio activo de la vida de los niños cuyos nacimientos se anuncian. María, la virgen, e Isabel, la estéril, conciben por el poder del Espíritu Santo. Este rebosa en María, que bendice a Dios con el Magníficat. También mueve la bienaventuranza que Isabel dirige a la madre de su Señor: ¡Dichosa tú, que has creído!  Y Zacarías, lleno de Espíritu Santo profetizó así: ¡Bendito sea el Señor! Es este un capítulo de luz, de promesas que se empiezan a cumplir, de alegría agradecida y contagiosa. Sentado en la capilla de mi parroquia, quito la quincalla de mi corazón y lo abro a la acción del Espíritu, que yo también quiero disfrutar la salvación y vivir con una sonrisa perenne en la cara y bendecir a Dios con la alegría agradecida de los santos.

Rafa Chavarría

san-josé

Lectio divina. Adviento, 3ª semana.

Domingo 16/XII: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres, Flp 4, 4.

La alegría es la manifestación de la experiencia de la salvación, deriva, como el arroyo de su fuente, de la fe. La Palabra se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Nos ha comunicado el amor del Padre y nos ha invitado a viajar hasta su Reino. Ha sido fiel al Padre y a nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz. Ha bajado al abismo y aniquilado a Satán. Se ha sentado a la derecha del Padre y nos ha comunicado su vida divina, el Espíritu. Hemos creído en él y hemos reconocido su obra en favor nuestro. Por eso estamos alegres, porque hemos sido salvados en virtud del amor manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Lunes 17/XII: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán, Mt 1, 1.

Este texto resulta extraño para nuestra mentalidad. Pero leyéndolo despacio, dejando resonar los diversos nombres y abandonándose al ritmo del listado, uno percibe ciertos detalles. Se habla del origen de Jesús, claro. Este es el heredero y cumplimiento de las promesas de Dios a Abrahán y a David. Recopila en sí la historia de todo un pueblo, con sus luces y todas sus sombras. Nació de María, pero no de José. Es nueva creación. Su origen está en Dios. Me postro ante el Misterio. Jesús tiene un doble origen: Dios y la sucesión de las generaciones humanas. El Dios de Abrahán y de David nos ha bendecido en Jesús.

Martes 18/XII: José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto, Mt 1, 19.

José se me muestra en este texto como hombre de discernimiento. Es un hombre bueno, justo, que adora al Dios único y vive según sus preceptos. Un acontecimiento se le impone: Su prometida estaba embarazada, y él no la había tocado. No se precipita, reflexiona, le busca sentido. Después de pensarlo mucho, toma una decisión. Realiza un discernimiento como cualquiera lo hubiera hecho. Pero una noche su mente es elevada a un conocimiento superior. Ve el acontecimiento como Dios lo ve y se le revela su más profundo sentido: la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Sabiendo esto, no puede mantener su decisión. El plan de Dios se le ha mostrado con evidencia y siente una paz y un gozo como nunca había sentido. Ahora sabe lo que tiene que hacer, conoce la voluntad de Dios, y se llevó a casa a su mujer.

Miércoles 19/XII: La mujer dio a luz un hijo y le llamó Sansón. El niño creció y el Señor le bendijo. Luego, el espíritu del Señor comenzó a excitarle en el campamento de Dan, Jue 13, 25.

La Iglesia lee el nacimiento de Sansón como profecía del nacimiento de Juan. Las dos madres eran estériles, pero el Señor se fijó en ellas y las salvó del desprecio de sus vecinos. Sansón y Juan son obra de Dios para la salvación. Aquél libró a Israel de los filisteos. Este anunciará la inminente presencia del Señor en medio de su pueblo. A ambos los excitaba el Espíritu y les hacía obrar y hablar según Dios quería que lo hicieran. Los dos son para mí un ejemplo de elección y obediencia, y me invitan a tomar conciencia de que el Espíritu me habita desde el bautismo y a dejarme llevar por él.

Jueves 20/XII: Alégrate llena de gracia, el Señor está contigo, Lc 1, 28.

María es maestra de lectio divina. Ella se preguntaba qué saludo era aquél. María reconoce en la voz del ángel el eco de la Palabra de Dios, por eso se esfuerza en comprender. El ángel sigue hablando. Su mensaje resulta perturbador, pues se trata de una propuesta de futuro que no tiene que ver con los planes que María ya tiene hechos. La virgen de Nazaret entabla un diálogo con la Palabra. Pregunta y halla respuestas: El Espíritu Santo vendrá sobre ti…, para Dios nada hay imposible. Responde fiándose de la Palabra y se entrega enteramente: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Ya no había más que hablar y la dejó el ángel. Dios cumplirá su promesa y María vivirá un perpetuo diálogo de escucha y obediencia.

el cantarViernes 21/XII: Mi amado me habla así: Levántate, Amada mía, hermosa mía, ven a mí, Cant 2, 10.

La Iglesia lee el Cantar de los cantares en sentido alegórico. El amado es Cristo y la amada, la Iglesia misma. También cada hijo de la Iglesia se ve en esa amada del Cantar y descubre el encuentro de los amantes que describe el libro como su propio diálogo con Cristo. El amado piropea a la Iglesia: Amada mía, hermosa mía. Él le descubre su verdad. Cristo me mira y me revela lo que me está oculto de mí mismo. Gracias a sus palabras sé que lo más íntimo de mí mismo, mi verdad más radical es el amor del Padre que me creó. La Iglesia, yo, su esposa, no es/soy sino la mediación creada del amor intratrinitario. El Espíritu anima la respuesta de amor a Cristo de su esposa, al Padre de su hija.

Sábado 22/XII: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es Santo, Lc 1, 48b-49.

Todos los días la Iglesia canta la acción de gracias que María proclamó por las grandes obras con las que el Señor le había agraciado. Yo también releo mi vida a la luz de la Palabra y descubro muchas obras maravillosas en ella. Soy en verdad un mimado de Dios, si bien no siempre me he fiado de él y he rechazado sus planes. Gracias, Señor, por tu bondad y perdona mis infidelidades. Santa María, Madre de Dios, la Toda Santa, la Toda Fiel, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos e intercede por nosotros que recurrimos a vos.

Rafa Chavarría

Lectio divina. Adviento, 2ª semana.

plegaria

Domingo 9/XII: Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, Lc 3, 3.

¿Qué hacer ante la predicación de Juan? Se me invita a reconocer al Santo, que mostró su santidad creando todo bueno y, cuando yo no quise vivir según su plan, salió a mi encuentro librándome una y otra vez de las desgracias que yo mismo me acarreaba. El Santo viene en persona. Dentro de poco se instalará entre nosotros. ¿Estoy preparado para recibirle? Entro dentro de mí y sopeso mi fe, mi esperanza, mi caridad, y grito: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado, Sal 51, 3.

 Lunes 10/XII: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, Is 35, 3-4a.

Todo es penuria a mi alrededor. Siento que debiera hacer algo para convertir la estepa en un jardín. Pero sé que mis manos son débiles y apenas puedo tenerme en pie. Tu Palabra me descubre el verdadero mal que me atenaza, soy un cobarde. Me invitas a mirar al futuro inmediato, pues Tú mismo vienes para salvar a cada uno de su mal. Me exhortas a recibirte sin temor, a acogerte con toda confianza. Deseas que yo también avance por esa Vía Sacra entonando, agradecido, cantos de alegría. ¡Ven pronto, Señor! ¡No tardes más!

Martes 11/XII: Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños, Mt 18, 14.

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Tus enseñanzas, como tus gestos, me revelan el corazón del Padre. Es comprensivo ese corazón, que no ve mala voluntad en nuestras faltas contra su Nombre. Nos considera equivocados, ovejas extraviadas que se apartan de él por su pequeñez, su ignorancia y su debilidad. El Padre no quiere que se pierda ni uno solo de nosotros, tan importantes somos para él cada uno en nuestra individualidad. Su corazón de buen pastor no ama al rebaño en un sentido general y difuso, sino a cada una de las ovejas. Él conoce el nombre de cada una y su particular originalidad. Él se conmueve cuando le alabo y le doy gracias. Le duelen mis extravíos y me busca con afán. Se alegra infinitamente cuando me encuentra y me carga sobre sus hombros y, satisfecho, me devuelve al rebaño.

Miércoles 12/XII: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, Mt 11, 28.

La vida tiene sus dificultades. Muchas veces sentimos el cansancio de vivir. La vida se nos hace demasiado larga, parece que todo sigue igual, a pesar de nuestros esfuerzos, que caminamos en círculos sin llegar a ninguna parte. A veces nos agobian las preocupaciones, los contratiempos, los desengaños. Jesús se acerca a mí y quiere compartir esta carga conmigo. Dice que su yugo es suave. El me enseña a aceptar la realidad como es y confiado en que mi destino está en manos de un Padre que me lleva de la mano por todo el camino, comunicándome su afecto y su seguridad.

Jueves 13/XII: No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor-, tu Redentor es el Santo de Israel, Is 41, 14.

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Este versículo es eminentemente afectivo. El Señor nos mira y ve nuestra verdad, no somos sino diminutas orugas dentro de la magnificencia de la Creación. Nadie se detendría ante una insignificancia semejante, pero el Señor es distinto, es Santo. Su corazón se conmueve y se dirige a nosotros con ternura. Ansiamos volar, pues el destino último de la oruga es ser mariposa. El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe. Él viene a nosotros con todo su amor y su poder, y nos invita a confiar en él, porque los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse. Rezo: Me enseñarás el camino de la vida, me colmarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha, Sal 16, 11.

Viernes 14/XII: Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues, Is 48, 17.

Hay situaciones que me desconciertan. Intento comprender por qué me veo muchas veces envuelto en circunstancias dolorosas o, al menos, que me desazonan. La vida es un camino, un éxodo hacia el Reino, un Adviento hacia el definitivo retorno del Rey. La vida es una escuela en la que aprendemos a ser hombres según la medida del proyecto del Padre, es decir, de Cristo Jesús. Tómame de la mano, Padre, guíame. Mi camino cruzará desiertos y deliciosos vergeles, pero ellos no son mi destino. Mi destino es tu casa, el banquete del Reino, mi bien definitivo.

Sábado 15/XII: Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, Si 48, 10.

Juan anuncia la inminente apertura del juicio, intentando que la gente vuelva de todo corazón al Dios de la Alianza, le adore únicamente a él y obedezca sus mandatos. Jesús crucificado y resucitado será el juez, aunque no ejercerá como los jueces humanos. Él se alza ante los ojos de todos como una invitación a reconocerle como la salvación de Dios. Juzgar significa separar, como el pastor separa las ovejas de las cabras cuando acaba la jornada (cf. Mt 25, 32). ¿Creo que Jesús es el salvador y actúo en consecuencia? Según conteste a esta pregunta acabaré a su derecha o a su izquierda.

Rafa Chavarría

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Lectio divina. Adviento, 1ª semana.

Domingo 2/XII: Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación, Lc 21, 28.

Escucho tu palabra en un momento triste. Estoy encorvado, como muchos de mis vecinos. Se diría que vivimos inmersos en el caos, llenos de miedo y ansiedad. Se diría que no tenemos más horizonte que las tinieblas de la desesperación y la muerte. En medio de este panorama resuenan tus palabras: Se acerca vuestra liberación. ¡Levántanos de nuestra postración! Alza nuestra cabeza y abre nuestros ojos para verte llegar entre las nubes del cielo. ¡Ven pronto, Señor! ¡No tardes más!

Lunes 3/XII: Os aseguro que en Israel no he encontrado tanta fe, Mt 8, 10.

En este Año de la fe, estas palabras de Jesús resuenan como una advertencia. El centurión tiene más fe que muchos hijos del Pueblo de Dios. Me pregunto si yo, hijo del Nuevo Pueblo de Dios, de la Iglesia, afronto mis responsabilidades diarias con la confianza del centurión al que Jesús valora. Y, cuando las cosas no salen como las tenía previstas o surgen imprevistos, ¿mantengo la serenidad, confiado en el Espíritu que me anima, o me desconcierto, me angustio, me desmorono?

Martes 4/XII: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla, Lc 10, 21.  

Cualquier evangelizador comparte muchas veces esta experiencia de Jesús. Es decir, constata que aquellos que escuchan el Evangelio del Reino sin prejuicios, con sencillez, se llenan de alegría y agradecimiento. Se sienten amados por un Padre todopoderoso que se acerca a ellos en sus limitaciones y desgracias, y les toma de la mano y les conduce hacia un paraíso de luz y de vida perpetuua y feliz. ¡Danos, Señor, un corazón sencillo!

Miércoles 5/XII: Me da lástima de la gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, Mt 15, 29-37.

Así es el corazón de Jesús, sensible a los enfermos de todo tipo: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos… cansados y hambrientos. Es la revelación del corazón del Padre, que se conmueve ante nuestras pobrezas, calamidades, confusiones, sufrimientos… Yo, y tú también, he sido agraciado, y lo sigo siendo, con ese amor que supera la mayor de las necesidades y la más grande expectativa. Derrama tu Espíritu de amor en mi mezquino corazón y recréalo a imagen y semejanza del tuyo. Cumple, Señor, en mí la profecía: Quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne, Ez 36, 26.

Jueves 6/XII: No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, Mt 7, 21.

Abro la Biblia y leo la Palabra. Devotamente invoco a Jesús crucificado y resucitado: Señor, Señor. Convencido de que he cumplido, salgo de la capilla y cierro la puerta tras de mí. Allá voy, a mis tareas, a mis proyectos, a mi futuro. ¿Qué significa eso de la voluntad de mi Padre que está en el cielo? Yo, a lo mío, a mis planes, a mi manera y a mi ritmo.

Viernes 7/XII: Que os suceda conforme a vuestra fe, Mt 9, 29.

La Palabra me enfrenta de nuevo a la verdad de mi fe. ¿Creo que mi origen y mi destino están en Dios Padre todopoderoso? ¿Creo en Jesucristo, su único Hijo, que ha dado su vida por mí por puro amor? ¿Creo en el Espíritu Santo, que me vivifica y me conduce hacia la Jerusalén celeste? ¿Confío en el poder de la Santa Trinidad en mis cegueras y tribulaciones?

Sábado 8/XII: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra, Lc 1, 28.

María de Nazaret, tú escuchaste con mente abierta, sin prejuicios, las palabras de Dios de labios del ángel Gabriel. Las confrontantes con tus circunstancias vitales, dándoles vueltas en tu corazón. Tomaste una decisión comprometida: Hágase. Finalmente, las palabras del ángel se cumplieron y el Poder del Altísimo te cubrió con su sombra y la Palabra se encarnó en tus entrañas. Desde aquel día toda tu vida consistió en servir a la Palabra, dejándote llevar por el Espíritu de Dios. Tú, que vives de la Palabra y para la Palabra, ruega por nosotros.

Rafa Chavarría

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