RSS

Archivos Mensuales: noviembre 2014

Solemnidad de Cristo Rey: Ez 34, 11-12.15-17; 1Cor 15, 20-26.28; Mt 25, 31-46.

pantócratorEl pasado uno de noviembre nos invitaba la Iglesia a mirar al cielo. Hoy recibimos la misma invitación. Entonces contemplamos una multitud de santos, sin embargo hoy no tenemos ojos más que para el Santo, el que es funte de toda santidad: Al punto se apoderó de mí el Espíritu. Vi un trono colocado en el cielo y en él sentado uno cuyo aspecto era de jaspe y cornalina; rodeando el trono brillaba un halo como de esmeralda, Ap 4, 2-3. Nuestra vista se va acomodando poco a poco a tanta luz, y entrevemos la figura de un cordero como sacrificado. Entonces oímos el clamor de todas las criaturas: Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza y el honor y la gloria y el poder por los siglos de los siglos, Ap 5, 13. El Cordero está a la vez sacrificado y erguido. Recordemos que el Resucitado les mostró a sus discípulos las llagas de las manos y el costado (Jn 20, 20a). Este Cordero es aquel que fue arrebatado al trono desde el seno mismo de la muerte: El dragón estaba frente a la mujer en parto, dispuesto a devorar la criatura en cuanto naciera. El hijo fue arrebatado hacia Dios y hacia su trono, Ap 12, 4b.5b. La serpiente antigua, el diablo o Satanás, quiso devorarlo, sin embargo él la venció con su fidelidad amorosa al Padre y a los hombres. Por esto celebramos hoy al Cordero, al que nos liberó de todo poder diabólico, a Cristo Rey…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 
Deja un comentario

Publicado por en 24 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

Etiquetas: , ,

Jesús restablece el diálogo entre los hombres y de estos con su entorno. Lectio divina: Mt 9, 27-34.

jesus (1)

Finalmente, Jesús cura a dos ciegos y a un mudo endemoniado. Todos ellos adolecen de una comunicación deficitaria con su entorno y con los demás. Los ciegos no pueden recibir toda la información que reciben las personas que ven. El mudo no puede dar información como los que pueden hablar. Los ciegos se dirigen a Jesús con un título mesiánico: Hijo de David, 9, 27b (1, 1). Ya tenemos respuesta a la pregunta sobre la identidad de Jesús que ha venido apareciendo desde que el Maestro calmó la tempestad. Los ciegos no aducen méritos ni derechos para la curación, sencillamente recurren a la misericordia de la que rebosa el corazón de Jesús: ten piedad de nosotros, 9, 27b. A petición de Jesús, los ciegos hacen un acto de fe en su poder: ‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ Contestaron: ‘Sí, Señor’, 9, 28. Otra vez se divulgó el suceso por toda la comarca (9, 31). A continuación le trajeron un mudo endemoniado, 9, 32. De nuevo encontramos al demonio como origen de una enfermedad. En cuanto Jesús expulsó al demonio, el mudo rompió a hablar, 9, 33a. Otra vez se asombra la gente y se preguntan sobre la identidad de Jesús. Unos reconocen la novedad, aunque no van más allá. Otros reconocen su poder, pero no lo atribuyen a Dios, sino a Satán.

Jesús sana íntegramente al ser humano. Todo milagro es una liberación del dominio del diablo y una entrada en el reino de Dios. El que se somete al diablo, cede a sus engaños y peca, sufre un deterioro en todas sus dimensiones. Su mente no reconoce la verdad. En su corazón bullen toda clase de sentimientos contradictorios. Su cuerpo enferma. Se siente paralizado, incapaz de actuar y relacionarse con normalidad. La sociedad y la comunidad creyente lo suelen marginar.

Jesús ha recibido del Padre un poder liberador y sanador que se manifiesta en cuanto alguien acude a él con confianza (fe) y lo reconoce Señor y Salvador. Aunque a veces actúa por propia iniciativa. Es importante que el enfermo confíe en Jesús, pero también se puede sanar por la fe de otro. Nadie tiene mérito alguno que alegar en su favor. El milagro no infunde la fe. Solo suscita preguntas. ¿Quién es Jesús? Su poder, ¿de dónde le viene?

Rafa Chavarría

 
Deja un comentario

Publicado por en 21 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Jesús es Señor de la vida. Lectio divina: Mt 9, 18-26.

cristo-reyUna mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, 9, 20. Los niños judíos llegaban a la mayoría de edad a los doce años y participaban plenamente de la vida de la comunidad. Las hemorragias aluden a una pérdida continua de sangre, y la sangre es la vida, cuyo dueño es Dios. Recordemos que la sangre de los sacrificios pertenece solo a Dios: Los sacerdotes aaronitas rociarán con la sangre el altar por todos lados, Lev 3, 8b. La pérdida de sangre hace impura a la mujer, como durante la menstruación, la aleja de la comunidad. Es una forma de decir que la mujer está bajo dominio del diablo que le arranca la vida poco a poco y la arrastra hacia su reino, la muerte. La mujer toca a Jesús con la confianza puesta en su poder. Jesús reconoce que esa fe la cura. Ahora la mujer está sana, alcanza la mayoría de edad como creyente y recupera su lugar en la comunidad, pues ha sido purificada. Ha sido rescatada también de la influencia del diablo. Este relato aparece como entre paréntesis dentro de la narración de la revivificación de la hija de un funcionario. La iniciativa parte del padre, que reconoce el poder de Jesús. Frente a la fe del funcionario aparecen las burlas de la gente que hacía duelo junto al cadáver. Aquel cree, pero estos se rinden al poder de la muerte. De nuevo estamos en el reino del diablo. Jesús saca a la muchacha de ese reino y la introduce en el de Dios, haciendo de ella una mujer libre: la agarró de la mano y la muchacha se levantó, 9, 25b. Este es el primer acto prodigioso de Jesús que se divulgó por toda la comarca, 9, 26.

Es muy posible que mi fe sea inmadura y raquítica. Cuando me siento herido y los demás me niegan el saludo, ¿me quedo en casa refunfuñando y lamiéndome las heridas? Quizá tengo la fe audaz de la mujer que perdía sangre y, como ella, me echo a la calle, busco a Jesús y le toco con la confianza puesta en su misericordia y su poder. Cuando un ser querido sufre a mi lado -o incluso muere-, ¿desahogo mi dolor en el corazón de Jesús o me desespero como las plañideras que velaban el cadáver de la hija del funcionario? Reconozco que he sido testigo de muchas obras prodigiosas de Dios. ¿Las divulgo con todos los medios a mi alcance o las guardé con alcanfor en algún armario de mi memoria?

Rafa Chavarría

 

 
Deja un comentario

Publicado por en 19 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Domingo 33º Ordinario: Pr 3, 10-31; 1Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30.

contemplaciónHace frío, sin embargo es precioso el amanecer en la sierra. Los ojos se me llenan de luz y mi entorno se viste de todos los colores. Mientras disfruto de esta maravillosa experiencia estética y mi mente se eleva hasta el Creador. Canto el salmo 104: Bendice, alma mía al Señor: Señor Dios mío, eres inmenso. Te revistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Despliegas los cielos como una tienda, construyes tus salones sobre las aguas… El sol se cierne sobre las cumbres y mi corazón rebosa esperanza: Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz, Lc 1, 78-79. No pienso en nada. Siento un inmenso sosiego. Estoy relajado y absorbo todos los detalles que me rodean. Ahora que nada me turba y soy capaz de una escucha atenta, abro el leccionario y leo la parábola de los talentos: Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 
2 comentarios

Publicado por en 17 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Jesús derrota al diablo. Lectio divina: Mt 8, 28 -9, 17.

tempestadJesús se adentra en el reino de Satán. El lago evoca el caos primordial, el abismo, las tinieblas (Gn 1, 2). Allí no había vida ninguna. El Creador ordenó ese desorden y lo pobló de vivientes. Pero Satán sigue acechando desde el abismo (el mar, el lago). La tempestad en el lago nos habla de que Satán se revuelve con todo su poder y amenaza toda vida, a la que quiere subsumir en el caos, la nada, su reino. Por esto la tempestad produce pánico en los discípulos, que recurren a Jesús, más que con fe, porque no tienen otro a quien recurrir: ¡Qué cobardes y desconfiados sois!, 8, 26a…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 
Deja un comentario

Publicado por en 14 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Lectio divina: Mt 8, 1-17. Tres milagros y un sumario.

Jesús releprosovela el rostro del Padre y su proyecto sobre el hombre con sus palabras, sus gestos de poder, toda su vida. El nuevo Moisés promulgó la nueva Ley en el monte (Mt 5-7). Después recorrió las ciudades del lago enseñando con sus milagros. Leamos despacio los tres milagros que el evangelista narra inmediatamente después del Sermón de la Montaña.

Los leprosos eran enfermos que, por temor al contagio, vivían al margen de la sociedad y excluidos de la comunidad creyente. Este leproso acude a Jesús por propia iniciativa, con confianza (fe) y reconociendo su poder y su señorío: Señor, si quieres, puedes curarme, 8, 2. Jesús nos revela su voluntad salvífica y su capacidad para salvar: Lo quiero, queda curado, 8, 3; y lo hace apto para una vida social y creyente plena: Preséntate al sacerdote y, para que les conste, lleva la ofrenda establecida por Moisés, 8, 4. Señalemos que Jesús lo toca sin temor al contagio. Él es la salvación, y no puede contaminarse…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 

 
Deja un comentario

Publicado por en 10 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Domingo 32º Ordinario. Dedicación de la Basílica de Letrán: Ez 47, 1-2.8-9.12; 1Cor 3, 9c-11.16-17; Jn 2, 13-22.

en-javier        castillo javier

Estoy arrodillado en la capilla del castillo de Javier. Ante mí, Cristo crucificado. Hago un sencillo acto de fe: ‘Tú vives. Tú eres Señor. Tu gloria llena el universo. En ti reside toda la plenitud de la divinidad’. Mi mirada se centra en la llaga de su costado derecho. De ella mana una corriente de agua que corre hacia levante. Estas aguas son aquellas de las que escribió Ezequiel: Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán.

Se agolpan en mi cabeza un montón de imágenes. Matrimonios rotos. Jóvenes sin horizontes, atrapados por la droga, el alcohol, el consumismo compulsivo. Cadáveres abandonados en la calle u ocultados a la justicia en una fosa común. Niños que no llegan a nacer porque sus madres sienten miedo, están desamparadas o tienen otras prioridades. Ancianos solitarios que se consumen lentamente sin recibir afecto. Pueblos masacrados. Cristianos perseguidos. Gente desesperada que mendiga un mendrugo de pan y una pizca de respeto. Tráfico de personas cuya dignidad se sacrifica en el altar de los beneficios económicos. Engaños, opresión, manipulaciones, abusos…

Se me encoge el corazón. ¿La humanidad es realmente así, una especie de mar de aguas salobres donde la vida no puede desarrollarse con alegría? Yo mismo no soy más que una gota de agua de ese mar. También tengo mis dolores, frustraciones, fracasos, desengaños. Sobrevivir y satisfacer mis deseos me resulta prioritario. Con tal de lograrlo no me importa hacer daño a este o al otro. Yo, como todos, soy un hombre que sufre y peca. Aquí, en la capilla del castillo de Javier, me reconozco débil y vulnerable. Me siento solo, e impotente para la alegría y la felicidad. Me tapo la cara con las manos, estoy llorando. ¿No hay esperanza para este mar muerto que somos nosotros los humanos?

Oigo algo del discurso que Dios dirigió a Ezequiel: Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. La vida se le escapa a Cristo por la llaga del costado y se precipita en estos abismos míos infectados de egoísmo y despropósitos, sufrimiento y desesperación. Siento que sano y que reverdezco. Sé que llegaré a florecer y dar fruto. Alzo mis manos juntas, como formando una copa, hacia la fuente que no deja de manar. Me doy cuenta de que Cristo me sonríe. Un tanto avergonzado, yo sonrío también. Me dejo querer. Me olvido de mí, y los ojos se me llenan con la sonrisa de Cristo. Grito: ¡Aleluya!; y prosigo: ¡Ha empezado a reinar el Señor nuestro Dios, soberano de todo! Hagamos fiesta, saltemos de gozo y démosle a él la gloria, porque han llegado las bodas del Cordero. La esposa se ha ataviado, le han regalado un vestido de lino puro, esplendente, Ap 19, 6-8.

Rafa Chavarría

 
Deja un comentario

Publicado por en 8 de noviembre de 2014 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

Etiquetas: , ,