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Archivos Mensuales: julio 2013

Domingo 17º Ordinario: Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

padrenuestroAbrahán y Jesús nos enseñan que nuestra oración debe ser insistente, perseverante, constante. Abrahán dialogaba con Dios con la confianza de un amigo. Jesús se retiraba a lugares solitarios para conversar confiadamente con su Padre. Dios se presenta ante Abrahán como un juez prudente y justo. Decide comprobar por sí mismo la verdad de la acusación contra Sodoma y Gomorra. En el caso de verificar el pecado del que se las acusa, exterminará a sus habitantes y restablecerá la armonía en las orillas del Mar de la Sal. Abrahán, mediante un astuto regateo, conduce a su amigo a las honduras de su propio corazón: -¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?  Dios se deja arrastrar por su amigo Abrahán y acaba considerando justo salvar a las ciudades si se encuentran en ella al menos diez personas justas. La insistencia de Abrahán lleva a Dios a redescubrirse a sí mismo. Al comienzo del diálogo, Dios aparece como juez celoso de una justicia que es armonía, orden, cosmos. Cuando se despide de su amigo Abrahán, se descubre como hontanar de misericordia, de una justicia que prescinde del equilibrio matemático para centrarse en el bien de la criatura, en su salvación.

La historia de Abrahán pertenece al Antiguo Testamento. Se trata de una historia inacabada. De hecho, Sodoma y Gomorra sucumbieron bajo el fuego divino. Habrá que esperar a la plenitud de los tiempos para que Dios se descubra como la misericordia misma. Esto no sucederá por la habilidad regateadora de un amigo, sino por la total entrega de su propio Hijo, que, al entrar en este mundo, dijo: ‘No has querido sacrificios ni ofrendas, pero en su lugar me has formado un cuerpo. No te han agradado los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, como en el libro está escrito de mí, Hb 10, 5-7. Este Hijo nos anima hoy a llamar con insistencia a la puerta del corazón del Padre, Dios Misericordia, a pedir sin desfallecer, a buscar sin rendirnos jamás. Este Hijo nos enseña a llamar a Dios Padre y, por tanto, a reconocernos hijos creados por un acto entrañable de su amor. Nos dice que confesemos que el Padre es santo, el que está más allá de lo que podemos concebir y desear. Ojalá todos reconozcan su santidad y alaben y bendigan y se postren fascinados y agradecidos ante él: santificado sea tu nombre. El Hijo pone en nuestros corazones el deseo del reino, quiere que lo esperemos del Padre y a él se lo pidamos: venga tu reino. El futuro siempre es incierto. ¿Qué nos deparará? El Hijo nos enseña a afrontarlo con la esperanza del que confía en su Padre, tan infinitamente sabio y generoso, atento a las necesidades más básicas y a la felicidad definitiva de sus pequeños: danos cada día nuestro pan del mañana. Pedir el reino y el pan del mañana es tanto como pedir el Espíritu Santo, el que construye el reino con nosotros y nos lleva por caminos imprevisibles. Contemplar y confesar la santidad y el señorío del Padre nos lleva a reconocer nuestra inconsistencia, nuestra debilidad, nuestros pecados. El Hijo quiere que oremos: Padre, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben algo; quiere que regalemos a los hermanos lo que hemos recibido gratuitamente de él. Dada nuestra fragilidad, vivimos expuestos a alejarnos de la casa del Padre, convencidos de nuestra inteligencia y poderío. El Hijo lo sabe, y nos enseña a gritar: Padre, no nos dejes caer en la tentación.

Rafa Chavarría

 

 
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Publicado por en 26 de julio de 2013 en Biblia, Lectio Divina

 

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Solemnidad de Santiago, apóstol: Hch 4; 12, 1-2; 2Cor 4, 7-15; Mt 20, 20-28.

SantiagoBenedicto XVI afirmó que la causa última de la crisis que padecemos es el egoísmo. No nos gustan este tipo de denuncias. Agradan mucho menos a los señores de la economía y de la política, que viven empeñados en aparecer ante la opinión pública como los grandes benefactores de la humanidad. Se forman grupos de opinión que tratan de desacreditar la voz de la Iglesia que les denuncia y en sus soflamas, editoriales y tertulias se escucha el eco de las palabras del sumo sacerdote: -¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre. Nadie asume la responsabilidad de la sangre del inocente, del que ha sido despedido de su trabajo, del que ha perdido su vivienda, del que ha perdido los ahorros de toda la vida, de los jóvenes que se rompen el cuello haciendo ‘balconing’, de los niños que trabajan de sol a sol o son vendidos o despedazados para el mercado de órganos… Todos tenemos una imagen perfecta de nosotros mismos y no estamos dispuestos a destrozarla reconociendo nuestro egoísmo, asumiendo nuestras responsabilidades.

La Iglesia de hoy sabe bien que el atropello de los débiles es actualización de la crucifixión de su Señor. Baste recordar lo que nos contestará el Hijo del hombre cuando le preguntemos Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’ (cf. Mt 25, 31-46). La Iglesia tiene que ser fiel a su misión: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Hay que tener en cuenta que las denuncias de la Iglesia son llamadas a la conversión, a reconocer el egoísmo, para recibir el perdón de Dios y el Espíritu que capacita para una vida descentrada de uno mismo y volcada hacia el Padre común y los hermanos: La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Más aún, la Iglesia no es una entidad abstracta, algo así como un ordenador programado para denunciar. No. La Iglesia son hombres y mujeres que, como Pedro y los apóstoles, reconocen haberse apartado de Dios y haber sido salvados por el amor de Cristo (cf. Jn 18, 15-18.25-27; 21, 15-17) Por esto los seguidores de Jesús hoy, como Pedro y los apóstoles, afirmamos: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

La Iglesia es un pueblo de testigos, de hombres y mujeres que han reconocido toda la hondura de su egoísmo, han asumido su responsabilidad en el dolor del mundo, han confesado que Jesús es Mesías y Señor y han experimentado su salvación. Por eso la Iglesia, aun exponiéndose a la decapitación y a sufrir apreturas, apuros, acosos, derribos…, sigue proclamando: El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó… Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo… Tú y yo nos confesamos Iglesia y, por tanto, testigos con el Espíritu del Salvador, pero ¿estamos dispuestos a beber el cáliz que él bebió?

Rafa Chavarría

 
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Publicado por en 24 de julio de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

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Domingo 16º Ordinario: Gn 18, 1-10; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42.

martaymaría

Abrahán es el paradigma del hombre hospitalario, del que acoge al que va de camino. El relato comienza con un cuadro eminentemente estático. Una hora calurosa, podría ser entorno al mediodía. Una encina y una tienda. Un hombre sentado a la puerta de la tienda. El cielo de un azul pálido hasta la transparencia y la tierra de un blanco calizo que reseca los labios. Nada se mueve, a no ser la mente de Abrahán que piensa en su gente, en sus negocios, en su reposo, en sus cosas. El relato empieza a moverse con un ligero movimiento de cabeza: Alzó la vista. Abrahán sale de sí mismo y abre los ojos a su entorno, y vio tres hombres en pie frente a él. Esta visión precipita la acción: Al verlos, corrió a su encuentro, se prosternó en tierra, diciendo; entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: -Aprisa; él corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase enseguida; tomó también cuajada… y se lo sirvió. De nuevo, la quietud. El árbol y Abrahán de pie, mientras los huéspedes, sentados en el suelo bajo la sombra, comen sin prisas. Después, un breve diálogo. Ellos preguntan. Abrahán escucha, responde y oye una promesa: –Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

Lucas nos cuenta que Jesús entró en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Como en el relato del Génesis, se nos relata una historia de hospitalidad. Marta, como Abrahán, corre a agasajar a su huésped. Sin embargo, al contrario del patriarca no encuentra un momento de quietud. Es verdad que se detiene un instante, pero solo para quejarse de que su hermana la haya dejado sola con el servicio. María está sentada a los pies del Señor, pendiente de su palabra. Cualquiera se mostraría agradecido con Marta, pero Jesús, que ve lo interior, la califica de inquieta y nerviosa. Abrahán alzó la vista, salió de sí para volcarse en sus huéspedes, primero corriendo a servirles y, después, parándose a conversar tranquilamente con ellos. Marta no deja sus cosas. Es María la que abandona todo para centrarse en la persona de Jesús, que no ha entrado en la casa más que para disfrutar un rato de solaz con sus amigas. María, como Abrahán, recibe una promesa: María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

Abrahán, acogiendo a los tres hombres, acogió al Señor. Cualquiera que viene a mí es un icono del Señor, atendiéndolo según las leyes de la hospitalidad acojo al Señor mismo. ¿Dejo mis cosas y me olvido de mí, para centrarme en el huésped y servirle según sus necesidades? ¿Escojo la mejor parte cuando oro, hago lectio divina o participo en los sacramentos, o ando inquieto y nervioso con mis preocupaciones sin escuchar la palabra del Maestro?

Rafa Chavarría

 
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Publicado por en 21 de julio de 2013 en Biblia, Lectio Divina

 

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Domingo 15º Ordinario: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

14_f6El diálogo entre el letrado y Jesús pivota en torno a la palabra prójimo. El letrado pregunta con intención malévola, para ponerlo a prueba. Pero el Maestro no cae en la trampa y, astutamente, obliga al letrado a responder a su propia pregunta: ¿Qué está escrito en la ley? El letrado responde correctamente: ‘El que ame a Dios y al prójimo como a uno mismo heredará la vida eterna’. Pero el letrado no se conforma con la aprobación de Jesús: Bien dicho. No había preguntado por amor a la verdad, pues ya conocía la respuesta, sino para dejar en mal lugar a Jesús. Por eso el letrado insiste, aparentando buena voluntad: ¿Y quién es mi prójimo? Ahora Jesús contesta, si bien según su propio estilo, con una parábola…

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Publicado por en 17 de julio de 2013 en Biblia, Lectio Divina

 

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Domingo 13º Ordinario: 1Re 19, 16-21; Gál 4, 31- 5, 18; Lc 9, 51-62.

jesus-apostolesEl domingo pasado Jesús nos ofrecía una catequesis eminentemente pedagógica. Comenzaba haciéndonos una pregunta fácil: ¿Quién dice la gente que soy yo? Para responderla, bastaba con haber estado un poco atento a los comentarios que se hacían del Maestro en los mercados y en las tertulias: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta redivivo. Después escuchamos una segunda pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? No era una pregunta tan fácil como la anterior. Jesús nos invitaba a tomarnos nuestro tiempo y a reflexionar. Buscaba una respuesta personal y comprometida. Más o menos todos contestamos como Pedro: El Mesías de Dios. Quedamos pendientes de los labios del Maestro, esperando la valoración de nuestra respuesta. Pero Jesús eludió toda evaluación. Nos quedamos sin saber si habíamos aprobado o suspendido el examen.

Jesús nos tenía donde quería. Él sabía bien que le seguíamos porque lo considerábamos el Mesías de Dios. Le dimos la respuesta que esperaba y, tomando pie de ella, nos dictó la lección que le interesaba: El Hijo del hombre tiene que padecerEl que quiera seguirme que se niegue a sí mismo… y se venga conmigo. Sus palabras nos desconcertaron. Cuando nosotros respondimos el Mesías de Dios queríamos decir el que nos iba a liberar de nuestros enemigos y de todo sufrimiento, el que iba a inaugurar un reino de prosperidad sin amenazas externas, de justicia y de paz intramuros…

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Publicado por en 1 de julio de 2013 en Biblia, Lectio Divina

 

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