RSS

Archivos Mensuales: mayo 2013

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Gn 14, 18-20; 1Co 11, 23-26; Lc 9, 11-17.

cachito de cieloHoy es un día de eucaristías solemnes. Sacaremos a la calle enormes custodias de oro, que pasearemos sobre alfombras de pétalos. Lo más valioso y espectacular lo reservamos para el Altísimo, aunque el Altísimo no sea tan complicado y vanidoso como nosotros. Las lecturas de esta solemnidad centran nuestra atención en cosas tan comunes y de valor tan exiguo como el pan y el vino. Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino. Jesús quiso que se recordara su entrega por nosotros pronunciando la acción de gracias sobre el pan, para después partirlo y comerlo, y sobre el vino, para después beberlo todos de la misma copa. La sencillez de estas ofrendas me cuestiona, porque a mí me gusta presentar en el altar mis esfuerzos, mis éxitos, mis méritos. Si estoy atento al desarrollo de las celebraciones eucarísticas, me doy cuenta de que la Iglesia no asume estas ofrendas mías. Vayamos despacio…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 
Deja un comentario

Publicado por en 30 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

Etiquetas: , ,

Santísima Trinidad: Prov 8, 22-31; Rom 5, 1-5; Jn 16, 12-15.

rubleb       iconojesús

Ha amanecido un domingo para la contemplación, una jornada para abrir los sentidos interiores y empaparse del Misterio. Comencemos por el principio: A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y vive en íntima unión con el Padre, nos lo ha dado a conocer, Jn 1, 18. Clavo mi mirada con fe en el rostro del Señor Resucitado, nimbado con la gloria de la divinidad: Su cabeza es de oro, del más puro; sus rizos son racimos de palmera, negros como los cuervos. Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde la alberca, Cant 5, 11-12. Su aroma me embriaga y me seduce: Sus mejillas, macizos de bálsamo que exhalan perfumes, sus labios son lirios con mirra que fluye, Cant 5, 13. Mis dedos, como los del apóstol Tomás, palpan su torso de marfil labrado, Cant 5, 14, y acarician la llaga glorificada de su costado (cf. Jn 20, 27). Esa llaga es el signo más patente de su amor, que saboreo agradecido: Son mejores que el vino tus amores, Cant 1, 2. Habla mi amado, Cant 1, 10. Su voz es melodiosa y pronuncia con calma su discurso, que resume y sintetiza en una sola palabra: ¡Abba! ¡Padre! ¡Con cuánta ternura la susurra! ¡Con cuánta veneración, confianza y amor! Me embelesa.

¡Que me bese con los besos de su boca!, Cant 1, 1. Que su aliento inunde mis pulmones y su vida vivifique cada una de mis células. Siento que algo se abre paso en mis adentros. Una corriente asciende, aclarando confusiones, saneando ese marasmo afectivo que me anega, cauterizando heridas, restaurando infidelidades rotas, fortaleciendo mis tobillos y mis manos vacilantes. Una corriente divina que sube hasta mis labios y se hace balbuceo: Abba, Abba… Oh, Espíritu Santo, que vienes en ayuda de mi debilidad, que me sondeas y conoces mis auténticas necesidades, que me confieres la confianza del Hijo y su oración, que me aseguras que soy hijo de Dios. ¿Alabar? ¿Agradecer? ¿Adorar? Me entrego a ese gemido del Espíritu: Abba, que contiene en sí toda alabanza, agradecimiento, adoración, súplica, fe, verdad, confianza, esperanza, amor, alegría. Tomo conciencia de que mi balbuceo es tan solo un mínimo acorde dentro del magnífico gemido coral de la Iglesia de todos los tiempos, y aun de la Creación entera, que ansía el cumplimiento de la profecía de Juan: Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía. Templo no vi ninguno; su templo es el Señor Dios, soberano de todo, y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, la gloria de Dios la ilumina  y su lámpara es el Cordero, Ap 21, 1.22-23.

Rafa Chavarría

 
Deja un comentario

Publicado por en 27 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

Etiquetas: , ,

Solemnidad de Pentecostés: Hch 2, 1-11; 1Co 12, 3-13; Jn 20, 19-23.

pentecostés3

Anoche participé en la Vigilia de Pentecostés. Una liturgia entretejida de cantos y palmas, de música de guitarras y brazos alzados en alabanza al Padre que nos ha revelado a cada uno su amor infinito en el misterio pascual de su Hijo hasta regalarnos su vida divina, su Santo Espíritu. Una liturgia de incienso y sutiles gemidos en humilde y confiada súplica, anhelando se renueven hoy los prodigios que anunciara Joel y ya se cumplieron hace dos mil años: Derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones, 2, 28. Una liturgia de rojo sangre y fuego, que hacía visible la presencia viva y eficaz del Espíritu en aquella asamblea convocada por el Señor Jesús en el templo de Nuestra Señora de Lourdes y San Justino de Madrid…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Lectio divina.

 
2 comentarios

Publicado por en 20 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Liturgia

 

Etiquetas: , ,

La danza del Espíritu

pentecostés2

Estamos intentando conocer un poco mejor al Espíritu Santo. Hemos profundizado en el significado de su nombre. El Espíritu Santo es la vida divina en permanente actividad. Solo necesitamos abrir los ojos para ver sus obras, aunque no lleguemos a reconocer en ellas a su autor. El Espíritu Santo interviene junto con la Palabra en el acto creador. Así lo canta el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca sus ejércitos, 33, 6. El Espíritu Santo conduce con la suavidad y la firmeza propias del amor toda la Creación hacia su plenitud final. La obra del Salvador en la plenitud de los tiempos no se entiende sin la intervención del Espíritu. Este interviene en la encarnación del Hijo del Altísimo (cf. Lc 1, 35). El mismo Jesús reconoce haber recibido la unción, la potencia dinámica del Espíritu,  para proclamar el año de gracia del Señor, Lc 4, 18-21. El mismo Espíritu sostiene la fidelidad de Jesús al Padre hasta la muerte y es el poder de Dios que lo resucitó, 2Co 13, 4. Es el Espíritu el que personaliza y consumará en cada creyente la salvación de Jesús crucificado y resucitado: El mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros, Rm 8, 11…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Recursos.

 
2 comentarios

Publicado por en 16 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Recursos

 

Etiquetas: , ,

Rastreando al Espíritu

pentecostesHemos celebrado la solemnidad de la Ascensión del Señor. Con él subimos al monte y vimos cómo entraba definitivamente en el seno del Padre. Nuestros corazones están alegres y nuestros labios pronuncian continuamente versos de alabanza. Ahora es tiempo de esperar que se cumpla la promesa del Padre, que seamos bautizados con Espíritu Santo. Confiamos en las palabras del resucitado y ascendido. Nos armamos de paciencia y esperamos. Pero me parece legítimo, o al menos muy humano, preguntarse qué o quién es ese Espíritu Santo…

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Recursos.

 
Deja un comentario

Publicado por en 14 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Recursos

 

Etiquetas: , ,

Lectio divina en la Ascensión del Señor: Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Lc 24, 46-53.

AscensionSe cumplen cuarenta días desde que algunas seguidoras de Jesús se acercaron una madrugada al sepulcro llevando los aromas que habían preparado, pero no encontraron el cuerpo del Señor Jesús, cf. Lc 24, 1-12. En su lugar hallaron a dos hombres con vestidos refulgentes, que les dijeron: No está aquí, ha resucitado. Ellas se lo comunicaron a los apóstoles, que las tomaron por locas. Pedro quiso comprobar por sí mismo qué había de verdad en la comunicación de las mujeres. Se asomó al sepulcro y vio solo las vendas por el suelo y se volvió a su casa extrañándose de lo ocurrido.

La resurrección supera nuestra capacidad de comprensión. Es un acontecimiento que trasciende nuestros sentidos y nuestra inteligencia. No es comparable a ninguna experiencia que hayamos tenido. Por eso, necesitamos que Dios nos despierte y percibamos al resucitado por la fe. Los discípulos que caminaban hacia Emaús estaban ciegos y eran torpes de mente (cf. Lc 24, 13-35). Dios mismo tuvo que abrirles los ojos para reconocer a Jesús en el misterioso compañero que partió para ellos el pan. Cuarenta días para despertar la fe en los discípulos, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y hablándoles del reino de Dios.

Hoy subimos al monte detrás de Jesús, como lo hicieran Pedro, Santiago y Juan el día que se transfiguró delante ellos (cf. Lc 9, 28-36). Esta vez la nube no es luminosa y reveladora, sino tenebrosa de modo que nos oculta la presencia de Jesús. La voz del cielo no nos descubre que Jesús es el Hijo, el Elegido, y nos anima a escucharlo. Hoy la voz nos da un toque de atención: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Como si nos recriminara: ‘¡Pasmaos! Ya sabéis lo que tenéis que hacer’. Y qué hemos de hacer: Quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.

Diez días tendremos que esperar antes de empezar a dar testimonio y a predicar a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados. Diez días para la alegría y la alabanza. Diez días para la disponibilidad, la paciencia y la esperanza. Diez días para vaciar nuestros corazones y abrirlos al celeste ruido, al viento recio, a las lenguas de fuego, al Espíritu del Señor.

Rafa Chavarría

 
Deja un comentario

Publicado por en 12 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina

 

Etiquetas: ,

Una propuesta de lectio divina, Mc 15, 16-32.

coronaespinas

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –es decir, a la residencia del gobernador- y convocaron a toda la compañía; lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espino, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: ‘¡Salud, rey de los judíos!’ Le golpeaban la cabeza con una caña y le escupían, y, arrodillándose, le rendían homenaje. Terminada la burla, le quitaron la púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo. Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, y lo forzaron a llevar la cruz. Condujeron a Jesús al Gólgota (que significa ‘La Calavera’) y le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó. Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echándola a suertes para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero estaba escrita la causa de su condena: EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y el otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban, y decían meneando la cabeza: ‘¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días: baja de la cruz y sálvate’. Así también los sumos sacerdotes, en compañía de los letrados, bromeaban entre ellos: ‘Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!’ También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Para leer el artículo completo, haz click en la pestaña Recursos.

 
Deja un comentario

Publicado por en 7 de mayo de 2013 en Biblia, Lectio Divina, Recursos

 

Etiquetas: , ,